Ignorancia en estado puro. Sobre Madres y su versión de la Revolución de Mayo

Fabián Harari – La defensa del orden burgués, sumado a la propia ignorancia y a la llegada tardía a un combate que empezó hace tiempo, redunda en una producción historiográfica francamente inútil. El terreno historiográfico está dominado por el liberalismo encrespado en la academia. Como variante populista -y con una mayor preocupación coyuntural- están los trabajos de Felipe Pigna. En la trinchera opuesta se encuentra el marxismo, que labra el camino de la investigación científica. Sin un programa político que pugne por la transformación del sistema no se puede pretender elaborar explicaciones superadoras, menos cuando se trata de un tema ya muy estudiado. Si uno no se dispone a la dura tarea de investigar en serio le queda como opción recauchutar cosas viejas o ignorar el campo y abrazarse al ridículo. El proyecto historiográfico sobre 1810 que ha emprendido la Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo (UPMPM) tiene la curiosa virtud de transitar ambas alternativas.

¡Libertad, muera el tirano! El camino a la Independencia en América es, entonces, el primer trabajo de una anunciada Colección Semana de mayo. La obra consiste en un conjunto de ensayos sobre las luchas independentistas del siglo XIX en el Río de la Plata. Como anticipábamos, esta producción carece de utilidad alguna. En primer lugar, no constituye una explicación “crítica, popular y combativa”, como quisiera su presentadora Inés Vázquez (Secretaria Académica de la UPMPM).1 Es, en realidad, una mala defensa de la clase dominante. En tercero, ni siquiera puede decirse que constituya una eficaz defensa del gobierno de Kirchner. La obra se presenta como una compilación de “miradas heterogéneas”2, con la pretensión de superar “el desencanto promovido por la burguesía intelectual”3, a fin de promover “una lectura histórica y política libertaria, independiente, americanista, popular y atenta a los procesos de formación y enfrentamiento de las clases sociales”4. Sin embargo, la amplitud de perspectivas anunciada no se condice con los autores elegidos. Casi todos, si no todos los que escriben, han elogiado públicamente al gobierno.

Los trabajos pueden dividirse en dos grandes grupos: aquellos que reivindican el postmodernismo y los que intentan una explicación de tipo populista con muy poco trabajo intelectual detrás. La única excepción a estos casos la constituye el trabajo de Norberto Galasso.

Editando al menemismo

En el primer grupo encontramos, sorprendentemente, a los editores del libro: Gustavo Baeza, Ignacio Politzer y Luciano Carenzo. Se supone que los compiladores expresan el sentido que quiere una obra que se anuncia como combativa, fruto de una organización que dice luchar contra el legado intelectual de la década de 1990. En cambio, se inscriben en el relativismo y en la negación de la realidad concreta. Su artículo toma el problema de la veracidad del Plan de Operaciones, en discusión con Ricardo Levene. Según los autores, no vale la pena discutir la autenticidad con los métodos empíricos (paleográficos, estilográficos o ideográficos), sino analizar desde qué estrategia de poder Levene niega al Plan. Así, se delimitan de un icono de la historiografía populista, Rodolfo Puiggrós, a quien acusan de haber discutido en el mismo terreno que planteó la academia: el de la evidencia. Se dedican, entonces, a relatar cómo el historiador académico construyó poder en el campo cultural y la forma en la que instituyó un discurso predominante.

Caben aquí tres señalamientos. Primero, el debate está mal reseñado. Los únicos participantes no son Levene y Puiggrós. De hecho, éste último no aporta ningún elemento original, porque, en ese momento el debate estaba cerrado. Si quiere hacerse un trabajo serio, faltan las lecturas indispensables de autores como Norberto Piñero, Paul Groussac, Ricardo Luis Molinari y quien más se ha dedicado al tema, Enrique Ruiz Guiñazú. Ahora bien, si por razones que no vienen al caso se eligió trabajar solamente a partir de Levene, por lo menos, habría que haber leído su principal obra sobre el tema: Ensayo histórico sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno.5 Es un tanto extensa, pero indispensable para quien realmente quiera acercarse al tema. El compilador no tiene ninguna obligación de escribir en la obra. No obstante, si lo hace, debe tomar la tarea con responsabilidad y justificar su pericia en la materia.

Segundo, cabe destacar que Levene falleció en 1959. Desde entonces, desde “el poder” se ha escrito mucho. No se comprende por qué tomar una figura ya perimida. En cambio, resulta muy curioso que se deje fuera del análisis a los historiadores que actualmente niegan la autenticidad del Plan y que, como el personaje en cuestión, ostentan el poder en el campo historiográfico. Y decimos “curioso”, por no decir “sospechoso”, ya que uno de los actuales censores del documento revolucionario -y miembro de la cofradía del poder historiográfico- escribe en este volumen.6 Tercero, el hecho de que Ricardo Levene haya construido ideología para “el poder” no constituye un argumento a favor de la autenticidad del Plan de Operaciones como documento revolucionario. Los autores mismos parecen restarle importancia al tema. Se arriesgan entonces, a escribir veinte páginas de análisis de un escrito que no saben si es verídico o no.

En esta línea de análisis posmoderno se inscribe Fabio Wasserman. Se trata de un historiador que, a diferencia de los anteriores, ha dedicado largos años al período. El autor, lejos de toda retórica populista, pertenece al grupo de intelectuales más abiertamente liberales, con orientación posmoderna. Pero también, debe ser uno de los investigadores más improductivos. Hace diez años que sigue investigando el mismo problema: la configuración del discurso sobre la Revolución de Mayo en el siglo XIX. El lector sabrá deducir sobre qué escribió en el presente volumen. Así, Wasserman se despreocupa de explicar la sociedad que da origen a esos discursos o las causas de las disputas en torno a la interpretación de la historia. Él simplemente describe los “mitos”. Efectivamente, para la escuela posmoderna no existe la realidad, todo es “mito”: la Revolución, las explicaciones, las falsificaciones… Completa esta lista Esteban De Gori, que lee al Plan como “matáfora” y María Pía López -una de las fundadoras de la revista autonomista El Ojo Mocho-, quien retoma los discursos de Artigas para plantear que éste constituía una alternativa a un movimiento tradicionalista.

Todos ellos comparten el clima ideológico que predominaba cuando la burguesía ejercía su plena hegemonía. En ese momento, la reacción intelectual se encargó de negar toda capacidad de conocimiento y de transformación. Afirmaciones que el 2001 se encargó de llevarse por delante. Madres, por su parte, intenta reflotarlas, aunque se trata de una tarea inútil. Estas ideas ya tienen sus canales de difusión académica y popular porque son las ideas del poder político e historiográfico.

Persiguiendo a Pigna

El otro grupo de artículos a los que nos referimos intenta configurar una historia que cuestione el poder establecido y exprese las aspiraciones de los más oprimidos. En realidad, se trata de artículos con poco rigor historiográfico que oponen la categoría de “pueblo” o “polo popular” al análisis de las relaciones de clase. Encontramos aquí a la mayoría de intelectuales reconocidamente kircheristas.

El artículo del antropólogo Carlos Martínez Sarasola se dedica al problema de las relaciones entre el gobierno revolucionario y la sociedad indígena. Según su trabajo, la revolución habría tenido la oportunidad de integrar ambas sociedades, pero habría fracasado por “ese profundo rechazo que provocaba ese otro modelo social”. La hipótesis del autor supone que el desarrollo del capitalismo puede incorporar otras formas sociales y dejarlas intactas. La expansión de un sistema social implica que extiende las relaciones sociales que le dan sustento. Esto implica la destrucción de las anteriores o de las que se le enfrentan. No puede reducirse el conflicto entre dos sociedades a la moral o a los prejuicios ideológicos de ciertos dirigentes.

No sería correcto dejar de señalar que el autor carece de cierta información indispensable para abordar el problema. Sarasola señala que Rosas habría velado por la integración entre criollos e indígenas. Habría que recordar que el Restaurador organizó una campaña militar de expansión de las fronteras en 1833. Este dato puede encontrarse en cualquier manual de secundario.

Carlos Zamorano, abogado, intenta denunciar las violaciones a los derechos humanos que cometieron los realistas, como forma de repudiar su acción. Desde ese punto de vista, también debería desaprobar la acción revolucionaria que dio origen a eso que él denomina “derechos humanos”. Efectivamente, los revolucionarios pudieron triunfar porque no perdonaron a sus enemigos. Cualquier buen libro sobre las campañas militares puede ilustrar este punto.

El resto de los ensayos son escritos que se limitan a repetir datos y argumentos ya publicados hasta el hartazgo. Su bibliografía no excede los cuatro libros. Como muestra vamos a comentar dos trabajos: el de Fernando Boni, dirigente del Congreso Bolivariano de los Pueblos y el de Pablo López Fiorito, de la kirchnerista Agrupación Simón Bolívar. El primero se dedica a discutir con la “historia oligárquica” la caracterización de San Martín. Según el autor, hace falta destacar su origen humilde y su vinculación con los más desposeídos. En primer lugar, no ofrece el nombre de sus contrincantes, por lo que no nos brinda la oportunidad de saber a quién se opone. En segundo lugar, el origen humilde fue develado hace mucho tiempo por un intelectual que no puede asociarse al campo contestatario: Ignacio García Hamilton. En tercero, el autor ignora que José de San Martín se casó con la hija de Antonio Escalada, el propietario de tierras más importante del país.

El segundo ha decidido discutir las invasiones inglesas con López Amuchástegui y su Crónica Histórica Argentina. Según Fiorito, el proceso implicó una victoria militar y una derrota política. El planteo adolece de tres limitaciones serias. La primera es que esa militarización derivó en el proceso revolucionario. La segunda es que el autor debería justificar su disputa con una obra escrita hace 30 años, dedicada a la divulgación escolar y sin ninguna vigencia hoy en día. La tercera es que, por desgracia, su contrincante es inexistente. Quien escribió Crónica… es Antonio Pérez Amuchástegui.

En definitiva, se trata de trabajos que ostentan un nivel no superior al de cualquier monografía que presenta apuradamente un estudiante secundario. Para defender un régimen hace falta un poco más de trabajo. Esa tarea ya encontró dueño en Felipe Pigna.

Papel indigesto

Todos los autores comparten ciertas afirmaciones: la caracterización de que la Revolución de Mayo devino en derrota y la ausencia de clases sociales. La primera les permite presentar al gobierno K como quien llevaría a buen puerto las tareas inconclusas. La segunda constituye una evidencia del abandono de la explicación científica de la historia, en aras del liberalismo.

La compilación llevada adelante por Madres no puede entenderse como un intento de elaborar una historia alternativa. Por el contrario, tal como lo hace el gobierno que apoyan, expresa una continuidad con respecto a la política de la década de 1990. En su matiz populista, no logra ponerse siquiera a la altura de los trabajos de Rodolfo Puiggrós ni de José María Rosa. La ignorancia no es buena consejera. Tampoco tener a disposición una imprenta y subsidios estatales. La tentación a imprimir es muy grande.


Notas

1 Baeza, Gustavo, Luciano Carenzo e Ignacio Politzer (comps.): ¡Libertad, muera el tirano! El camino a la Independencia en América, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires, 2006, p.7.
2 Idem, p.8.
3 Ibidem.
4 Ibidem.
5 La cita completa es Levene, Ricardo: Ensayo histórico sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno. Contribución al estudio de los aspectos políticos, jurídicos y económicos de la Revolución de 1810, 3ed., El Ateneo, Buenos Aires, 1949.
6 Nos referimos a Fabio Wasserman.

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