La actualidad permanente de una obra. “En la semana” de David Viñas

vias_a58En la Semana, una de las tres novelas de David Viñas que Ediciones ryr publicará el año que viene, es una versión renovada de En la Semana Trágica, una pequeña joya de la literatura argentina. Adelantamos aquí un fragmento del Prólogo de Rosana López Rodriguez y de la obra misma, que revela su profunda actualidad: los terrores pequeñoburgueses de su protagonista en el clima de la Semana trágica de 1919 remiten, indudablemente, a los que, por estos días, pudieron verse por televisión en relación a la toma del Parque Indoamericano.

Rosana López Rodriguez – Grupo de investigación de Literatura Argentina

 David Viñas nació el 28 de julio de 1929 en Buenos Aires. Según sus declaraciones, las experiencias de sus padres le han dejado un legado invalorable a la hora de escribir sus ficciones: “Mi padre me alentó, pero no con libros. Sino hablándome de la ciudad del 900, de la Patagonia y de los fusilamientos. De Anaya, Varela y sus miserias. Del cañadón de la Yegua Quemada. Y del teatro de Martínez Cuitiño, del ‘Malón blanco’ (…). Todo eso. El clima. Por parte de mi padre. Por parte de mi madre: los pogroms, la huida desde Odessa, el acorazado de Potemkim y sus tres hermanas sentadas en la famosa escalinata; Ana, Elisa y María. Y el puerto de New York –a lo Chaplin– y la bobe que no pudo entrar por la conjuntivitis. Y el rancho negro del yeide. Y el barco con las tres chimeneas. Y las tres tapas del reloj de Leipzig. Pero, sobre todo, el pelo rojo de Simón. Digo: de Simón Radowitzky. Que había venido con ellos, 18 años, aire bíblico, brazos demasiado largos, ojos trasparentes. Y cargarse a Falcón. En un ángulo de la sala había una foto de Simón con uniforme de penado… Ése era el clima. La temperatura. La salsa.”(1)

Como su familia estaba atravesando serias penurias económicas, ingresó al Liceo Militar, a la edad de 13 años, donde pudo estudiar gracias al otorgamiento de una beca, hasta el momento en que lo expulsan por insultar en público a un superior. Tuvo que rendir en otra institución las últimas materias y comenzó sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras. Durante el gobierno del general Perón fue un destacado líder estudiantil. Allí conoció a Adelaida Gigli, su futura esposa y madre de sus dos hijos, y a los otros intelectuales con los que fundaría una publicación mítica de los ’50: Contorno.

En 1955 publicó su primera novela Cayó sobre su rostro y al año siguiente, otra novela, Los años despiadados; tiempo después, el autor declaró que este texto había sido escrito con anterioridad a la edición de Cayó sobre su rostro. Ese mismo año, su cuento “El desconocido” fue premiado por la Dirección General de Cultura. En 1957, Un dios cotidiano recibió el Premio Guillermo Kraft. Los dueños de la tierra se publicó en 1958, año en el que obtuvo la Faja de Honor de la SADE y obtuvo un premio otorgado por la editorial Losada. También se estrenó El jefe, una película de Fernando Ayala, con guión suyo que remite al fenómeno del peronismo. Esta dupla se repitió al año siguiente, con el estreno de El candidato y en 1960, con Sábado a la noche, cine. En 1962, otra novela premiada fue llevada al cine: Dar la cara, Premio Nacional de Literatura y película dirigida por José Martínez Suárez. Con la tesis “La crisis de la ciudad liberal”, se doctoró en Letras en la Universidad de Rosario en el año 1963, año en el que publicó también un libro de cuentos, Las malas costumbres, cuyas historias se sitúan bajo el peronismo. En 1964 publicó por primera vez el libro de ensayo Literatura argentina y realidad política y al año siguiente, Laferrère, del apogeo de la oligarquía a la crisis de la ciudad liberal. En la semana trágica es de 1966; Hombres de a caballo, de 1967, año en el que recibió el Premio Casa de las Américas y Cosas concretas, de 1969. Dos años después volvió al ensayo con la reedición, sensiblemente modificada, de Literatura argentina y realidad política: de Sarmiento a Cortázar y Rebeliones populares argentinas: de los montoneros a los anarquistas. Ese mismo año, otro Premio Nacional de Literatura por la novela Jauría y la primera publicación teatral, Lisandro, Premio Nacional de Teatro al año siguiente. Su segunda obra de teatro, Tupac Amaru, se estrenó en 1972 y recibió el Premio Nacional de la Crítica en 1973. En 1974 se editaron tres obras teatrales juntas, de las cuales dos veían la luz por primera vez: Dorrego, Maniobras, Tupac Amaru. Una nueva edición de su obra clave, esta vez con el título Literatura argentina y realidad política. Apogeo de la oligarquía, es de 1975.

Si bien siempre se distanció de programas políticos y partidos, tanto los de la izquierda revolucionaria como las agrupaciones tradicionales(2),  nunca ocultó su simpatía por sus orígenes radicales, pues su padre era yrigoyenista. Y sin embargo, aunque no era un militante orgánico, pocos meses después de que comenzara el Proceso de Reorganización Nacional, debió exiliarse. Corría julio de 1976. Primero estuvo en España y se desempeñó como profesor invitado en Francia, Dinamarca y Alemania. También se desempeñó como periodista. En una entrevista, el escritor cuenta las terribles desapariciones de sus hijos y cómo se enteró, a la distancia:

“Cinco meses después de haberme instalado en Europa, recibí una carta de Adelaida, mi esposa, anunciándome que había desaparecido la nena. Y en el ’79, me llamó a El Escorial, un pueblito de España donde estaba viviendo, una mujer a la que yo no conocía, para avisarme que habían asesinado a Lorenzo Ismael. Una locura, me daba la cabeza contra la pared. Qué vamos a hacer, muchas veces las cosas vienen así y no queda otra que aceptarlas”.(3)

María Adelaida, ante la inminencia del secuestro, había alcanzado a entregar a su hija a una pareja; la niña fue entregada en una comisaría y poco después, a sus abuelos paternos.

En España se publican varios ensayos suyos: Qué es el fascismo en Latinoamérica (1977), Historia de América Latina: México y Cortés e Historia de América Latina: Expansión de la conquista (1978) y Carlos Gardel (1979). También publicó novelas: Cuerpo a cuerpo (1979) y Ultramar (1980). En 1981 se trasladó a México, donde fundó, junto con Pedro Orgambide, Jorge Boccanera, Alberto Ádelach y Humberto Costantini, la editorial Tierra del Fuego. También en México publica ensayos: Indios, ejército y fronteras (1982) y Anarquistas en América Latina (1983).

En 1984 volvió a Buenos Aires y fue nombrado titular de la cátedra de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Al año siguiente, otra historia suya fue puesta en el cine por Héctor Olivera, La muerte blanca. Dirigió un volumen colectivo, parte de un proyecto mayor, Yrigoyen, entre Borges y Arlt, en 1989. En 1991, le fue concedida la Beca Guggenheim, que rechazó en estos términos: “Un homenaje a mis hijos. Me costó veinticinco mil dólares. Punto.” Dos años después publica otra novela,Prontuario y en el ’95, Literatura argentina y realidad política: de los jacobinos porteños a la bohemia anarquista y Claudia conversa(novela). En ese mismo año fue nombrado profesor emérito de la UBA. En 1996 y 1998, respectivamente, nuevos volúmenes de su monumental estudio crítico de la literatura argentina: Literatura argentina y realidad política: de Lugones a Walsh y De Sarmiento a Dios: viajeros argentinos en USA. En el año 2000 se publicó una colección de artículos periodísticos, Menemato y otros suburbios. Y en el 2004, recibió el Premio Konex Diploma al Mérito en el rubro “Ensayo literario”.

(…)

Esta novela, cuya anécdota inscribe el caso de Camilo en la coyuntura de la Semana Trágica, responde, en realidad, a una serie de consideraciones más generales. En un sentido amplio, En la semana trágica expone una acertada caracterización de la fracción de clase a la que pertenece el protagonista: ambiguos, contradictorios, desclasados. La novela constituye una reflexión sobre los intelectuales pequeño burgueses frente a una crisis social: o rompen con su clase de origen, lo cual implica olvidar las ilusiones de ascenso, o giran dramáticamente a la derecha. Es también una reflexión sobre los regímenes políticos de extracción pequeño burguesa (y cuya base electoral es, precisamente esa fracción de clase) que asumen como progresistas y van endureciendo sus posiciones hasta exhibirse abiertamente antiobreros, como el de Yrigoyen y el de Frondizi.

En la semana

Meterse, se repitió Camilo. Meterse en nues¬tras casas: pararse delante de una puerta, es decir, llegar corriendo y detenerse frente a una puerta, agarrar el picaporte y sacudirlo a medias para veri¬ficar si está cerrada y a medias para llamar la atención de los que permanecen adentro. Pero no, cerrada. Entonces sacudir una vez más el picaporte, enérgica, inútilmente y después tomar distancia frente a esa madera dura y terca y pegar una pata¬da. Pero para pegar bien había que darle con la parte de abajo y para pegar con la parte de la suela era necesario arquear los dedos del pie. Por lo tanto, abrir una puerta de una patada era lo mismo o casi que pisar un insecto que hubiera aparecido por el zócalo. Abrir era pisar, meterse era pisar, y él una vez entró así a la habitación donde se había encerrado Cleo: patear y pisar y que la puerta crujiera; apretando el pie y los dien¬tes hasta que eso estallara saltando una astilla al costado con la que se raspó al avanzar hacia Cleo, que se había parado al lado de la cama, no en la cama, que por otro lado estaba deshecha y olorosa, sino en el fondo, debajo de ese cuadro de garzas, y con las manos delante del pecho. Meterse era dar patadas. Meterse era violar, aunque a una mujer como Cleo no se la violaba sino que aunque diga No, hoy no quiero, Camilo, estoy indispuesta, al fin de cuentas es hacerle el gusto aunque ella no lo sepa o prefiera no decirlo. Meterse, pues, era romper, dar patadas, y llamando a las cosas por su nombre, violar, y Camilo se secó las manos en la sábana.

(…)

Si meterse era violar sin secarse las manos sudadas, pelear era parar a esos tipos. Seguramente el primero en avanzar sería uno de gorra, autori¬tario pero sin levantar la voz y con los pantalones de corderoy. A ése lo paro en seco. Lo mato, y Ca¬milo se cerró de un tirón los cordones de los botines. Si meterse era violar, matar a uno de ésos era pa¬rarlos para siempre: quedaría al pie de la cama de Delfina, no, un poco más acá, con la cara mirando el cielorraso y la nariz muy afilada mientras los demás le irían formando un círculo alrededor, algu¬no lo palparía con la punta del pie, otro murmuraría Compañero, el de más atrás la contemplaría a Delfina parada bajo el cuadro de Thibon de Libian y diría Yegua o Perdone, señorita, con usted no era la cosa, sino con ése.

(…)

Matar era violar, morir era ser violado. Y si a uno lo violan lo convierten en una mujer o en marica. Que era lo mismo que ser vencido, pero para siempre. Hay que pararlos a ésos, se dijo Camilo, carraspeó un poco y se volvió a mirar en el espejo. Bien: el perfil izquierdo medio blando, pero asimé¬trico y macho. Agarró la Smith-Wesson con ternura, la metió en el bolsillo y se la acomodó contra el cuerpo.

Copete

En la Semana, una de las tres novelas de David Viñas que Ediciones RyR publicará el año que viene, es una versión renovada de En la Semana Trágica, una pequeña joya de la literatura argentina. Adelantamos aquí un fragmento del Prólogo de Rosana López Rodriguez y de la obra misma, que revela su profunda actualidad: los terrores pequeñoburgueses de su protagonista en el clima de la Semana trágica de 1919 remiten, indudablemente, a los que, por estos días, pudieron verse por televisión en relación a la toma del Parque Indoamericano.

Notas:

(1) En Capítulo. La historia de la literatura Argentina, nº 148, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982.
(2) Croce, Marcela: David Viñas. Crítica de la razón polémica, Suricata, Buenos Aires, 2005.
(3) Entrevista de Fabián Berenblum, Lote, nº 49. Tomado dewww.audiovideotecaba.gov.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/vinas_bio2_es.php

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