Igualdad, libertad y Socialismo

Existe una versión caricaturizada del Socialismo que se encuentra muy presente en el sentido común. Si usted lee frecuentemente LHS y lo hemos ganado para las ideas del Socialismo, probablemente en la mesa navideña, en alguna discusión política, algún tío, de esos que siempre están en contra de todos y de todo por derecha, crea demolerle todos sus argumentos con un “¿Y vos hablás de Socialismo usando un Iphone? ¿No sabés que en el comunismo todos estaban obligados a usar la misma ropa y las mismas cosas?”.

Hay allí dos cuestiones. Por un lado, la idea del comunismo como sociedad de miseria. Nos ocuparemos de esta en otra oportunidad. Otra, velada y parcialmente cierta: el igualitarismo como base del Socialismo. Obviamente, en una formulación burda y deformada donde todos estás obligados a hacer y usar lo mismo y no hay espacio a la diferencia. Eso no es Socialismo. Pero lo que sí es cierto, es que los socialistas defendemos la igualdad. Vamos a explicarnos.

El capitalismo nació defendiendo la igualdad contra el privilegio de sangre. Contra los estamentos feudales (los que luchan, los que oran, los que trabajan) y la servidumbre, la burguesía hizo su revolución en nombre de la igualdad y el ascenso por las virtudes y el esfuerzo personal. Sin embargo, usted ya lo sabe, esa igualdad es simplemente ante la ley (burguesa) y encubre la desigualdad real. Quienes son los dueños de las cosas que realmente valen (la tierra, las máquinas, las fábricas, en definitiva, los medios de producción), son “más iguales” y “más libres”. Quienes solo son dueños de sus brazos y tienen que vender su tiempo, no tienen ninguna libertad más que la de trabajar o morirse de hambre, en ningún caso se vive la vida.

En las últimas décadas el capitalismo tuvo una nueva cobertura ideológica, es decir, un mecanismo para hacer más soportable la desigualdad. A primera vista, aparece como progresivo y algo que cualquier persona debería apoyar: la política de la identidad. Reforzando el individualismo feroz propio del liberalismo, se refuerza la idea según la cual cada uno es lo que quiere ser. Y quien se opone es “fascista”. Así se multiplican los “sujetos”: campesinos, pueblos originarios, las llamadas “sexualidades disidentes” y un largo etcétera.

Esta política refuerza el dominio del capitalismo por dos vías. Primero, porque disuelve lo colectivo y la igualdad en favor de lo individual y de la diferencia. No se trata de luchas que se articulan en un enfrentamiento conjunto contra el capital, sino de luchas individuales en la que cada uno consigue algo para sí, un derecho propio, sin poner en cuestión el conjunto de la sociedad. Un individualismo extremo.

Y allí aparece el segundo elemento: se trata de movimientos que el capitalismo puede desactivar con poco y vender como un triunfo enorme. Por caso, la conquista del matrimonio igualitario, que dejó sin agenda al activismo gay. No es que sean luchas que no haya quedar, se trata de opresiones que hay que enfrentar, pero en una lucha más general contra el capitalismo. Los socialistas apostamos a la clase obrera no porque seamos obreristas, sino porque es la clase social capaz de liberarse no solo a ella misma, sino al conjunto de la humanidad.

Efectivamente, el Socialismo ofrece una vida completamente diferente. Socializados los medios de producción, la igualdad tiene una base real. La abolición de la propiedad privada lleva a una distribución social de la riqueza humana según la conocida fórmula “a cada uno según su necesidad, de cada uno según su capacidad”. Todos somos iguales realmente, nadie ve peligrar su propia existencia y vive realmente la vida como debe ser, como ocio y goce.

La humanidad se reencuentra a sí misma, y los individuos ya no se oponen entre sí. Ya no hay clase ni opresiones. Por lo tanto, la libertad ya no es vista como lo que queda después de la libertad de los otros, sino como un resultado común de la vida social, como la libertad de todos. Se entiende, entonces, como libertad en sentido social, es decir, donde la libertad de los individuos solo puede alcanzarse como libertad del conjunto. Lo individual cede ante lo colectivo, y la diferencia ante la igualdad.

La vida en sentido social implica entonces la responsabilidad común por la vida, con lo cual se elimina la familia y la paternidad y maternidad se diluye en toda la sociedad: todo adulto es responsable por los hijos de todos y todo ser humano es hermano de todos. También se liquida la opresión a las mujeres y la sexualidad ya no está atada a la reproducción. La humanidad, en definitiva, ingresa así al reino de la igualdad y la libertad real. Eso es el Socialismo.

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