La paja en el ojo ajeno – Rosana López Rodriguez y Eduardo Sartelli

AlrocañoO de cómo las excusas para romper el FIT bastardean causas nobles (y urgentes)

A partir de una serie de intervenciones en Twitter, Jorge Altamira, se pronunció en torno a la cuestión del feminismo detonando un debate con el PTS que revela la falta de seriedad de los dirigentes del PO a la hora de tratar temas de gran importancia y a la vez, oculta las verdaderas razones de la crisis actual del FIT

Rosana López Rodriguez y Eduardo Sartelli


En el seno del FIT se ha producido un extraño debate acerca del feminismo y de su lugar en la lucha revolucionaria. No es el resultado de la necesidad de clarificación política y de ordenamiento de estrategias y tácticas con vistas a una acción común, sino del barullo mezquino y barruntoso que precede a toda explosión histérica entre quienes quieren pelearse, necesitan pelearse, buscan pelearse, pero en el fondo no saben por qué, entre otras cosas, porque no existe ninguna razón de peso para ello. El Partido Obrero ha querido, con esta intervención, diferenciarse del PTS y justificar así, una vez más, el camino de ruptura que se abrió el mismo día en que se formó el Frente, camino que no deja de ampliarse, a punto tal que ya tiene hastiados a todos los que observan el triste espectáculo. El PO, no solo no consigue diferenciación alguna, sino que sale de la polémica peor parado de lo que entró, en particular, porque aquello que critica al PTS es lo que debiera defenderse y de lo que el partido de Altamira podría aprender. En realidad, para cuestionar el reformismo de su rival no necesitaba entrar en este tema. En efecto, el problema no es Pan y Rosas; el problema es el PTS. Como veremos al final, la polémica ilumina la escena incluso más allá, en tanto que aquello que Altamira destaca en el ojo ajeno, se encuentra como viga en el propio.

 

 

  1. Los puntos centrales del debate

 

Todo empezó poco antes de que la Marcha Ni Una Menos ganara nuevamente las calles. Jorge Altamira se descolgó con un tuit tan poco feliz1 que desencadenó una catarata de posteos de los otros partidos que conforman el FIT, e incluso miembros de su propio partido. La polémica instalada giró en torno a la trata, el machismo, el feminismo y el capitalismo. Por supuesto que, como toda discusión que se entabla en las redes sociales, dio para las expresiones del más diverso pelaje: elogios, detracciones, cuestionamientos, insultos, exageraciones y chicanas sin valor. Aquí nos concentraremos en las principales intervenciones y en los núcleos temáticos clave: patriarcado vs. machismo, la naturaleza de la opresión de la mujer y el problema de la trata.

Machismo y patriarcado: la punta de un iceberg

El primer posteo de Altamira en su facebook es del 6 de junio y lleva por título “La lucha contra la opresión de la mujer”. Allí no se refiere nunca al tema como producto del patriarcado, sino del “machismo”. Esta distinción es importante. Aclaremos, antes que nada, que “machismo” y “patriarcado” no son conceptos equivalentes. El patriarcado es el predominio de la autoridad del varón en una sociedad o grupo social, resultado de relaciones que organizan distintas estructuras sociales (desde la familia al Estado) y se sostiene en una base material (relaciones sociales de explotación y opresión). Tiene además, la fuerza de la ideología. Es un sistema de alianzas entre varones y mujeres de la misma clase social y entre varones de ambas clases antagónicas. Su función consiste en oprimir a la mujer, colocándola en posición inferior al varón y reforzando, con ello todas las relaciones de subordinación existentes, en particular, las de explotación. El patriarcado es, entonces, una construcción social solidaria con la explotación social que, para garantizarla mejor, la excede, es decir, resulta compatible con los intereses de explotadores y explotados. Como tal, el patriarcado ha sido funcional a varios modos de producción, no solamente al capitalismo.

En tanto, el machismo es una ideología, que consiste en defender la inferioridad de la mujer con respecto al varón. El patriarcado no requiere, necesariamente, del machismo, en tanto la dominación patriarcal puede ejercerse con conceptualizaciones de la mujer que la consideren igual o incluso superior al varón. De hecho, hay algunas corrientes del feminismo de la diferencia que, apuntalando esta idea, se inscriben en un espinoso campo de contradicciones ideológicas, dando pie a feminismos patriarcales. Gran parte de los argumentos populares que supuestamente buscan la “valorización de la mujer”, se ubican en este campo: la diosa, la reina del hogar, la concepción de la maternidad como sagrada o de la mujer como merecedora de cuidado y protección especiales, etc., etc. Al negar la existencia del patriarcado y enfatizar en la función del machismo, Altamira reduce el problema a una cuestión subjetiva que, finalmente, se resuelve educando a los obreros.

Al negar la existencia del patriarcado, es decir, de una construcción social que excede al capital y a la mujer obrera, se niega la necesidad del feminismo. No puede haber una lucha unificada particular de las mujeres, en la que se discuta un programa común, si no hay un enemigo común. No necesitamos feminismo porque todo se resuelve en la lucha contra el capitalismo y la pedagogía contra el machismo entre los varones de la clase obrera. Implícitamente, Altamira reconoce que ser feminista implica una alianza con las mujeres de la clase dominante; una alianza establecida sobre la base de la existencia de un enemigo colectivo, social, común a todas. De este modo, feminismo es para el PO sinónimo de retroceso político y de reformismo. Finalmente, la oposición del PO no es a una forma particular de feminismo sino con el feminismo como tal, no importa lo que se diga acerca de la “lucha de las mujeres”.

Altamira tiene razón cuando señala que el feminismo opera en la frontera de clases y, por lo tanto, con un pie de un lado y otro enfrente. Pero este solapamiento es propio de toda contradicción secundaria: hay negros burgueses y negros obreros; hay homosexuales burgueses y homosexuales obreros; hay aborígenes burgueses y los hay obreros; hay intelectuales burgueses y los hay obreros tanto como ciudadanos capitalistas y proletarios, como los hay judíos y los hay palestinos. Y así al infinito. Cuando Altamira pretende trazar una línea demarcatoria de clase entre ambos campos, resuelve el problema por la vía de tirar el bebé con el agua sucia. El problema no es aislarse en un obrerismo simplón, sino poder articular todas las contradicciones en torno a un programa de clase. Eso nos lleva necesariamente a operar en el campo enemigo, estableciendo alianzas con fracciones y capas del adversario.

Digamos de paso que el PO niega la necesidad de esta alianza en el caso del feminismo, pero no en otros ámbitos, como el intelectual, en el que no solo se recuesta con casi cualquiera, sino que lo hace sin principio alguno, o lo que es lo mismo, con un “principio” abstracto, es decir, burgués: “toda la libertad al arte”. Se podría preguntar, entonces, por qué no “toda la libertad a las mujeres” (y a los “judíos”, los “negros”, los homosexuales, etc., etc.). Es evidente que esta posición expresada por Altamira en torno al feminismo refleja, no solamente un cierto tufillo machista, sino sobre todo una dosis importante de oportunismo.

Dejando de lado esta inconsecuencia obvia, la negación de una política abiertamente feminista tiene consecuencias importantes en la construcción del partido revolucionario. Porque el rechazo de las categorías secundarias lleva al aislamiento de la clase obrera y a la amputación del potencial liberador que porta su propia naturaleza como clase universal. El partido pierde la posibilidad de intervenir en las propias filas del enemigo y cooptar batallones enteros. Al revés, entrega al enemigo de clase la posibilidad de concentrar y homogeneizar sus intereses, restándonos las fuerzas que podríamos haber sumado. Hasta los republicanos yanquis saben de esto lo suficiente como para asustarse de lo que un reaccionario radicalizado como Trump pueda causar en sus propias filas.

El tratamiento de estos problemas es complejo pero inevitable, sencillamente porque obreros y burgueses no existen. Nadie es simplemente “obrero” o “burgués” por la sencilla razón de que lo concreto es siempre el resultado de múltiples determinaciones. Y esas determinaciones no están alineadas en orden de clase. Lo que tiene consecuencias notables sobre la política revolucionaria. La alianza sin principios con fracciones de la clase enemiga contribuye a fracturar el frente proletario y a entregar batallones enteros a la burguesía. El empleo de estrategias adecuadas en relación a las contradicciones secundarias lleva a otro resultado: a la fragmentación del enemigo y al pasaje a filas proletarias de material humano imprescindible para la creación del partido y su transformación en caudillo de masas. Ni Marx, ni Engels, ni el Che, ni Rosa Luxemburgo, Angélica Balabanov, ni la cúpula de los principales partidos revolucionarios de la Argentina (y, por supuesto, el Partido bolchevique) han procedido mayoritariamente de la clase obrera. Han llegado allí luego de procesos de ruptura con su propia clase, procesos en los cuales, la forma en que se han procesado socialmente las contradicciones secundarias, han sido cruciales. Pensemos, por ejemplo, en la vinculación entre el judaísmo y el marxismo en la Europa de fines del siglo XIX, o incluso en la función de los inmigrantes judíos en la formación del comunismo argentino.

La opresión de las mujeres

La marcha del 3 de junio pasado tenía como objeto reclamar al Estado medidas y acciones concretas que pusieran un límite a la muerte de mujeres por causa de su condición genérica. Decimos “mujeres” porque mueren tanto burguesas cuanto obreras y, precisamente, por su condición de género. No son crímenes de clase. Suponer que la única consigna para ir al Ni una menos es la del aborto libre, seguro y gratuito, es creer que los únicos femicidios son aquellos producto de abortos clandestinos. O que no existe una condición específica de la mujer más allá de la clase. Esta conclusión es la que se deriva, necesariamente, de la concepción según la cual el origen de la opresión de la mujer se encuentra en el capitalismo. Seguramente se rechazará esta acusación y se recordará a Engels como prueba. Pero que el marxismo haya encontrado el origen de la subordinación de la mujer en el nacimiento de la sociedad de clases, no significa que el PO haya sacado las conclusiones que de ese conocimiento científico se derivan.

En efecto, reconocer que la subordinación de la mujer no coincide con el advenimiento del capitalismo, significa reconocer su naturaleza parcialmente autónoma de las relaciones capitalistas. Pretender explicar todos los males del mundo como producto del capitalismo, en realidad no explica gran cosa: “La opresión de la mujer es de naturaleza clasista: sirve a la reproducción del sistema dominante”, dice Altamira. Salvo que uno tome la expresión “naturaleza clasista” en un sentido demasiado amplio, es incorrecta. Incluso la segunda parte de la oración, que en principio dejaría menos lugar a dudas, puede ser falsa si no se recuerda el carácter contradictorio de la realidad. ¿O acaso la moral victoriana no arrastró generaciones enteras de jóvenes y mujeres hacia la izquierda? No parece que, siempre, en todo tiempo y lugar, una ideología que crea contradicciones en el propio seno de la burguesía (entre varones y mujeres burgueses) resulte funcional a la “reproducción del sistema”…

Por otra parte, la idea de que la solución al problema de la mujer es el “socialismo”, es simplemente una abstracción. No solo porque la subordinación femenina existía antes de las revoluciones burguesas, sino porque nada garantiza que, sin lucha, deje de existir después de la revolución socialista. Así como el patriarcado atravesó distintas sociedades de clases, nada impide que siga existiendo bajo el socialismo. No es una afirmación que deshistoriza ni que considere que el machismo es eterno y atemporal. Simplemente indica que el patriarcado está constituido por formas ideológicas y relaciones sociales que bien pueden sobrevivir bajo otra estructura social,2 a menos que uno sea idealista y mecanicista y considere que, mágicamente, por la vía de la transformación económica, los sentimientos y los intereses inmediatos de la mitad masculina de la humanidad desaparecerán espontáneamente.3

Esta concepción economicista del problema lleva al programa revolucionario a contentarse con dos o tres consignas básicas no demasiado audaces, compartidas no solo por el reformismo, sino incluso por la burguesía liberal: aborto libre y gratuito, guarderías, etc. No se trata, simplemente, de mejoras de tipo sindical para la mujer obrera, ni de educar a los varones obreros. Se trata de crear instituciones que destruyan la posibilidad del patriarcado: por dar un ejemplo, cuando entre las reivindicaciones “feministas” del socialismo se exigen cosas como guarderías u otros medios de “aliviar” las penurias de la maternidad, lo que se hace es consolidar a la mujer como madre y a la maternidad como un problema femenino. Dicho de otra manera, la supervivencia del patriarcado está garantizada si no se separa, radicalmente, de la mujer, el problema de la reproducción humana, o lo que es lo mismo, si no se promueve la abolición de la familia, pilar y base central del patriarcado.

El patriarcado es anterior al capitalismo, es subproducto de las sociedades de clase previas y como tal, podría continuar luego de la revolución socialista si no se lucha contra él en particular. Y no mañana, sino hoy. Y no solo para las mujeres obreras, sino para la mujer en general.

Capitalismo y trata

“La trata de personas con fines de explotación social (sic) representa un cambio en calidad en lo que se refiere a la posición subalterna de la mujer. Supera el cafishiaje, como la gran producción supera a la pequeña. Es un comercio en gran escala con métodos de lesa humanidad.” Altamira presume un salto cualitativo allí donde hay dos denominadores comunes: a saber, que las víctimas son mujeres y niños/as y en segundo lugar, que ni en un caso ni en otro se altera la situación de subalternidad de las víctimas. Según Altamira, un cafisho o un obrero metalúrgico pueden ser machistas, pero no son lo mismo que un tratante. Pero en realidad, el cafisho es un intermediario y el obrero metalúrgico que cumple a pie juntillas con un machismo supuestamente “inofensivo”, consume prostitutas que pueden provenir de la trata. Desde esta postura, Altamira está defendiendo la prostitución “a pequeña escala”, una variante más de la defensa del pequeño capital. Lo que lo lleva, implícitamente, a una posición “regulacionista”, en tanto la prostitución resulta ser un trabajo como cualquier otro, siempre y cuando no caiga en las manos de los monopolios… Sin embargo, unos días después y como producto de las críticas desatadas, recula y escribe lo siguiente:

 

“Muchos de los que aseguran que el ‘machismo’ se sobreimpone al capitalismo en la trata, en calidad de categoría social, promueven, sin que se les mueva un pelo, el ‘derecho’ (!!) de la mujer a prostituirse, como ocurre con tantos izquierdistas y centroizquierdistas ‘antimachistas’, que para eso convierten a la prostituta en ‘trabajadora sexual’. La revolución proletaria inscribe en su programa la abolición de TODA forma de opresión y de envilecimiento humano, no la libertad para elegir la forma de su humillación. La denuncia de toda forma de discriminación y de violencia debe servir a la lucha por poner fin al capitalismo, que es el edificio que sostiene al machismo, al racismo, al chovinismo y a todas las lacras sociales en la época actual.”

 

Altamira no explica por qué la prostitución no es un trabajo, sobre todo teniendo en cuenta que la misma condición asalariada es humillante para todos los obreros y que la consigna “Sin clientes no hay trata (ni prostitución)” es rechazada por el PO. Altamira no ve que en la trata la mujer no es dueña ni siquiera de su fuerza de trabajo, pues consiste en la conculcación de los derechos más elementales de los trabajadores. La trata no es simplemente explotación capitalista. Y no solamente en términos económicos. Como bien señaló Olga Viglieca: “Las redes son negocios capitalistas pero su especificidad se explica por el patriarcado o sea por la opresión de las mujeres a partir de la instauración de la sociedad de clases.”

Muchos errores más se despliegan hasta el final del texto (y también de los post que le siguen) expresando de ese modo una mezcla de confusión, abstracciones, ambigüedades, contradicciones y declaraciones de principios perfectamente inexplicados. Como cuando confunde turismo sexual con trata. O cuando pretende que “es la manifestación del capitalismo en su completa descomposición”, como si no hubiera existido mucho tiempo antes. Está presente ya en la época “librecambista”, es decir, desde la perspectiva leniniana, en su etapa “progresista”. En la Argentina de la era dorada de la expansión económica, la Zwi Migdal formó parte del paisaje “normal” durante más de veinte años, entre 1906 y 1930. Reducir la trata a capitalismo es otra forma del mismo economicismo con el cual se simplifica el problema al punto de tornarlo completamente vacío de contenido.

El PO: autobombo e impotencia

En el conjunto de sus intervenciones, no solo Jorge Altamira demuestra que no conoce sobre el tema, sino que esa ignorancia se extiende al conjunto del partido. Se trata de una ignorancia voluntaria, habida cuenta de que si algo le sobra al PO son becarios de Conicet y profesores universitarios. Es más, se trata de una ignorancia represiva, porque un conjunto de miembros del partido salió a expresar su oposición solo para recibir el vituperio del resto.

Altamira confunde conceptos, utiliza términos incorrectos y formula mal los problemas. Dejemos de lado lapsus como aquel en el que confunde explotación con opresión, al poner a la misma altura categorías de clase (“trabajadora”, no es exactamente eso, pero dejémoslo pasar…) con categorías secundarias (“mujer”, “negra”). Pues bien, ser “trabajadora”, no constituye, como se le escapa a Altamira, una forma de opresión, sino, lisa y llanamente explotación. Ser, además, mujer o negra, son formas de opresión que se suman a la explotación.4 Se trata de cosas elementales. Y, como vamos a ver, no pasa solo con los conceptos, sino con hechos concretos.

En efecto, su argumentación comienza con gruesos errores históricos: uno, que el marxismo se ocupó del problema de la mujer antes que cualquier otra corriente; otro, que el PO es el único que lo ha hecho en Argentina. Recordemos que el feminismo es anterior al marxismo, incluso al capitalismo. Va como ejemplo, Olympe de Gouges, que da a conocer su manifiesto “Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana”, en 1791. Y cuando todavía faltaba más de un siglo para la revolución burguesa, Sor Juana Inés de la Cruz reivindicaba ya el derecho de las mujeres a la filosofía, al conocimiento y al estudio en su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, de 1691. Recordemos también que buena parte de lo que Engels transmite a la cultura marxista es en realidad producto de la imaginación de socialistas utópicos como Fourier. Podríamos remontarnos a la antigüedad griega, pero no vale la pena. Basta con leer clásicos como el de Gerda Lerner.

La ignorancia se extiende a cuestiones importantes del campo en discusión. Partiendo del economicismo que lo caracteriza, el PO asume un miserabilismo reproductivista según el cual la clase obrera “reproduce la ideología de la clase dominante incluso en forma más grosera y brutal, por las limitaciones de la condición de la opresión proletaria y la miseria social correspondiente”. Los obreros, entonces, son más violentos con sus mujeres que los burgueses, según Altamira. Y no solamente son más violentos, sino que lo son porque no pueden tener otras ideas en la cabeza, como no sean las de la burguesía, ideas que, justamente en virtud de la pobreza y la explotación son aún más descompuestas y perversas que las de la clase dominante misma. Obviamente, no hay ninguna prueba empírica de tales afirmaciones. Más grave aún es la suposición que cree que el obrero varón es “machista” simplemente por ignorancia y por “reproducción” de la ideología burguesa. Que, en realidad, no tiene ningún interés propio en la opresión de la mujer obrera.

Altamira adjudica la violencia de género en la clase obrera a la explotación y la descomposición social. No es así. Hay que ver lo que los obreros obtienen también de la opresión de sus propias mujeres. El machismo obrero no es simple “confusión de intereses”. Expresa un interés inmediato: la subordinación de la mujer obrera mejora las condiciones de existencia de los obreros, dentro y fuera de la familia. Los obreros obedecen al patriarcado, más allá de la fuerza que tienen las ideas de la clase dominante, más allá de la miseria y de la explotación, porque les conviene. Este es el poder de la ideología: que tiene un fundamento objetivo, que no es una completa mentira que flota en el vacío, que tiene un apoyo en intereses y necesidades reales. La doble jornada beneficia al varón, el cuidado de los hijos beneficia al varón, los prejuicios por los cuales frente a la misma calificación laboral se elige a un varón, también los beneficia. Del mismo modo que la persistencia de la brecha salarial por el desempeño de la misma tarea. Incluso en la militancia, la actividad pública del varón tiene su correlato necesario en el confinamiento privado de su compañera.

Esta ignorancia, ofensiva y lamentable, está al servicio de la auto-proclamación, no solo del marxismo (del que se apropia Altamira sin ofrecer más título que su desconocimiento del tema) sino del mismo PO: “Los únicos que hemos escrito y agitado acerca de la discriminación de la obrera, no solamente por parte de la patronal sino por los obreros, sea en el lugar de trabajo, pero por sobre todo en la familia, hemos sido los del Partido Obrero”. Ya allá por el 2004 señalamos, al reseñar el documental Paso a las luchadoras, que en el registro fílmico se expresaba la idea de que la opresión se ejercía sobre todas las mujeres, pero que las únicas que luchaban contra ella eran las militantes del Polo Obrero.5 Un documental que se pretendía pedagógico, pero que no otorgaba ninguna explicación y que se pretendía modelo de lucha sin poder exhibir ninguna presencia importante del PO en la larga historia del feminismo y las luchas de las mujeres en la Argentina. Con ese “documento” las compañeras del PO (“las luchadoras”) se hacían presentes en los Encuentros de mujeres, de donde habían estado completamente ausentes durante años, exigiendo… que se les abriera paso… Si ese autobombo estuviera asentado en una posición política correcta y ofreciera soluciones concretas a los problemas concretos de la realidad, se podría pasar por alto. Pero cuando se deja “paso” a las “luchadoras” y ellas hablan (por boca de Altamira), lo que sale de sus bocas no son más que vaguedades sin consecuencia, alguna que otra reivindicación correcta en términos sindicales y recomendaciones peligrosas rayanas en el suicidio.

En el mismo documental del que hablamos, se esboza una solución contra la violencia de género. Frente al grave problema de la violencia doméstica, la resolución propuesta es la violencia “colectiva” de las compañeras de militancia de la mujer agredida. No hay lucha política, hay justicia por mano propia, es decir, el grado cero de la acción colectiva. No se trata de una anécdota. Más de una década después, Altamira continúa defendiendo esa ausencia completa de acción política:

“Allí donde la mayor parte de la izquierda levanta un programa penal para la violencia contra la mujer y el femicidio, nuestro partido defiende la sanción de medidas de protección de la mujer por parte del Estado, acompañadas por el control de su ejecución por las propias mujeres, por la organización independiente de la mujer y, por sobre todo, por la lucha teórica y práctica contra la violencia contra la mujer en el seno de la clase obrera.”

Es claro que no hay aquí ninguna propuesta concreta, con lo cual es difícil de ver en qué sentido se diferencia esta posición de las puestas en práctica hasta ahora. De hecho, muchas organizaciones burguesas reclaman lo mismo. Lo que aparece como distintivo es que “el control de la ejecución (sería realizado) por parte de las mujeres y la organización independiente de la mujer”. ¿“Organización independiente” de quién o de qué (si fuera de los varones, esta posición sería contradictoria con la que propone la unión de la clase obrera…)? Tampoco se define qué mujeres ejercerían el control de semejante tarea. Altamira debe suponer que todas las mujeres están en contra de la violencia de género, lo que, lamentablemente, dista de ser verdad. Si hubiera dicho “organizaciones feministas”, vaya y pase. Pero “feminismo” es mala palabra…

Por otra parte, ¿en qué consistiría el “control”? ¿Y por qué debieran ejercerlo solo las “mujeres”? Pareciera que los varones tienen derecho a quedarse mirando sin intervenir. Se trata de pura cháchara, que simplifica el problema y cuya única medida práctica es la ya señalada “justicia por mano propia”. Si fuera tan sencillo como eso, el problema ya no existiría. Porque casos de “intervención independiente” de las mujeres ha habido y más de uno (no hace falta recordar a Lorena Bobbit).

Esta idea, expuesta como dijimos hace más de diez años por El Ojo Obrero, es, cuanto menos, peligrosa. Olvidemos algunas preguntas que serían tontas si estuviéramos en un debate serio (cuántas mujeres pueden ser custodiadas directamente por esta especie de guardia pretoriana femenina, si defendería a todas las mujeres golpeadas o solo a aquellas que militen en el PO, y qué pasaría con las burguesas, porque después de todo, según Altamira, esas mujeres no tienen ninguna contradicción dentro del campo de sus intereses). La consecuencia más grave de esta oscilación entre solicitar vaguedades al Estado burgués y poner en práctica un mecanismo de acción independiente (del Estado), es el retorno a la barbarie: la “justicia por mano propia” arrastra a las arbitrariedades (los linchamientos populares) y, a las “justicieras”, muy probablemente a prisión o a enfrentar una violencia aun mayor.

El autobombo del PO esconde, entonces, su impotencia programática, su incapacidad para formular propuestas y planteos concretos en un campo que desconoce y del que, en el fondo, desconfía profundamente. Finalmente, detrás del “machismo” condescendiente del PO, encontramos aquí, como en otros campos, su incapacidad para hacer política.

Pan y Rosas, el PTS y el FIT

Las respuestas del PTS a la intervención de Altamira no superaron el nivel de lo correcto en cuanto a la especificidad del debate se refiere. No hizo falta demasiado, porque los absurdos del PO fueron cuestionados incluso por algunos de sus propios militantes. Y porque la intervención de los militantes que lo defendieron en realidad corroboró las sospechas acerca de cuanta barbarie puede anidar en un partido que se dice revolucionario. Téngase como prueba de ello los insultos de todo calibre que se gastaron contra una compañera digna y reconocida militante como Andrea D’Atri, o la acusación de prostitución “política” de las militantes del PTS proferida por un enfermo mental a quien, no solo no se le impuso silencio, sino que se lo apoyó fervorosamente.

Dejando de lado bajezas por el estilo, la crítica del PO a Pan y Rosas es injusta, innecesaria y fuera de lugar. Pan y Rosas cumple con la función para la que fue creada y es una de las organizaciones de las que el PO debiera aprender. El problema se encuentra no en el campo específico de intervención, sino en el ámbito más general. El PTS tiene una posición correcta sobre la lucha feminista cuando se aplica al campo de la lucha feminista. Por el contrario, cuando debe progresar hacia la lucha política, desbarranca: en ese momento, la lucha por los “derechos de las mujeres” se hace abstracta y carece de toda vinculación con la lucha socialista. No porque el PTS no tenga un enfoque de clase del feminismo (la propia D’Atri se encarga de dar ejemplos de sobra), sino porque cuando llega el momento de hacer política socialista, el PTS se olvida del socialismo. Es así como se termina haciendo campaña electoral por “las mujeres, los trabajadores y la juventud”, sin ninguna vinculación con el objetivo socialista de su programa. Es decir, en el mejor de los casos, como un partido “laborista”. En este punto es en el que el PO y el PTS se encuentran: en la incapacidad de superar el plano meramente sindical, sea en el campo feminista o en el campo obrero. Porque finalmente, un feminismo “clasista” inserto en un partido que renuncia al punto de vista de clase y al socialismo justo en el momento en que debe ponerlo sobre la mesa, no puede ir más allá de ese corsé.

Para sacar esta conclusión, el PO no necesitaba entrar en el debate que reseñamos. No solo porque se metió a opinar de cosas que no sabe y donde es superado ampliamente por su oponente. Sino porque no es allí donde va a encontrar lo que busca: las pruebas del reformismo de su contrincante. Basta con ver la forma pública en la que se presenta el partido, sus alineamientos políticos y votos en el congreso, el democratismo sindical oportunista que practica, etc., etc.

¿Pero acaso el PO no sabía esto cuando armó el FIT? Sí. ¿Entonces? Lo que sucede es que el PO no es demasiado diferente del PTS. Más allá de frentes puntuales, su programa es el mismo, sus concepciones generales son las mismas, sus formas de intervención muy parecidas. ¿Entonces? Es triste decirlo, pero lo que fue la promesa de una recomposición general de la izquierda revolucionaria, termina en pelea de programa de chimentos. Si el PO quiere romper el FIT porque perdió la interna, que lo haga, tiene todo el derecho a hacerlo. Pero que busque una forma más digna, para sí mismo y para el conjunto de la izquierda y, por supuesto, del feminismo. Una ruptura clara sería mucho más saludable que este espectáculo bochornoso.

 

NOTAS

1“La trata de mujeres no es machismo, es la explotación capitalista organizada de mujeres y niña/os”.

2La Iglesia católica, por ejemplo, sobrevivió al esclavismo, al feudalismo, al capitalismo (en los “socialismos reales”) y al propio socialismo (otra vez, en los “socialismos…”).

3No es lo que pensaba Trotsky, si nos atenemos a lo que señala en sus textos sobre la vida cotidiana.

4“Trabajadora, mujer y negra, puede resumir una triple opresión social de la condición femenina.”

5Véase López, Mara: “Paso a las luchadoras: Anti-intelectualismo y rancho aparte”, en El aromo, n°10.

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