La sentencia ESMA, el pasado y el presente*

¿La condena a los represores de la ESMA es un mérito del kirchnerismo? ¿Cuál es su verdadero significado? María del Carmen Verdú, integrante de la CORREPI, explica por qué este gobierno se montó sobre el escenario sin poner ni arriesgar nada.

María del Carmen Verdú
CORREPI

Una de las noticias de esta semana fue la condena a diecisiete represores de la ESMA en el primero de los juicios orales por ese centro clandestino de detención. ¡Qué alegría fue escuchar que se van a pudrir en la cárcel!

Mientras se leía la sentencia, a muchos nos habrá pasado que nos pusimos a recordar tantas cosas. Cuando el presidente del tribunal anunció la perpetua a Astiz, me vino a la cabeza la imagen de ese mismo milico, feliz y despreocupado, paseando al pie de la Cordillera, aquel 1° de setiembre de 1995, cuando un guardaparque lo reconoció y le encajó una soberana piña… CORREPI se sumó a la defensa del compañero Alfredo Chávez, que fue a juicio por pegarle al “Ángel Rubio”, y estuvimos muchos primeros de setiembre con él, en Bariloche, para recordar ese día de bronca digna.

Cuando le llegó el turno al Tigre Acosta, recordé otra escena: una noche de invierno, en Buenos Aires, volvíamos, por Callao, de una marcha en Congreso, para exigir la libertad de los presos políticos de La Tablada. Frente a un local de comidas rápidas, alguien gritó: “¡Mire! ¡Es el Tigre Acosta, está ahí adentro!”. Y, en segundos, se armó el escrache.

Cuando leyeron la condena al ex comisario Ernesto Frimón Weber, me puse a pensar no en el pasado, sino en el presente, en su hijo, el comisario de la Federal, Ernesto Sergio Weber. A Weber padre, en la ESMA, le decían 220, o El Maestro, porque les enseñó a los marinos a usar picana como se debe. Su hijo, “policía de la democracia”, era subcomisario en 2001, cuando comandó un grupo de ataque de la Federal que fusiló, en Avenida de Mayo y 9 de Julio, a Diego Lamagna, a Gastón Riva y a nuestro compañero Carlos “Petete” Almirón.

El subcomisario Weber, el hijo, se ganó el ascenso a comisario, firmado por Néstor Kirchner y Aníbal Fernández, después de mostrar su excelencia en el mando de tropa el 16 de julio de 2004, cuando fue uno de los que dirigió la represión frente a la Legislatura de la ciudad que nos costó diecisiete compañeros presos por más de dos años.

Y ahí, dejé de prestar atención a lo que el juez leía, y me puse a pensar cómo, de los dos Weber, uno le sirve al gobierno como lastre que puede ser tirado por la borda y entregado para ser juzgado y condenado, mientras que el otro, tan represor como el padre, tuvo toda la protección necesaria como oficial jefe de la Policía Federal en ejercicio, y disfruta ahora, lo más tranquilo de su jugoso haber de retiro.

En el juicio oral de la ESMA, como en todos los juicios contra los represores de la dictadura, el gobierno que acaba de revalidarse para su tercer mandato fue querellante, es decir, el papel de acusador que se reconoce a la víctima del delito. El mismo gobierno que nos mata un pibe por día con el gatillo fácil y la tortura, el mismo gobierno que tiene presos políticos y que, a lo largo de su gestión, tuvo más de cien compañeros en sus calabozos. El mismo gobierno que condena como delincuentes a los trabajadores que se movilizan para reclamar mejores condiciones de trabajo y a los militantes que se organizan para luchar por una sociedad diferente. El gobierno que obedece sin chistar al poder imperial y paga compulsivamente la deuda que no es nuestra, mantiene tropas aplastando al pueblo de Haíti y sanciona, una tras otra, leyes antiterroristas al gusto del GAFI.

Haga cuenta sencillita: el juicio de la ESMA duró veintidós meses. En ese mismo tiempo, el aparato represivo que dirige el gobierno mató, con el gatillo fácil y la tortura, por lo menos quinientos cincuenta jóvenes pobres.

La condena de la ESMA, como las anteriores, como las que vendrán si los tribunales se apuran un poco y no se siguen muriendo represores, no se la debemos, ni un poquito así, a Néstor y a Cristina Kirchner, ni a nadie de este gobierno. Fue con la lucha y la movilización de un pueblo, que no transó con el olvido y el perdón, que se mantuvo vivo en el reclamo de juicio y castigo. El gobierno, que asumió en 2003, andaba necesitado de consenso, y sacó la cuenta: ganaba todo si permitía la reapertura de los juicios, y no perdía nada, porque su aparato represivo no descansó nunca en Astiz, Acosta, Donda o Weber padre. Los Kirchner y su tropa se montaron sobre el reclamo histórico, sostenido por la lucha en la que ninguno de ellos participó jamás, y lograron así cooptar a casi todo el movimiento de derechos humanos, que los entronizó como “el gobierno de los derechos humanos”.

Repito: en el mismo tiempo que llevó juzgar a Astiz y compañía, “el gobierno de los derechos humanos” nos mató medio millar de pibes. Sabremos con exactitud cuántos el próximo 25 de noviembre, en Plaza de Mayo, cuando presentemos la actualización 2011 del Archivo de CORREPI. No tiene derecho a alzarse con un mérito por el que no pelearon cuando no les servía, ni a apropiarse de una lucha a la que fueron ajenos, mientras, día a día, aplican toda la fuerza de la represión para profundizar su modelo de explotación.

*El texto es una transcripción de su columna en el programa “Leña al fuego”, del 29 de octubre.

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