¿La lucha armada es siempre foquista?

Por Flabián Nievas y Pablo Bonavena – En el Nº 18 de Razón y Revolución se publicó nuestra contribución “Aportes para pensar una estrategia revolucionaria en América Latina”. El artículo generó diversos comentarios. Varias nos ubican como “leninistas ortodoxos” o “militaristas”; pero la respuesta más extraña fue la esgrimida por Eduardo Sartelli. Su comentario crítico transita entre la atribución de posiciones que no sustentamos, a una caracterización general que pone en evidencia un gran desconocimiento sobre el tema que abordamos. Las limitaciones lógicas de este escrito nos impiden hacer observable, punto por punto, las posiciones y dichos que nos endilga arbitrariamente Eduardo. Por eso nos centraremos en uno de los efectos de tal errático ejercicio; la asignación de una propuesta que, según su entender, postularíamos: “el retorno del foquismo”.1

Foquismo

Nos sorprendió su rótulo de “foquistas”, ya que siempre hemos tenido un enfoque fuertemente crítico del foquismo, tal como lo exponemos año tras año en la asignatura que dictamos sobre la guerra.2 Allí argumentamos que el “foquismo” tiene un rasgo común con muchas otras fundamentaciones de la lucha revolucionaria: supone que existe una manera, y sólo una, de abordar el desafío revolucionario, cayendo en un “fetichismo” del método que, en este caso particular, sobreestima un espacio y una personificación social: el campo y el campesino. Además, mostramos cómo la actual guerra insurgente es crecientemente un fenómeno urbano, donde las organizaciones irregulares se tornan letales.3 Por eso sostenemos en el artículo en cuestión que “es necesario revisar críticamente la rica experiencia de guerra urbana —forma principal de lucha en las guerras actuales— protagonizada hace décadas en el cono sur, como los casos del E.R.P., Montoneros y Tupamaros.” Nótese que se trata de organizaciones que no se destacaron por ser foquistas. Pensábamos que en el artículo no dejábamos lugar a dudas: no promovemos el foco ni otra forma de lucha anclada en lo rural argumentando, incluso, que “es imposible transpolar experiencias, y todo lo hecho no puede ser repetido, haya sido exitoso o no” (p. 122). Asimismo, recomendar la necesidad de abordar la discusión sobre la lucha armada, como hacemos en nuestro artículo, no puede ser reducida al foquismo. Lucha armada no es sinónimo de foquismo, así como tampoco lo es de terrorismo, con el que actualmente se la suela equiparar, cometiendo el mismo error.

Por todos estos elementos, sospechamos que Eduardo no discute con nuestra posición aunque, indirectamente, su confusión la refuerza. Al reducir la lucha armada al foquismo hace más pertinente nuestra propuesta sobre la necesidad de abordar dentro del marxismo la cuestión militar de la lucha de clases: frente a semejante error el ABC se torna imprescindible.

Guerra y revolución

Nuestro artículo, bien o mal esgrime un supuesto con toda claridad. Para que la revolución sea posible se deben dar ciertas condiciones. Así abordamos la vinculación entre guerra y revolución, sosteniendo que “[…] ni cualquier crisis ni cualquier guerra son a priori un escenario propicio; pero sin crisis que derive en guerra, no hay casi posibilidades para la revolución,” quedando la guerra como una de las condiciones de posibilidad de una revolución socialista. El foquismo, por el contrario, asume abiertamente que no es necesaria la existencia de todas las condiciones para comenzar el ejercicio revolucionario, toda vez que el propio foco “infeccioso”, una vez instalado, favorece el desarrollo de tales condiciones, tal como lo pregonaba el propio Guevara (“no siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas”).4 En tal sentido podría leerse el foquismo como un “subjetivismo”, que colisiona con el “objetivismo” de nuestro planteo. Curiosamente Eduardo nos endilga, no obstante, una posición foquista.

Las FARC en el escenario latinoamericano

Las FARC, incluso con los problemas que atraviesan hoy día, opinamos que conforman la fuerza en el campo revolucionario de mayor influencia en la política nacional y regional. Ninguna otra organización, con la excepción del Partido Comunista Cubano, tiene esa capacidad. No casualmente el imperialismo norteamericano invierte tantos recursos en Colombia para actuar en su contra, fortaleciendo al ejército local como a ninguna otra fuerza en el continente. El “Plan Colombia” —también la “Iniciativa Mérida”— no nos parece un indicador de que las FARC llevan “medio siglo en la selva sin que pase nada en Colombia”, como argumenta Eduardo. Hay formaciones marxistas que desde décadas están en la ciudad y sólo alcanzaron esporádicamente algún concejal como logro. Nuestra ubicación de la FARC como la fuerza con más influencia en la lucha de clases abierta no la localiza, como dice Eduardo, “en la cúspide de la revolución latinoamericana”, ya que tal alternativa para nosotros no se desarrolla aún en la realidad. Nos asigna un análisis de situación contrario al planteado por el artículo, que escuetamente sostiene lo opuesto.

No existe en nuestro escrito, tampoco, una ubicación del EZLN en un segundo lugar en un ranking de fuerzas revolucionarias. Nuevamente nos atribuye cosas que no decimos. No obstante nos parece más importante en el contexto de América Latina esa organización mexicana o Sendero Luminoso que las asambleas vecinales de Buenos Aires. Pero lo más insólito es suponer que nuestra evaluación citada sobre las FARC deja entrever una adscripción al foquismo. ¡Las FARC son un ejemplo de una guerrilla rural que no es foquista! Esta afirmación es compartida por cualquier especialista en el tema con total naturalidad. Nuevamente Eduardo fortalece nuestro artículo, demostrando que no es ocioso ocuparse de los temas militares ya que esto evitaría, entre otras virtudes, pensar que una lechuza es cualquier pajarito. Las FARC no nacen de ningún foco rural, sino de una extendida tradición de lucha armada campesina y destacamentos de autodefensa, que desembocó como resultado histórico de las luchas legales e ilegales del campesinado, muchas ellas impulsadas por el Partido Comunista en el siglo xx. Dicho en pocas palabras: ni toda lucha armada se da en el campo, ni toda lucha en el campo es foquismo.

¿Qué hacer? Partido o foco

Dice Sartelli que nosotros haríamos “[…] o en una recomendación puramente libresca (hay que «leer» sobre la guerra) o en una prescripción disparatada (hay que dedicarse al tiro al blanco), la que puede ser caracterizada como el retorno del idealismo guevarista […]” (p. 127). Señalamos nosotros, en cambio, que “la construcción de una dirección revolucionaria es el objetivo central […]”, proponiendo básicamente tres cuestiones: actualizar una agenda de debate que incluya la lucha armada como tema, fusionar destacamentos revolucionarios, y que las direcciones fracasadas den un paso al costado. Ninguna es oftalmológica: ni leer sobre guerra ni ejercitar puntería, aunque no estaría fuera de lugar hacerlo. La preparación para la guerra regular o irregular, así lo recomienda la historia militar, es más eficaz antes de la misma, y no frente a la urgencia de los disparos enemigos. Con más precisión, decimos en el artículo que es menester “la generación de una estrategia comunista bajo la conducción de una fuerza político/ militar, construida sobre los fundamentos del marxismo- leninismo”. Como advirtieron varios de los críticos de nuestro artículo, reivindicamos el Partido en sentido leninista, fundamento teórico y organizativo que, como sabemos, colisiona con el foquismo, tema que Eduardo parece no conocer.

El pacifismo como obstáculo epistemológico

Finalmente, queremos hacer un señalamiento general, más allá de la respuesta de Eduardo. El pacifismo, especialmente en su variante “democratista”, es un obstáculo con el que se enfrenta gran parte de la izquierda, provocando serias dificultades para abordar los momentos más álgidos de la lucha de clases y, dentro de éste ámbito, las guerras. Como contrapartida, genera análisis de la realidad registrando únicamente el tipo de lucha que acepta su concepción. Así se torna un observable de la lucha de clases, por ejemplo, una huelga general en Bélgica, que sin duda lo es, pero no las acciones de Sendero Luminoso, las FARC o el EPR. Recientemente, leíamos en un artículo la siguiente caracterización: “La región —por América Latina— es el principal foco de resistencia internacional al imperialismo…”.5 Frente a esta afirmación, nos preguntamos, entonces, ¿qué pasa en Irak y Afganistán? Para nosotros la respuesta es obvia. Allí se desarrolla la principal lucha antiimperialista del planeta; pero claro, bajo la forma de guerra insurgente. Este atributo hace, evidentemente, que se torne invisible a la matriz socialista-pacifista. Cuando cobran visibilidad, el prejuicio frente al desenlace militar de las confrontaciones genera una conceptualización homogeneizadora que engloba cualquier lucha armada como “foquismo” o, en una versión algo más rigurosa, de “guerrillerista”.

El pacifismo, como cualquier obstáculo epistemológico, es algo imposible de pensar para quien lo tiene instalado, porque le parece “obvio” aquello que piensa, aún cuando los prejuicios chocan contra la realidad, a la que no logra constituir en “dato”. Asimismo, no puede comprender lo que no quiere ver; por eso confunde todo igualándolo. Como el foquismo fue un fracaso, y además suponía asumir la lucha armada popular, toda vez que se manifieste la lucha armada del pueblo estaríamos frente al foquismo que, claro está, lleva a la derrota segura. Este es el razonamiento.

Más allá de las limitaciones del enfoque pacifista, éste aparece asociado con otro problema. Registrar que el centro de la lucha antiimperialista está en Medio Oriente, y que el continente con mayor conflictividad social —expresada en genocidios recurrentes— es África, tal como sostenemos, significa reconocer el protagonismo de destacamentos que no enarbolan programas socialistas (nos agrade o no). Este es un grave problema que debemos asumir los marxistas; el retroceso del socialismo como alternativa en los lugares del planeta con mayores niveles de confrontación. El socialismo-pacifista se auto asigna una relevancia que no se desprende de las luchas existentes, al punto de no reconocer la instalación del ideario socialista cuando parte de una fuerza que ejerce la violencia material directa. Olvidan que inventar una realidad a su medida es un escollo para transformarla.


Notas

1Agradecemos la publicación de esta versión reducida (por problemas de espacio). La versión completa de esta réplica puede encontrarse en http://flabian-nievas.blogspot.com. 3/11/08
2http://ar.geocities.com/sociologiadelaguerra/.
3Desde la segunda posguerra mundial las formas en que se hace la guerra han ido experimentando transformaciones estructurales de modo que hoy son muy diferentes a las de las décadas pasadas. Por ello de lo que se trata es de apropiarse de esas novedades, ya que las mismas se basan en reducir la asimetría negativa de los grupos insurgentes frente al imperialismo. Hemos tratado este tema en varios artículos, por ejemplo en Bonavena, P. y Nievas, F.; “Las nuevas formas de la guerra, sus doctrinas y su impacto sobre los derechos humanos”. Fermentum. Revista Venezolana de Sociología y Antropología. Nº 46. Mayo/Junio de 2006. También en Bonavena, P. y Nievas, F.; “Estados Unidos frente a la guerra difusa”. Cuadernos de Sociología. Nº 41. Enero- Julio de 2007. Universidad de Santo Tomás. Bogotá, Colombia. Finalmente, sobre la cuestión de la lucha en la ciudad, véase Nievas, F.; “El combate urbano”, en Nievas, Flabián (ed.); Sociología de la Guerra”. Buenos Aires, Proyecto, 2007.
4Guevara, Ernesto; “La guerra de guerrillas”, en Escritos y discursos, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1972, tomo 1, p. 33.).
5Katz, Claudio: “América Latina: ¿Hacia el socialismo del siglo XXI?”, en Contribución a la Crítica, Buenos Aires, n° 2-3, verano 2007/2008, página 47.

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