La revolución no empieza por casa. Los límites de las luchas por el proceso de trabajo

a64_ianinaCuando los trabajadores cuestionan algún aspecto de la organización laboral, ¿están disputando el dominio del capital? En esta nota, a partir del caso de los obreros automotrices argentinos durante los ’60 y ’70, explicamos los límites del análisis de las luchas por el proceso de trabajo.

Ianina Harari
TES – CEICS

De todas las luchas que emprenden los trabajadores existe un tipo que parece despertar cierta esperanza entre los intelectuales autonomistas. Cuando los obreros realizan reclamos en torno al proceso de trabajo, pareciera que estamos ante un tipo de batalla diferente de las que sólo se restringen al aumento de salarios. Algunos dirán que es una lucha por el “control del trabajo”1. Otros, más osados aún, atribuyen a estas luchas un carácter directamente político, porque estarían disputando el dominio del capital en su núcleo básico: la fábrica2.

Las luchas de los obreros automotrices de fines de la década del ’60 y comienzos de los ’70 fueron analizadas en esta clave. Se atribuía a estos trabajadores una radicalidad especial por el mero hecho de cuestionar aspectos de la organización del trabajo. En este sentido, para el caso argentino, se esperaría encontrar una mayor radicalidad política en Córdoba, dado que allí los obreros automotrices llevaron adelante una lucha que dio pie al desarrollo del clasismo. Sin embargo, como veremos, no hay una correlación directa entre las luchas por el proceso de trabajo y la adscripción revolucionaria de los obreros.

De cordobeses y porteños

En este punto, cabe aclarar a qué tipo de conflictos nos referimos y a cuáles no. Las luchas por el proceso de trabajo son aquellas en donde se cuestiona las tareas que el obrero ejerce durante su jornada de trabajo, ya sea la cantidad de tareas o el modo en que las ejecuta. Es decir, no están incluidas las peleas por despidos o suspensiones por una caída de la producción, por la jornada de trabajo, el medio ambiente laboral o aquellas relacionadas con disputas de tipo político y gremial.

Al sistematizar los datos, se encuentra que los obreros automotrices cordobeses no dieron más batallas por el proceso de trabajo que los porteños. Incluso, este tipo de luchas aparece antes en Buenos Aires. El primer conflicto que encontramos es en la planta de Peugeot, en 1966, es decir, un año antes que en Córdoba. Peugeot despidió y sancionó a quienes no cumplían con las nuevas pautas de producción que había impuesto en la sección de tapicería. A estos reclamos se sumó una demanda obrera por los ritmos en la planta de pintura. El conflicto concluyó con una derrota, tras la cual fueron despedidos 60 trabajadores.

Sin embargo, en Córdoba sí se logran victorias más tempranas. En 1968, en Córdoba, IKA-Renault la empresa intenta despedir trabajadores, con vistas a una racionalización. El SMATA Córdoba lleva adelante una huelga general y evita las cesantías. En Buenos Aires, una victoria similar se obtiene en Peugeot, recién en 1971. La huelga se inicia en reclamo contra el despido de tres empleados de contaduría, producto de una racionalización en la parte administrativa de la firma. El conflicto se extendió a las plantas de carrocería, tapicería y recepción y culminó con la reincorporación del personal.

Esta diferencia puede explicarse a partir de los ciclos de la lucha de clases. El período que se abre en 1969 tiene su puntapié inicial en Córdoba y luego se extiende a la capital del país. Pero, por fuera de los resultados, no hay otro elemento que determine una diferencia entre las provincias en relación a las luchas por el proceso de trabajo.

La crónica rebelión del obrero manufacturero

Como mencionamos, el hecho de que los obreros automotrices pelearan por elementos de la organización del trabajo pareció alentar la idea de que eran trabajadores más radicalizados. Cierta fracción de obreros de esta rama ha formado parte de la vanguardia política de los ’70. Sin embargo, esto no se debe a que existieron más conflictos de este tipo en la rama. Incluso si se distingue por tipo de orientación política de las direcciones, las luchas en torno al proceso de trabajo no fueron encabezadas sólo por los clasistas, que llevaron adelante 4 conflictos. También los peronistas dieron este tipo de batallas, alcanzando un total de 14 para el período.

Existe otro elemento que puede explicar mejor la presencia de estos conflictos: la organización del trabajo. En una típica empresa automotriz de las décadas del ’60 y ’70, convivían distintas secciones. En cada una, existían diferentes procesos de trabajo. Las principales eran: producción de piezas metálicas -o mecanizado de piezas-, pintura, chapistería -donde se soldaban las partes de la carrocería- y montaje final. Según primara el trabajo manual o mecánico, las secciones podían agruparse en manufactura y gran industria. Sólo en la producción de piezas el trabajo se encontraba completamente objetivado. En el resto, si bien podían existir máquinas en ciertas tareas, en especial la línea de montaje para trasladar las piezas, la labor del obrero era manual. Aunque se valiera de herramientas propulsadas por una fuerza motriz externa, era él quien imprimía el movimiento sobre la pieza. Es decir, el trabajo, en la mayoría de las secciones, dependía de la destreza del obrero.

A diferencia de la gran industria, en donde la máquina ejecuta en un determinado tiempo una tarea, en la manufactura el tiempo de trabajo dependerá de la capacidad que tenga el capitalista de imponer determinados ritmos y formas de ejecución del trabajo al obrero. Por ello, para imponer sus tiempos, el capital se enfrentaba a lo que Marx llamaba la crónica rebelión del obrero manufacturero. De allí que en una rama donde prima la manufactura surjan mayores conflictos de este tipo que en otras donde ya se ha impuesto la gran industria.

En el caso que analizamos, esta situación se evidencia al contabilizar los conflictos por secciones. Como se observa en el cuadro nº 2, sólo encontramos 3 conflictos en las secciones propias de la gran industria contra 8 en secciones propias de la manufactura. Es decir, las luchas por el proceso de trabajo en la industria automotriz se deben a que la forma en que se organiza el trabajo es más propicia para la aparición de los mismos, a diferencia de otras ramas en donde la gran industria ya estaba desarrollada.

Lo laboral no es inmediatamente político

Vimos que los conflictos por el proceso de trabajo en la rama automotriz no están directamente relacionados con algún tipo de radicalidad, sino más bien con la forma en que se organiza el trabajo. Ahora bien, queda por desentrañar qué es lo que está en disputa en estos conflictos. Un dato que puede aportarnos una pista es que aparecen en mayor medida cuando las negociaciones salariales están prohibidas. Desde 1966 que no se discutían los convenios colectivos y, por lo tanto, los salarios. Los conflictos por los ritmos de producción crecen a partir de ese año por las medidas del gobierno militar que imponían el tope salarial y la suspensión de las negociaciones colectivas. Para 1970, esta situación se revierte. Luego, a partir de 1974, y sobre todo en 1975, los conflictos en torno a la productividad se incrementan. Esto se relaciona con la firma del Pacto Social, tras la asunción de Perón como presidente. Dicho pacto, avalado por las cúpulas sindicales, implicaba un nuevo congelamiento salarial. Por ello las demandas obreras tendieron a concentrarse en otros aspectos, muchos de ellos vinculados con la intensidad del trabajo.

Al estar vedada la posibilidad de aumento salarial, los trabajadores se negaban a realizar más trabajo por la misma retribución. Primero resistían los cambios que buscaba imponer la patronal. Luego, pasaban a la ofensiva y ellos mismos imponían cambios que disminuían los ritmos. De esta manera, conseguían de forma indirecta el aumento salarial que les estaba vedado directamente. Este tipo de luchas resultan una forma trasmutada de la negociación por el precio de la fuerza de trabajo. Con lo cual, nos encontramos frente a un conflicto de carácter económico, que no excede el marco de la relación salarial.

La idea de que, por el mero hecho de librar estas luchas, los trabajadores desarrollan su conciencia política es determinista y espontaneísta. Al igual que cualquier batalla laboral, no son espontáneamente políticas. Las luchas por el proceso de trabajo pueden facilitar la tarea de develar la naturaleza de la explotación capitalista, ya que no se discute simplemente el precio de la fuerza de trabajo sino cómo será utilizada. Puede facilitar la comprensión de que la relación salarial no es un intercambio entre equivalentes. Pero sólo la intervención de una lucha política e ideológica de los partidos revolucionarios puede lograr este objetivo. Sin esta mediación política, son sólo una vía indirecta de aumento salarial. Sencillamente, porque lo que hace falta no es ocupar una fábrica (o varias) o atacar a un burgués (o a varios). La clave del triunfo es la toma del Estado y, para ello, no basta con triunfos parciales de organizaciones de tipo sindical, sino la construcción de un partido capaz de conducir al conjunto de la sociedad.


NOTAS
1 Montgomery, David: El control obrero en Estados Unidos. Historia sobre las luchas del trabajo, la tecnología y las luchas obreras. Ministerio de Trabajo y Seguridad, Madrid, 1985.
2 Holloway, John: “La rosa roja de Nissan”, en Cuadernos del sur, nº7, Buenos Aires, abril de 1988

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