La vida de un becario – Gonzalo Sanz Cerbino

SheldonLoser_zps932c3625Los becarios son el primer eslabón, y el más precarizado, de los trabajadores que producen ciencia y técnica en Argentina. Resulta obvio que en estas condiciones es muy difícil hacer ciencia. Los investigadores y becarios debemos seguir avanzando en la lucha por mejorar nuestras condiciones de trabajo y sobre todo, conseguir la estabilidad que nos permita hacer ciencia.

Gonzalo Sanz Cerbino (Razón y Revolución)

El grueso de la población suele tener una idea equivocada de lo que implica ser un becario del CONICET. Nos consideran unos privilegiados, que cobramos mucha plata sin trabajar. Nos pagan por estudiar algo que nos gusta, tenemos horarios flexibles y casi ninguna obligación. Esta imagen se encuentra muy alejada de nuestra realidad. Por empezar, no nos pagan por estudiar. Todos los becarios ya tienen un título universitario de grado. La carrera de posgrado consiste básicamente en investigar un problema y escribir una tesis de doctorado. Es decir, una investigación original. Y como siempre sostuvimos, investigar es trabajar. Por esa razón somos el primer eslabón, y el más precarizado, de los trabajadores que producen ciencia y técnica en Argentina. Veamos en qué consiste la vida del becario.

La mayoría de los becarios accede al sistema de becas entre los 25 y los 30 años, al finalizar la carrera de grado, y si tiene suerte se mantiene en él durante 7 u 8 años. Todo depende, porque las becas tienen una duración acotada y para mantenerse en carrera hay que concursar y ganar nuevas becas. Durante esos 7 u 8 años, los becarios no tienen los derechos básicos de cualquier trabajador: vacaciones, aguinaldo, licencias, aportes jubilatorios, derecho a agremiarse y hasta hace poco, ni siquiera obra social. Los “estipendios” (como no nos consideran trabajadores, no tenemos sueldos) están por encima del salario mínimo, pero de allí debe salir el dinero que destinamos a costear lo que necesitamos para investigar (materiales, libros, viajes, etc.).

A esto se suma la falta de estabilidad: hasta hace dos años, la primera beca (doctoral tipo I) se terminaba a los tres años; la segunda (doctoral tipo II) duraba dos años y la tercera (posdoctoral) dos años más. Entre beca y beca, uno debía concursar, y de la evaluación de sus “antecedentes” dependía la posibilidad de acceder a la nueva beca. Es decir, que por lo menos un año antes de presentarse a concurso, uno debía dejar de lado su tesis doctoral para dedicarse a juntar papelitos: publicar artículos, ir a jornadas, escribir ponencias. Y para colmo, al no ser públicos los criterios de evaluación, uno nunca sabe si lo que viene haciendo le servirá para seguir en el sistema o si será expulsado. En los últimos años el sistema de becas se modificó: la beca doctoral dura cinco años y las posdoctoral dos. Pero la incertidumbre y la inestabilidad continúan: todavía hay que concursar para acceder a la beca posdoctoral y, cuando finalizan las becas, para acceder a la Carrera de Investigador del CONICET. Y mientras uno está con beca doctoral, se debe enviar un informe anual de avance, que no se sabe para qué sirve pero no podemos descartar que en algún momento no sea usado para expulsar becarios del sistema.

Cuando uno es joven y vive solo, la cosa es llevadera. Pero al final de la carrera del becario, cuando la mayoría de nosotros ya formó una familia, tiene hijos que mantener y un alquiler que pagar (porque al no tener “sueldos”, no podemos acceder a créditos hipotecarios), las cosas empiezan a complicarse. Las compañeras hasta hace poco no tenían licencias por maternidad: es decir, tenían que continuar trabajado durante su embarazo para no quedar rezagadas con los antecedentes que les permitirían acceder a nuevas becas o entrar a Carrera. A esto se suman las consecuencias de la inestabilidad: cada dos o tres años, uno se enfrenta a la incertidumbre de no saber si perderá el trabajo de un mes a otro. Se ha dado el caso de compañeras que perdieron el concurso para la beca con 8 ó 9 meses de embarazo, y tuvieron que salir a encontrar lo que sea para subsistir. Y encima, enfrentar la mirada acusadora de sus compañeros en el nuevo trabajo, que cuestionan que a poco de entrar se pida licencia por maternidad, como si fuera su culpa que el CONICET la hubiera dejado en la calle con un hijo a punto de nacer. La mayoría enfrentamos esos meses de incertidumbre buscando otro trabajo, “por las dudas”. Así, en lugar de investigar, los últimos meses de las becas se nos van en la persecución de un nuevo empleo y, si lo conseguimos, trabajando gratis, porque como tenemos un acuerdo de “exclusividad” con el CONICET, se nos descuenta cualquier ingreso extra.

A veces la búsqueda de otro trabajo es solo una pérdida de tiempo, porque logramos acceder a la siguiente beca y seguimos en carrera. Pero otras veces, la previsión resulta muy útil porque la beca no sale y hay que sobrevivir con lo que sea. Para los compañeros expulsados del sistema, la vida se complica aún más, porque deben trabajar el doble. Trabajar en donde sea para sobrevivir, y mientras tanto, robarle horas al sueño y a la familia para seguir avanzando con la investigación y juntar los antecedentes que permitan reingresar al sistema en el próximo concurso de becas.

Al final de nuestra carrera como becarios nos enfrentamos a un nuevo concurso, el que nos permitirá acceder a la planta permanente del CONICET como investigadores. Aquí la inestabilidad se agrava al máximo, porque es el concurso más difícil. No por los requisitos (que nunca se saben, porque no se informan), sino porque los cupos para ingreso a Carrera de Investigador son muy inferiores a la cantidad de becarios que concursan. Y la diferencia tiende a acrecentarse con el paso de los años, generando un cuello de botella por el que cientos de investigadores precarios (becarios) se quedan en la calle. Y acá sí, volver al sistema ya resulta casi imposible. Como existe un límite de edad para concursar para el Ingreso a Carrera, que coincide con el año promedio en que finalizan las últimas becas, uno no tiene más que una o dos chances de concursar. Quedarse afuera en esta instancia implica abandonar la tarea científica, porque es casi imposible continuarla fuera del CONICET. Ni las universidades ni el sector privado están dispuestos a absorber la cantidad de doctores que el CONICET deja afuera. ¿El resultado? El Estado desperdició recursos en la formación de un investigador que no encontrará trabajo como tal fuera de las instituciones públicas. Y el becario expulsado habrá desperdiciado casi diez años de su vida. Sale al mercado laboral con un título que nadie valora, sin aportes jubilatorios y en inferioridad de condiciones para competir por algún puesto de trabajo medianamente calificado. Muchos de ellos terminarán recalando en la educación secundaria, pero sin posibilidad de obtener los cargos que tienen quienes en esos 10 años hicieron la carrera docente: sin la antigüedad ni los antecedentes específicos (cursos de formación, por ejemplo), que dan el puntaje que permite acceder a los puestos más codiciados. Se termina formando un investigador, con título de doctor, que termina trabajando, con suerte, de preceptor.

¿Qué ciencia se puede hacer en estas condiciones?

Resulta obvio que en estas condiciones es muy difícil hacer ciencia. En primer lugar por la inestabilidad. Los concursos frecuentes, de los que depende nuestra permanencia en el sistema, nos obligan a pasar gran parte de nuestro tiempo haciendo cualquier cosa menos investigando. Particularmente, fragmentando nuestra investigación en decenas de artículos (“papers”) o ponencias, repetitivas al infinito, solo para conseguir los antecedentes que nos permitirán sortear el próximo concurso. La situación es tan generalizada que hasta tiene un nombre en la jerga de los becarios e investigadores: “juntar papelitos”. En vez de hacer ciencia, juntamos papelitos.

Esta situación convierte a los congresos o jornadas científicas en un mero trámite burocrático. En lugar concurrir allí a discutir nuestros avances de investigación, sometiendo nuestra producción al juicio de la comunidad científica, todos van por su “papelito”. En lugar de hacer avanzar el conocimiento a través de la exposición pública y el debate de nuestros resultados de investigación, los congresos se dedican a hacer turismo (y a llevarse el papelito, claro).

La ausencia de debate no es solo el resultado de las presiones que impone el sometimiento a un concurso permanente, sino de los criterios con que se evalúa en esos concursos. En primer lugar, porque lo único que verdaderamente cuenta a la hora de las evaluaciones es la publicación en revistas científicas “reconocidas”. Los criterios implícitos de evaluación contribuyen a la fragmentación y a la repetición, porque un artículo escrito en 2 meses vale más que un libro con diez veces más extensión, que condense el resultado de años de investigación.

A su vez, esas revistas están manejadas por quienes hace años accedieron al sistema científico, que son también quienes nos evalúan en CONICET y en los concursos para acceder a la docencia universitaria. Son quienes dominan las instituciones científicas y, a su vez, quienes imponen las líneas de pensamiento dominante en esos ámbitos. Cuestionar ese pensamiento dominante puede ser peligroso para la carrera académica. Mejor no discutir, ni en una jornada ni en un artículo. Mejor chupar las medias. De esta manera, la única ciencia que se produce es la que reproduce las ideas dominantes, o la que se recluye en la investigación de vericuetos mínimos, inocuos e inútiles de nuestra realidad, que no ponen en cuestión las ideas dominantes.

Para el que piensa distinto permanecer en el sistema es harto más difícil que para el que se adapta. Tenemos que juntar el doble de papelitos, porque no tenemos ningún “amigo” en las comisiones evaluadoras. Tenemos que andar esquivando las comisiones en donde sabemos que nuestro proyecto “no pasa”, porque están manejadas por los “popes” con los que hemos discutido en nuestras investigaciones. Tenemos que “disimular” los debates que surgen de nuestra producción científica, para evitar irritar a alguno y que, después de esperar un año los resultados de la evaluación, el artículo no se publique. El resultado es una ciencia que, salvo honrosas excepciones, se concentra en temas inocuos y reproduce al infinito las mismas líneas de pensamiento. Es decir, una ciencia inútil, que no avanza.

Todo trabajador necesita su sindicato…

Urge la organización de un sindicato único de científicos que luche por la mejora de las condiciones de trabajo de los trabajadores de la ciencia (investigadores, becarios y técnicos). Ese conjunto de trabajadores se ve afectados por los despidos, al igual que el resto de los trabajadores, pero como vimos acá tiene demandas específicas.

En primer lugar, los investigadores y becarios debemos conseguir la estabilidad que nos permita hacer ciencia. No solo eso: debemos luchar por que el sistema no expulse científicos. Es un desperdicio de tiempo para el becario, y de recursos para toda la nación.

En segundo lugar, conquistaríamos libertad para nosotros y para la ciencia si lográramos que se explicitaran los criterios de evaluación del trabajo de los científicos. No podemos hacer la carrera a ciegas, sin saber cuál será el papelito que nos terminará dejando afuera. Pero además de ser públicos, esos criterios deben poder ser discutidos por los propios interesados. No puede ser que se nos someta a un sistema medieval, donde la ley y los jueces son secretos e irrecusables. Necesitamos un ámbito para discutir con los organismos de CyT cómo se evalúa a los científicos y qué ciencia resulta de esa evaluación, una comisión de control formada por el voto de los propios científicos. Solo de esa manera comenzaremos a superar un sistema científico que hoy no puede ofrecer más que lindas estadísticas y empezar a producir Ciencia en la Argentina.

 

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