“La crisis económica se transforma en crisis revolucionaria”. Entrevista a Savas Michael-Matsas, dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores (EEK), de Grecia

Por Juan Kornblihtt – La crisis mundial pega con especial énfasis en el Viejo Continente. Aunque el escepticismo sobre las perspectivas revolucionarias cunde entre la izquierda europea, que colocan toda la esperanza en América Latina abdicando de un planteo superador al capitalismo en su ámbito específico, la acción de las masas parece por delante de esos planteos. Los levantamientos en los suburbios franceses, las grandes huelgas contra los ajustes estatales, la masiva movilización estudiantil en diferentes países contra los intentos privatizadores y de flexibilización laboral, indican que la respuesta ante la crisis lejos estará de ser pasiva, planteándose los límites de la acción reformista. En este contexto, entrevistamos al dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores (EEK) de Grecia, integrante del Comité por la Refundación de la Cuarta Internacional (CRCI), Savas Michael-Matsas, quien sostiene la necesidad de una acción revolucionaria. El entrevistado, además de dirigente político en su país, es un referente intelectual sobre la crisis económica y, en particular, sobre la situación política en las ex repúblicas soviéticas y los Balcanes.

¿Cuáles son las principales características de la crisis? ¿Cuáles piensa que serán las principales consecuencias?

La actual crisis mundial capitalista, la peor desde el Crack de 1929 y la Gran Depresión, como los propios capitalistas debieron admitir, marca el fracaso de la globalización financiera de las últimas tres décadas. Las contradicciones del capitalismo no fueron resueltas ni por la expansión mundial del capital ficticio ni por el colapso del llamado “socialismo actualmente existente”; dichas contradicciones fueron “globalizadas” y luego de una serie de shocks financieros internacionales y terremotos económicos (1983, 1987, 1997-2001) finalmente explotaron en 2007-2008.

La sobreexpansión del capital ficticio no pudo brindar una salida viable de largo plazo a la crisis de sobreproducción del capital que llevó, en 1971-73, al quiebre del armazón keynesiano de Bretton Woods, de estabilización de post guerra y expansión del capitalismo mundial. Incluso peor: preparó el terreno para una crisis sin precedentes, que la intervención centralizada de los Estados o de los bancos centrales de EE.UU., Inglaterra, la Unión Europea o Japón, no pueden controlar. Los desequilibrios existentes que alimentan la crisis son inmanejables: cuando el mercado internacional de derivados alcanzó la fantástica suma de 586 billones de dólares y el Producto Bruto Mundial es de 50 billones de dólares, ninguna intervención estatal por sí misma o coordinada, puede frenar el colapso de la gigantesca pirámide de deudas.

Los intentos y llamados a un retorno de las políticas keynesianas, realizados no sólo por la derecha que hasta ahora defendía el neo-liberalismo, sino también por la mayoría de la izquierda (que también se había adaptado hasta este momento de la verdad al fetiche de la “globalización” y el “neoliberalismo”) son totalmente inútiles y reaccionarios: siembran ilusiones y adormecen a las masas para prevenir las imparables revueltas sociales de los explotados y oprimidos.

Todas las estrategias seguidas por el capitalismo en el último siglo –tanto el estatismo keynesiano como el neo-liberalismo anti-keynesiano– demostraron sus límites y fracasaron; así, la naturaleza de nuestra época imperialista como una época de declinación histórica y decadencia del sistema capitalista se ve reafirmada. Nadie puede subestimar las consecuencias sociales y políticas de la crisis. La caída de la economía mundial en una depresión y recesión, la bancarrota de gigantescas compañías y países enteros, el desempleo masivo, la sobre-intensificación de la tasa de explotación, son dinamita en los fundamentos sociales de las sociedades capitalistas, tanto en el centro como en la periferia.

El capital es una relación, no una cosa. El compañero Jorge Altamira del Partido Obrero está absolutamente en lo cierto cuando afirma que “No es un problema de números, es un problema de relaciones sociales y de relaciones internacionales. No se resuelve con ´paquetes´ sino con un colapso de las relaciones sociales y con la transformación de estas relaciones sobre nuevas bases”. La crisis económica se transforma en crisis política, y esta última en una crisis revolucionaria. Esta última consecuencia –las implicancias revolucionarias de la actual crisis mundial– es negada de manera vehemente por la mayoría de la izquierda, particularmente por aquellos que niegan la crisis que se está desarrollando y han acusado al PO de Argentina y al EEK de Grecia, así como a nuestra organización internacional, la Coordinadora por la refundación de la Cuarta Internacional (CRCI), de ser “catastrofistas”.

La crisis está lejos de reducirse a un nivel puramente económico y se está convirtiendo en política. ¿Está la clase obrera preparada para enfrentar esta situación? ¿Cuál es, particularmente, la situación de la izquierda europea?

No hay dudas de que aun no hay una preparación política adecuada de la clase obrera internacional y sus vanguardias para enfrentar el desafío de la crisis actual; pero este hecho innegable no debe y no va a paralizar las tendencias revolucionarias que son impulsadas por la crisis y tienen ahora oportunidades sin precedentes para prevalecer entre las masas sublevadas. Pero para aprovechar estas oportunidades es absolutamente necesaria una revolución teórica, programática, política y organizacional de las mismas organizaciones revolucionarias.

En Europa ya hay una despareja pero real radicalización de los obreros y jóvenes luchadores (por ejemplo en Francia, Alemania, Grecia) contra los estragos del capitalismo. La profunda recesión en la Euro-zona, y en el corazón de la economía norteamericana, en Alemania, más las fuerzas centrífugas avivadas por la crisis mundial de crédito que fragmentaron el edificio estadounidense, aceleran y exacerban las tensiones sociales y los conflictos. Pero la situación de la izquierda europea es patética y despreciable. Tiempo atrás los socialdemócratas o los estalinistas abandonaron todo nexo con la lucha para superar el capitalismo, y se convirtieron en defensores del orden capitalista.

La llamada “extrema izquierda”, a pesar de que en algunos casos se benefició de la pérdida de influencia de los Partidos Comunistas o Socialistas, se movió a la derecha en una dirección reformista, mientras importantes secciones de las masas se movían a la izquierda. El ejemplo de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) en Francia es característico: mientras en las últimas elecciones tuvieron un resultado muy positivo, ocupando nuevos espacios en la izquierda luego del colapso del PC francés, decidieron abandonar cualquier conexión histórica con las tradiciones revolucionarias del trotskismo y la Cuarta Internacional, y auto-disolverse, en enero de 2009, en un vago y amorfo “Nuevo Partido Anti-Capitalista”, en el cual la línea de demarcación entre reformistas y revolucionarios es completamente borrosa.

Tales “partidos anti-capitalistas amplios” ya han fallado miserablemente; o bien se dividen, o colapsan o se vuelven indistinguibles del reformismo en otros países de Europa: el SSP en Escocia, “Respect” en Gran Bretaña, el “Left Bloc” en Portugal, la “Red-Green Alliance” en Dinamarca, etc. La debacle del Partido de la Refundación Comunista de Bertinotti, en Italia, un partido que fue considerado por muchos en la extrema izquierda, incluyendo la LCR, como la cabeza política del “movimiento de movimientos” en Europa, después de unirse al gobierno capitalista de Prodi muestra claramente la bancarrota política de esta perspectiva de “reagrupamiento” sobre bases no revolucionarias, que terminan en la colaboración de clase con el régimen político burgués.

Luego del reflujo de la oleada revolucionaria internacional de 1968-77 asociada al Mayo de 1968, y, sobre todo, luego del colapso del estalinismo y la implosión de la Unión Soviética en 1989-91, una mayoría en la izquierda internacional y europea abandonó o pospuso al futuro más remoto la perspectiva revolucionaria, aceptando el capitalismo liberal como un horizonte histórico inmodificable por el momento y adaptándose a la democracia burguesa.

Para ellos, el ciclo histórico abierto por la revolución de Octubre estaba definitivamente cerrado. Para nosotros, por el contrario, las contradicciones irresueltas del declinante capitalismo mundial siguen llevando a un desarrollo no lineal y lleno de zigzags, pero real, de la revolución socialista mundial iniciada en 1917, que sigue siendo la base para una política de emancipación humana universal. No tenemos que abandonar la tarea iniciada en Rusia y traicionada luego por el estalinismo, sino continuarla y completarla a escala mundial, bajo nuevas condiciones históricas y en nuevas formas.

En Europa, también hay, por supuesto, organizaciones revolucionarias minoritarias, incluyendo nuestros compañeros del Partido Comunista de los Trabajadores (PCL) en Italia o nuestro EEK en Grecia, que se oponen a un acuerdo con el capitalismo y a las políticas de “Frentes Populares”, y luchan por un programa y una perspectiva revolucionaria para un gobierno de los trabajadores y una Unión de Estados Socialistas de Europa. Estamos seguros que el futuro pertenece a las intransigentes fuerzas de la revolución social.

No hay mucha información de Europa Oriental, y en particular de Rusia. En su opinión, ¿puede implicar la crisis una actualización de los conflictos regionales y nacionales?

Previamente hemos insistido en que la restauración capitalista en el Este se ve confrontada por enormes contradicciones, tanto internas como externas, principalmente por el hecho de que estos países se debieron reintegrar en un sistema mundial que se hallaba él mismo en decadencia y crisis. La previa crisis internacional de 1997 centrada en Asia llevó al default ruso en 1998 y a la transición del frenesí liberal que provocó la bancarrota de Yeltsin, a un aumento del control estatal de los sectores estratégicos de la economía, principalmente la energía, que llevó adelante Putin. El repunte de la economía mundial en 2002-2006, incluyendo la suba del precio del petróleo, ayudaron a la estabilización del régimen de Putin, así como a la integración de algunos países de Europa del este en la Unión Europea. Ahora, el nuevo torbellino financiero internacional desestabiliza completamente esta situación.

Hungría fue momentáneamente salvada, en el último minuto, de declararse en default por la intervención del Banco Central Europeo y el FMI. Pero la lista de los antiguos países “socialistas” que hoy día enfrentan la bancarrota del Estado es larga. Incluye no sólo a Bulgaria y Rumania sino también a países estratégicamente importantes como Ucrania y Kazajtán. Rusia misma y China son parte del problema mundial.

Aunque hay, y seguirá habiendo, una exacerbación de los conflictos nacionales como los vistos en el Cáucaso, los conflictos sociales tomarán la delantera. El principal problema es el desierto político dejado atrás por el colapso del estalinismo, la atomización y la falta de fuerzas políticas del proletariado, maduras y organizadas. En Rusia, la mayoría de la izquierda capituló o frente a Putin, o frente su pequeña oposición liberal, o frente a ambos. Pero en la nueva situación histórica y mientras la popularidad de las políticas “patrióticas” de “estado fuerte” de Putin están minadas por la crisis, nuevas fuerzas de lucha social aparecerán en escena. Los últimos años, en Rusia particularmente, una joven generación entró a la vida política buscando soluciones radicales de izquierda y un nuevo internacionalismo. Desarrollos revolucionarios en Europa Occidental y en Latinoamérica van a tener un enorme impacto en esta generación, pero también sobre las demás capas populares donde las tradiciones colectivistas aun están vivas.

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