La irrupción de la vida. El Argentinazo: lo nuevo, lo viejo y un debate necesario

Por Silvina Pascucci – Suele suceder que cuando un suceso rompe el normal devenir de una sociedad, caen sobre él, repentinamente, todas las miradas. La Argentina de fines de la década de 1990, presentó un escenario de una aguda conflictividad social. Como ésta no parecía pasar por los sindicatos tradicionales, se empezó hablar entonces de los “nuevos movimientos sociales”, de los “nuevos sujetos”, del fi n de la “sociedad salarial” y de la “autonomización” que este proceso producía. Luego del 2001, y sobre todo durante todo el 2002, se escribieron varios trabajos sobre esta temática. La tónica fue la búsqueda del elemento original, frente a la etapa anterior de auge de la lucha (los `70). Se dijo, entre otras cosas, que estábamos ante la presencia de fenómenos revolucionarios en sí mismos que creaban nuevas identidades autónomas y anticapitalistas.

Hoy, pasados casi seis años de aquel 19 y 20, decir que el capitalismo no ha sido destruido no es sino una obviedad poco conducente. Lo que, en todo caso, vale preguntarse es qué quedó de aquel proceso. Estamos en un buen momento para revisar algo lo escrito sobre el tema y realizar un breve balance, observar las tendencias y detectar errores y aciertos. El objetivo es evitar pronósticos equivocados y adelantarse a las sorpresas.

Yo te avisé…

Dentro de los fenómenos que han sido incluidos en la categoría de “nuevos movimientos sociales”, las fábricas ocupadas y puestas en funcionamiento por sus obreros tuvieron un lugar destacado. Sin embargo, una lectura superfi cial de la historia más allá de las costas del Río de la Plata, parece desmentir su “novedad”. En 1938, León Trotsky incluye a las ocupaciones de fábricas como consigna de su Programa de Transición.1 En efecto, ese programa planteaba una salida revolucionaria a la crisis capitalista.

La Argentina del 2001 llegó a contar con los elementos necesarios para hacer posible el desarrollo del fenómeno en cuestión. En primer lugar, una crisis económica que dejaba a los trabajadores en la disyuntiva de morirse de hambre o defender sus puestos de trabajo a cualquier precio. En segundo, una crisis política que dinamitaba la hegemonía burguesa y, con ella, la idea de que la propiedad privada es inviolable. En tercero, una fuerte tendencia a la acción directa, enmarcada en un proceso insurreccional. Entonces, no es nuevo el suceso, ni es original la acción. Lo que realmente es novedoso es el contexto en el que se enmarcan estas formas de lucha. Aquello que le da cauce y a lo cual nutre: la constitución de una estrategia revolucionaria encarnada en una fracción de la clase obrera. Esta fracción había logrado extender su infl uencia sobre ciertas capas de la pequeña burguesía, conformando una alianza revolucionaria. En medio de una crisis de hegemonía, esta alianza protagonizó una insurrección en el corazón del poder político.

Las ocupaciones de fábrica, tomadas en forma aislada e individual, no sólo no constituyen una acción nueva ni sorprendente, sino que, mucho menos pueden ser consideradas como revolucionarias en sí mismas. A diferencia de lo que han planteado algunos intelectuales, que supusieron que engendraban “nuevas subjetividades”, estas experiencias deben ser comprendidas como parte de un proceso de lucha mayor que busque destruir las relaciones capitalistas. En efecto, una empresa ocupada que quiera funcionar en un mundo regido por las leyes del capitalismo, debe atenerse a esas leyes. La evidencia la proporciona la propia realidad que sorprende, incluso, a quienes afi rmaban otra cosa hace unos años.

Julián Rebón, en su libro Desobedeciendo al desempleo, editado en el 2004, aseguraba que las empresas ocupadas otorgaban “nuevos grados de libertad, producto de la ruptura de la heteronomía capitalista” y que ello engendraba nuevas subjetividades que valoraban “el compañerismo y la igualación resultante de la experiencia de lucha y producción”.2 Si bien advertía los riesgos que corre una fábrica gestionada por sus trabajadores, como la burocratización, la autoexplotación o la necesidad de contratar otros trabajadores asalariados, estos riesgos no parecían ser sufi cientes para desconfi ar de la posibilidad de que una empresa ocupada subsistiera como una idílica burbuja en medio de la tormenta. Es más, una condición para que no se efectivizaran parecía ser el apoyo del Estado nacional, que “si tomara como política de estado la recuperación, la transferencia de recursos legales, fi nancieros, tecnológicos e intelectuales, permitiría un mejor funcionamiento de las empresas ya existentes y la ampliación de la experiencia de otras”3. Lamentablemente, esto, en parte se cumplió. El gobierno ha promulgado una legislación que otorga a las pymes y empresas recuperadas ventajas importantes en materia de fl exibilización laboral; es decir, más explotación.4

Hoy día, Rebón parece poner en crisis sus anteriores hipótesis. El título que lleva su nuevo proyecto de investigación es “Transformaciones emergentes en el proceso de recuperación de empresas”, a partir del cual observa “que las formas igualitarias de distribución han sufrido modificaciones con respecto al 2003”.5 El propio autor observa un proceso de incorporación de trabajadores a las empresas como “no socios”, y “en la actualidad parece demorarse la incorporación de trabajadores a la cooperativa como socios plenos, quedando en general en una situación permanente bajo la fi gura de aprendiz o incluso contratado (monotributista) con retribuciones menores a los socios.”6

Efectivamente, estos datos lo obligan a preguntarse si estamos ante una reversión de los procesos de igualación y democratización desarrollados en etapas anteriores y sobre cuál será el carácter social del orden socio-productivo resultante de estas empresas.

El principal problema de Rebón es haber imaginado que el futuro de las empresas podría haber sido otro, en abstracción del resultado de la lucha de clases. Es curioso, porque el proceso se desplegó tal como él aconsejaba: la mayoría de las fábricas no exigieron la ley de expropiación, se apartaron de los partidos de izquierda y se conformaron en cooperativas. Así, para continuar con su funcionamiento tuvieron que recurrir a estrategias como la compra de fuerza de trabajo (es decir, a la explotación), la burocratización o el sometimiento a un capitalista en el ámbito de la circulación.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Lejos de esta perspectiva de los “nuevos movimientos sociales”, el grupo dirigido por Nicolás Iñigo Carrera (PIMSA) ha sabido desmentir, a partir de una minuciosa investigación empírica, la falacia de la desaparición de la clase obrera y la importancia de los sindicatos y del movimiento obrero (ocupado y desocupado) en las acciones desarrolladas a lo largo de todo el proceso de rebelión (1993-2001).7 Sin embargo, Iñigo Carrera comete el error inverso: supone que no hay nada nuevo en este ciclo de la lucha de clases. Plantea que el elemento articulador y de dirección de las luchas siguen siendo las centrales sindicales, en especial la CGT liderada por Moyano. Según su posición, es la CGT quien da comienzo al proceso que termina el 19 y 20 de diciembre, a partir de la declaración de la huelga general del 13. Sin embargo, no tiene en cuenta que esta convocatoria estuvo precedida, y luego superada, por una gran cantidad de acciones que no sólo no fueron convocadas por ninguna de las centrales, sino que incluso no tuvieron su apoyo ni participación. Resulta extraño, por ejemplo, que Pimsa no se detenga a estudiar detalladamente las acciones realizadas en el marco de las tres jornadas de corte consecutivo a nivel nacional que se desarrollaron del 30 de Julio al 17 de Agosto de 2001, convocadas por la Asamblea Nacional Piquetera, y en donde las CGTs brillaron por su ausencia. En sólo estas tres semanas se han registrado 538 acciones, de las cuales, el 40 % fueron convocadas por sindicatos, que actuaron, de hecho por fuera de las centrales que no han participado de los cortes.8

Con el objetivo de conocer cuál es la estrategia que sigue la clase obrera en al actualidad, Pimsa estudia las tres centrales sindicales (CGT Daer, Moyano y CTA) y concluye que las tres representan los intereses inmediatos de diferentes fracciones de la clase obrera, pero siempre en tanto asalariados, es decir como atributo del capital.9 De lo que se desprende que la clase obrera tendría como estrategia, la realización de este tipo de interés de asalariado. Lo que Iñigo Carrera no ve (o no quiere ver) es, precisamente, el elemento novedoso que ha parido la lucha de clases en los últimos años: el movimiento piquetero, entendido como la fracción más avanzada de la clase obrera ocupada y desocupada (la vanguardia) que, retomando sus históricos métodos de lucha, rompe con sus antiguas direcciones reformistas y burguesas (incluida la burocracia sindical de ambas CGTs), las supera y plantea una estrategia revolucionaria y de independencia de clase. Si bien esta estrategia no es todavía dominante, no puede negarse su existencia ni su desarrollo, incluso luego del refl ujo que se abre a partir de junio del 2002.

Nicolás Iñigo Carrera excluye de su análisis importantes aspectos de la realidad. En primer lugar, en la década de 1990 se produce el mayor retroceso de las condiciones laborales del proletariado argentino. En ese proceso la CGT jugó un rol fundamental. Desde la asunción de Menem, todo lo que la CGT pudo ofrecer a la clase obrera fueron derrotas. Resulta difícil comprender cómo esta organización no sólo habría formado parte, sino hasta dirigido la insurrección. Además, los propios protagonistas desmienten a su defensor.10 Iñigo Carrera debería explica cómo es que esta organización sindical repudia los hechos del 20 de diciembre, defi ende públicamente al régimen (Rodríguez Saá y Duhalde) y se enfrenta a las fuerzas insurreccionales en la calle.

En cuanto a la CTA, Iñigo Carrera debería explicar cómo puede operar como factor de dirección una organización que hasta el día 19 de diciembre estaba juntando firmas para presentar un proyecto de ley en el congreso. Es decir, que estaba propiciando una acción institucional, mientras las clases recurrían a la acción directa. Párrafo aparte merece el hecho concreto: la CTA no estuvo en la plaza, ni el 20 ni ninguno de los siguientes días. En definitiva, un breve recorrido por la evidencia empírica desmiente las hipótesis de Pimsa. Una investigación seria no puede realizarse en abstracción del examen de los hechos. El trabajo de archivo es parte de la tarea del intelectual.


Notas

1Una breve reconstrucción de la larga tradición que tiene el fenómeno de ocupaciones de fábrica en la historia del movimiento obrero puede verse en el prólogo de Jorge Altamira a Heller, Pablo: Fábricas Ocupadas. Argentina 2002-2004, Buenos Aires, ediciones Rumbos, 2004.
2Rebón, Julián: Desobedeciendo al desempleo. La experiencia de las fábricas recuperadas, Buenos Aires, Picaso/La Rosa Blindada, 2004, p. 83. Para una crítica a este libro, en la que se adelantan las conclusiones a las que ahora arriba Rebón, véase nuestro “Capitalismo desde Abajo”, en El Aromo, nº 26, diciembre de 2005.
3Idem, p. 104.
4El decreto 146/99 que reglamenta la ley 24.467 (Ley de PyMEs), introdujo criterios de fl exibilización laboral para las pequeñas y medianas empresas. Sólo dos de sus artículos fueron derogados: el que permitía la modifi cación del régimen de extinción del contrato laboral (art. 92) y el que aprobaba las modalidades de contratación vigentes en la Ley de Empleo (art. 89). El resto siguen vigentes. Véase www.infoleg.gov.ar
5Rebón Julián, Rodrigo Salgado y Tocino, L.: “Igualación y diferenciación social en el proceso de recuperación de empresas”, comunicación presentada en Jornadas Pre-Alas, Sociología y Ciencias Sociales: confl ictos y desafíos transdisciplinarios en América Latina y el Caribe, Foro II, Facultad de Ciencias Sociales (UBA), mayo, 2007.
6Idem.
7Iñigo Carrera, Nicolás y María Celia Cotarello: “Algunos rasgos de la rebelión en Argentina (1993- 2001”, en Pimsa 2004.
8Cominiello, Sebastián: “Moral y Dirección” en El Aromo nº 26, diciembre de 2005. La investigación completa y sus resultados puede verse en su trabajo “El piquetazo. Crónica de las movilizaciones sociales como antecedentes del Argentinazo”, ponencia presentada en XIX Jornadas Interescuelas, Tucumán, 19 al 22 de Septiembre de 2007.
9Iñigo Carrera, Nicolás y Ricardo Donaire: “¿Qué interés se manifi esta en las centrales sindicales argentinas?”, en Pimsa 2002.
10Moyano y Barrionuevo desmintieron versiones que los vinculaban con la organización de los saqueos, Clarín, 24/12/01.

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