La contrarrevolución en letras de molde. Un comentario a Los días que vivimos en peligro – Rosana López Rodriguez

dsc04867 En rigor, la literatura, toda literatura (incluso la más evanescente), siempre está  leyendo la vida social, y es leída por ella. La literatura es un hecho social, ¿pero  cuál es su manera específica de dar cuenta de lo social? 
Del prólogo de Juan Diego Incardona y Santiago Llach

 Una nueva antología de cuentos agrupados bajo el título Los días que vivimos en  peligro. Dieciséis escritores narran los hechos que conmovieron al país (1982-  2008) ha salido al ruedo.1 Incardona y Llach, los compiladores, insisten con la idea de lo nuevo: “el libro ofrece piezas potentes y un panorama estilístico de la producción literaria actual”, a pesar de que las fechas de nacimiento de los autores se extiendan de la década del ’50 hasta mediados de los ’80. Celebramos, sin embargo, la voluntad de los antólogos de reconocer la función social de la literatura, (y lo que es aún más importante, que constituye una interpretación política de los hechos que se cuentan) a despecho incluso de las declaraciones de algunos de los autores incluidos en la misma.2 La intención de la propuesta es ficcionalizar

“hechos que producen una conmoción colectiva y que funcionan como fisuras que ponen en cuestión el contrato y el relato sociales. Los días que vivimos en peligro son esos días en que todo parece suspenderse, o incluso desplomarse (la caída de un edificio funciona como una metonimia de la caída del edificio social). Casi todos los hechos tienen como mínimo un matiz negativo, y sus costos se cuentan, entre otras cosas, en muertes de seres humanos.”(p. 7)

Las preguntas que podemos hacerle a la antología es cuáles son los hechos vividos como peligrosos, quiénes son los que viven esos episodios de ese modo y cuáles son los riesgos que portan esos hechos, es decir, por qué estas situaciones conmovieron colectivamente a la sociedad argentina. El único episodio ficcionalizado que no encaja en ninguna de las características propuestas, aunque los antólogos pretendan inscribirla forzadamente en la serie por la “marca espectacular con la que habitualmente se asocia a las presidencias del abogado riojano” (p. 8), es el cuento de Mariana Enríquez, “Los ojos más azules de Texas”. Es la historia de un padre y sus dos hijos adolescentes (uno de ellos, el narrador, homosexual) que vieron frustradas sus expectativas de ver jugar a Maradona en el Mundial ’94 debido al affaire del doping. Se preguntará el lector qué tendrá que ver esa decepción de ese sector de la pequeña burguesía acomodada con los peligros que podía vivir la sociedad argentina. O en todo caso, cómo pudo Maradona hacer tambalear los cimientos de nuestro establishment. Sin dudas, el hecho no reviste la menor importancia social. Algo similar podríamos decir del atentado a las Torres Gemelas, si pensamos en nuestro país: ¿fueron conmocionados los cimientos de la sociedad argentina con ello? No parece, más allá de la repetición machacona de los medios y algún que otro exabrupto.
Ahora bien, todos los otros episodios ponen en juego la democracia tal como la conocemos, de allí que aparezcan cinco historias en las cuales el poder militar amenaza el orden establecido o a punto de obtenerse. Otras tres expresan al menemismo (Yabrán, Río Tercero y AMIA). Complots, negociados y hombres de negocios en las sombras, y también batallas económicas entre fracciones de la burguesía, expresadas bajo la forma de antisemitismo.
Los antólogos señalan implícitamente que tanto el final del gobierno de Alfonsín, asolado por el poder militar, como el final de la corrupción de la pizza y el champagne, dan cuenta de otro peligro aún peor que el de los militares y el menemismo: el riesgo de la desaparición de la propiedad privada, saqueos y movimiento piquetero mediante. Afortunadamente, para esta democracia que, según los antólogos, supimos conseguir, en la cual ya no hay riesgos de dictaduras ni corrupción, sino solamente “algunas falencias en el Estado democrático”, el kirchnerismo vino a demostrar que es posible una sociedad en la cual no vivamos en peligro. Aunque se puedan y se deban hacer algunas correcciones, el sistema es, si no perfecto, perfectible. Ésta es la lógica política del libro. Ignora que la “paz” de la democracia kirchnerista se obtuvo sobre la base de un enorme proceso represivo que se inició antes del 19 y 20 de diciembre de 2001 y tuvo su continuidad con los asesinatos de Kosteki y Santillán, Carlos Fuentealba y todos los militantes presos que se amontonan año tras año. Ignora que el conflicto entre el gobierno y el campo significa la reaparición del peligro: la disputa entre fracciones de la burguesía siempre es un prolegómeno de agitaciones de mayor alcance. Dicho de otro modo, los autores se equivocan si creen que el “que se vayan todos” ya fue.
¿A quién refiere entonces el pronombre “nosotros” del título y cuáles son los peligros? “Nosotros” remite a los intelectuales con intereses políticos atados al kirchnerismo, abiertos defensores del statu quo, que no quieren que nadie, ni por derecha, ni por izquierda, haga tambalear el pequeño mundo en el que juegan a la literatura. Siguen siendo lo mismo que caracterizáramos allá por el 2004. No podían ser piqueteros cuando el proceso de lucha se abría ni cuando Duhalde lo cerraba violentamente, pues su posición de clase y su dependencia ideológica de la burguesía les prohíbe cualquier “exceso” que haga peligrar el orden. Cuando se iniciaba la pacificación kirchnerista, tampoco podían expresarse como afines al gobierno, tanto porque no conviene jugarse sino hasta que quede claro que el caballo es el del comisario, como porque nunca se sabe si el bonapartismo no se desboca, estilo Chávez. El tiempo, que a todo bonapartismo desenmascara, les despejó las dudas. Ahora sí, ahora encontraron su lugar, éste es un gobierno afín a sus intereses, por eso pueden expresarse como escritores abiertamente políticos y, por lo tanto, involucrados en la realidad que los rodea. ¿Cómo era eso de que vivían en otro mundo, de que miraban para otro lado? Ahora les gusta la política, precisamente porque no pasa nada, con una vida libre de peligros, asentados en el mundo editorial como las “jóvenes promesas” de la literatura nacional. De una literatura muerta, cierto, pero eso no es lo que importa.

 De formas y contenido

 La primera regularidad que se observa en la antología se produce a nivel estructural, pues en al menos la mitad de los cuentos aparece una secuencia narrativa que se reitera, con variantes superficiales: el/la protagonista va viviendo su vida cotidiana hasta al momento en que un episodio externo, lo/la toma por sorpresa y esa cotidianeidad resulta trastornada, sin que él/ella haya comprendido prácticamente nada de lo sucedido. Los cuentos que tienen esta forma son: “La mañana del robot” (Pablo Plotkin, sobre atentado a la AMIA), “La muerte de un autor” (Diego Gonzo Sánchez, sobre el suicidio de Yabrán), “Los ojos más azules de Texas” (Mariana Enriquez, sobre el doping de Maradona en el Mundial del ’94), “San Vicentico” (Sol Prieto, sobre las exequias de Perón en la quinta de San Vicente), “Primavera a remolque” (Carlos Martín Eguía, sobre el asalto a La Tablada), “Elige tu propia aventura” (Ana Wajszcuk, sobre el Juicio a las Juntas militares), “El título” (Federico Jeanmaire, sobre 19 y 20 de diciembre de 2001), y “Semana Santa” (Martín Kohan, sobre el alzamiento carapintada de 1987).
Esa similitud estructural significa que los textos fueron escritos a pedido, pues la mejor manera de resolver el conflicto es la de crear uno o más personajes que sin arte ni parte aparecen involucrados en un episodio conmocionante. Una verdadera pena, esta escritura por compromiso: Martín Kohan, por ejemplo, escribe muchísimo mejor que este texto insípido y forzado. Y sin embargo, en cuanto al contenido político, esa estructura revela un significado: los personajes no superan, en general, la posición de observadores confundidos por el asunto en cuestión. Pueden oscilar entre la inconsciencia más completa, como en los primeros cinco textos; el egoísmo (como en “El título”) o la defensa de la democracia burguesa3. En otro lugar desarrollamos el asunto con más extensión, aquí nos limitamos a ejemplificar con un caso significativo.4

 Reacción en estado puro

 “Anteúltima cita” de Elsa Drucaroff, expone el encuentro entre dos ex por medio del discurso indirecto libre. Los pensamientos y sentimientos de ambos, que se odiaban mutuamente, los muestran resentidos. Él, arquitecto; ella, “socióloga proletarizada”; ambos, militantes en los ’70 que en el 2004 estaban completamente fundidos. La militancia de estos personajes había sido una moda, como leer a Foucault, sólo había sido una pose de café de la calle Corrientes. Se les estaba yendo la vida batallando uno contra otro, alimentando un odio que sólo se resolvería con la factura cobrada en el hijo. Ella, para retacearle la visita de fin de semana al padre, en su afán de venganza, le había dado plata al hijo adolescente para ir a un recital: esa noche del 30 de diciembre de 2004 en Cromañón. Todo un golpe bajo, de mal gusto y facilón. No está de más recuperar lo que Drucaroff ha dicho sobre el episodio real:

“Podemos asombrarnos, horrorizarnos por la autodestructividad e irresponsabilidad de nuestros hijos, que arrojan bengalas hacia techos altamente inflamables y depositan bebés en los pisos de los baños para no perderse el recital, o podemos pensar qué dice eso de nosotros, los padres, qué de la sociedad argentina que supimos construirles, que les hemos legado. Las generaciones que parieron y criaron a los muertos que hoy lloramos anduvieron por Plaza Francia cantando rock nacional y por los cafés de Corrientes. Yo anduve por ahí, soy una de ellos. Algunos hicieron política cuando hacerlo, además de no dar dinero, costaba muy caro. Peleamos contra nuestros padres, nos reímos a carcajadas que se hubieran casado vírgenes, o por lo menos de que trataran de hacérnoslo creer, de sus ingenuas advertencias, de su sexualidad pacata e hipócrita, de su filosofía conservadora. Nos fue mal y nos fue bien, ocurrieron cosas tremendas, pero sobre todo en la vida cotidiana, en las costumbres sexuales, en los derechos de los jóvenes, hubo logros importantes (siempre complejos y contradictorios, pero logros). Lo cierto es que ahora somos padres y hay otros adolescentes que dependen de nuestro cuidado. Y aunque muchos queremos explicar a nuestros chicos que nuestra generación fue lo más, que como nosotros no hubo nadie, que nuestro idealismo y nuestra cultura, y nuestra tragedia y dolor, son y serán inimitables, lo cierto es que demostramos ser incapaces de criarlos, de hacerlos crecer preparados para autoprotegerse, de enseñarles a respetarse, a confiar en que tienen algo que construir y que decir, y de transmitirles, en suma, una certeza completamente elemental: la importancia de vivir, de llegar a viejos.”

Cromañón, el real, es culpa de los padres. Pero no de cualesquiera padres. Drucaroff pretende que Cromañón es otro crimen de los militantes de los ’70:

“(Nuestros padres) prohibían a veces por ignorancia, o por miedo, pero en cada prohibición había otro mensaje, un mensaje del que no me reí ni me río. Tu vida nos importa, vamos a protegerte. Incluso contra vos misma, entendamos o no, ignorantes o no, vamos a cuidarte porque tu vida vale. No fueron padres piolas, fueron padres. Desde el padrepiolismo hasta la irresponsabilidad gubernamental, el filicidio es la práctica tan inconsciente como sistemática con que los adultos argentinos responden a su propia frustración, a su propia derrota.”5

“Anteúltima cita” es la ficcionalización de la interpretación no tanto del episodio de Cromañón, sino un balance crítico de la generación del ’70, de la cual Drucaroff se jacta de haber sido parte. Habiendo nacido en 1957, la autora apenas tenía 19 años cuando la batalla de los ’70 ya se había terminado; además, según su propia confesión, en el año ’73, ya es “independiente”, y su paso por el PC fue tan fugaz que duró menos de dos años, entre los 14 y los 16. Dicho de otro modo, nunca militó seriamente. Se trata de una pose que le permite hablar “como quien sabe por experiencia”. ¿Qué tiene para decir de esa militancia alguien que no la vivió nunca? Que los setentistas son unos fundidos, malos padres, fracasados y responsables de la situación actual. Este es, más o menos, el tono de una compilación que refleja bastante bien el contenido político de la “nueva generación” de la literatura argentina, “su manera específica de dar cuenta de lo social”…

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1Emecé, Bs. As., 2009.
2Recordaremos al lector, entre tantos ejemplos posibles, que Washington Cucurto solía declarar polémicamente que “sólo escribía para su mamá”.
3En el cuento de Kohan, dos hombres que miran el episodio por televisión, mientras tienen relaciones sexuales, deciden ir “a la plaza: con el pueblo a llenar la Plaza de Mayo. En defensa de la democracia y de las instituciones republicanas.” (p. 67)
4Véase nuestro “Los días que vivimos en peligro”, en Razón y Revolución, nº 19, en prensa.
5http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-1695-2005-01-07.html. Última fecha de consulta: 7/6/2009.

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