La Logia del Potlach – Fabián Harari

11371183_1byn_fmtAnte lo inevitable, el PTS se dispone a liquidar al FIT. Prefiere hacerlo volar en mil pedazos y arruinar una experiencia histórica inédita solo porque no puede dirigirla o, peor aún, porque crece.

Por Fabián Harari (Laboratorio de Análisis Político-CEICS)

La creencia de que el crecimiento de un programa es obra exclusiva de la propia acción es característica del pensamiento mágico e impide, justamente, desarrollar una intervención más eficaz. Peor aún, nos deja a merced de las circunstancias: no podemos aprovechar la cresta de la ola y nos quedamos sin defensas ante la adversidad. Creer que el ascenso del FIT es solamente el producto de los consecutivos aciertos de los tres partidos es la mejor forma de comprarse todos los boletos para el fracaso. Hoy, pende sobre el FIT, no ya la amenaza de una oportunidad perdida, sino la de su disolución.

Derrotismo

En la segunda mitad de los 90, nos animamos a vaticinar un futuro prominente para la izquierda revolucionaria.1 La crisis económica, el agotamiento de la experiencia peronista y la ruptura de la clase obrera de los vínculos políticos que la tenían atada auguraban una oportunidad inmejorable. El proceso revolucionario abierto en 2001 permitió acelerar el crecimiento de la izquierda en el seno de las masas hasta un nivel inédito. El rearme de la burguesía, en 2003, provocó un reflujo relativo y un nuevo ciclo de ilusión reformista. No obstante, el proceso no fue cerrado: las tendencias que desataron el 2001 y la fuerza que lo protagonizó aún estaban, y aún están, ahí presentes. Disminuidas, pero no eliminadas. La clase obrera tarde o temprano iba a sufrir ataques (y ocurrió principalmente con la fracción ocupada). Los vínculos programáticos no se recompusieron. No se reeditó ningún movimiento histórico burgués de masas. Por lo tanto, ante el agotamiento del impulso inicial (que ocurrió alrededor de 2007 y explotó en 2008), la izquierda iba a estar en condiciones de retomar su marcha.
¿Por qué recordar esto? Porque esa fue la primera discusión que tuvimos que dar con los compañeros del FIT, en la llamada “Asamblea de intelectuales”: la idea de que estábamos ante una oportunidad histórica. ¿Y quién defendía con más énfasis la hipótesis contraria? El PTS, quien argumentaba que el Argentinazo estaba muerto, que no era el momento de avanzar, sino de contener la retirada. Para este partido, el crecimiento de la izquierda se debía a la aparición de una “nueva camada”, de un “sindicalismo de base”. Una especie de estadio democrático-etario, propia de momentos muy embrionarios de la conciencia, que no llega siquiera al momento corporativo, ya que se trata de fracciones que no reclaman todavía la mejora de sus condiciones de vida, sino tan solo su derecho al voto. Una conciencia ciudadana (“ser escuchados como individuos”), pero no de clase. Evidentemente, diferentes caracterizaciones ordenaban tareas e intervenciones distintas. Para el PTS, había que evitar a toda costa la desaparición y apelar a la conciencia democrática del ciudadano. Para nosotros, prepararse políticamente para una intervención de masas, mediante un gran Partido Revolucionario.
El tiempo fue desmintiendo la posición más derrotista. El FIT comenzó a crecer. Creció a pesar de muchos errores. Creció casi por sí mismo, por su mejor virtud: existir. Se desarrolló entonces una tendencia lógica a cierta convergencia, que provocó las tensiones propias de este tipo de procesos. Por más que persistan en una idea federativa, en un contexto de acercamiento a las masas, la discusión por la dirección es inevitable. En su momento, los partidos que dirigen el frente se negaron a procesarla en la forma que corresponde a los revolucionarios: en un congreso de militantes. Por eso, hoy se va a dirimir a la manera burguesa: mediante las PASO.
Esta división ha provocado un retroceso electoral evidente. En ninguna elección, hasta el momento, el FIT logró llegar al techo del 2013. Superó claramente las elecciones del 2011, pero recordemos que ese fue el mejor momento del oficialismo. En Mendoza, la “gran elección” llegó a los dos tercios de la del 2013 (100.000 contra 150.000). Por no hablar de Salta (110.000 a diputados nacionales en 2013 contra 41.000 a gobernador este año). En Capital, la elección a Jefe de Gobierno sacó la mitad de los votos de diputados de 2013. Se pueden poner las excusas que se quieran (diferentes cargos, elecciones nacionales vs. municipales), pero estamos hablando de un descenso muy grande. En el caso de legisladores, otra vez, la “gran elección” reciente de Ramal representó 4.000 votos menos que la del 2013. Es decir, en el mejor y solo en el mejor de los casos, se llega cifras similares que las de hace dos años.
La primera conclusión es obvia: el corte de boleta o la diferencia de votos en perjuicio de cargos ejecutivos tiene que ver con la menor confianza de las masas en el FIT como alternativa de poder, frente a tareas de “control” parlamentario.
La diferencia con 2013 puede tener varias explicaciones, pero hay una que es la principal: eran elecciones nacionales. La campaña, por lo tanto, estaba nacionalizada y traccionaba votos provinciales. El FIT presentó una lista única a nivel nacional y eso brindó fuerza a cada una de las provincias. No es cierto, por lo tanto, que solo cuente el trabajo local. Importa, claro, pero como vemos, el peso nacional puede llevar una votación al doble.
Esta campaña no está nacionalizada. Y no lo está porque no hay una candidatura única a la que todos apoyan. Los cierres de campaña provinciales no se hacen en conjunto y tienden a primar las diferencias en el interior del frente. Si el FIT dirime estas disputas en torno al eje PO-IS, seguramente, los resultados de octubre, con una campaña nacional unificada, muestren otra tendencia. Si gana el PTS, el FIT va a desbarrancar. Hoy el frente está en las PASO, a merced de una masa que no es propia y de los aparatos del enemigo.

Retaguardia de manos sucias

El principal responsable de esta situación es la dirección del PTS. Es cierto que el FIT no pudo construir mecanismos eficaces para procesar estas actitudes y ponerlas en caja. Pero una cosa es no poder evitar el crimen y otra, muy distinta, perpetrarlo. La andanada de bajezas y actitudes miserables del PTS es interminable. Reconstruir en detalle cada una de ellas nos llevaría páginas enteras y no haría más que desviar la atención al núcleo del problema para chapotear en la mugre. Sí es necesario un breve recuento para analizar el conjunto. Presentamos una lista mínima de intervenciones verdaderamente vergonzantes:

1. El chantaje de las PASO: Desde la creación misma del FIT, el PTS viene proponiendo a las PASO como mecanismo para dirimir las disputas internas sobre las candidaturas. Sin consultar a nadie, siempre lanzaba sus propios candidatos, que después siempre terminaba bajando. Léase bien, no se trataba de disputas programáticas, sino de candidaturas. Como el PO e IS siempre se opusieron a ese mecanismo, terminaron aceptando la presión del PTS y se eludió esa opción. Este año, comenzó de la misma forma: en 2014, el PTS proclamó a Del Caño para las PASO y comenzó a presionar por sus condiciones. Esta vez, hartos de la amenaza, el PO e IS decidieron no asustarse y tomar el desafío. El PTS retrocedió y pidió una “fórmula unitaria”. Es decir, todo había sido un chantaje, “una jodita para Tinelli”….

2. Usurpación de bancas: Las bancas se consiguieron por el trabajo de todos los partidos. Todas las elecciones provinciales son traccionadas por una campaña nacional. En Mendoza, se logró la banca de Nicolás Del Caño. El PTS, en lugar de integrarse al bloque de parlamentarios del FIT, decidió crear un bloque propio: “PTS en el FIT”. Hizo una apropiación partidaria de una banca colectiva. A eso se le suma su pedido para que los legisladores no roten las bancas, lo que favorecería, obviamente, a los legisladores electos del PTS. También este pedido fue parte del chantaje.

3. El veto a Pueblo en Marcha y al “Perro” Santillán: El crecimiento del FIT provocó el lógico acercamiento de organizaciones antes contrincantes, con programas diferentes. En este caso, Pueblo en Marcha, en Capital y Pueblo Unido (del “Perro” Santillán) en Jujuy. Se trata de una victoria de un frente revolucionario sobre programas rivales. Es la expresión del agotamiento del reformismo y el autonomismo. En lugar de aprovecharlo, el PTS vetó su incorporación (finalmente, Pueblo en Marcha participó en Capital). Curioso, muy curioso: menos de un año antes, el “censor” organizaba un encuentro sindical con quienes hoy veta. Cuando se le indicó que se estaba obviando la indispensable convocatoria del FIT y la necesidad de proclamar el socialismo, el PTS respondió que no se debía “asustar a los obreros peronistas”. ¿Por qué ese vuelco? Sencillo, porque el “Perro” se incorpora no vía PTS, como este pretendía, sino a través del PO. Resultado, por una mezquindad infantil se pierde una oportunidad inmejorable de crecimiento del frente y de incorporar a la discusión a una parte importante de la fracción más dinámica de la clase obrera jujeña y a sus dirigentes.

4. Inscripción en Salta: Sin ningún trabajo previo, a último momento, el PTS intentó inscribirse en Salta, bastión histórico del PO, con el solo fin de evitar la hegemonía electoral de su competidor allí. Obviamente, el PO le negó el aval.

5. Apelación al aparato kirchnerista: A través de la periodista Adriana Meyer, el PTS utilizó la tribuna del periódico oficialista para criticar al PO, en un contexto donde lo más importante, aún de cara a las PASO, es evitar la crítica fácil de sus detractores (“el trotskismo es un conventillo”). En lugar de utilizar ese lugar para desarrollar el FIT, se intenta de desprestigiar a sus dirigentes más visibles (Altamira, Pitrola y Ramal).

Como vemos, el PTS se ha comportado en forma deshonesta e infantil. Deshonesta, porque no presenta sus verdaderas razones. Cuando uno argumenta de una forma y luego de la contraria (PASO sí, PASO no; El “Perro” sí, el “Perro” no…), es evidente que las razones son otras. Esas otras razones siempre permanecen ocultas, porque se juzgan inconfesables. Nada bueno se puede esperar de quien nos oculta sus verdaderos objetivos, porque los juzga poco dignos (y que seguramente lo son). Y difícilmente se pueda confiar en gente así.
Infantil, porque cualquier observador ingenuo se da cuenta de las maniobras y porque se mira más el propio ombligo que las necesidades de las masas.
¿Cuál es la razón de este comportamiento? El PTS cree que la relación de fuerzas entre los partidos ha cambiado. En realidad, si lo ha hecho, fue en favor del PO. Numéricamente, se vio en la gran diferencia entre el acto del Luna Park y el del microestadio de Argentinos Jrs. Como prueba, basta con señalar que el PO utilizó este último espacio en 2007 y que ahora le queda muy chico. Políticamente, se evidencia en el hecho de que todos los partidos y agrupaciones cercanas reconocen el peso del PO. IS, PSTU, CRCR y Pueblo en Marcha (FPDS) apoyan la candidatura de Altamira. Las maniobras del PTS son el producto de su impotencia. Esa misma impotencia desesperada los lleva a lugares oscuros. A un sectarismo propio de una Logia masónica.

¿Partido revolucionario o secta ciudadana?
¿Qué estrategia desarrolla el PTS para intentar disputar la dirección del FIT? En primer lugar, queda claro que su único interés es el electoral. No hay una disputa programática ni de construcción del frente. Solamente se pone el grito en el cielo por las candidaturas. En segundo, como no tiene la masa militante necesaria, se apela a los elementos menos conscientes, aquellos que están fuera del FIT. Por eso la insistencia en las PASO. Más allá de su uso como elemento de chantaje, el PTS dio siempre una justificación burguesa de su uso, contra el acuerdo de las direcciones:

“Pero aquella variante, la del acuerdo, limita la decisión a las direcciones de los partidos e impide resolver las diferencias cuando no hay acuerdo posible. […] Nosotros propusimos todo el tiempo resolver las divergencias que iban surgiendo por el mecanismo de las PASO, a pesar de su carácter limitado. […] Es preferible un mecanismo democrático limitado que una imposición de aparato que defiende una realidad que sólo existe en las cabezas de sus dirigentes.”2

La idea de que las PASO son un elemento más “democrático” expresa una concesión inédita a la ideología burguesa más rancia. Suponer que elementos ajenos al FIT, elementos que no son de la clase obrera (que también votan), elementos enemigos del FIT, tienen el mismo derecho de decisión que dirigentes construidos durante décadas y votados por sus propios compañeros es una concesión graciosa al liberalismo y una muestra del autonomismo más ingenuo. Dejar en manos del Estado burgués, es decir, del enemigo, la forma de dirimir la dirección de una campaña no es más “democrática” y mucho menos, revolucionaria. La idea que tiene el PTS de las direcciones partidarias podrá aplicarse o no a su propio partido (y sería bueno que los compañeros lo revisen), pero no se puede acusar al resto. Y, mucho menos, desacreditar la figura de partido.
La apelación al “ciudadano” antes que al obrero, se puede ver en la propia campaña, que hace eje en “incorporar” antes que en combatir. ¿Incorporar a quién? A “trabajadores”, pero también a las “mujeres” y a los “jóvenes” (la idea de que la candidatura de Del Caño es mejor porque es más joven que Altamira no merece más que este paréntesis; da mucha vergüenza…). Una campaña propia de Stolbizer o Lousteau. El programa aparece vedado. El Socialismo, también. Al menos, la campaña de Ramal estuvo muy ligada a reclamos sindicales. Se podrán hacer críticas (y las hemos hecho), pero frente al PTS, el PO esgrime un indiscutible contenido de clase. Ese llamamiento a la pequeño burguesía (“la ciudadanía”) se expresa también en el intento de canalizar el descontento kirchnerista. Para ello, no se interviene criticando su contenido, sino tratando de conciliar con él.
Junto a la apelación a la pequeño burguesía y a sectores más atrasados de la clase, el PTS obtura el crecimiento del FIT en la vanguardia. No otra cosa es el veto al FPDS y al “Perro”. Con todas sus limitaciones, son organizaciones y dirigentes que se han puesto a la cabeza de las luchas en los últimos años. Su incorporación es la incorporación de miles de verdaderos luchadores obreros organizados. Elementos a los cuales el desarrollo político del frente podrá poner en la primera línea de fuego de la revolución. Es decir, el PTS se niega al crecimiento de la masa militante del FIT. ¿Por qué? Porque va a perder peso propio. El PTS alienta el crecimiento electoral, el crecimiento de la adhesión “ciudadana”, es decir, de la retaguardia, pero no de las organizaciones en lucha, es decir, de la vanguardia. El PTS no es una retaguardia cualquiera, no busca pelear la dirección organizando a las masas bajo un programa “ciudadano” (como podría hacer el MST, si estuviese). Tiene una forma burguesa de construir: se liga con elementos pasivos, busca juntar sus votos y reclama un lugar en forma administrativa. En la política revolucionaria, eso deriva en una posición sectaria combinada con una construcción burguesa. Por eso es importante que el PTS quede relegado. Su triunfo es el fin del FIT.

Anticuerpos

El Potlach era una ceremonia de la tribu de los kwakiutl, en el antiguo Canadá. Consistía en quemar todo el excedente producido en el año. Este mecanismo evitaba la acumulación del mismo y, por lo tanto, la posibilidad de construcción de una clase dominante. El resultado era que si bien no se desarrollaban mecanismos de explotación, la sociedad permanecía estancada y quedaba expuesta a la extinción. Los sacerdotes eran los encargados de impedir el progreso. Esa es la actitud del PTS hacia el FIT: disolver cualquier oportunidad de progreso, por temor a perder su imaginada condición de “igualdad”. Ante lo inevitable, el PTS se dispone a liquidar al FIT. Prefiere hacerlo volar en mil pedazos y arruinar una experiencia histórica inédita solo porque no puede dirigirla o, peor aún, porque crece. En ningún momento se plantea que el crecimiento lo puede beneficiar. No, el crecimiento lo asusta, como a cualquier logia, cuyos miembros juran lealtad eterna e incondicional más allá de cualquier programa. No es cualquier crecimiento el que lo asusta. No lo asusta que crezca la masa votante, esa que luego de la elección desaparece y deja al aparato en libertad de hacer y deshacer. Lo asusta el crecimiento militante organizado.
El FIT va a desarrollarse siempre que pueda combatir elementos como el PTS. Hubiera sido importante que un congreso de militantes lo pusiera en su lugar. No fue posible. Deberán hacerlo las PASO. De todos modos, es necesario quitarle al PTS su poder de veto. Nuestra propuesta es la construcción de un Partido que unifique todas las organizaciones alrededor del FIT. Ya la hemos dicho. Por ahora, se reivindica en general, pero no se acepta, a pesar de que las incorporaciones recientes van en ese camino. Más allá de eso, entonces, hay una serie de pasos que pueden darse.
El FIT debe crecer organizativamente. El MAS debería estar adentro. Hay muchas agrupaciones que han mostrado su vocación de construir en un sentido revolucionario. Junto a nosotros, partidos como el PSTU, el CRCR y otros deberían tener un lugar como periferia. El que se encuentre para cada uno, pero hay que darle una forma política a esta expansión del FIT, para evitar estas enfermedades. La Asamblea de Intelectuales también podría ser un espacio donde se procesen estos debates y establecer posiciones firmes. La incorporación de otras organizaciones y la institucionalización de la periferia del FIT serviría como contrapeso del faccionalismo y reaseguro de la dinámica interna.

Notas
1Véase Sartelli, Eduardo: “La larga marcha de la izquierda argentina”, en Razón y Revolución, n° 3, Buenos Aires, invierno de 1997. Disponible en http://goo.gl/dMW3ZE.
2La Verdad Obrera, n° 526, 13 de junio de 2013.

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