Huerta Grande y La Falda: falsas salidas

Quizás haya escuchado hablar, en boca de algún burócrata sindical que se pinta de combativo o (lamentablemente) de algún activista de izquierda, de los “gloriosos programas de Huerta Grande y La Falda”. ¿Qué fueron? Son documentos firmados en 1957 y 1962, considerados los más “radicalizados” del peronismo sindical. Fueron creados en plenarios de la CGT Córdoba y las 62 Organizaciones (sindicatos peronistas).

Si los vemos de cerca, ahí solo vamos a encontrar más y más reformismo y nacionalismo. Lo que nos dicen es que no hay que terminar con el capitalismo, sino “liberar” la nación. Como si el problema no fuera la lucha entre obreros y capitalistas, sino entre Imperio y Colonia. Así, llaman a abrazarse con alguna parte de la burguesía argentina: industriales y burgueses débiles del interior.

¿Qué proponen? Por un lado, el control estatal del comercio exterior y la diversificación de los mercados, apuntando a la integración con América. Es un reclamo de la burguesía más débil (o sea, la que tiene menor productividad) que quiere protección frente a las importaciones y vender en un mercado donde pueda competir, como el latinoamericano. El peronismo ya lo había aplicado con el IAPI, justamente para transferir plata a esta burguesía. El resultado: el despilfarro del fruto de nuestro trabajo, que siempre va a los patrones independientemente de su bandera.

Otra propuesta era elevar los salarios y el consumo, y el desarrollo de la industria liviana y pesada. También nacionalizar las fuentes naturales de energía e integrar a las economías regionales. Además, proponen la nacionalización de los frigoríficos extranjeros, y una reforma agraria, repartiendo tierras y estableciendo cooperativas agrarias lo cual supone una defensa de la burguesía agraria más pequeña. También se habla de la “justicia social”: control obrero de la producción y distribución de la riqueza nacional, participación en la dirección de las empresas privadas y públicas, un salario mínimo, vital y móvil, entre otras.

El problema es que esos reclamos obreros son considerados “conciliables” con los intereses de la burguesía nacional. En ningún momento se pone en cuestión la explotación, sino que se busca hacerla (apenitas) más tolerable. Justamente, la misma burguesía que “nos liberaría”, busca siempre aumentar la tasa de explotación. En definitiva, son ideas que parten de la ilusión de que el capitalismo argentino puede mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y la burguesía nacional tiene un interés en ello, y no en aumentar la tasa de explotación. Es decir, que algo de ello podría lograrse manteniendo estas relaciones sociales. El llamado “capitalismo en serio” o “con rostro humano”.

Por otro lado, los programas en cuestión no proponen que la clase obrera tome el poder. Tan solo aspiran a elaborar un “gran plan político-económico-social” con participación de los trabajadores, contra los “sectores oligárquicos antinacionales” y sus “aliados extranjeros”. Pero, nuevamente, si los enemigos son la oligarquía antinacional y la burguesía extranjera, los aliados deben ser los capitales industriales nacionales y los agrarios chicos. Siempre, el horizonte es el capitalismo.

No importa cuán combativo se diga el sindicalismo peronista. En el mejor de los casos, produce salidas reformistas. Con el reformismo, la clase obrera no avanza en una trasformación social, sino solo mejorar algunas condiciones dentro de los límites de este sistema. Y siempre por poco tiempo, porque tarde o temprano la crisis llega y se ajustan nuestros cinturones. Por eso, cuando la Revolución amenazaba (como en los ’70), los mismos peronistas se pasaron abiertamente a las filas de la reacción.

“Pero, son nacionalistas”, podrá creer. Pero pensemos, ¿eso es algo bueno? Para nada. Es solo defender el interés de la burguesía argentina para conservar el dominio de la nación contra competidores de otros países. Pero la idea que debemos defender a una burguesía ineficiente porque eso traerá algún beneficio a los obreros es justamente lo que hay que combatir. La cuestión es bien sencilla: son ellos o nosotros.

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