La CIA y los intelectuales progresistas – Pablo Pozzi

La CIA y los intelectuales progresistas

En esta nota Pablo Pozzi analiza un documento de la CIA recientemente desclasificado. Allí queda clara la política cultural que la agencia se dio para ganar intelectuales “progresistas”. En el número 31 de Razón y Revolución ofreceremos al lector el texto completo del documento.

Pablo Pozzi

Prof. Titular de Historia de los EE.UU. en la UBA


La Agencia Central de Inteligencia (CIA) norteamericana acaba de desclasificar un documento de trabajo que comprueba su política hacia la intelectualidad progresista y de izquierda, y brinda algunos datos nuevos.[1] El documento se titula Francia: la defección de los intelectuales de izquierda y describe, detalladamente, cómo captar e influenciar intelectuales, particularmente aquellos nucleados en la revista Annales, la Ecole des Hautes Etudes, y los que se referenciaban en Michel Foucault, Jacques Derrida y Jacques Lacan, en lo que visualiza como “una guerra cultural”. Si bien el eje del documento son los intelectuales franceses, los principios y criterios que plantea fueron aplicados a través del mundo. En el mismo se describen sus tácticas y estrategias para generar un ambiente intelectual anti marxista a partir de influenciar a los intelectuales post marxistas y a los críticos del Partido Comunista francés (PCF).

El documento establece que

 

“durante las protestas de mayo-junio de 1968 […] muchos estudiantes marxistas miraban hacia el PCF para liderazgo y la proclamación de un gobierno provisional, pero la dirección del PCF trató de aplacar la revuelta obrera y denunció a los estudiantes como anarquistas”.

 

A partir de ahí surgieron los “Nuevos Filósofos” que, desilusionados con la izquierda, “rechazaron su alianza con el PCF, el socialismo francés, y las premisas básicas del marxismo”. Estos intelectuales post marxistas son considerados como mucho más efectivos en la guerra cultural que los intelectuales conservadores de la derecha, como Raymond Aron. Esto se debió a que los intelectuales conservadores se habían desprestigiado por su apoyo al fascismo. En cambio, los así denominados intelectuales democráticos, con su crítica a la URSS y al comunismo, eran útiles y, sobre todo, efectivos.

A partir de estas consideraciones iniciales, el documento señala que:

 

“Entre los historiadores franceses de la posguerra, la influyente escuela vinculada con Marc Bloch, Lucien Febvre y Fernand Braudel ha avasallado a los historiadores tradicionales marxistas. La escuela de Annales, como es conocida por su principal publicación, ha dado vuelta la investigación histórica francesa, principalmente desafiando primero, y rechazando después, las teorías marxistas del desarrollo histórico. Si bien muchos de sus exponentes pretenden que están dentro ‘de la tradición marxista’, la realidad es que solo utilizan el marxismo como un punto crítico de partida […] para concluir que las nociones marxistas sobre la estructura del pasado -de relaciones sociales, del patrón de los hechos, y de su influencia en el largo plazo- son simplistas e inválidas.

En el campo de la antropología, la influencia de la escuela estructuralista vinculada con Claude Lévi Strauss, Foucault y otros, ha cumplido esencialmente la misma función. […] creemos sea probable que su demolición de la influencia marxista en las ciencias sociales perdure como una contribución profunda tanto en Francia como en Europa Occidental.”

 

En particular los autores del documento alaban a Foucault y Lévi Strauss por “recordar las sangrientas tradiciones de la Revolución Francesa” y que el objetivo de los movimientos revolucionarios no era tanto la profunda transformación social y cultural de una sociedad, sino más bien el poder. Por ende, según el documento, la teoría francesa post marxista realizó una contribución inapreciable al programa cultural de la CIA que intentaba mover a los intelectuales de izquierda hacia la derecha, mientras desacreditaban el antiimperialismo y el anticapitalismo, permitiendo la creación de un ambiente intelectual donde sus proyectos podían ser llevados a cabo sin ser molestados por un serio escrutinio intelectual.

El eje no solo era desacreditar al marxismo como teoría, sino también tenía cuatro aspectos vinculados entre sí:

  1. Fracturar a la izquierda cultural en diversos movimientos a través de lo que se denomina “políticas de identidad”. En este sentido, las reivindicaciones de clase, el concepto en sí, y la lucha de clases como motor de la historia, se diluyen en una cantidad grande de diversos movimientos, sin que ninguno acepte la primacía del concepto básico del marxismo, las clases sociales: Estos intelectuales de Nueva Izquierda se opondrán “a cualquier planteo de unidad de la izquierda”.
  2. Se desvía la atención del capitalismo (y los Estados Unidos) como causante de los problemas del mundo, hacia problemas como el consumo, la falta de democracia o de educación (y la URSS). “El anti sovietismo se ha convertido en la base de legitimidad del trabajo intelectual”.
  3. Se torna difícil movilizar a las élites intelectuales en oposición a las políticas imperiales de Estados Unidos, apuntando a fracturar sectores medios de la clase obrera. De hecho, señala que “hay un nuevo clima de antimarxismo y de antisovietismo que dificultará movilizar una oposición intelectual a las políticas de Estados Unidos”.
  4. Se equiparaba marxismo con “anticientificidad”, y el compromiso político de izquierda entre los intelectuales es considerado como “poco serio” y “subjetivo”: los intelectuales de la Nueva Izquierda están “menos dispuestos a involucrarse y tomar partido”.

 

Mucho de lo que se plantea en el documento no es nuevo. Por ejemplo, el caso del Congreso de Libertad Cultural (CCF) ha sido bien estudiado por Frances Stonor Saunders, que incluyó muchos destacados intelectuales como el poeta Stephen Spender, los historiadores Hugh Trevor-Roper y Benedetto Croce, y el escritor Franz Borkenau. El CCF fue un conspicuo “frente” de la CIA. También, existen estudios sobre la promoción del arte “despolitizado” como el de Jasckson Pollock, Willem de Koonig y Mark Rothko. De hecho, la CIA fue central en la promoción del Expresionismo Abstracto norteamericano para contrarrestar artistas “politizados” (hacia la izquierda, obvio) como Diego Rivera o Pablo Picasso.[2] De la misma manera, la CIA financió y difundió una cantidad importante de revistas literarias como Encounter, The New Leader, y Kenyon Review.[3] En este sentido, el documento desclasificado contiene pocas revelaciones totalmente nuevas, más allá de algunos nombres que antes no habían sido vinculados a la Guerra Fría Cultural. Pero, al mismo tiempo es una confirmación de la importancia que la CIA le dio a las nuevas tendencias intelectuales en su lucha antimarxista. Es más, ayuda a entender porqué tantos intelectuales progresistas fueron seducidos por el discurso anticomunista de la Guerra Fría. Inclusive un elemento importante es que aporta a comprender porqué mediocres intelectuales de pasado comunista o trotskista (como Arthur Koestler, Franz Borkenau, Irving Kristol y Jay Lovestone) se convirtieron en famosos y difundidos. De hecho, un elemento notable es que la CIA parece haber tenido como un objetivo importante la captación de intelectuales trotskistas como Lovestone, Kristol, Sidney Hook, e Irving Howe, además de muchos de los vinculados con Max Schachtman. Debería ser evidente que el colaborar en alguna organización, publicación, o inclusive recibir financiamiento de la CIA no te convierte en “agente”. De hecho, la CIA diferencia con claridad entre agentes, amigos, “activos”, y contactos. Hasta dónde sabían esos intelectuales que eran parte de la campaña de la CIA y que estaban siendo financiados por ésta, en realidad no lo sabemos. Lo más factible es que tuvieran una buena idea, al fin y al cabo, las primeras denuncias de que la CIA canalizaba financiamiento a través de fundaciones como Ford o Rockefeller datan de la década de 1950. Aun a sabiendas, es improbable que les hubiera importado, dado que los beneficios eran muchos, y que el enemigo principal de ambos era la Unión Soviética.

Lo que es importante del documento desclasificado no es que mencione “agentes” (de hecho, no lo hace), sino que especifique que su política es promover tendencias intelectuales antimarxistas. En ese sentido, la CIA a través del CCF y de la revista Encounter promovieron al filósofo polaco Leszek Kolakowski (al que E.P. Thompson demuele en su “Carta aLeszek Kolakowski”) dos de cuyas principales obras “filosóficas” son el manifiesto “Cómo ser un Conservador-Liberal-Socialista” (sic) y “Porqué tengo razón en todo” que, eventualmente, se convirtió en uno de los intelectuales de cabecera de Lech Walesa y Adam Michnik. Obviamente se trataba de contrarrestar la influencia de Rosa Luxemburgo, posiblemente una de las más importantes filósofas polacas del siglo XX, promoviendo las “humildes incoherencias” de Kolakowski.

Un elemento notable es que el documento desclasificado no haga casi referencias a los cuantiosos fondos que destinó la CIA a captar intelectuales de izquierda. Por ejemplo, Frances Stonor Saunders (La CIA y la Guerra Cultural) señaló que la Agencia no informaba al gobierno norteamericano que estaba financiando diversos proyectos “de izquierda” que contribuyeran a alejar a los seres humanos de planteos igualitarios o clasistas. De hecho, uno de los aspectos que ella revela es que la CIA prefería “marxistas reformados” a los tradicionales conservadores y derechistas. Por “reformados” se entendía aquellos izquierdistas que se habían decepcionado del comunismo, o eran críticos de la URSS.

Esta promoción de intelectuales “reformados”,en especial los postmarxistas, se vio acompañada de importantes recursos económicos, acceso a editoriales y medios de comunicación, e inclusive a nombramientos académicos. Así, señala el documento, diversas obras de personajes como André Glucksmann y Bernard Henri Levy se convirtieron en bestsellers. Por ejemplo, según Tom Braden, que fue el director de la Rama de Organizaciones Internacionales de la CIA, la Agencia compró miles de ejemplares de las obras de Hannah Arendt, MilovanDjilas, yIsaiahBerlin para promoverlos. Otro ejemplo, no mencionado, es que la VI sección de la Ecole Pratique des Hautes Etudes, que alojaba a Lucien Febvre y Fernand Braudel, se estableció con un financiamiento recibido a través de la Fundación Rockefeller en 1947. Y luego fue financiada a través de la Fundación Ford, incluyendo los dineros e influencias necesarias para convertirse en la Ecole Pratique des Hautes Etudes en SciencesSociales, con habilitación para otorgar títulos universitarios. Como señaló Kristin Ross, en su libro Fast Cars, Clean Bodies: Decolonization and the Reordering of French Culture (1996):

 

“En las décadas de 1950 y 1960 Braudel, Le Roy Ladurie y otros de la VIeme Section, crearon lo que Braudel denominó ‘una historia donde los cambios son casi imperceptibles […] una historia donde el cambio es lento, de repetición constante, de ciclos recurrentes’. Sus enemigos más formidables habitaban en frente, en la [Universidad de la] Sorbonne: un largo linaje de historiadores marxistas de la Revolución Francesa, como Georges Lefebvre y Albert Soboul. Y lo que estaba en juego era que reemplazaban el estudio de la historia de los movimientos sociales y el cambio abrupto o la mutación histórica por el estudio de las estructuras, o sea se borraba la idea misma de la Revolución. Estos historiadores marxistas [se enfrentaban…] a colegas modernizados, con exceso de fondos, y muy bien equipados con computadoras y fotocopiadoras” (p. 189)

 

Lo anterior se complementó con viajes, becas, subsidios, y una cantidad importante de seminarios internacionales destinados a promover tanto la visión de Annales como el estructuralismo de Claude Lévi Strauss. En síntesis, si los intelectuales de izquierda no encuentran los recursos necesarios para llevar adelante sus investigaciones, o para publicarlas, entonces se encuentran sutilmente forzados a aceptar el orden establecido, mientras adoptan las modas intelectuales hegemónicas para poder encontrar empleo. Al mismo tiempo, lo que esto sugiere es regresar a discutir viejas preguntas: desde para quién realizamos la tarea como intelectuales, hasta para qué y cómo. Sin teoría marxista, sin pensamiento crítico de izquierda, el resultado es el debilitamiento del pensamiento de izquierda y de la conformación de un efectivo accionar revolucionario.

 

[1]https://goo.gl/ptrrDD

[2]https://goo.gl/8IwM

[3]https://goo.gl/U6FAmv

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