La guerra mundial – Por Fabián Harari

uniforme_gala_planteles_BYNPor Fabián Harari (Editor Responsable)

Los libros de Historia llaman “guerras mundiales” solo a los enfrentamientos en los cuales los contendientes, a lo largo del globo, son Estados. Es decir, se reduce ese término al combate mundial entre burguesías por sus propios intereses. Lo mismo sucede en las historias nacionales: el concepto de “guerra” se utiliza exclusivamente para aquellas disputas armadas entre la clase dominante en cuestión y su vecina (o alguna lejana). Las luchas obreras que sobrepasan cierta envergadura son consideradas como “protestas”, “rebelión” o “cuestión social”. Paradójicamente, cuando la clase obrera lucha por tomar el poder organizadamente, al proceso se lo señala (y condena) como “guerra civil”, para ocultar que estamos ante una revolución (como en España). En Argentina, por ejemplo, el libro de Historia canónico por excelencia (Revolución y guerra, de Halperín Donghi), educó a generaciones en una idea bien clara: una cosa es la revolución (que sería un cambio ordenado) y otra la guerra (la barbarie misma).

Muy pocos advierten que cada período de ascenso del proletariado mundial y su consecuente respuesta burguesa constituye un episodio de una guerra. Una guerra a lo largo del planeta. En algunos lugares, con mayor profundidad; en otros, más incipiente. Pero el hecho de que tropas de un país “ayuden” a otro (Vietnam, Corea), o que revolucionarios crucen fronteras (España, Alemania) nos habla de una verdadera guerra mundial. El grado de centralización al que llegue cada ejército puede hablarnos del grado al que ha llegado y la eficacia requerida (y lograda) en cada caso, pero no cambia la caracterización.

En los últimos diez años, asistimos a un despertar generalizado de la clase obrera mundial. En Sudamérica, en los procesos de la primera década de este siglo, la rebelión se llevó puestos a varios gobiernos (Venezuela, Bolivia, Argentina, Ecuador). Los límites llevaron a un reflujo relativo del que ya se está saliendo con el empuje de la crisis mundial. En Europa, los “mileuristas”, “inmigrantes” e “indignados” se levantan contra los ajustes. Como ya dijimos, en todos estos casos estamos ante formas bajo las cuales aparece la clase obrera.

Las rebeliones en México y EE.UU. constituyen, en ese sentido, un episodio más de una guerra incipiente que se está desatando. En México, el asesinato de 43 estudiantes provocó una serie de manifestaciones a nivel nacional y mundial. El Estado respondió con una férrea represión, pero tuvo que retroceder, liberar activistas y permitir una de las mayores movilizaciones en el DF desde los ’70. Las consignas comenzaron con el pedido de “Justicia”, continuaron con “Fue el Estado” y pidiendo la renuncia del presidente Peña Nieto, para terminar con “Que se vayan todos”. La crisis amenaza llevarse puestos a todos los partidos del régimen, incluyendo al PRD.

En EE.UU., los sucesos de Ferguson desataron una serie de movilizaciones masivas en todo el país, incluyendo New York y Washington DC. Este fenómeno evidencia un quiebre frente a sucesos anteriores. En primer lugar, a diferencia de Los Angeles (1992) o Cincinatti (2001), la clase obrera no priorizó los saqueos y las acciones individuales sobre elementos particulares, sino que la respuesta fue más organizada. A diferencia de los sucesos en Oakland (2010), la respuesta fue nacional. En segundo, frente a Occupy, un movimiento pequeño, de base en la pequeño burguesía proletarizada, aquí estamos ante la manifestación de grandes contingentes obreros, negros y blancos. El cuadro se completa con las huelgas generales en Italia y Bélgica, y con el proceso que está viviendo España, cuyo sistema partidario está atravesando la mayor crisis desde la Moncloa.

Eficacia

Ningún ejército que entra en combate quiere perder. Eso la burguesía lo sabe muy bien. Si hay algo que caracteriza una guerra “convencional” es que cada Estado se toma el trabajo de delimitar muy bien al propio contingente, incluso físicamente (uniformes, símbolos, jerarquías, himnos). Todo el mundo sabe quién es el camarada y quien el enemigo. Pero además, también debe quedar claro el objetivo, aunque más no sea el visible (los intereses detrás de todo esto se mantienen ocultos): tomar tal o cual territorio, expulsar tal o cual población.

Pues bien, nuestra fuerza carece de ese elemento tan indispensable. Por lo tanto, se dispersa en pequeños batallones que reclaman su derecho al particularismo e incluso llegan a atacar a sus aliados naturales. “Indígenas”, “campesinos”, “negros”, “latinos”, “jóvenes”, “estudiantes” entre otras denominaciones, son las formas que adquiere la confusión general. “Campesinos” que no viven de su tierra, sino del salario. “Indígenas” que no viven de los cultivos comunitarios, sino del dinero que sus parientes obreros mandan de EE.UU., cuando no de la jubilación estatal. “Comunidades autónomas”, que viven en pésimas condiciones, mantenidas con transferencias estatales (en obras y salarios) y que emplean mano de obra con salarios por debajo de la media –sin sindicalización alguna- como forma de combatir el “egoísmo occidental”. Un “ejército” zapatista convertido en una gran productora de maíz. Todas formas de ocultar la verdadera condición obrera de esta gente, que ha llegado a niveles de población sobrante para el capital. Si no fuera tan triste, sería un escenario digno de una narrativa del género del absurdo.

Lo mismo puede decirse de los “negros”, “jóvenes” y “estudiantes”. En todos estos casos, estamos ante fracciones más explotadas de la clase obrera. Tienen esa particularidad, claro. Es la realidad misma la que los distancia de sus hermanos de clase. Pero estar más lejos no es ser diferente. Reconocerse como parte de una clase, no solo ayuda a comprender la solución, sino realizar las alianzas necesarias. Para ganar, hace falta la fuerza del conjunto. El tamaño y la fuerza del ejército obrero es tal, que la única forma de someterlo es manteniéndolo disperso.

Por último, vale la mención del rampante autonomismo en las incipientes rebeliones fuera de América del Sur. Es cierto que la derrota de los ’70 y ’80 fue demasiado profunda. Tal vez, la mayor que ha sufrido la clase obrera en su historia. Es cierto, también, que todo movimiento requiere un desarrollo y que el rechazo a la organización partidaria es lógica en aquello que recién comienza. Pero hay que tener en cuenta que ya hay una experiencia de ese tipo de la cual se pueden sacar ciertas conclusiones. En este continente, la organización en partidos logró un desarrollo importante del movimiento, más allá de los límites del programa. En Argentina y en Bolivia, el autonomismo terminó disolviéndose entre la integración al Estado y la desaparición. En España, terminó en PODEMOS, tal vez, el preludio al derrumbe general.

Hace falta, primero, reconocernos como obreros que somos, como parte de una misma fuerza. Y reconocer al enemigo, que no es “occidente”, ni “los políticos”, ni “los blancos”, sino la burguesía. En definitiva, labrar nuestros uniformes y nuestras banderas. Segundo, comprender nuestro objetivo: el Socialismo. Esas tareas no se van a realizar declamando los defectos a los cuatro vientos. Requieren de un escuadrón especial que se ocupe. Una organización que luche por el programa. Un partido internacional. Como lo supo tener el proletariado. Esa es la principal deficiencia del ejército: faltan generales. En ese plano la izquierda revolucionaria replica lo que hace en Argentina: se multiplica inútilmente. Necesitamos un Partido revolucionario internacional, que combata por un programa socialista. Entonces, después de tanto perder, la victoria nos estará esperando.

 

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