Hundido… – Leonardo Grande

“…todos los que de alguna manera simpatizamos o participamos, directa o indirectamente, en el movimiento Montoneros, en el ERP, en la FAR o en cualquier otra organización armada, somos responsables de sus acciones. Repito, no existe ningún ‘ideal’ que justifique la muerte de un hombre, ya sea del general Aramburu, de un militante o de un policía. El principio que funda toda comunidad es el no matarás. No matarás al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres. En este sentido podría reconsiderarse la llamada teoría de los ‘dos demonios’, si por ‘demonio’ entendemos al que mata, al que tortura, al que hace sufrir intencionalmente. […] ¿Qué diferencia hay entre Santucho, Firmenich, Quieto y Galimberti, por una parte, y Menéndez, Videla o Massera, por la otra? Si uno mata el otro también mata. Esta es la lógica criminal de la violencia. Siempre los asesinos, tanto de un lado como del otro, se declaran justos, buenos y salvadores. Pero si no se debe matar y se mata, el que mata es un asesino, el que participa es un asesino, el que apoya aunque sólo sea con su simpatía, es un asesino. […] Más aún. Creo que parte del fracaso de los movimientos ‘revolucionarios’ que produjeron cientos de millones de muertos en Rusia, Rumania, Yugoeslavia, China, Corea, Cuba, etc., se debió principalmente al crimen. Los llamados revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde Lenin, Trotzky, Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara. […] Por eso las ‘revoluciones’ fracasaron y al ideal de una sociedad libre lo ahogaron en sangre. […] El camino no es el de ‘tapar’ como dice Juan Gelman, porque eso -agrega- es un cáncer que late constantemente debajo de la memoria cívica e impide construir de modo sano. Es cierto. Pero para comenzar él mismo (que padece el dolor insondable de tener un hijo muerto, el cual, debemos reconocerlo, también se preparaba para matar) tiene que abandonar su postura de poeta-mártir y asumir su responsabilidad como uno de los principales dirigentes de la dirección del movimiento armado Montoneros. Su responsabilidad fue directa en el asesinato de policías y militares, a veces de algunos familiares de los militares, e incluso de algunos militantes montoneros que fueron ‘condenados’ a muerte. Debe confesar esos crímenes y pedir perdón por lo menos a la sociedad. No un perdón verbal sino el perdón real que implica la supresión de uno mismo. Es hora, como él dice, de que digamos la verdad. Pero no sólo la verdad de los otros sino ante todo la verdad ‘nuestra’. Según él pareciera que los únicos asesinos fueron los militares, y no el EGP, el ERP y los Montoneros. ¿Por qué se excluye y nos excluye, no se da cuenta de que así ‘tapa’ la realidad? [..] Los otros mataban, pero los ‘nuestros’ también mataban. Hay que denunciar con todas nuestras fuerzas el terrorismo de Estado, pero sin callar nuestro propio terrorismo. Así de dolorosa es lo que Gelman llama la ‘verdad’ y la ‘justicia’. Pero la verdad y la justicia deben ser para todos.”1



Hundido…
Sobre las declaraciones de Oscar del Barco.

Por Leonardo Grande

Grupo de Investigación de la Izquierda en la Argentina – CEICS

Estas declaraciones del filósofo cordobés Oscar Del Barco instalaron un debate, con ribetes de escándalo, entre los intelectuales argentinos. Se trata de una carta publicada el año pasado donde pedía disculpas a Héctor Jouvé, ex-militante del EGP que actuara en Salta en 19632. Jouvé recordó en una entrevista3 cómo Masetti fusiló a dos miembros del EGP4 porque su desmoralización ponía en riesgo mortal a los otros 20 compañeros. Para Del Barco ese hecho mostraba una filosofía de los militantes revolucionarios de los ‘60 y ‘70, éticamente incorrecta, de la que correspondía hacerse cargo. Del Barco se responsabiliza por las muertes en su doble carácter de miembro de la “generación” de los ‘60 que compartía los ideales de Masetti y Guevara y como miembro fundador de la revista Pasado y Presente, que en ese momento funcionó como apoyo moral y logístico del EGP. El acto “criminal” de Masetti es igualado a toda forma de violencia sobre otro ser humano. Para Del Barco, entonces, cualquier forma de violencia es mala, antihumana o moralmente repudiable, no importa quién la ejerza, contra quién, ni por qué. El error de los revolucionarios consiste en aplicar la misma ética “militarista” del enemigo. El debate tomó carácter nacional y estratégico porque Del Barco incluyó una acusación hacia todos los involucrados en esos “ideales” setentistas, empezando por el poeta Juan Gelman y que podría involucrar, por ejemplo, a la pareja presidencial. Por eso la polémica ha saltado de una revista autonomista cordobesa a las páginas del suplemento cultural más Ñ vendido del país, Ñ. Este no es un debate menor. Será quizás el anticipo de lo que discutirán todos los argentinos en marzo próximo, ante el 30º aniversario del golpe de 1976. Recuerde lector lo que significó en términos de movilización ideológico-política el 20º aniversario, en medio del auge del menemismo y el comienzo embrionario de la lucha piquetera. En este caso, agravado porque el actual gobierno ha tomado parte en ese debate del lado de Madres de Plaza de Mayo. Además, el problema de la “culpa setentista” involucra a la mayoría de los intelectuales que trabajaron para la burguesía argentina en la contrarrevolución democrática, desde 1983 hasta hoy. Hablamos de los responsables de la cultura oficial argentina, sus universidades, sus centros de investigación, el Conicet y la Secretaría de Cultura, empezando por el mismísimo José Nun. Todos fueron en su momento militantes de alguna organización “revolucionaria”. Todos renegaron en los ’80. Todos son funcionarios oficiales u oficiales funcionales del gobierno actual.

 

¿Quién es quién?

 

Oscar Del Barco pasó a la historia de la izquierda argentina como el autor de los artículos polémicos5 que justificaron la expulsión del grupo fundador de Pasado y Presente, de las filas juveniles del Partido Comunista Argentino, en 1963. En ellos criticaba la interpretación filosófica del marxismo que el stalinismo soviético había coronado oficialmente, lo que se conoció como el DIAMAT6. Para el grupo de PyP la filosofía soviética traicionaba el marxismo, reduciéndolo a una teoría del inmovilismo político. El argumento original era correcto: el DIAMAT de Stalin y Bujarin (construido durante el período conservadorreaccionario del Estado Soviético) planteaba que la ideología, la cultura, el arte, etc., eran reflejos mecánicos del desarrollo material de la sociedad humana. Era la justificación epistemológica del etapismo, de la obligación de los partidos comunistas de no alentar el desarrollo de procesos revolucionarios cuando todavía las fuerzas productivas no hacían posible el socialismo, salvo en Europa Oriental. Pero también Del Barco -y todo PyP- coquetearon, durante toda la existencia de su colectivo, con la idea de que esa incorrecta interpretación del marxismo estaba en sus orígenes, ya contenida en Lenin y Engels. Esta revisión filosófica era hecha en nombre de las herramientas teóricas de Antonio Gramsci. El grupo de PyP había mamado al autor italiano gracias a Héctor Agosti, dirigente del frente cultural del PCA, de quien José Aricó y Juan Carlos Portantiero (los dirigentes principales de PyP) fueron discípulos. La idea de usar a Gramsci como forma ideológica de presentar diferencias con la dirección del PCA y del PCUS era, en verdad, una originalidad “inventada” por Agosti desde 1951 por lo menos. La diferencia entre el viejo “maestro” y los jóvenes gramscianos radicó en que aquel sólo manifestaba diferencias tácticas con el PCA, mientras que estos tenían diferencias estratégicas. ¿Cuáles? PyP es una más de las expresiones de la ruptura de las capas pequeño-burguesas (estudiantes universitarios, artistas, etc.) que, dentro del PCA y fuera de él, venían radicalizándose desde 1955. PyP fue la expresión de esa crisis ideológica al interior del comunismo. Junto con el colectivo de artistas de La rosa blindada (Juan Gelman y El Pan Duro, José Luis Mangieri y Carlos Brocatto de Periodistas, Andrés Rivera, Carlos Gorriarena, Oscar Terán, Osvaldo Gettino y Pino Solanas, etc.) fueron la punta visible de un iceberg que contenía al enorme contingente juvenil comunista y simpatizante del PC. Se trataba de toda una generación que terminaba con casi una década de disconformidades y errores políticos del PCA (el antiperonismo de 1945 y 1955, el fiasco frondizista, la negación de la Revolución Cubana, el boicot al Che y el enfrentamiento con las revoluciones china y vietnamita). Esta juventud se distanciaba del reformismo, del etapismo y pacifismo del PCA para buscar una estrategia revolucionaria.

El colectivo de PyP publicó 6 números de su revista entre 1963-1965, dos más en 1973 y 98 cuadernos entre 1968 y 1983. Fueron los editores del estante anti-leninista y nacional-popular de la biblioteca de aquellos que pretendieron construir el frente de liberación nacional en el marco de la Juventud Peronista, el Movimiento Montonero, etc. Hasta 1973, PyP apoyó las tácticas foquistas de Guevara Debray, alentó la aventura de Massetti, reivindicó el maoísmo que triunfaba en Vietnam y se lanzó a justificar y aportar arsenal teórico para el sindicalismo clasista cordobés, publicando los artículos del consejismo italiano y las posiciones de Rosa Luxemburg sobre la huelga general de masas. También fueron editores de clásicos poco conocidos que servían de arietes contra el stalinismo. Por último, no dejaron de editar los enfoques “neo-marxistas” del existencialismo y estructuralismo francés, que se proponían revisar el leninismo. Fueron, a su manera y con sus limitaciones, un factor progresivo en el desarrollo del debate teórico que contribuyó, no a la “modernización” de la cultura (como lo presentaron muchos especialistas7), sino a la formación teórica de los militantes revolucionarios en Argentina. Factor progresivo del que ellos mismos renegaron con posterioridad.

En 1973 apoyaron la táctica democrática de la izquierda peronista, sacando a relucir los análisis de Gramsci sobre el bloque histórico y el problema nacional-popular de la revolución en los países atrasados. En ese camino PyP nucleó a buena parte de la intelectualidad de la “nueva izquierda” juvenil: León Rozitchner,

David Viñas, Oscar Terán, Juan Carlos Torre y nuestro actual Secretario de Cultura de la Nación, el otrora filo-montonero José “Pepe” Nun8. Derrotado el proceso revolucionario, socialismo nacional y popular incluido, Aricó y sus compañeros transitaron por un exilio “autocrítico” del que volvieron -Foucault mediante- defendiendo al alfonsinismo y la socialdemocracia mundial como la única ransformación social posible y deseable.

Como bien reseñó Néstor Kohan9, desde la primera introducción del pensamiento de Gramsci en lengua castellana por el PCA en los 50 hasta los años ‘80 y ‘90, el debate de los “gramscianos argentinos” es un debate progra-mático con forma de debate historiográfico, filosófico o político-técnico. Agosti lo usó para discutirle al resto del PC que existía una tradición liberal democrática que rescatar, que los alejara del mitrismo antiperonista; Aricó y PyP usaron la “filosofía de la praxis” para defender a ruptura con el reformismo del PCA, para justificar la búsqueda de una estrategia revolucionaria diferente del leninismo; por último los jóvenes que rompieron con el Partido Socialista -el PSAV y sobre todo CICSO- utilizaron el análisis de fuerzas de Gramsci como soporte teórico de estrategias revolucionarias más leninistas, desde la liberación nacional promo-vida por la izquierda peronista de la CGTA y Cooke, hasta el maoísmo posterior; de forma similar el colectivo de La rosa blindada lo usaba para promover ideológicamente la lucha armada, ya sean las FAR de Olmedo o el PRT que apoyó Mangieri10.

El debate sobre Gramsci siguió en los años ‘80. Aricó y Portantiero sacaron las conclusiones definitivas de su ruptura inicial con el leninismo. Argumentaron que el “error” consistía en la incapacidad teórica del marxismo, presente según ellos ya en el “viejo” Marx, en Engels, Lenin, Stalin y Mao, para comprender que la democracia burguesa no era una etapa necesaria de la revolución sino, en última instancia, el momento revolucionario en sí mismo. De ahí su lógico apoyo al alfonsinismo y a la socialdemocracia europea de los ‘80, en particular a los famosos “modelos” español, sueco e italiano.11 En esta operación sumaron a muchos exrevolucionarios como Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano, Oscar Terán, Hilda Sábato y compañía. Cualquiera puede reconocer en esos nombres a los responsables de cada campo profesional académico de las ciencias sociales en la Argentina actual.12

 

La violencia y la política

 

Ahora que sabemos qué se esconde detrás de cada protagonista, podemos avanzar en el “affaire Del Barco”. Tanto él como los defensores de su posición (entre ellos Héctor Schmucler, otro ex-PyP, co-fundador de la revista Los libros y la editorial Siglo XXI -en 1969 y 1970 respectivamente- donde también colaboraron y colaboran Sarlo, Altamirano y Terán) se han pasado al lugar de los primeros promotores de la crítica contrarrevolucionaria de la violencia de izquierda. Desde los tempranos ‘80, la teoría de los dos demonios instaló la impugnación por partes iguales de la violencia ejercida por el Estado burgués como de las organizaciones revolucionarias. Lo mismo eran las acciones armadas de organizaciones y programas políticos tan diferentes como los de Montoneros, ERP, EGP, FAL, MLN, OCPO, FAR, etc. como la Triple A y el gobierno militar. La idea no era nueva. Desde los años ‘50 se había fundado en EE.UU. la teoría del totalitarismo, que identificaba la violencia de Hitler con la Unión Soviética o los Estados musulmanes. En esos años, la defensa de la democracia burguesa norteamericana también se fundó en posiciones éticas y filosóficas que partían de la defensa del individuo frente a cualquier ideología “totalizante”. No en vano Hanna Arendt, una de sus principales defensoras, es hoy el símbolo del pensamiento “humanista” de Elisa Carrió y el Partido Humanista…

Si Aricó llevó al extremo su revisión original del modelo organizativo y la estrategia del leninismo, desde la crítica al reformismo stalinista hasta el retorno a Bernstein13, Del Barco llevó a fondo la crítica de la filosofía leninista. Lo que en un comienzo consistió en volver a colocar al sujeto (el ser humano conciente) como un factor activo en el movimiento de la realidad objetiva, ahora ha devenido en una exaltación mística del ser humano individual absoluto, sobre el que nada ni nadie debe operar. Un humanismo que nada tiene ni de socialista ni de real. Simplemente porque no existe individuo que no sea social.

Si bien el planteo de del Barco es extensivo a todo tipo de violencia contra cualquiera, amigo o enemigo, su argumento es más ríspido cuando se aplica a la violencia entre “amigos”. Así que tomemos el problema por su costado más difícil, recuperando el hecho que inició el debate. Un grupo de 20 individuos concretos asumió voluntariamente la tarea de combatir contra el ejército argentino en el chaco salteño en 1963. Lo hace convencido de la necesidad de derrocar al sistema social que explota y oprime a millones de seres humanos. Una vez en el campo de batalla, dos militantes dudan de su elección voluntaria.14 En otro momento o en otro tipo de acción política podría haberse resuelto la situación con una renuncia “pacífica”. Sin embargo, estos individuos se arrepienten en medio del monte, mientras su grupo es perseguido por destacamentos militares del enemigo, que buscan liquidarlos físicamente.

Cualquier retraso en las marchas forzadas equivale a la muerte segura de todos los individuos. Ante esa situación, el responsable de la actividad, escogido por sus propios camaradas, toma la decisión de defender la vida de la mayoría, eliminando las dos vidas que la comprometían. Esta decisión implica una ética repudiable para Del Barco. Dejemos de lado el hecho que puestos en tal situación, el dilema es fácil de resolver: no se atentó contra dos vidas, se salvó la de dieciocho. Del Barco contestaría que el problema es previo, que está en el haber llegado a esa situación, haberse sumado a la “espiral” de violencia. En definitiva, todo su argumento se limita a la defensa del pacifismo individual. Lo que hay que discutir, entonces, es si existe alguna posibilidad de que una estrategia tal sea un instrumento de transformación social.

La posición de Del Barco presupone la existencia del individuo soberano que, al mejor estilo del liberalismo burgués, no está constreñido por ninguna voluntad externa, ni siquiera la de la sociedad. Pero ningún individuo existe en el vacío social. No hay forma de salvar al individuo de la vida social, donde lo que se oponen son fuerzas, voluntades e intereses. La situación obligaba, como todas las situaciones, a elegir. Elegir entre opciones reales, no imaginarias. Masetti actuó como debía actuar: como un individuo que enfrenta constricciones reales que emanan del mismo hecho social. Del Barco saca la conclusión lógica de su posición: es mejor no hacer nada, no actuar, no elegir, no decidir. Respetar, entonces, el status quo, sufrir.

La ética del cobarde decidido a sobrevivir a costa de todo el mundo y de sí mismo:

 

“… en lugar de la potencia habría que sostener la fragilidad, la vacilación. Al terrible y vergonzoso deseo egolátrico de tener éxito, de triunfar, de ser reconocido, ¿por qué no oponer la reivindicación del fracaso? ¿Quiénes son los ‘bienaventurados’? Los buenos, los mansos, los sufrientes. […] ¿No son todos ellos, los débiles, como dijo Tarkovski, quienes sostienen el mundo?” (Ñ, nº 107, 15/10/05, p. 28)

 

Paradójicamente, ese es también un acto de violencia: la violencia de los dominadores sobre los dominados a los que se invita a soportarla pasivamente en nombre del Reino de los Cielos. Del Barco se conduele del sufrimiento de dos militantes. Acepta como imposible de eliminar el de millones de seres humanos. Ningún burgués pleno de hipocresía religiosa lo haría mejor.

La única esperanza de que la humanidad llegue en algún momento a vivir sin la necesidad de enormes cantidades de violencia social es el socialismo. Sin dominación de clases, sin necesidad de construir Estados de clase para explotar otras clases, se podrían erradicar los niveles insoportables de violencia social que vivimos. Para eso, como bien sabían los compañeros que dieron su vida (y quitaron las del enemigo) en los años ‘70, lamentablemente, hay que predisponerse a la “violencia” si ella fuera necesaria. La única discusión válida es cuál es el mejor programa, de qué manera nos organizamos para lograr el objetivo.

Estamos obligados a sacar las conclusiones más tajantes sobre las equivocaciones que hayan contribuido a la derrota. Debemos saber por qué perdimos, entre otras cosas, para no volver a perder. Porque perder significa, simplemente, morir. Y algo más: condenar nuevamente a millones de seres humanos concretos a la muerte segura de un sistema social descompuesto. Ninguno de los protagonistas del “affaire” ha venido a discutir errores programáticos (como el programa de liberación nacional que los llevó a encadenarse detrás de la democracia asesina de Perón y la “burguesía nacional”), a ninguno se lo escucha auto-flagelándose por los errores del anti-partidismo que nos llevó desarmados a la hora del enfrentamiento final. Y no, claro. Porque no se trata de un debate entre revolucionarios. Hace rato que han abandonado las filas del socialismo por las del enemigo de clase. Y vienen a pedirnos, ahora, que nos entreguemos, desarmados material y moralmente, a nuestros asesinos.

 

Notas

1Del Barco, Oscar: “No matarás”, en revista La intemperie, nº 18, Córdoba, diciembre 2004.

2Se trató del Ejército Guerrillero del Pueblo dirigido por Masetti. Fue el intento fracasado de desarrollar la estrategia boliviana del Che en Argentina. Sobre el particular se pueden leer Rot, Gabriel: Los orígenes perdidos de la guerrilla en la Argentina. La historia de Jorge Ricardo Masetti y el Ejército Guerrillero del Pueblo, El cielo por asalto, 2000; las críticas a Rot de Grenat, Stella: “Y que el tiempo nos mate a los dos”, en Razón y Revolución nº 9, otoño de 2002 y “Los errores del presente”, en El Aromo nº 21, julio 2005. También, aunque menos conocidas, las investigaciones de los historiadores salteños Sánchez, Gabriela y Carrizo, Federico: “Reseña de una guerrilla: el EGP, Salta, 1963-1964”, en Razón y Revolución nº 12, verano 2004.

3La intemperie, nros. 16 y 17, Córdoba, octubre y noviembre de 2004.

4Adolfo “Pupi” Rotblat, estudiante de cine en la Universidad de La Plata y militante de la Federación Juvenil Comunista, reclutado en 1963 para el EGP, fue el primer fusilado;  Bernardo Groswald, el segundo fusilado, era bancario antes de subir al monte.

5Del Barco, Oscar: “Notas sobre Antonio Gramsci y el problema de la ‘objetividad’ ”, en Cuadernos de Cultura, nº 59, setiembre-octubre de 1962 y “Respuesta a una crítica dogmática”, en Cuadernos de Cultura nº 63, mayo-junio de 1963.

6Abreviatura de Materialismo Dialéctico.

7Nuestros años sesenta Por ejemplo Terán, Oscar:, El Cielo por Asalto, 1991 o Tarcus, Horacio: “El corpus marxista”, en Jitrik, Noé y Cella, La irrupción de la crítica Susana (dres.): , Historia Crítica de la Literatura Argentina, vol. 10, Emecé, 1999.

8Nun, José: “El control obrero y el problema de la organización”, en Pasado y Presente nº 2/3, nueva época, julio-diciembre 1973.

9Kohan, Néstor: “El debate por Gramsci en el comunismo argentino”, en Dialéktica, setiembre de 1994.

10Véase Kohan, Néstor: La rosa blindada, La Rosa Blindada, 1999 y De ingenieros al Che, Biblos, 2000. También nosotros hemos dicho algo sobre el particular: Mangieri, José Luis: “Todo es ilusión, menos el poder”, en El Aromo nº 21, julio 2005; sobre CICSO ver el dossier “CICSO: Marxismo, Historia y Ciencias Sociales en la Argentina”, en Razón y Revolución nº6, otoño 2000 y Balvé, Beba: “Acerca de las vicisitudes por defender un método de investigación”, en Razón y Revolución nº 14, invierno 2005.

11No casualmente todos los políticos de la centroizquierda argentina soñaron con los mismos modelos. Los casos más conocidos son los de Chacho Álvarez y la Alianza con las pymes italianas, Elisa Carrió con el “milagro” sueco y, por estas horas, las declaraciones de Kirchner en La Nación (30/10/05) en las que reconoce tener como modelo al “milagro” español.

12Digamos, un poco al margen, que la novedad de la lectura reformista del autor italiano no se quedó allí. También se usó el Gramsci de PyP para oponerle, a la izquierda partidaria, un modelo de organización anti-partido. Así lo hizo Horacio Tarcus, desde 1996 en las páginas de El rodaballo, allanándose su propio camino hacia la función pública con Kirchner. También las sucesivas escisiones del morenismo (MAS, MST, PTS, LSR, etc.) fueron amparándose en una lectura particular de la “filosofía de la praxis” para “auto-criticar” a la izquierda partidaria. Como PyP, leyeron en la filosofía stalinista la pústula original del centralismo democrático y la dictadura del proletariado. Para los más desmoralizados ex militantes del MAS se llegó a impugnar cualquier forma de organización revolucionaria como símil de stalinismo; expresión de ello son tanto el autonomismo macartista de Luis Zamora como la crítica al “burocratismo” que el PTS desplegó y despliega sin variaciones fundamentales desde su inicial gramscianismo de En Clave Roja hasta el más moderno y equipado IPS. En síntesis, como dijo Gramsci mismo, en coyunturas históricas cuando el movimiento revolucionario tiende a perder la dirección del movimiento social, la teoría revolucionaria pierde su unidad contradictoria y dialéctica. El stalinismo pretendió quebrar la síntesis materia/sujeto, legalidad objetiva/acción consciente, hacia el énfasis en la determinación material, negando al sujeto revolucionario, como clase y como partido. Pasado y Presente y sus acólitos anti-leninistas la quebraron hacia el énfasis exclusivo en la determinación subjetivista, negando así la existencia de leyes objetivas que gobiernan lo social. Sólo CICSO y el CEICS de Razón y Revolución han continuado la tradición del uso leninista original de la obra gramsciana en sus investigaciones y publicaciones. Véanse, por ejemplo: Sartelli, Eduardo: “Gramsci, la vida histórica y los partidos”, en Razón y Revolución nº 4, otoño 1998; Sartelli, Eduardo: “Izquierda, apuntes para una definición de las identidades políticas”, en Razón y Revolución nº 5, otoño 1999 y Shandro, Alan: “Lenin y la hegemonía”, en Razón y Revolución nº 9, otoño 2002.

13Las “nuevas” ideas de Aricó se sintetizaron en su revalorización crítica del reformismo socialista en el libro La hipótesis de Justo, Sudamericana, 1999.

14“Pupi empezó a caerse: tenía repentinos ataques de asma y entró en un estado de desesperanza, de desgano, que lo iba retrasando en las marchas. En menos de treinta días se vino abajo. Según Ciro Bustos, cuando Pupi se atrasaba, lloraba y pedía que lo maten. Castellanos me dijo que durante el cruce de un río Pupi se dejó ir, se abandonó al río y él tuvo que sujetarlo para no perderlo. En ese estado, Pupi pasó a ser un problema para el grupo y fue condenado a muerte […] Groswald sí: estaba totalmente destruido, lloraba todo el tiempo y se había animalizado, se arrastraba”. Declaraciones de Gabriel Rot, citadas en Peña, Fernando y Vallina, Carlos: El cine quema. Raymundo Gleyzer, de la Flor, 2000, pp. 203-204.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *