Iglesia, Estado y Socialismo

La Iglesia es una institución que ya tiene dos milenios de existencia. Se le podrán criticar muchas cosas (y eso es lo que vamos a hacer aquí), pero hay que reconocerle ese mérito: es muy astuta. Si repasamos esos 2.000 años de vida, nos encontramos con que la Iglesia fue defensora de diferentes tipos de sociedades. De aquellas que se basaban en la esclavitud de la mayoría, de las que se sostenía a partir de la servidumbre de muchos y, ahora, de las que se fundamentan en la explotación asalariada de casi todos.

No es difícil ver en esa continuidad una constante: todo privilegio y todo privilegiado puede contar con la Iglesia como aliado. Esto ocurre en buena medida porque es un poderoso instrumento ideológico que intenta convencernos de aceptar las cosas tal cual son. Subordinación y resignación, son dos valores que promueve. La idea de que existe una entidad divina que creó el mundo y dirige nuestros destinos, es una invitación a quedarse en casa de brazos cruzados porque la historia, el presente y, sobre todo, el futuro no dependería de nosotros. De casa al trabajo y del trabajo a casa, le suena ¿no?

En nuestro país, la influencia de la Iglesia y su papel en la historia es bastante conocido. Siendo parte de los privilegiados, identificó con claridad que los intereses de las mayorías se oponen a los suyos. En 1958 salió a las calles para apropiarse de una parte importante de la educación superior en el conflicto de la laica o libre, y en 1986 se opuso a la ley de divorcio. En el reciente debate por la IVE, mostró una menor capacidad de acción en la calle (que quedó en manos de los evangélicos), pero presionó por las alturas para evitar que la ley saliera.

Podemos seguir dando ejemplos del más diverso tipo. En el ’76, por ejemplo, colaboró abiertamente con la dictadura. Tal vez recuerde el caso de Von Wernich, el capellán de la policía de Buenos Aires culpable de 34 secuestros, 31 casos de tortura y 7 asesinatos. Una acción más invisible, pero no menos nociva, puede verse en las escuelas (lo explicamos en este mismo número), donde favorece la degradación y el embrutecimiento al enfrentar cualquier atisbo de educación científica. Como si esto fuera poco, son reconocidos los casos de pedofilia y abuso infantil por gente que viste sotana. Basta con googlear “iglesia” y “pedofilia” para encontrar más de tres millones de resultados. Y esta gente ahora se opone a la Educación Sexual Integral…

Como puede verse, se trata de una vieja institución, retrógrada en sus ideas, reaccionaria en sus acciones, amiga del poder y de los enemigos de todos los explotados. No sorprende que al calor de los hechos recientes, haya cobrado fuerza la campaña por la separación de la Iglesia y el Estado. No es para menos. Toda esta lacra, por ejemplo, recibirá este año $ 176.500.000, de nuestros bolsillos. Sumemos a eso que la institución está exenta de pagar impuestos. Estamos ante un caso de divorcio necesario y urgente.

Esta separación, sin embargo, no va a cambiar el problema de raíz. La Iglesia y la religión ayudan a cubrir la desigualdad y la explotación que se origina en otro lugar. Usted ya sabe, en las relaciones de producción. La religión (y por lo tanto, su poder oscurantista) va a seguir operando en la vida privada. Incluso la burguesía tiene otras herramientas iguales o más poderosas: el nacionalismo o la ciudadanía.

Por eso, el verdadero divorcio es el de los explotadores, la burguesía, respecto del Estado. La construcción de un nuevo tipo de sociedad, donde el centro de las preocupaciones sean las necesidades humanas y no la ganancia. Eso que se llama Socialismo, es lo que va a desterrar por completo esa institución retrograda, la Iglesia, al crear las bases de una sociedad igualitaria. Sociedad en la que el oscurantismo es aniquilado, la ciencia y la razón se desarrollan en todo su potencial y el hombre recupera el rol protagónico que le robó alguien llamado Dios. Otro mundo es posible. Intentémoslo.

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