La izquierda en el Cabaret. FIT, IFS y la disputa por un nombre de fantasía

En los últimos días, el amplio espectro de partidos de izquierda ha dado una muestra lamentable de su capacidad para convertir lo que debería ser un debate político en un conventillo de Jorge Rial o Marcelo Polino. Lamentable, sí, pero inevitable, porque esta es la consecuencia lógica de una dinámica cada vez más electoralista o, por decirlo más francamente, más reformista.

Para resumir al lector que no tuvo el placer de enterarse de lo que, por el bien de todos, no deberíamos habernos enterado: los partidos del FIT (PO, PTS e IS) impugnaron judicialmente (es decir, ante el Estado) el nombre Izquierda al Frente por el Socialismo (MST y NMAS), por contener los términos “Frente” e “Izquierda”, que podrían “confundir” al electorado. Acusan, entonces, a sus rivales, de intentar “lucrar” con un nombre ganado con una “trayectoria” de seis años. A su vez, el IFS acusó al FIT de violar todos los principios clasistas al acudir al Estado para dirimir problemas entre compañeros. En concreto de ser agentes del régimen, como si estuvieran pidiendo cárcel a los luchadores e intentaran privar de “representación a los trabajadores”, cuando simplemente defienden un nombre. Lo que hay es simplemente una discusión sin ningún sentido ni importancia para el conjunto de la clase obrera, que en un 99% vota a candidatos patronales.

El asunto toma ribetes ridículos toda vez que se intenta prohibir a gente que pertenece al campo de la izquierda (guste o no) llamarse como tal, y a un frente real (MST y NMAS) explicar qué es eso: un frente. Con ese razonamiento “nominal”, solo un partido podría llamarse “socialista” y otro (o el mismo) “revolucionario”. Hasta que la realidad no sancione al Partido que dirija la Revolución Socialista, cada organización tiene el derecho a aspirar y a postularse como dirección de la clase y, por lo tanto, adquirir el nombre correspondiente. Argumentar que eso “confunde” al elector es toda una confesión de lo que se pretende en la campaña electoral (juntar votos como sea) y al público al que se dirige (el “ciudadano”). Apelar a la cláusula de “yo lo dije primero”, también.

Eso no quita que haya algo de cierto en la acusación. Como el MST y el NMAS no difieren en el objetivo ni en el contenido político (más bien, tienen una vocación reformista más desembozada), intentan captar votos a como dé lugar. En ese camino, bien vienen esos votos de lo más atrasado, que no repara demasiado en aquello que está poniendo en la urna y, por lo tanto, no distingue izquierdas ni frentes. Eso puede verse en la campaña: las consignas son las mismas “con los trabajadores, las mujeres y la juventud” y “la izquierda que se une”; los candidatos tienen el mismo tenor: personajes sin trayectoria ni construcción real, pero jóvenes (NMAS) o que se llaman “la nueva política” (MST) y, con la excepción de Vilma Ripoll, con escasa capacidad de intervención (igual que “Nico Despacito”).

Por lo tanto, lo que realmente confunde no es el nombre, sino la propia construcción política que llevan adelante. Una vía “anticapitalista” que aprovecha la crisis de conciencia para conformar un Podemos o Syriza. Una campaña que exhibe no solo reformismo (lo que ya es muy grave), sino uno timorato, del que se avergonzaría hasta Moyano. Una agitación que reemplazó a Trotsky y las consignas transicionales por el Frente Ciudadano y su “resistencia” al ajuste. Entonces, ambos se confunden, sí, pero no por el nombre, sino porque son muy parecidos (o casi lo mismo) en lo sustantivo de sus propuestas: electoralismo y más electoralismo. Si el FIT desarrollara una campaña revolucionaria, no haría falta impugnar ningún nombre. Cualquier obrero medianamente informado se daría cuenta de la diferencia sin que haga falta que nadie le aclare nada. Más aún, lo más trágico de todo esto es que se pelean por nombres del que abjuran en la realidad. Ninguno tiene una perspectiva de izquierda y nadie quiere conformar frentes reales, sino colectoras electorales. Se pelean por nomenclaturas de fantasía y eso le da un carácter tragicómico.

La mejor prueba del lugar en que se encuentra el FIT, una vez que el PTS tomó el comando, es la plataforma del IFS, en la cual corren “por izquierda” al FIT. Mientras el FIT simplemente se opone al “ajuste”, el acuerdo del NMAS y el MST contiene una consigna política y de clase: “Que la crisis la paguen los capitalistas”, y se aclara que la lucha electoral es un complemento menor de la lucha política de la clase obrera por el Socialismo y que solo sirve en la medida que potencie a esta. Un programa que cualquier revolucionario impulsaría si no supiese que detrás de esto está el oportunismo del MST, capaz de aliarse con Victoria Donda o Luis Juez. O el del NMAS, pronto a correr bajo el ala de Cristina. Pero lo importante del caso es que no hace falta ser muy astuto para olfatear que el FIT ha abandonado una franja de militantes y simpatizantes de la izquierda en pos de los/las admiradores/as de “Nico Despacito”.

Toda esta comedia de enredos se hubiera evitado si el FIT hubiese desarrollado sus potencialidades. O sea, si se hubiese constituido en la dirección política de las fracciones más dinámicas de la clase obrera argentina, que no solo aglutinara alrededor suyo a todas las organizaciones revolucionarias, sino que subordinara o aislara a las más reformistas (MST). Con el método propio e histórico de la clase obrera: un congreso de militantes, donde la dirección fuera el resultado de una lucha y una construcción de cuadros. Es decir, si se hubiese transformado en un Partido real, bajo la denominación (o nombre de fantasía) que se considere conveniente: Frente, Asamblea Nacional, Alianza…

En cambio, lo que hay es un conjunto de partidos muñidos de mayor o menor oportunismo (según el caso), con mayor o menor electoralismo y con una mayor o menor tendencia al reformismo. Pero, en todos los casos, la dinámica puramente electoral (es decir, burguesa), puso al frente a las direcciones más atrasadas, más ligadas al régimen (MST y PTS) y, por lo tanto, pone a la disputa en ese terreno: en el del enemigo. Ambos son presas de sus propias ambiciones. Las burguesas. Lamentable, pero inevitable.

Razón y Revolución

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