La decadencia de la pequeña empresa en la industria

Karl Kautsky (1854-1938)

La gran empresa no se ha introducido contemporáneamente en todos los campos de la industria, pero los conquista sucesivamente. Allí donde deviene la forma predominante hace desaparecer las empresas más pequeñas, pero ello no significa que los pequeños empresarios se transformen todos en obreros de fábrica: ellos se dedican a otros oficios, en los cuales la gran empresa todavía no predomina; y allí sobreviven. Así, la competencia capitalista arruina incluso aquellas ramas de la industria en las cuales no reina todavía la gran empresa. Pero este proceso no se manifiesta bajo la forma de una disminución general de la pequeña empresa; por contrario, produce en todas partes un aumento de la misma al punto que, si se toman en cuenta sólo los datos estadísticos, podría creerse que la pequeña empresa ha tomado un vuelo particular. Los sectores en los cuales abundan las pequeñas empresas arruinadas son, al mismo tiempo, aquellos en los que la moderna industria a domicilio explotada por el capitalista halla las mejores condiciones de difusión y de rápido desarrollo. La invasión del capital puede, en estas condiciones, provocar, en vez de una disminución, un fuerte aumento del número total de las pequeñas empresas, pero quien conoce la situación social que se oculta bajo las cifras estadísticas, no verá en ello el efecto de una concurrencia victoriosa con el gran capital. Pero aun en los sectores de los cuales se ha apoderado la máquina, la marcha de la gran industria no provoca necesariamente la desaparición de la pequeña empresa. Aquélla la arruina, la convierte en superflua desde el punto de vista económico, pero es difícil imaginar cuánta resistencia son capaces de oponer esas existencias superfluas. El hambre y el sobretrabajo prolongan la agonía al extremo. La miseria de los tejedores silesianos se ha convertido en proverbial de un siglo a esta parte, y todavía ellos no han desaparecido. Si no se pueden mantener con la producción, pasan a actividades que a la gran empresa parecen insignificantes, se recurre a expedientes, se intenta ganar el pan como agente o intermediario de la gran empresa. También las formas democráticas de los estados modernos pueden convertirse en uno de los elementos que contribuyen a la conservación de las pequeñas empresas ya superadas. No es un hecho extraordinario que el poder estatal ofrezca su apoyo, por razones políticas, a estratos sociales que han perdido su fuerza económica. Por más inútil que hubiera llegado a ser el proletariado andrajoso de la antigua Roma en el tiempo de la decadencia, consideraciones políticas inducían al Estado a mantenerlo. En tiempos más modernos, un ejemplo análogo nos lo ofrece el sector de las personas “de sangre azul”, de los nobles que en el siglo XVII se había convertido en un grupo cada día más inútil y pasivo económicamente, pero que con su sumisión a la monarquía absoluta había sabido crearse una existencia parásita, que succionaba a la sociedad hasta los tuétanos y que sólo una revolución pudo suprimir. Por otra parte, en el arte de exigir la ayuda del Estado, esos nobles han hallado alumnos muy aplicados en una parte de la pequeña burguesía. Es verdad que hay un cierto número de pe queños burgueses que se sienten ya proletarios y que se unen a los obreros asalariados para conquistar, si no para sí, al menos para sus propios hijos, condiciones de vida mejores; pero otros creen más conveniente vender sus servicios al gobierno a cambio del subsidio del Estado. Las clases dominantes tienen la necesidad de estos elementos; precisan, bajo el régimen de sufragio universal, de vastos estratos de población que puedan ser enfrentados a las filas cerradas del proletariado y, por lo tanto, siempre están dispuestos a comprar a esta parte de la pequeña burguesía que se halla en venta. No son los mejores elementos de la pequeña burguesía aquellos que aseguran a los monarcas que son monárquicos hasta los tuétanos, pero que parecen amenazar con convertirse al socialismo si no le son acordados privilegios a costa de la comunidad. Tales amenazas denotan un estado de ánimo miserable, pero cuando se tiene necesidad de pretorianos no se puede ser muy ambicioso. Si en 1848 se ha lanzado contra los obreros revoluciona rios al lumpenproletariado, ¿por qué no habría de ser lanzada hoy contra los obreros esta parte de la pequeña burguesía que se ofrece para esta sucia faena? De hecho es a expensas de los obreros y no de la gran empresa que se prolonga la vida de las pequeñas empresas, concediendo privilegios a los comerciantes en perjuicio de las cooperativas de consumo; a los patronos en perjuicio de los empleados y aprendices, facilitando a aquéllas créditos, seguros, etc., a costa de los contribuyentes. Cuanto más aguda deviene la lucha de clases, cuanto más amenazadora se constituye la socialdemocracia, tanto más dispuestos están los gobiernos a permitir a la pequeña propiedad, ya económicamente superflua, una existencia más o menos parasitaria a expensas de la sociedad. El proceso de su desaparición puede a veces ser retardado; y en tal sentido influyen las esperanzas suscitadas por las promesas y las medidas de los gobiernos, que inducen a más de uno a prolongar una lucha desesperada que de otro modo habría abandonado hace ya tiempo. Pero ninguna persona razonable verá en ello una refutación del “dogma” marxista, que trata solamente de tendencias económicas. Si la “ayuda estatal” de las clases dominantes impiden por cierto tiempo el naufragio de instituciones económicamente en quiebra y puede así ocultar la decadencia de la pequeña hacienda, no menos eficaz en este sentido es también el despilfarro a que se abandonan estas clases y que opera en esta dirección. […] Sería absurdo esperar una resurrección de la pequeña industria del derroche capitalista. El aumento de este despilfarro presupone un rápido y continuo aumento de la gran industria, de la producción en masa y, por tanto, la continua eliminación de las pequeñas empresas y el continuo aumento del proletariado. Para algunas ramas de la industria el despilfarro de los capitalistas puede ofrecer una especie de prosperidad a la pequeña empresa, pero no puede ofrecerlo al país entero, desde que este derroche es un producto de la proletarización progresiva de toda la masa de la propia nación. Alentar en el artesanado, como vía de salvación, la producción de artículos de calidad superior, parece tan justificado como afirmar que el modo de producción capitalista tiende a retrotraer a las naciones hacia el estado de los pueblos cazadores. La estadística lo demostraría sin dificultad. Todo lo anterior no demuestra que el “dogma marxista” es falso, sino solamente que el proceso de decadencia de la pequeña empresa es un proceso extremadamente complicado en el cual se entrecruzan múltiples tendencias contrastantes, que pueden aún turbarlo o retardarle y, aquí y allá, mostrarlo exteriormente con signos contrarios pero que, en realidad, no pueden detenerlo.

Notas

1 Kautsky, Karl, La cuestión agraria, Siglo XXI Editores, 1989.

 

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