La justicia (burguesa) al banquillo

en El Aromo n° 31

Este es el tercer capítulo de un debate que se inició en El Aromo nº 29. Allí, publicamos
una entrevista a Roberto Gargarella y un artículo en el cual criticábamos
algunas de sus posiciones. En El Aromo nº 30 Gargarella nos respondió y se produjo
otro cruce. Aquí presentamos un nuevo intercambio sobre el indispensable
debate acerca de la naturaleza social del derecho.

Nueva respuesta

Roberto Gargarella
Abogado constitucionalista y autor de
El derecho a la protesta

Temiendo muchísimo que esto se transforme en una polémica interminable (tal como lo anuncian mis anteriores intercambios con Germán Suárez), quisiera clarificar algunas ideas sobre la posición que suscribo, que poco se identifica con la que Germán me atribuye. Ante todo, quisiera aclarar que no veo mala fe ni, mucho menos, falta de seriedad en sus respuestas anteriores.

No tengo ninguna duda de que animan a mi discutidor las mejores intenciones, admiro su afán polemista y la férrea dureza de sus convicciones. De todos modos, propongo -y quisiera insistir en ello- que hagamos un esfuerzo por leer lo que dice el otro “a su mejor luz”. Y digo esto algo inquieto por la premura de Germán en atribuirme posiciones que a él no le agradan y a mí mucho menos, posiciones con las que nunca en mi vida me he sentido vinculado. Germán parece alegrarse de haber encontrado en mi texto frases que denunciarían en mi postura una defensa del mercado y del sistema capitalista como formas organizadoras de la sociedad. En lugar de ver qué es lo mejor que mi texto ofrece, cuáles son los principios centrales que animan a -llamémoslo así- mi pensamiento, Germán se apresura por separar algún párrafo que lo ratifi que en los preconceptos que él tiene sobre mis escritos, sobre lo que yo debería querer decir. Así, de unas cuantas páginas dedicadas explícitamente a “rechazar los sistemas económicos organizadosa partir del llamado libre mercado,”Germán entresaca algunas líneas que parecen poner en duda la “pureza” de mi posición anti-mercado.

Éste es un ejercicio que no comparto, que implica una actitud poco relajada frente a aquello que se está leyendo. ¿Por qué no leernos el uno al otro “desarmados,” a contrapelo de aquello que quisiéramos encontrar en los escritos del otro? Creo, junto con mi maestro Gerald Cohen, en la inmoralidad del mercado y en la inmoralidad del capitalismo. Creo que tales formas de organización sacan lo peor de cada uno (nuestro egoísmo, nuestro afán de lucro, nuestra codicia, nuestros temores), que socavan nuestros mejores valores, que obstaculizan el cultivo de la virtud cívica, que generan y reproducen injusticias en el mutuo trato. ¿Por qué entonces ese afán por leer en mi postura aquello que nunca he defendido, aquello que no tengo ningún interés por defender?

Es claro que, a diferencia de lo que ocurre con otras personas, mis posturas tienen matices. Y los matices se deben a las muchas dudas que tengo. Y las dudas tienen que ver con las limitaciones propias de mí -nuestra- racionalidad. Tiendo a no dudar en cuanto a algunas convicciones básicas, en cuanto a algunos principios. Pero luego dudo. No tengo la certeza de que el mundo se divida en dos clases, ni de que estemos cerca de la revolución, ni acerca de cuáles son los mejores medios para llevar a cabo un proceso radical de cambio, y trato de estar abierto a que me iluminen y me enseñen más sobre este tipo de cuestiones. Pero no quiero que se aprovechen esos matices para atribuirme posiciones que rechazo.

Germán sostiene que no veo “ninguna injusticia, ningún intercambio desigual” en la relación trabajadores-empresarios; que mi postura implica reconocer que “el capital tiene derechos”. Realmente no sé por qué no duda él también, y me pregunta, si es que quiere saberlo, qué es lo que pienso al respecto. Tengo desde hace años una lectura muy severa sobre lo que exige una teoría de la justicia, sobre cuáles son los derechos que le corresponden a cada uno individualmente, y a todos nosotros como colectividad. Y conforme con este punto de vista veo, en el vínculo (en el tipo de relaciones que conocemos entre) trabajadores empresarios, injusticias graves y de todo tipo. De allí que enfatice, en el texto que le recomendé leer a Germán, lo inaceptable de que el principio “un hombre un voto” que sostenemos a nivel político, no se reproduzca en el ámbito de la economía. Esto implica afirmar la democracia económica; rechazar las desigualdades de poder que se dan al interior de cada fábrica; objetar el poder económico desigual que genera el capitalismo; embestir contra la idea de que nuestra vida (económica) dependa de las decisiones de unos pocos en la Bolsa de Comercio; afirmar la importancia de que nuestra forma de organización comunitaria dependa de nuestra voluntad colectiva, y no de los designios de minoría alguna.

En tal sentido, y en coherencia con las teorías de la justicia que más me interesan, y las intuiciones que acabo de señalar, no tengo ningún apego por ningún sistema que tenga en su centro a la propiedad privada, y considero todas estas discusiones como instrumentales a lo que realmente importa: buscar formas de organización de nuestras vidas que afirmen tanto la autonomía individual como el autogobierno colectivo. Tanto cuestiono la propiedad privada, que rechazo aun algo que Karl Marx afirmaba: la propiedad de cada uno sobre sus propios talentos y capacidades.

En fin, no quisiera convertir a este intercambio entre dos personas con, digámoslo así, pensamiento crítico, en aquello en que suele convertirse: una pulseada para ver quién es más radical que el otro. Me conformo, por el momento, con que nos leamos con el mejor ánimo el uno al otro, anteponiendo nuestros ánimos de conocer a nuestras intenciones de afirmarnos en nuestras creencias.

Los términos de una discusión necesaria

Germán Suárez
Grupo de Investigación de la Clase
Obrera Argentina – CEICS

Nuevamente, agradecemos la voluntad de Roberto Gargarlla de continuar el debate planteado desde las páginas de El Aromo. Contesto, una vez más, con la esperanza de enriquecer la discusión y aclarar las posiciones. Gargarella intuye, en su respuesta, una animosidad polemista de mi parte. Al respecto, entiende que yo me habría tomado el trabajo de separar de su texto las frases necesarias para justificar mis “preconceptos”. Quiero aclarar, en primer lugar, que mi única intención, como integrante de Razón y Revolución, es discutir cuál es la mejor forma de superar las miserias que nos vemos obligados a soportar diariamente. No pretendo descalificarlo al caracterizarlo como reformista sino, simplemente, clarificar los términos del debate y estudiar, con la mayor rigurosidad científica, la viabilidad de sus planteos. Va de suyo que, si pensáramos que su trabajo es banal no nos detendríamos a discutirlo. Lo hacemos porque creemos en su rigor y seriedad.

Gargarella, tal como afirma en su carta, no tiene la certeza de que el mundo se divida en dos clases y, a partir de ello, postula la importancia de “buscar formas de organización de nuestras vidas que afirmen tanto la autonomía individual como el autogobierno colectivo…”. Nosotros, por el contrario, tenemos la convicción de que el mundo, efectivamente, se haya dividido en dos clases con intereses antagónicos (burguesía y proletariado).

No se trata de una afirmación prejuiciosa, sino basada en investigaciones sobre el desarrollo del capitalismo argentino y la historia concreta del capitalismo mundial, fenómeno ya estudiado hasta el hartazgo no sólo por la tradición marxista. En particular, hemos estudiado la tendencia hacia la concentración del capital y la proletarización de la pequeña burguesía, procesos que conducen a una polarización social creciente. A la vez, hemos analizado las crisis del sistema capitalista, y los obstáculos objetivos que impide conciliar, por ejemplo, la necesidad de aumentar la productividad de las empresas, y mejorar las condiciones de trabajo de la clase obrera.1 Por consiguiente, los resultados de nuestras investigaciones nos llevan a concluir la inviabilidad de soluciones como las postuladas por Gargarella. Defender la discusión colectiva en forma abstracta, como lo hace Roberto, sin tener en cuenta estas determinaciones materiales implica, a nuestro entender, una solución idealista.

Las frases que cité de Gargarella en la respuesta que él critica, no han sido extraídas maliciosamente de su obra: integran el capítulo en el cual, tras criticar el liberalismo, intenta erigir una postura socialista, que, sin embargo, no alude en ningún momento al marxismo. Asimismo, aclaro que en ningún momento acusé a Gargarella de ser un propagandista del capitalismo. Todo lo contrario: marqué sus críticas al mismo. Sin embargo, y ello es lo central, Gargarella no se pronuncia en ningún momento de manera expresa por la destrucción de las relaciones asalariadas y su reemplazo por un sistema basado en la propiedad colectiva de los medios de producción y consumo. Vacilación (u omisión) que no presenta con respecto a la necesidad de modificaciones de índole superestructural y límites al libre mercado.

Si bien Gargarella afirma no tener “apego por ningún sistema que tenga en su centro a la propiedad privada”, al dudar sobre la existencia de clases, parece confiar en una solución basada en la conciliación, que él llama “discusión colectiva”. Y esta se muestra principal diferencia: no creemos que una discusión colectiva pueda conciliar los intereses de los trabajadores y de la burguesía, por lo cual, no creemos que sea una solución válida. Detrás de esta discrepancia se esconde, creemos, una diferencia de caracterización respecto del Derecho. Gargarella no considera que el derecho sea, como cualquier elemento superestructural en una sociedad capitalista, una herramienta de dominación burguesa. Está claro que se pueden lograr concesiones, y pelear por una legislación menos reaccionaria y que garantice más derechos a los trabajadores. Pero, en algún momento, para lograr una transformación radical de la sociedad, la justicia burguesa (incluso la más progresista) será un obstáculo, ya que seguirá defendiendo los pilares del capitalismo y nunca legalizará una revolución.

Invitamos, nuevamente, a Gargarella y a todos los que quieran intervenir, a discutir sobre la forma de construir otro sistema social. Nosotros no tenemos ninguna duda, y por ello lo hacemos explícito. Se trata de la organización de la clase obrera en un partido político, con un programa de independencia de clase, que luche contra el sistema responsable de las injusticias que nos motivan a intervenir como intelectuales revolucionarios. Roberto ha traído al ruedo a quien define como su maestro, Gerald Cohen, el padre de una corriente que comenzó definiéndose como “marxismo analítico” y derivó en simple liberalismo. Un liberalismo de izquierda, reformista, pero liberalismo al fin.

Notas
1Nuestras investigaciones se encuentran disponibles
en www.razonyrevolucion.org

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