La relevancia política de la resistencia intelectual. Prólogo a “¿Una política sin clases?”, de Ellen Meiksins Woods – Eduardo Sartelli

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Eduardo Sartelli
Director del CEICS
 
 
En los últimos años, el pasaje de intelectuales cercanos a la clase obrera a posiciones reaccionarias fue moneda corriente. Un hecho que suele sobrevenir a cualquier derrota. Para dar un combate contra aquellos que nos instigan a abandonar la lucha (y apoyar “lo que hay”), Ediciones ryr ha decidido publicar este libro de la brillante Ellen Meiksins Wood. En el prólogo, explicamos en qué consisten esas deserciones y cómo pueden observarse en la Argentina actual.
 
Ellen Meiksins Wood nació en Nueva York a comienzos de los años cuarenta del siglo XX, es decir, a mitad de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de haberse recibido en Ciencias Políticas en la Universidad de California y de doctorarse allí, durante veinte años dictó clases en la Universidad de York en Toronto, Canadá. Figura central de la izquierda intelectual de habla inglesa, fue miembro del comité editorial de New Left Review y Monthly Review, y es asidua colaboradora de Against the Current, Historical Materialism y Socialist Register, quizás las revistas más importantes del ambiente socialista europeo-norteamericano. La bibliografía producida por Meiksins es abundante y de una amplitud temática remarcable. Prácticamente, ha abarcado todos los temas importantes del debate marxista de los últimos treinta años: la relación base-superestructura, el papel de la lucha de clases en el proceso histórico, la teoría de las clases, las transformaciones intelectuales que dieron origen al postmodernismo, etc. La bibliografía sobre Meiksins es igualmente abundante y crece a medida de la expansión de su influencia intelectual. 
 
El socialismo verdadero
 
Meiksins califica al conjunto de intelectuales que critica como “socialistas verdaderos”. En su opinión, forman parte de un movimiento de fuga de los intelectuales ex marxistas que abandonan la política de clase (recordemos que, en el idioma original, el título esta obra es The Retreat from Class, algo así como La retirada desde la clase) cuya ideología constituye una renovación de aquello que Marx ya criticara en El Manifiesto Comunista. De allí que se los denomine como “Nuevo Socialismo Verdadero” (NSV). Repasemos qué es el “socialismo verdadero” para ver luego la naturaleza, la razón de ser y el momento en que se produce la intervención de Meiksins.
Marx y Engels, como necesidad política de la hora, al escribir el Manifiesto se ven obligados a producir una demarcación clara con las variantes de socialismos existentes en la época. Así, en el capítulo III, despliegan una crítica punzante contra la “literatura socialista y comunista”, dividiéndola en “reaccionaria”, “conservadora” y “crítico-utópica”. El “socialismo verdadero” (y por supuesto, el NSV) es clasificado dentro la categoría “reaccionaria”, con lo que ya se puede adivinar el carácter agresivamente polémico del texto de Meiksins.
En efecto, tal vez las expresiones más duras de la crítica marxo-engelsiana estén destinadas a la corriente de la que, por razones políticas pero seguramente también sicológico-personales, los padres del comunismo científico quieren despegarse. ¿En qué consiste el “socialismo verdadero”? Básicamente es una extrapolación de la bibliografía socialista francesa abstraída de las condiciones sociales que le dieron origen y que están ausentes en Alemania:
 
“En las condiciones alemanas, la literatura francesa perdió toda la significación práctica inmediata y tomó un carácter puramente literario. Debía parecer más bien una especulación ociosa sobre la sociedad verdadera, sobre la realización de la esencia humana. […] Se sabe cómo los frailes superpusieron sobre los manuscritos de las obras clásicas del antiguo paganismo las absurdas descripciones de la vida de los santos católicos. Los literatos alemanes procedieron inversamente con respecto a la literatura profana francesa. Deslizaron sus absurdos filosóficos bajo el original francés. Por ejemplo: bajo la crítica francesa de las funciones del dinero, escribían: ‘enajenación de la esencia humana’; bajo la crítica francesa del Estado burgués, decían: ‘eliminación del poder de lo universal abstracto’, y así sucesivamente.” [1
 
Esta literatura, castrada en manos de los “socialistas verdaderos”, abstraída de sus condiciones de emergencia, se transformó de expresión de la lucha de clases en fraseología hueca de quienes se imaginaban estar por encima de los intelectuales franceses y pretendía defender
 
“en lugar de las verdaderas necesidades, las necesidades de la verdad, en lugar de los intereses del proletariado, los intereses de la esencia humana, del hombre en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase ni a ninguna realidad y que no existe más que en el cielo brumoso de la fantasía filosófica.”
 
En una Alemania dominada por el absolutismo de raíz feudal y donde la burguesía no era todavía la clase dominante, la función política que este “socialismo verdadero” vino a representar fue la de actuar como “espantajo” contra el liberalismo, en ese entonces una fuerza progresiva. Pero hay más:
 
“Si el ‘verdadero’ socialismo se convirtió de este modo en un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, representaba además, directamente, un interés reaccionario, el interés del pequeño burgués alemán. La clase de los pequeños burgueses, legada por el siglo XVI, y desde entonces renaciendo sin cesar bajo diversas formas, constituye para Alemania la verdadera base social del orden establecido.”
 
Atacada por la creciente acumulación de capital producto de la expansión de la gran burguesía, atemorizada por la emergencia del proletariado, la pequeña burguesía alemana encontró en el “socialismo verdadero” una ideología a su  medida, expresada en una “inmunda y enervante literatura”. Cuando Marx escribía estas palabras se estaba refiriendo, obviamente, a sus ex-compañeros de la izquierda hegeliana (Bruno y Edgar Bauer, Karl Grun y otros “consortes”) que, ahora, Meiksins mediante, tienen una expresión aggiornada.
Puesto en relación con este despliegue crítico, se hace más evidente la virulencia de la respuesta de Meiksins a intelectuales como Nicos Poulantzas, Ernesto Laclau, Gareth Stedman Jones o André Gorz. Sin embargo, no podría ser más acertada la caracterización propuesta. Finalmente, lo que Meiksins está retratando es una oleada temprana de pasaje de intelectuales marxistas al campo de la contrarrevolución [2]. Este fenómeno sucede con frecuencia después de cada derrota del proletariado. Aquellos intelectuales que habían acompañado de alguna manera la experiencia revolucionaria vuelven a la clase de la que salieron y siguen su evolución. El “socialismo verdadero” representó alguna forma, aunque mistificada, de acercamiento de capas pequeño-burguesas a la influencia del proletariado europeo. La peculiar situación de clase de la que eran expresión finalmente dio la tónica dominante a una función política que representaba exactamente lo contrario de lo que creían representar. Lo mismo se podría decir de la “generación” Laclau, a la que en Argentina se suele denominar “setentista”.
 
Ernesto y Cristina
 
No vamos a abundar sobre la “filosofía” de Ernesto Laclau porque de ello habla mejor la autora. No podíamos, sin embargo, dejar pasar esta ocasión sin hacer alusión a un intelectual cuya importancia en la Argentina K es innegable, al punto de ser considerado el “filósofo oficial” (para desdicha de José Pablo Feinmann y Ricardo Forster). Laclau considera al kirchnerismo como el final de la historia nacional: “Un nuevo mandato de Cristina es lo mejor que le puede pasar a la Argentina”, declaró a Página/12 antes de las últimas elecciones. Agregó, sin ruborizarse, que “la real izquierda en el país es el kirchnerismo”. En ese mismo reportaje considera al oportunista de Martín Sabbatella el mejor ejemplo de una “transversalidad de base” y funda sus esperanzas en “lo que La Cámpora pueda llegar a representar en la vida política argentina”, además, supongo, de lo que ya representan los “honorarios” de sus militantes en el presupuesto estatal. En el mismo lugar donde resta importancia a la represión de los pueblos originarios por el gobierno nacional, Laclau reivindica, al mejor estilo Diana Conti, la reelección indefinida de Cristina, porque en Latinoamérica la gente no es capaz de diferenciar entre un proyecto político y la persona que lo corporiza. No obstante, se consuela con los “excelentes cuadros” que ha producido el kirchnerismo y los enumera: Agustín Rossi, Carlos Tomada y Amado Boudou… [3] Es cierto que hace treinta años que vive en Londres, pero no creo que desconozca lo que ha pasado en el país en los últimos años. O tal vez a él también le guste pasear los fines de semana en Harley Davidson. Pero esto sólo puede sorprender a quien no conoce la trayectoria de Laclau.
La deriva teórica de Laclau comenzó mucho tiempo atrás, incluso más atrás de donde empieza Meiksins. Es de dudar que pueda ser considerado “post-marxista” si para serlo resulta condición haber sido marxista alguna vez. Dotado de un discurso que aparenta erudición y sutileza, Laclau no fue nunca otra cosa que un peronista con las mismas ilusiones que expresó en su momento Montoneros. Proviniendo de la izquierda trotskista que se hizo “nacional” de la mano del inefable Abelardo Ramos, el mismo que pidió el monumento a Galtieri por las Malvinas y fue embajador de Menem en México, Laclau reemplazó “peronismo” por “populismo” y “comunidad organizada” por “democracia radical”. Al mismo tiempo, no importa cuánto haya copiado de los teóricos del discurso y la deconstrucción, su endiosamiento del liderazgo populista no es distinto de la demagogia peronista (o chavista, o moralista, o, peor, fascista). Finalmente, toda la “teoría política” de Laclau no es más que esto, adornado con citas y alusiones “cultas” para los ingenuos. Meiksins desarma esas fantasías filosóficas infantiles a partir del análisis de Hegemonía y estrategia socialista, escrito junto con Chantal Mouffe, pero las coordenadas que fija permitirán al lector desnudar las trampas de La razón populista [4]. Esperamos, entonces, que el libro que aquí le ofrecemos ilustre suficientemente sobre la nulidad teórica y el oportunismo político de un intelectual mediocre que ha sabido ocupar siempre su lugar en el corifeo burgués.
 
NOTAS
1 Marx, Carlos y Federico Engels: El manifiesto del Partido Comunista, Bs. As., Anteo, 1972, p. 69.
2 Véase Petras, James: “Los intelectuales en retirada”, en Nueva Sociedad, nº 107, mayo- junio 1990, pp. 92-120.
Página/12, 02/10/2011.
4 Laclau, Ernesto: La razón populista, FCE, México, 2005.

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