La Biblioteca militante – Cómo me hice socialista

jackLa Biblioteca Militante

A partir de marzo del año que viene, Ediciones ryr comenzará la publicación sistemática de la Biblioteca Militante, un total de 200 libros divididos en cinco colecciones: Arte y Filosofía, Historia Argentina, Problemas Mundiales, Básicos del Socialismo y Literatura Roja. La función de la Biblioteca es proveer de una lectura amplia y sencilla a todo aquel que tenga preguntas que responderse sobre la naturaleza del socialismo, sobre su historia, la lucha presente y pasada y su realidad y necesidad en el mundo actual y en la Argentina en particular, así como sobre sus bases filosóficas y su representación artística. La Biblioteca quiere militar por el socialismo en el sentido más general: demostrando que existe como una potencia siempre latente en el alma humana. Es por eso que los textos que integran cada colección (que serán dados a conocer al público en sucesivas ediciones de El Aromo) han sido escogidos con un criterio abierto, sin apostar a la “pureza doctrinaria”, sino más bien a esa latencia que se expresa en el conjunto de la producción universal. Autores de los más diversos traerán mes a mes un aspecto, un elemento y una perspectiva de la realidad que buscarán enriquecer la mirada del lector y ayudarlo a construir una cultura socialista. A colaborar en, como dice Jack London en el texto que sigue, el descubrimiento de Eso que todos llevamos dentro como promesa.

Cómo me hice socialista (1)

Jack London

Es bastante justo decir que yo llegué a ser socialista de manera muy semejante a aquella por la cual los teutones se convirtieron en cristianos: a los golpes. No solamente no estaba buscando el socialismo en la época de mi conversión, sino que lo estaba combatiendo. Era muy joven e inexperto, no sabía mucho de nada, y aunque nunca había oído hablar de una escuela llamada individualismo, cantaba el himno de los fuertes con todo mi corazón.
Eso sucedía porque yo mismo era fuerte. Por fuerte quiero decir que tenía buena salud y fuertes músculos, posesiones ambas fácilmente comprobables. En mi niñez había vivido en las haciendas de California, en mi adolescencia repartiendo diarios en las calles de una saludable ciudad del oeste, y en mi juventud, en las aguas cargadas de ozono de la bahía de San Francisco y del Océano Pacífico. Me gustaba la vida al aire libre y trabajaba a cielo abierto en los trabajos más duros. Sin aprender ninguna profesión, pero deslizándome de ocupación en ocupación, observé el mundo y lo consideré bueno, hasta en lo más insignificante. Permítanme repetir: ese optimismo se debía a que yo me sentía sano y fuerte, sin preocupaciones de dolores ni debilidades, nunca rechazado por el patrón porque pareciera incapaz, siempre apto para encontrar un trabajo como paleador de carbón, como marinero, o un trabajo manual.
A causa de todo esto, exultante con mis pocos años, capaz de mantenerme firme en el trabajo o en la lucha, era un individualista desenfrenado. Era muy natural. Era un triunfador. Por eso yo llamé a ese juego, mientras observaba cómo se desarrollaba, o pensaba que lo hacía, un juego de HOMBRES. Ser un HOMBRE era escribirlo con grandes mayúsculas en mi corazón. Arriesgarse como un hombre, pelear como un hombre y hacer el trabajo de un hombre (aun por el salario de un niño), eran cosas que me llegaban profundamente y que se apoderaban de mí como ninguna otra. Y miraba hacia delante la perspectiva de un brumoso e interminable futuro en el que, jugando lo que creía que era un juego de HOMBRES, continuaría viajando con una salud inagotable, sin accidentes y con músculos siempre vigorosos. Como digo, ese futuro era interminable. Podía verme a mí mismo, bramando por una vida sin final como una de las rubias bestias de Nietzche, vagando lujuriosamente y conquistando por mi plena superioridad y fuerza.
En cuanto a los desafortunados, los enfermos, los achacosos, los viejos y mutilados, debo confesar que había pensado muy poco en ellos, excepto que vagamente sentía que, fuera de los accidentes, podían ser tan buenos como yo si lo deseaban con verdadero ahínco y trabajaban igualmente bien. ¿Accidentes? Bueno, representaban al DESTINO, también deletreado con mayúsculas, y yo no me preocupaba entonces por el DESTINO. Napoleón había tenido un accidente en Waterloo pero eso no enfrió mi deseo de ser otro moderno Napoleón. Más adelante, el optimismo emanado de un estómago que podía digerir hierro viejo y de un cuerpo que se reía de la fatiga, me impedía pensar en los accidentes relacionándolos, ni aun remotamente, con mi gloriosa persona.
Espero haber dejado en claro que estaba orgulloso de ser uno de aquellos a quienes la Naturaleza había dotado de las mejores armas. La dignidad del trabajo era lo que me impresionaba más notablemente en el mundo. Sin haber leído a Carlyle ni a Kipling, yo creaba un evangelio del trabajo que oscurecía el de ellos. El trabajo era todo. Era santificación y salvación. El orgullo que me invadía después de un día de duro trabajo sería inconcebible para ustedes. Es casi inconcebible para mí, ahora que lo recuerdo. Yo era el más verdadero esclavo del trabajo que un capitalista haya explotado nunca. Desatender el trabajo o fingirme enfermo ante el hombre que me pagaba el sueldo era un pecado, primero, contra mí mismo, segundo, contra él. Lo consideraba un crimen, solamente inferior a la traición y tan malo como ella.
En suma, mi alegre individualismo estaba dominado por la ética burguesa ortodoxa. Leía los diarios burgueses, escuchaba a los predicadores burgueses y oía las trivialidades de los políticos burgueses. Y no dudo de que, si otros acontecimientos no hubieran cambiado el curso de mi vida, habría llegado a ser un rompehuelgas profesional (uno de los héroes norteamericanos del presidente Eliot) y tendría mi cabeza y mi capacidad de procurarme el sustento aplastada por un garrote empuñado por algún militante sindical.
Alrededor de esa época, cuando volvía de un viaje de siete meses por el mar, ya doblados los dieciocho, se me puso en la cabeza irme a vagabundear. Sobre pescantes y oscuros furgones, construí mi camino en el oeste abierto, donde los hombres se hacen grandes y el trabajo anda a la caza del hombre, al revés que en los congestionados centros laborales del este, donde los hombres eran tomates arrugados y toda su fortuna consistía en cazar un empleo. Y en esta nueva aventura de bestia rubia me encontré a mí mismo considerando la vida desde un ángulo totalmente diferente. Había caído desde el proletariado a lo que los sociólogos gustan llamar el décimo sumergido y comenzaba a descubrir la forma en que era reclutado ese décimo.
Encontré allí a toda clase de hombres, muchos de los cuales habían sido alguna vez tan buenos como yo e igualmente bestias rubias; marineros, soldados, trabajadores, todos torcidos, deformados y doblegados por el trabajo, las fatigas y los accidentes y arrojados a la ventura por sus amos como tantos caballos viejos. Yo fatigaba las dragas y golpeaba las puertas traseras con ellos o tiritaba en las cajas de los camiones y en los parques de la ciudad, escuchando mientras tanto historias de la vida real que habían comenzado con tan buenos auspicios como la mía, con digestiones y cuerpos iguales o mejores que los míos, y que terminaron ante mis ojos en los mataderos, en lo más profundo del abismo social.
Y mientras escuchaba, mi mente comenzó a trabajar. La mujer de la calle y el hombre del arroyo respiraban junto a mí. Vi tan vívidamente el cuadro del abismo social como si fuera algo concreto, y en lo más profundo los vi a ellos, y a mí, un poco más arriba, colgando de la pared resbaladiza merced a toda mi fuerza y sudor. Confieso que el terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedería cuando fallasen mis fuerzas, cuando fuera incapaz de trabajar hombro con hombro con los hombres fuertes que hasta ayer todavía no habían nacido? Allí y entonces hice un gran juramento. Era así, más o menos: Todos los días he trabajado duramente con mi cuerpo, de acuerdo con el número de días he trabajado, y justamente por eso estoy más cerca del fondo del pozo. Saldré fuera de él, pero no podré hacerlo mediando mis músculos. No haré más trabajos pesados y que Dios me castigue con la muerte si hago otra vez con mi cuerpo más de lo que necesariamente deba hacer. Y he estado ocupado desde ese momento en escapar del trabajo pesado.
Incidentalmente, mientras recorría vagabundeando unas diez mil millas por Estados Unidos y Canadá, me extravié en las cataratas del Niágara, fui prendido por un alguacil de un feudo de caza, se me negó el derecho a defenderme y fui sentenciado inmediatamente a treinta días de prisión por no tener residencia fija y medios visibles de ganarme la vida. Esposado y encadenado a un puñado de hombres en las mismas condiciones, fui llevado en un carro por el campo de Búffalo, registrado en la Penitenciaría del condado de Erie; tuve mi cabeza pelada y afeitado mi crecido bigote, fui vestido con las ropas rayadas de los convictos, compulsivamente vacunado por un estudiante de medicina que practicaba con nosotros, encerrado en un calabozo y luego puesto a trabajar bajo la mirada de guardias armados con Winchester; todo por aventurarme a la manera de las bestias rubias. El deponente no desea agregar más detalles, aunque podría agregar que algo de su pletórico patriotismo nacional perdió su fuerza y se fue por el fondo de su alma hacia algún lado. Por lo menos desde esa experiencia encuentra que se preocupa más por los hombres, las mujeres y los niños que por imaginarias líneas geográficas.
Volvamos a mi conversión. Pienso que es manifiesto que mi exuberante individualismo me fue quitado a martillazos y que otra cosa me fue colocada de la misma forma. Pero, de la misma manera que había sido un individualista sin saberlo, ahora era un socialista sin saberlo, o sea, un socialista no científico. Había nacido nuevamente, pero no me había rebautizado, y andaba de un lado a otro para encontrar qué era. Corrí a California y abrí los libros. No recuerdo cuáles abrí primero. Es un detalle sin importancia de cualquier manera. Yo ya era Eso, cualquiera que fuese, y con la ayuda de los libros descubrí que Eso era el Socialismo. Desde ese día he abierto muchos libros, pero ningún argumento económico, ninguna demostración lúcida de lógica e inevitabilidad del socialismo me afecta tan profunda y convincentemente como fui afectado el día en que por primera vez vi las paredes del abismo social crecer a mi alrededor y me sentí deslizándome hacia abajo, hacia abajo, hacia el matadero, en el fondo.

NOTAS:

(1) En London, Jack: La lucha de clases, Editorial Crisis, 1973, Buenos Aires. Hemos hecho correcciones importantes a la traducción, bastante deficitaria por cierto (N. del E.).

Te podría interesar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *