La piel de la serpiente

 

Por Eduardo Sartelli

Historiador, Dr. Gral. de Razón y Revolución-Organización Cultural

 

En estos días el gobierno de Kirchner festeja un nuevo éxito: hacerle creer al mundo que la impunidad ha llegado a su fin en la Argentina. Que el fenómeno tiene ribetes internacionales lo viví en carne propia al escuchar en una cola de supermercado en Montevideo -y de bocas uruguayas- a poco de estallada la noticia de la derogación del decreto de De la Rúa que impedía las extradiciones, que en el país vecino había “que hacer como Kirchner, que se puso los pantalones y se acabó la joda”. En los medios de comunicación, la maniobra fue ampliamente publicitada. El impacto de las fotos de los citados por el juez Canicoba Corral indudablemente es poderoso, entre otras cosas porque al menos la sombra de justicia parece asomarse detrás del escándalo. Y es que, siempre, oculta tras la apariencia de la ideología, existe un grano de verdad. De lo contrario, la maniobra no sería convincente. Y ese grano de verdad es el hecho concreto de que de alguna manera, en alguna medida y en algún momento, alguno la va a pagar. Que lo que hicieron no va a quedar sin alguna forma de castigo, por leve que sea. Aún más impresionante, como maniobra publicitaria, fue la declaración de nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida: podía verse, en el escenario armado frente al Congreso donde se transmitía en vivo y en directo la sesión de Diputados, el kirchnerismo rebosante en muchas caras de viejos y honestos luchadores contra la impunidad.

El problema, para quienes luchamos por la verdad, es exponer la realidad de las cosas. Hacerlo implica desplegar todos los elementos que han sido tapados por el despliegue publicitario, aunque pueda doler u ofender a, otra vez, honestísimos compañeros que llevan años en la pelea por objetivos absolutamente nobles. Pero, en  primer lugar, lo que ha hecho Kirchner es sacarse el problema de encima por la vía de no asumir la responsabilidad política directa: derogando el decreto del gobierno radical, le pasa la pelota a “la justicia”. En segundo lugar, ha consagrado la impunidad: la nulidad de las leyes frena las extradiciones con la excusa de que ahora “van a ser juzgados acá”. Pero semejante desenlace puede postergarse hasta la eternidad, porque los trámites duran años, las recusaciones de jueces son infinitas, los pedidos de inconstitucionalidad se suceden uno tras otro, etc., etc.. El resultado va a ser paradójico: se eliminó todo el andamiaje que garantizaba la muerte de la justicia sólo para darle un rápido y feliz entierro. Los asesinos con más de 70 años difícilmente sean obligados a algo más que prisión domiciliaria, los que tienen causas abiertas no podrán ser extraditados hasta que esas causas se resuelvan o prescriban, etc., etc.. En tercer lugar, la “justicia” sigue siendo la justicia menemista, que sigue siendo la justicia alfonsinista, que sigue siendo la justicia del Proceso, que es una justicia, no podría ser de otro modo, capitalista. Y este es el punto más importante porque remite al  núcleo del problema: ¿quién juzga? ¿a quién? ¿por qué?

Los “militares” aparecen como los responsables únicos de una “dictadura genocida”. Y por eso deben ser juzgados, para que no haya “impunidad”, es decir, para no que vuelvan a cometerse atentados contra la libertad de los “ciudadanos”. Kirchner, expresión de la “nueva Argentina” que renace moralmente tras el incendio del 19/20 de diciembre de 2001, no hizo más que “ponerse los pantalones” y realizar los sueños de los protagonistas del Argentinazo. La realidad es otra, muy otra: los que  dieron el golpe de estado fueron los representantes de una clase social, la burguesía, en especial, de sus fracciones más poderosas, incluyendo al imperialismo. Algunos militares son parte orgánica de esa fuerza social, son su brazo armado. Otros son simple masa de maniobra, ejecutores, los que se ensucian las manos en las peores porquerías. Aunque puedan creerse destinados a encabezar una lucha universal contra el mal, como Seineldín. Esto no significa que no sean responsables, sino que no son los únicos. Ni siquiera son los más importantes, no importa el tipo de atrocidad concreta que hayan cometido. El golpe del ’76 es inexplicable si no se recuerda a Martínez de Hoz, que sería inexplicable sin los empresarios argentinos que lo apoyaron y se beneficiaron hasta el hartazgo con su política. Pero lo que hicieron los empresarios argentinos no hubiera sido posible sin la colaboración activa de los gobiernos y empresarios de los mismos países que ahora quieren lavarse la cara, impartiendo en el exterior una justicia que no son capaces de aplicar en su interior. Ni permitiendo que se juzgue a sus “ciudadanos” en otras naciones: Aznar, Bush o Blair, por ejemplo, deberían comparecer como criminales de guerra en Irak.

¿Qué es lo que hicieron los “militares”? ¿Cuál fue su crimen? Defender la Constitución. La Constitución argentina defiende la propiedad privada como valor principal, excluyente. Como toda constitución capitalista. Videla, Masera y Agosti serían héroes de la burguesía argentina si no fueran tan inútiles como son. Héroes, porque defendieron la propiedad privada contra una fuerza social que intentaba construir  una sociedad sobre otras bases. Como prueba, allí tienen a Franco y a Pinochet: asesino que triunfa es prócer. Como fracasaron, hay que sacarse de encima al perro muerto porque su cadáver apesta. Y cambiar las caras para que parezca que todo ha cambiado. Y cambiar la forma de la dictadura para que parezca, también, que todo ha cambiado: la “democracia” (burguesa). Sus caras nuevas, sus caretas, se llaman Alfonsín, Menem, De la Rúa, Kirchner. Pero, bajo la superficie todo sigue igual: la misma clase, los mismos empresarios, incluso, que gestaron la realidad que hoy vivimos, siguen gobernando y enriqueciéndose como si nada. Ellos nunca fueron citados a juicio alguno, nunca fueron acusados de nada, nunca se les pedirá extradición alguna. Es más, ninguna empresa imperialista recibirá ninguna condena de Garzón alguno.

No es extraño: no se puede esperar otra cosa de la burguesía más que la sombra de la justicia. ¿Cómo van a juzgarse a sí mismos? ¿Cómo van a condenarse a sí mismos? Todo lo contrario, elaboran ideologías para transformar la mentira en verdad. Y entrenan, defienden y sostienen materialmente a los intelectuales que las elaboran y difunden. Son los que los ayudan a cambiar de piel cuando la vieja ya no va más. La nueva piel de la serpiente imperialista se llama Garzón. La nueva piel de la serpiente argentina se llama Kirchner. Es una pena que muchos compañeros no caigan en la cuenta y lo ayuden a expropiar los resultados del Argentinazo a sus protagonistas. Todo llama, entonces, a la superación del 19/20: organización política independiente de las masas, partido, revolución, justicia de clase. No hay otra vía contra la impunidad.

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