La grieta en el Partido Obrero. Las aporías del trotskismo en la revolución argentina

PO altamiraPor Eduardo Sartelli

Un debate hasta ahora en sordina atraviesa al Partido Obrero. Opone, de un lado, a Jorge Altamira y, aparentemente, un sector de las bases y la dirigencia media del partido, contra el Comité Central. No sabemos si Altamira carece de aliados en el CC y si éste domina o no la situación en las bases. Que el asunto ha llegado a cierta situación de crisis, lo prueba el carácter público que ha tomado, por más que se busque esconder la magnitud del enfrentamiento y sus características con la remanida cantinela de las “costumbres democráticas que nos distinguen” y bla, bla, bla. Decimos “en sordina”, porque el objeto verdadero del debate no termina de salir a la luz, ni siquiera en la última intervención de Jorge, su segunda respuesta al CC, que se expresa por medio de su portavoz “oficioso”, Guillermo Kane, miembro de la dirección nacional.

Mirando a través de la grieta

En efecto, el objeto aparente de debate es la caracterización de la Revolución Cubana y del tipo de “Estado” que ella constituye. El objeto real es otro: el curso movimientista y democratizante, es decir, morenista, que impulsa la dirección actual del PO, luego de la “jubilación” de Altamira como figura pública del partido tras la derrota en las PASO. ¿Cómo se llega de un punto al otro? Mediante la caracterización de la Revolución Cubana de gobierno no obrero radicalizado por las circunstancias. Se trataría de una revolución democrático-nacional que por presión de los hechos expropió al capital pero no constituyó una dictadura del proletariado, porque éste último, como clase, habría estado ausente del proceso. La única forma en que el proletariado podría inaugurar su dictadura sería mediante la dirección de dicho proceso en la forma de partido revolucionario, que aquí quiere decir “trotskista”. Se trata de una posición ya expresada por el PTS y a la que hemos criticado en su momento.1 Caracterizar a Cuba de otra manera, como Estado Obrero, sería aceptar que la revolución socialista puede ser realizada sin el partido revolucionario. Esta última es la posición de Kane-CC, a la que Altamira critica indirectamente de claudicar ante la burguesía nacionalista, es decir, el peronismo. Como éste asume hoy la forma de kirchnerismo, resulta consistente creer que lo que el fundador del partido cuestiona en su actual dirección es aquello que el PO reprochaba al PTS durante las PASO: el discurso lavado que apelaba a la “juventud”, las “mujeres” y los “trabajadores”, que constituía lo contrario de una campaña “obrera y socialista”. Que fue lo que el PO prometió hacer después de la derrota y de cara a las generales de octubre; promesa que no cumplió, puesto que adoptó sin ambages el discurso del vencedor. La respuesta de Kane-CC, más allá de cualquier precisión sobre el problema “aparente”, se condensó en dos partes: por un lado, un reproche; por otro, una amenaza. El reproche: si esta es nuestra política, se construyó sobre las bases teóricas a partir de las cuales el acusador desarrolló el partido. La amenaza: más vale que Altamira se calle la boca.

La crisis del partido se hace evidente en este hecho: Altamira no puede vehiculizar su política a través de los canales partidarios y el CC no puede ni combatirlo teóricamente ni prohibirle que hable. Que Altamira no puede canalizar el debate por los canales partidarios lo demuestra la publicidad ostentosa que da a sus intervenciones críticas de la dirección, que no se limitan al tema aquí tratado. Por su parte, el CC no puede combatirlo teóricamente porque Jorge sigue siendo indudablemente una de las cabezas más lúcidas de la izquierda argentina y se encuentra muy por encima de cualquier otro miembro de su propia creación. No puede prohibirle que hable porque su ascendiente sobre las bases se mantiene, si no intacto, al menos muy alto. Pero ello señala la apertura de un “doble poder”. En su última intervención, el acusador se lamenta de la falta de extensión del debate. Esta es, por cierto, expresión del temor del CC ante el embate de tamaña figura, pero también de su control del aparato del partido. Adónde terminará esto es difícil de saber y, hasta cierto punto, irrelevante. Lo que la grieta abierta en el PO permite observar no es tanto las fracturas y vacilaciones internas lógicas e inevitables de todo organismo vivo, sino las contradicciones del trotskismo mismo como estrategia de poder viable en la Argentina. Y eso es lo que realmente nos importa.

El problema es el trotskismo, trotskistas…

En el reproche del CC hay un punto de verdad: la consideración de Cuba como Estado Obrero la separa de las experiencias nacionalistas burguesas y, por lo tanto, le quita a estas toda pretensión revolucionaria. Es decir, es un punto de demarcación con el nacionalismo. Más allá de su utilidad política y de que, finalmente, su caracterización no depende de ésta sino del resultado del análisis de la situación concreta, es decir, del examen del caso histórico en sí, es cierto que esta conceptualización tiene esa consecuencia. También es cierto que esa demarcación se diluye cuando el trotskismo introduce la “revolución permanente”, es decir, el presupuesto de la incompletud del desarrollo capitalista acompañado de la imposibilidad de la propia burguesía para realizarlo. En abstracción de cualquier contexto, esa teoría construye un campo de trabajo común con la burguesía. La NEP es la experiencia histórica más clara en tal sentido. Si bien es cierto que, a diferencia del stalinismo y el maoísmo, el trotskismo supone que es la clase obrera la que debe dirigir la alianza (“permanencia” versus “etapismo”), el deslizamiento hacia posiciones nacionalistas está allí latente. Por ejemplo, cuando el país que no tiene su cuestión nacional resuelta (colonial o semi-colonial y dependiente) se enfrenta a un país imperialista, el partido revolucionario debe sumarse a su gobierno burgués en defensa de la “patria” aunque signifique un apoyo directo a una dictadura sangrienta (como sucedió con la mayoría del trotskismo frente a la guerra de Malvinas). O, por ejemplo, cuando fracciones agrarias que aparentan enfrentarse a los “dueños de la tierra” expresan demandas “campesinescas”, momento en el cual el partido revolucionario deberá salir en su apoyo (como sucedió con el MST durante todo el conflicto y el PTS inicialmente, durante el enfrentamiento gobierno-campo en 2008). Es obvio que esta cuestión lleva al trotskismo a posiciones cercanas al nacionalismo burgués, en nuestro caso el peronismo/kirchnerismo. El problema no es tanto que, en abstracto, la teoría de la revolución permanente sea falsa, lo que no es cierto, sino que, en la Argentina por lo menos, no puede aplicarse. Ya hemos explicado por qué, en un texto que se adelanta a esta polémica.2

Cuando Jorge reprocha al CC de “movimientizar” el partido, o sea, abandonar su naturaleza clasista, apoyándose en su falta de desarrollo teórico, es decir, en la subestimación del papel subjetivo en el proceso revolucionario, no deja de tener razón. Pero, otra vez, la cuestión no se encuentra en si se produjo un cambio de orientación súbito en un partido gobernado durante varias décadas por el ahora acusador, o si, en última instancia, el propio padre debe reconocer que parió un monstruo, sino en el mismo trotskismo, ahora en el Programa de transición. El contenido profundo del programa no está en la serie de recomendaciones más bien obvias para una situación pre-revolucionaria, sino en su concepción de la conciencia de las masas proletarias. Esta evolucionará rápidamente desde la propia práctica sindical sin que el partido deba hacer demasiado al respecto. Finalmente, el partido se construye como una escuela de cuadros profesionales en espera de que la situación fuerce a las masas a tomar decisiones. Este espontaneísmo implícito en el Programa de Transición libera al partido de toda otra tarea que no sea acompañar ese desarrollo de la conciencia. Ello crea un campo de colaboración con fracciones de la burocracia sindical y redunda en una limitación de la propaganda socialista, so capa de no “adelantarse demasiado” a la conciencia reinante. Conciliación con el peronismo, búsqueda de la “herencia” kirchnerista, movimientismo democratista. El Programa de transición ordena una estrategia de intervención en las masas que tiene estas consecuencias en un país donde la conciencia reformista en el seno del proletariado es muy poderosa. Podría resultar útil y suficiente allí donde la conciencia de las masas está liberada de una tradición dominante, como en Rusia. En Alemania, por ejemplo, el caso fue el contrario y los revolucionarios rusos no se cansaron de explicar que el atraso político del proletariado de la tierra de los zares facilitó el salto cualitativo. Gramsci señala lo mismo cuando atribuye un lugar a la guerra de posiciones en Occidente a diferencia de Oriente.

La revolución argentina

En conclusión, el debate interno en el Partido Obrero expone una vez más las aporías del trotskismo, que de alguna manera explican su falta de desarrollo histórico. Aporías que se vuelven tales en aquellos lugares que no encajan en el estrecho marco espacio-temporal para el que la preceptiva fue creada: los países atrasados, con su cuestión nacional incompleta de comienzos del siglo XX, con un proletariado virgen políticamente hablando. Fuera de ese marco, el trotskismo se disuelve en un sindicalismo sin política y una claudicación ante el nacionalismo burgués. Pensar la revolución en la Argentina presupone abandonar la Revolución permanente y superar las limitaciones que para nuestro país tiene el Programa de transición.

1“Estrategia revolucionaria y religión”, en El Aromo n° 43, diciembre de 2008.

2Véase nuestro prólogo a la edición de Historia de la revolución rusa, de Trotski (Ediciones ryr, Bs. As., 2013) y “La izquierda y el kirchnerismo en la era Macri”, en razonyrevolucion.org, 29/1/16

2 Responses

  1. manuel dice:

    Los errores de la crítica están en el hecho de que se critica como “trotskyismo” solo lo que el autor cree que esto es, de acuerdo a sus experiencias en la Argentina. Repito, las bases de la revolución permanente están ya en El Capital (tomo I), junto a los Grundrisse y Teorías sobre la plusvalía. Marx escribió El Capital con los ojos puestos en Alemania para criticar la caracterización “semifeudal” de este país y consignarlo como capitalista. De ahí que Engels se apoye en estos desarrollos y supere su cercanía con la tesis de la revolución democrático-burguesa de 1865 propia de “La cuestión militar prusiana” (1865). El fundamento de la teoría de la revolución permanente es la tesis del “desarrollo desigual y combinado”, tesis que Engels aplica a Alemania en 1870 (segundo prefacio La guerra campesina en Alemania), 1874 (suplemento al segundo prefacio sobre La guerra campesina), 1876 (“Prussian schnapps…”), 1884 (carta de Engels a Bebel), 1887 (prefacio a la cuestión sobre la vivienda), etc, etc, etc. Engels aplica esto a una país en el que el problema nacional está resuelto, en el cual el “campesinado” no cumple un papel relevante (como si lo hacía en la Francia de la época). De ahí que Trotsky desarrolle estos elementos en “Balance y perspectivas” (1906), texto en el cual el problema nacional no cumple ningún papel y la cuestión campesina uno muy subordinado. Esto es así porque Trostky explica que Rusia es un país capitalista, un imperio (no semicolonia) que ha desarrollado su capitalismo algo más tarde que los otros centros (fundamentalmente Inglaterra, Francia y Alemania, quizás eeuu). Lo particular del desarrollo ruso es que se asemeja al alemán que Engels caracteriza desde 1870, porque prima una suerte de bonapartismo en el contexto de una superestructura que pareciera no capitalista (pero que en realidad lo es, porque era la palanca de desarrollo capitalista mediante el proteccionismo -Rusia no era “dominada por el capital extranjero”-). Y esto se explica por la relacionalidad no lineal entre la clases, que Trotsky toma de la circular de Marx de marzo de 1850 (se desarrolla económicamente el capitalismo, pero política y socialmente la clase obrera es la que asciende, mientras en estas dimensiones la burguesía declina -esquema que ya expuso Marx en la carta crítica a un prusiano de 1844-). En la caracterización capitalista (no semifeudal) de Rusia, Trotsky se apoya por sobre todo en El desarrollo del capitalismo en Rusia de Lenin, aplicación concreta de la tesis del desarrollo desigual y combinado al nivel de la base económica (e.g. “formas transicionales”).

    De nuevo, cuando Trotsky conceptualiza la revolución permanente en 1929-1930, tiene el suficiente cuidado de hablar de tareas democráticas en el seno el de la sociedad burguesa, no tareas democrático-burguesas. Esto es así, porque lo democrático se conjunta con lo clasista (desde Babeuf, los rabiosos, el ala clasista de los cartistas). De ahí que el Programa de transición sea tan relevante, porque expone de buena forma esta cuestión. Más todavía si se lo lee con su complemento, “Clase, partido y dirección”, que es una crítica a la misma concepción marcusiana de Sartelli en este artículo: no es que los obreros tengan un burgués en la cabeza (atraso proletario), sino que la tarea es convertir el “clasismo pasivo” en “clasismo activo”.

    Por último, no niego que existan importantes elementos en Trotsky que den pie para el trotskismo que critica Sartelli, pero reducir Trotsky a esto es un poco mucho. Más todavía si se entiende a la NEP como frente popular, cuestión que Trotsky refuta limpiamente en Cinco años de la IC (1924), texto en el cual nuevamente expone su concepción transicional, base de la política del 3er y 4to congresos de la IC (de nuevo, no concebida para colonias, semicolonias y demases). Los elementos “nacionalistas” y “campesinistas” que pueden encontrarse en Trotsky en su mayoría son concesiones a Lenin, un Lenin que entre 1906 y 1912 se pegó un giro a derecha y terminó feudalizando a la Rusia de la época.
    El trostkysmo no se reduce a una suerte de maoísmo o guevarismo pero con clase obrera, cuestión que expresan claramente la corrientes trotskytas clasistas de la posguerra, las cuales no se reducen al Comité Internacional antes de los 1970s, sino que también incluyen a Barta (que justamente critica el nacionalismo de los troskos franceses durante la 2da guerra, el cual concibe como un quiebre con el trotskismo).
    Y esto ya está escrito (lo que concierne a la MECW) en un texto que espero pueda publicarse en corto lapso.

  2. Didier del PO dice:

    RyR nos enseña a construir un partido de masas, formando un equipo de cuadros a la espera de la revolución. Mientras tanto recurre a la chicana e inventa que existe una crisis en el PO simplemente porque hay una diferencia teórica (luego de propugnar incansablemente el famoso partido de tendencias con el morenismo al que califica de democratizante). Más que un método constructivo, se asemeja a un liquidacionismo ultraizquierdista. Por eso se propone volver al programa mínimo y máximo, luego del genial avance que significa elaborar consignas comprensibles a las masas que la ayuden a movilizarse y a entrelazar sus revindicaciones inmediatas con el poder de los trabajadores. Se critica que no digamos la palabra socialismo en una campaña electoral, como si dicha palabra tuviese el unico e inconfundible significado para las masas de: dictadura del proletariado que alcanza el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas iguales o mayores al de los capitalistas adelantados.

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