La guerra es humana (como la revolución)

 

 

Por Fabián Harari, miembro  del Grupo de Investigación de la Revolución de Mayo  de  Razón y  Revolución.

 

Las voces que se alzan contra la guerra desde el campo del progresismo nos pintan el cuadro de una potencia hegemónica que actúa unilateralmente con la impunidad que le da su pleno dominio del mundo. Un mundo, según ellos, “unipolar”. La guerra acentuará aún más este predominio ante el cual nos hallamos indefensos. Todo este derrotismo, este pesimismo, caracteriza al socialdemócrata que siempre se las ingenia para decirnos que ninguna transformación social es posible y que el enemigo nunca va a caer. Ahora bien:¿Hay fundamentos para acompañar esta procesión fúnebre? No, de ninguna manera. En primer lugar estamos ante una guerra de alcances mundiales que opone a las grandes potencias. Históricamente, este tipo de fenómenos son producto de crisis profundas y anuncian catástrofes aún mayores, como así también la intervención de las masas.  La guerra no es el producto de la hegemonía yanqui. “Hegemonía” significa la capacidad de una clase social o de una fracción de una clase de ejercer el poder con el pleno consentimiento de las demás clases y fracciones de clase. Evidentemente, que un gobierno haya tenido que iniciar una acción militar contra otro país significa que al menos una parte del mundo no está de acuerdo con sus condiciones. La burguesía yanqui no ha logrado el acuerdo de sus pares europeos, todo lo contrario: la organización política que nuclea a las burguesías mundiales (ONU) y que hasta hace poco dirigía, le dio la espalda, al igual que el clero. El imperialismo norteamericano ni siquiera puede mantener la armonía dentro del frente aliado. El “fuego amigo” es expresión de las disputas, ya públicas, entre Bush y el laborista Blair acerca de la participación de las empresas en la “reconstrucción” de Irak. Por lo tanto la guerra no es el producto de la hegemonía yanqui sino el desesperado intento de restablecerla. De la misma manera que las guerras mundiales fueron el producto de la crisis de la hegemonía inglesa y el intento de establecer una nueva relación de fuerzas entre las clases dominantes a nivel mundial. Lo mismo puede decirse de las guerras napoleónicas, que fueron el resultado no de la prepotencia de Napoleón, sino de la necesidad de la burguesía francesa de abrirse paso al desarrollo capitalista liberándose de la presión inglesa y disputarle su lugar. Estas guerras son la expresión de la maduración de ciertas contradicciones sociales, que ya no pueden resolverse más que eliminando total o parcialmente a una de las partes. La guerra surge del desarrollo mismo de la sociedad como expresión de su crisis y, a la vez, es el desesperado intento de salir de ella. La guerra, entonces, es un producto típicamente humano.

Estas crisis mundiales son una inapreciable oportunidad para la intervención de las masas en forma independiente. En primer lugar porque estamos ante una crisis en el seno de la burguesía, que encuentra sus fuerzas dispersas, lo que quiere decir que se hallan más débiles. En segundo lugar, el esfuerzo de rapiñ

a, tanto en vidas como en impuestos, se descarga sobre los trabajadores que no tardan mucho en darse cuenta de que no entregan sus vidas o su dinero por sus propios intereses sino por los ajenos. En tercer lugar, una guerra a estos niveles obliga a armar a la población poniendo a su disposición los recursos indispensables para tomar el poder. Ejemplos históricos sobran. La primera guerra mundial fue la principal condición de la revolución en Alemania en 1918 y en Rusia al dejar al zarismo en bancarrota. La segunda guerra mundial fue la premisa de la revolución en Yugoslavia y en China, así como en Italia el PC tuvo que dar una batalla por desarmar a los trabajadores rurales. La guerra mundial a comienzos del siglo XIX (la era de Napoleón) dio origen no sólo a las revoluciones anticoloniales en América al arrasar con la monarquía borbónica sino que también propició la revolución en la misma España. En estas dos regiones el proceso fue similar. Guerra mundial, disputas en el seno de la clase gobernante y militarización de la población. La guerra entre burguesías se transforma en guerra revolucionaria. La muralla (contra todo idealismo) comienza a deshacerse desde arriba. Es en su mayor ferocidad cuando el sistema anuncia su muerte. La clase obrera será la encargada de darle su propio contenido a esta guerra.

Tiempos de crisis. Brutales enfrentamientos por arriba y rebelión por abajo. Nuestra forma de vida (humana, claro está) se muestra en toda su crudeza y en toda su maleabilidad. Tiempo de desengañarse (que puede doler) y de esperanzarse. ¿A huelga de qué tanto pesimismo?

 

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