La profecía del no nacido. Un balance de la historia del FIT y de cómo intentamos salvarlo de sí mismo

Guido Lissandrello

Grupo de Investigación de la Izquierda Argentina

La absoluta carencia de vocación de poder, que en estos tiempos no hace más que darle una mano al intento de resurrección del kirchnerismo, cuando debiera convertirse en el sepulturero que le dé la última palada de tierra. Hoy la izquierda se encuentra sin identidad propia, mezclada con chorros, corruptos y asesinos, y sujeta a los dictámenes de Cristina.


En 2011 Aníbal Fernández sentaba las bases para la conformación de una coalición electoral de partidos trotskistas. Fue el establecimiento de las elecciones primarias (las PASO) y su piso del 1,5%, loque obligó al PTS, al PO y a IS a conformar el FIT. A pesar de haber nacido tarado (con una tara, se entiende) por lo electoral, desde su comienzo lo saludamos como un elemento valioso capaz de evitar la dispersión de la vanguardia revolucionaria y del activismo. Desde la hora cero tampoco nos callamos una serie de críticas fundamentales que, como advertimos, podían rifar todo el potencial que el frente albergaba.  En julio de 2011, escribíamos en el número 61 de El Aromo:

 

“El Frente de Izquierda parte de una realidad muy diferente: se trata de un acuerdo larga e inútilmente postergado entre tres expresiones perfectamente compatibles del mismo programa. Siempre se podrá enfatizar en las diferencias, pero no hay mucha razón que justifique que PO, PTS e IS, formen tres partidos separados. Un solo partido con tres fracciones sería ya una concesión suficiente. De modo tal que, no importa la razón por la cual se haya producido la confluencia, no puede menos que saludarse con el mayor énfasis posible. La muy buena recepción que ha tenido el Frente es una prueba del poder de convocatoria que tendría un intento tal. Ni qué hablar del efecto gravitacional que ejercería sobre las decenas de pequeños grupos que vagan sin mucha utilidad por el rojo cielo de las tendencias revolucionarias argentinas. Una propuesta de este tipo está lejos de las pretensiones de los partidos en cuestión, tal vez por razones legítimas, pero este esbozo de unidad real lograda no debiera perderse, aunque más no sea a nivel de frente electoral.”[1]

 

Como puede verse, desde un primer momento planteamos una orientación estratégica para desplegar el potencialdel FIT: un partido único con fracciones, que permitiera reunir una cantidad de voluntades y energías dispersas dándole un canal unificado de expresión y desarrollo. Una apuesta de este tipo, de concretarse, daría como resultado no solo una intervención triplicada en fuerza, sino que tendría la capacidad de atraer hacia sí al activismo que dejó el Argentinazo. Una fuerza de este calibre significaría la aparición en la escena nacional de la izquierda revolucionaria como un actor independiente y con peso propio, convirtiéndose no solo en una muralla objetiva contra el ajuste sino en el germen de una nueva dirección para la sociedad. No se trataba de reivindicar la “unidad de la izquierda” en un sentido abstracto, sino que la propuesta partía de la realidad concreta: tanto el PTS como el PO e IS eran y son diferentes nomenclaturas que expresan un mismo programa político. Los tres partidos coinciden en defender el programa de transición y la revolución permanente para la Argentina y acuerdan en una estrategia insurreccionalista para ello, sus diferencias son solo coyunturales y tácticas, es decir, menores.

Como el lector ya sabe, nada de eso sucedió. Incluso, aconteció lo contrario. Lejos de poner en acto su potencial, las direcciones de los tres partidos se esforzaron por contenerlo y rifarlo. Así es que el FIT no solo quedó circunscripto a lo electoral, sino que sufrió una progresiva degradación que lo convierte hoy en el germen de su opuesto: un frente socialdemócrata en el que se incuba un Syriza o un Podemos argentino.

 

El ciclo de la ilusión y el desencanto

 

Durante su primer año de vida, el FIT se enfrentó a dos problemas que denunciamos repetidas veces en estas páginas. Por un lado, el arribismo y el oportunismo; por el otro, el democratismo.

El arribismo se mostró en todo su esplendor en la Asamblea de Intelectuales. En sus primeros meses de existencia, los partidos del FIT se dispusieron a juntar firmas de intelectuales y personalidades que los apoyaran. El resultado fue superior al esperado, juntándose 500 firmas, lo que venía a confirmar lo que señalábamos: el potencial de atracción. Para darle un canal organizativo a eso se convocó a una Asamblea, en cuya primera reunión alcanzó los 300 asistentes. Mientras duró esa experiencia, que tuvo corta vida, fue el único espacio de deliberación de todos aquellos intelectuales y organizaciones que apoyábamos al FIT pero no teníamos ningún canal de participación y de deliberación. Recordemos que todo lo relativo al frente se resolvía en una fantasmagórica “mesa nacional” de cuya composición y materia de discusión nadie sabía nada, a pesar de que éramos varias organizaciones las que abiertamente nos habíamos pronunciado en su apoyo y le dedicábamos energías militantes.

En aquella Asamblea se hizo visible la existencia de una caterva de intelectuales oportunistas que se acercaban al FIT no para construirlo, sino para construirse haciendo carrera “por izquierda”, darse una pátina de barniz revolucionario, vender libros y satisfacer sus aspiraciones individuales. Tal como lo denunciamos, se confirmó con la presencia, entre otros, de Pablo Alabarces, que se ha cansado de justificar los despidos de trabajadores en CONICET, y Hernán Camarero, que utilizó la asamblea como plataforma para lanzar una revista y un instituto propio (su “sueño personal” como él mismo dice públicamente), del que ahora el PO sufre las consecuencias pues le está fundiendo a todos los militantes academicistas de su círculo en Filosofía y Letras. Todo esto no fue casual, sino el resultado de la política absurda del trotskismo a los intelectuales, a los que utiliza como figurones para la foto o la firma, en independencia de su programa y prescindiendo de sus servicios en su campo específico de acción, el de la batalla teórica y cultural.

En esta Asamblea intervenimos bregando por el desarrollo de las potencias del FIT, en concreto, abogando por la construcción de un partido único. Para ello propusimos una revista de discusión programática y la fijación de un plazo de debate para llegar a un Congreso que deliberara sobre este punto. Que nuestra apuesta no era delirante, que era posibilidad real y que calaba en las bases partidarias, lo demuestra el hecho de que más de una vez la unificación estuvo en discusión, al menos para la tribuna. Primero la impulsó el PO y reculó el PTS, luego se invirtieron los roles mientras que IS, como siempre, la miró pasar. No prosperó, claro, porque ninguno de los tres miembros tenía una intención real, sino que pensaban en el chiquitaje faccional: cómo hago para crecer yo, tragándome a los otros dos sin que ninguno haga lo propio conmigo. Nos cansamos de decirlo, prefieren ser cabeza de ratón antes que cola de león, y de bregar por la superación de estos límites. Lo único que conseguimos es que nos expulsen de la Asamblea justamente por poner estas cosas sobre la mesa.

Por otro lado, las elecciones mostraron otro de los déficits del frente: el democratismo. La primera de las campañas fue lisa y llanamente lastimera. Recordará el lector el “Milagro para Altamira”, los spots chapulinescos donde “Nosotros, la izquierda” aparecíamos como los “defensores” de los trabajadores, y el slogan vacío “tenemos que estar”. No solo se aspiraba al voto lastimero sino que se apuntalaba la conciencia democrática. Y cuando se ofrecía alguna propuesta más concreta, no se superaba el horizonte sindical (y de miseria): 82% móvil, salario igual a la canasta básica, etc.

En su debut, el FIT arañó el 2,5% y fue leído como un triunfo. A contrapelo de todo el mundo, sostuvimos que ese porcentaje era pobre y que la izquierda estaba para más. En efecto, lo que estaba en discusión era la herencia del Argentinazo. La izquierda, a pesar de lo que decía, creía que ese proceso había quedado sepultado y, entonces, un porcentaje cercano al error estadístico era un triunfazo. Nosotros sosteníamos que el Argentinazo no había muerto y que una perspectiva electoral posible rondaba el 10%, si se tenía en cuenta el activo militante de los partidos y su presencia sindical. Pero para eso había que hacer otro tipo de campaña, una con fisonomía propia. En concreto, una campaña de agitación por el socialismo, diciendo abiertamente qué somos y que queremos. Que no nos equivocábamos lo mostró, otra vez, la realidad misma: en las elecciones de 2013 el FIT superó el millón de votos, bien que en pleno derrumbe del kirchnerismo y con una campaña más sindical que lastimera (pero siempre, sin contenido socialista). El horizonte del FIT es muy superior, el problema es que se niega a presentarse como realmente es, o al menos, como le dice a su militancia que es: socialista y revolucionario.

Sin embargo, mirando más allá de lo estrictamente electoral, es donde se calibra mejor la impotencia del frente para desarrollarse como una herramienta política. El FIT fue incapaz de intervenir conjuntamente en todos los episodios fundamentales de la lucha política nacional. Ocasiones no faltaron. Solo por nombrar algunas, en el verano de 2012 comenzó la “sintonía fina”, se conoció el Proyecto X, el crimen de Once y se produjo el ataque de Cristina a los docentes (cuando los tildó de vagos y privilegiados). Más tarde llegaron las huelgas de las fuerzas de seguridad, la crisis energética, los saqueos, los paros generales y los cacerolazos masivos que alcanzaron proporciones enormes. El FIT en todos estos casos se negó a cabalgar la crisis y disputar la dirección de masas. En la mayoría, se quedó callado y no atinó siquiera a elaborar un comunicado común.

En el plano sindical, la actividad de los tres partidos trotskistas continuó como siempre. Es decir, compitiendo entre sí en los mismos gremios, intentando desarmar lo que el otro construyó. La manifestación más clara de ello fue la celebración en 2014 de tres encuentros/actos, cada uno promovido por uno de los partidos: el Encuentro Sindical Combativo (que en su primera edición contó con el PTS e IS, y solo con este último en su segunda celebración), el Congreso del Movimiento Obrero y la Izquierda (CMOI) del PO y el Acto en Argentinos Jrs. del PTS. Mientras que el primero fue un intento por aliarse con sectores opuestos al FIT luego de que IS viera frustrado su coqueteo con los sectores filoBinner (Plataforma 2012), los otros dos fueron manifestaciones de fuerza de cara a la interna electoral: el PO instalando a Altamira y el PTS a Del Caño. La disputa facciosa llegó al punto de no lograrse siquiera una intervención conjunta en el parlamento. La lamentable discusión, promovida por el PTS, acerca del “Bloque FIT” o los interbloques, lapidaron el único espacio en donde el frente podía discutir una política común. Esto constituyó una estafa al electorado, que votó a una coalición y se encontró con tres partidos en el Congreso. Estafa que viene a demostrar que el FIT no es siquiera un frente electoral sino simplemente una colectora de votos, donde tres partidos se unen para aumentar el caudal y luego cada uno actúa separadamente.

A pesar de sí mismo, el FIT fue alcanzando cierto crecimiento por su mejor virtud: existir. Varias organizaciones se manifestaron en apoyo, no solo las que podrían considerarse más afines por su adscripción al trotskismo -el PSTU o Convergencia Socialista- sino también aquellas que venían de otras tradiciones -IR, CRCR- e incluso algunas de tradición autonomista o reformista -FPDS, Pueblo en Marcha-. En todo momento, los partidos que lo dirigieron se negaron a darle alguna forma de articulación y centralización a toda esa periferia que se acercaba. El FIT nació del temor de sus tres partes integrantes a verse borradas del plano electoral. El potencial que contenía, como aglutinador de la vanguardia y como germen del partido revolucionario, -potencial que tenía a pesar de sus direcciones -, jamás buscó desplegarse. Más bien, todo lo contrario. En ausencia de una verdadera vocación de poder, los tres partidos se sumieron en una disputa facciosa, donde prevalecía la defensa de una nomenclatura en oposición a la construcción de un órgano capaz de dirigir a la clase obrera.

 

La pendiente de la degradación socialdemócrata

 

La trayectoria del FIT tuvo un hito fundamental en el año 2015. Las elecciones nacionales que sentenciaron la derrota del kirchnerismo y abrieron paso a la ola amarilla significaron, también, un cambio en la dirección del frente. Los meses previos a este hecho estuvieron plagados de escenas tan miserables como lamentables.

Ya en 2013 se había insinuado la posibilidad de que las candidaturas se resolvieran en las PASO. La discusión mostraba a ojos vista como los tres partidos concebían el frente: un sello electoral para la acumulación propia, donde lo central era colocar al candidato propio. Estas pretensiones eran más abiertas en el PTS, sencillamente porque a merced del “fenómeno” Del Caño, era el que había conseguido más repercusión mediática-electoral con muy poco de construcción política real. Como lo denunciamos oportunamente, lo que en esas PASO se dirimía era la orientación del FIT. Ese mecanismo fue impuesto por el PTS, a sabiendas de que la magnitud de su militancia y su influencia en el movimiento obrero no bastaba. Por ello apostaba a ganar apelando a los sectores más retrasados de las masas y a la propia burguesía, puesto que las PASO son eso, la intromisión de sectores ajenos a la vanguardia en sus propias decisiones. Para eso apeló a una campaña seductora para ese público, una campaña ciudadana de abierto contenido burgués, que combinó la política de la identidad (las mujeres, la juventud), un personalismo agudo (Nico) y concesiones abiertas al macartismo más rancio llamando a “jubilar” a los “viejos”, como Altamira.

En este escenario, llamamos a defender al sector encarnado por el PO e IS. No olvidábamos en ello todos los límites que veníamos describiendo, pero si había alguna posibilidad de salvar al FIT era apostando a su fracción más avanzada, más ligada al movimiento obrero y que, aún sin propagandizar el socialismo, al menos defendía consignas sindicales, es decir, obreras. Para que estos pudieran imponerse por sobre los que querían liquidar al frente, defendimos un mecanismo: una asamblea o congreso de militantes y activistas que votara un programa, una campaña y sus candidatos. Era la forma de hacer valer al activo militante sobre la “ciudadanía”. Esta era la única salida, puesto que con la campaña a la que se lanzaba el PTS era probable que sedujera a los sectores más retrasados y se impusiera. Lo dijimos antes de que sucediera. El PO, con IS apoyándolo, hizo caso omiso a todo esto y creyendo que le pasaba el trapo, aceptó el terreno de las PASO. El resultado de todo esto fue el que efectivamente señalamos nosotros: Nicolás desbancó a Jorge. Por acción el PTS y por inacción el PO e IS, el FIT quedó en manos de los más socialdemócratas.

Se inauguró así una nueva correlación de fuerzas dentro del FIT, donde el PTS propone y los demás disponen. Inmediatamente después de las elecciones llamamos al PO y a IS a poner las cosas en su lugar mediante un congreso de militantes. No podía entregarse la masa militante, honesta y abnegada, a una campaña de contenido burgués. Pero nuevamente, mostrando que finalmente apuestan a lo mismo que el PTS, ninguno de los partidos nos escuchó. El resultadofue, otra vez, todos detrás del partido de Del Caño. Proliferaron las candidaturas “jóvenes” (incluso en casos de dudoso “juvenilismo” como Solano) y las consignas vacías de contenido y de tono marketinero (“En defensa de los trabajadores, las mujeres y la juventud”, “Nuestra vida vale más que sus ganancias”, etc.).Por más que el PO cacareó en contra del PTS, tomando incluso nuestros argumentos sin el correspondiente copyright, no hizo más que amoldarse a su política porque, otra vez, lo que le importa son los votos.

A esta altura a nadie le sorprende que el Socialismo haya quedado desterrado por completo de las campañas y parezca haberse confirmado la necesidad de campañas cada vez más lavadas y más ciudadanas. Así el FIT avanza en una progresiva socialdemocratización, de la mano del cretinismo parlamentario que lo empieza a emparentar con experiencias similares a las de Syriza y Podemos. Justamente por eso, porque nos negamos a construir un frente que abjura del socialismo y se encamina abiertamente al reformismo, es que en 2017 nos negamos a votar por el FIT. No es casual tampoco que en el momento en que el frente avanza en esta dirección se dé la resurrección de los sectores más oportunistas y de tradición socialdemócrata, intentando poner en pie un “nuevo” frente de izquierda, el IFS. Si el FIT hubiese desarrollado su potencial, si hubiera avanzado en la construcción partidaria, todos estos sectores se hubieran visto en la obligación de incorporarse a él o verse condenados al ostracismo. En cualquiera de las dos variantes, el resultado hubiese sido el mismo: su derrota política. Pero el FIT se negó a todo ello.

La degradación política del frente se visualizó también en la intervención callejera. Los intentos de coordinación sindical, el mentado Encuentro de Racing, murió antes de nacer, y el acto político de Atlanta solo arrojó promesas al viento, que se olvidaron al día siguiente. Pero fue la inauguración de la Era Macri la que mostró otra profunda debilidad del trotskismo: su voluntad de confraternización con el kirchnerismo creyendo que detrás de él existen masas que pueden ser heredadas por un personal político “más honesto” y “más combativo”. Así vimos a la izquierda defender a personajes impresentables, como Milagro Sala, Hebe o De Vido; y lavarle la cara a todo el arco K marchando junto con ellos frente al 2×1 y el caso Maldonado. Hechos que la colocaron en directa subordinación a la dirección de Cristina. Otra muestra más de lo que denunciamos desde un comienzo, la absoluta carencia de vocación de poder, que en estos tiempos no hace más que darle una mano al intento de resurrección del kirchnerismo, cuando debiera convertirse en el sepulturero que le dé la última palada de tierra. Hoy la izquierda se encuentra sin identidad propia, mezclada con chorros, corruptos y asesinos, y sujeta a los dictámenes de Cristina.

 

Final de cuentas

 

En la editorial de El Aromonº 73 decíamos que el FIT se encontraba entre el parto y el aborto. Tal como se observa en este recorrido, al negarse a dar un salto cualitativo, con el pasaje de frente a Partido,empezó a experimentar su propia degradación. Si no se rompe es sencillamente porque aún funciona para lo que fue creado: conseguir votos y meter diputados. Con menos votos hoy que algunos años atrás, todavía asegura eso. Pero se encuentra lejos de ser la herramienta que necesita la clase obrera argentina para su revolución. Y lo decimos con la autoridad que nos da haberle puesto el cuerpo en numerosas oportunidades, defendiéndolo de sí mismo, contra sus propias direcciones, ofreciendo nuestra energía militante, nuestras publicaciones, nuestros espacios y todos los recursos que teníamos disponibles. En cada momento, desarrollamos y expusimos los mecanismos para su superación y batallamos por imponer esas ideas. Lo único que recibimos fue el ninguneo, el silencio y la expulsión. Es innegable que la lucha revolucionaria requiere en un alto grado el aprovechamiento de las oportunidades y, por tanto, no depende exclusivamente de la voluntad de quienes la protagonizan. Pero esa oportunidad requiere estar preparado para aprovecharla. El FIT se ha negado a ello y ha perdido varias ocasiones.

Su trayectoria expone además, una serie de debilidades congénitas del trotskismo argentino, con o sin FIT. El narcicismo, que los lleva a preservar lo propio, la nomenclatura, aun cuando actúan junto con otros que tienen el mismo programa y la misma estrategia. El parlamentarismo, que privilegia la disputa electoral y orienta las campañas a conseguir votos, abjurando del socialismo. Esto a su vez se relaciona con el espontaneísmo, en el cual la revolución no pasa por la conciencia, por la comprensión de la necesidad y la disposición a construir una nueva sociedad, sino por la mera lucha. Un acusado sindicalismo, según el cual la clase obrera solo puede comprender consignas elementales que atañen a reivindicaciones elementales, casi exclusivamente salariales. Se le suma el “Síndrome 17 de Octubre”, que lo lleva a claudicar reiteradamente frente al peronismo, suponiendo que por “coherencia” va a heredar a las masas que supone que este dirige. Finalmente, uno de los déficits más importantes, que explica parte de todos los anteriores, es el anti-intelectualismo que los lleva a evitar el análisis concreto de la situación concreta, actuando espontáneamente por mera intuición y esperando replicar lo que alguna “sagrada escritura” dijo.

En la conjunción de estos elementos que explican el fracaso no solo del FIT sino del conjunto de la izquierda argentina, es donde se encuentra la respuesta a la pregunta por la necesidad de un nuevo partido revolucionario en la Argentina. Esa tarea que hoy, nosotros, estamos encarando.

NOTAS

[1]https://goo.gl/BW6Qos

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