Informe sobre Santoro

Por Eduardo Dalter
Investigador cultural y poeta, Director de la revista Cuaderno Carmín de Poesía; colaboró en Crisis, Clarín, y Razón y Revolución

Después de más de 25 años de que fuera secuestrado, también de sortear tanto cerco cultural y tanto devaneo intelectual -y hasta cierta liviandad y abandono de su editor-, reaparece el poeta Roberto Santoro en la magnitud y vigor de su obra.
Cofundador en 1963 del grupo Barrilete y autor de algunos de los poemarios referenciales de aquellos años, Pedradas con mi patria (1964) y Uno más uno humanidad (1972), este incisivo poeta adquiere en estos días de piquetes, hambre y represión, un relieve de cosa presente, como situándose en la continuidad de esta travesía.
Esta obre preparada por el poeta Rafael Vásquez -compañero de ruta de Santoro en la experiencia de Barrilete, junto con Ramón Plaza, Daniel Barros y Marcos Silber, entre otros poetas- y titulada Informe sobre Santoro, contiene una amplia semblanza del poeta, algunas de sus cartas y una selección de medio centenar de poemas.
Así, desde Oficio desesperado (1962) hasta sus versos finales, escritos ya en tiempos de la última dictadura, la poética de Santoro revela la extensión de un trazo tan fervoroso como confidencial, afirmado en una identidad que se desgrana en cadencias y ecos de suburbio y en una historia de frustraciones sociales y luchas populares.
Esta reaparición es sin duda necesaria, porque si bien el nombre de Santoro había comenzado a resonar con fuerza en la ciudad -como en una sustracción a la desmemoria- es cierto que las nuevas generaciones no conocen de él más que un conjunto reducido de poemas; y su ausencia, o presencia enmudecida, era además muestra de una mutilación cultural muy difícil de soslayar.
Oportuno es también, y grato, que esta edición de casi cien páginas luzca en su comienzo una ilustración (El poeta asesinado) del artista plástico Pedro Gaeta, una cercanía en desvelos y rumbos con el poeta, sustentada, por otra parte, en espíritu y obra, hasta esos años.
Pero lo disonante o abrupto de este libro editado por Tierra Firme, y que ya sorprendió no a pocos, es que su texto de contratapa fue confiado al escritor y funcionario Horacio Salas, más cercano, estos lustros, del establishment porteño y de las políticas culturales oficiales que de un poeta desaparecido de la significación y el carácter de Santoro.
Esta instancia, que resulta incómoda cuando menos, parece abrir brechas, no obstante, hacia una cuestión no menor que aún debe ser abordada en los ámbitos de la cultura, y que es esa cercanía “carnal” que una gruesa franja de la intelectualidad estableció hacia el establishment político y calles aledañas, con el subsiguiente silencio o vacío o ruina cultural, en momentos en que el país estaba siendo envuelto y desguazado.
Así, no de otra forma ni sobre otro piso, y de la mano laboriosa de Rafael Vásquez, reaparece Roberto Santoro, año 2003 -de barbarie y devastación contra Irak y de ballotage, precariedad y desconcierto en la Argentina-, y lo hace con sus poemas memorables, íntimos, que auguran por sí su paso a este tiempo, con su andar firme y su voz de siempre.
No es poco ni reductible, asimismo, lo que la onda expansiva de su poética remueve junto a las diversas señales de una generación de irrupción vasta e importantes poetas desaparecidos, Durronzoro, Urondo, Bustos, entre otros, y que aún resulta temprano para demarcar en su curso, que prosigue, y en los términos de su vigencia.
La obra de Santoro queda abierta, como un barrio o como un mundo, para reandarse y ser redescubierta; y como un deseo -de humanidad, de encuentro y de país- que parece desbordar al mismo libro. El poeta, ya de todos, sigue diciendo; no descansa.
(Originalmente en Indymedia, mayo 2003. Se publica aquí con el consentimiento del autor)

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