Honestidad brutal

en El Aromo n° 31

Las posiciones de la derecha sobre las bases económicas del gobierno de Kirchner.

Verónica Baudino

Grupo de Investigación sobre Historia Económica Argentina CEICS

El progresismo se ha ocupado de maquillar el desarrollo de la economía de los últimos años. Según sostienen, gracias a la acción del gobierno se está en proceso de lograr una vuelta a un capitalismo basado en la industria, la generación de empleo y la distribución de la riqueza. Un aparente izquierdismo tiñe así todos los análisis económicos. Poco ha sido escuchada, en forma directa, la voz de los representantes de los grandes capitales. Los liberales, desechados por la onda K, permiten, sin embargo, conocer sin tapujos las posiciones de la burguesía misma, el verdadero sostén material del gobierno. Ellos plantean abiertamente que su único interés es la obtención de ganancias, que es, en definitiva, el objetivo del capitalismo, por más gobierno progresista de turno que administre. A diferencia de quienes defienden al gobierno kirchnerista, no tienen ninguna razón para esconder sus verdaderos fines, así como tampoco para encubrir que con él están haciendo buenos negocios.

En esta nota se repasarán sus planteos a través de la palabra de Héctor Huergo, quien desde su tribuna como editorialista del suplemento Rural del diario Clarín, defiende los intereses de los grandes capitales agrarios y los vinculados a ellos (como Monsanto). La postura de este ingeniero agrónomo se sostiene en evidencias del desarrollo de la economía los últimos años. El autor discute con quienes destacan la reindustrialización del país por la vía del desarrollo de los pequeños y medianos capitales industriales, como motor de la economía. Su argumento es que esta postura no logra identificar a los sectores que lideran el proceso económico. Por eso, avanza en una comprensión de las reglas del juego económico, donde lo central es la productividad de los capitales y, en este sentido, aporta elementos que desalientan las esperanzas de una salida PYME a la crisis.

 

Es la soja, estúpido

 

Desde el año 2002, el agro argentino ha dado muestras de que sigue siendo la base de la acumulación económica argentina. Luego de la crisis de 2001 (la más profunda que vivió nuestro país), la coyuntura internacional dio lugar a un nuevo auge del agro. El aumento de precios internacionales de los granos, pro-ducidos por la alta demanda china, le dio un respiro a la burguesía argentina. Cuando pare-cía que no había posibilidad de salir del pozo, otra vez el agro le dio un nuevo impulso a la economía (pasajero, pero impulso al fin…). Para Huergo, este crecimiento se da gracias a la soja y descarta cualquier influencia del gobierno en la nueva expansión. Más bien, lo señala como beneficiario del esfuerzo ajeno. “Llegó la campaña 2002/2003 y sembraron como nunca, con récord de siembra y cosecha, récord en consumo de fertilizantes. El Banco Central no daba abasto para comprar los dólares que ingresaban los exportadores. Sólo de soja, 8.000 millones en el 2003. El 20%, más de 1.500 millones de dólares, se capturaban directamente vía retenciones. Con ello se financiaron los planes Trabajar y quedaban en caja unos cuantos pesos para consolidar el superávit fiscal”, señala Huergo.1 Orgulloso del accionar de los empresarios agrarios, defiende: “Se bancaron estoicamente las retenciones, apretando los dientes. Y hasta atendieron la emergencia social con profusas donaciones de alimentos, que continuaron hasta ahora”.2 Cuando en 2005, Kirchner y los suyos festejaron el pago de la deuda externa, Huergo se preguntó “¿De dónde salieron los recursos?” Ese mismo año, la cosecha fue record otra vez: “La Argentina cantó las cuarenta en soja. Sí, 40 millones de toneladas, por un valor de 10.000 millones de dólares. El 95% va para el mercado internacional. El Banco Central, en figurillas para mantener el nivel del dólar, frente al aluvión. ¡A comprar! Se acumularon 28.000 millones de dólares”.3 Por último, informó que la soja forma parte de los proyectos de construcción de plantas de combustibles biodiesel como la anunciada por Repsol-YPF. Parafraseando a Alfonsín, Huergo dice que “con la soja se come, se equilibra la balanza, se paga la deuda y además se anda…”.

Estos datos muestran el peso del agro en la economía. Pero las voces del reformismo no lo reconocen. Por este motivo, Huergo se indigna y se lanza a la tarea de mostrar en el desarrollo concreto cuál es el sector más pujante: “Los últimos datos permitirán colocar al sector agroalimentario en el centro de la escena, un hecho necesario porque todavía hay rémoras de los viejos prejuicios anticampo”.4 Su batalla consiste en explicar la tendencia al predominio de los sectores más competitivos. No lo hace ingenuamente: sus opiniones apuntan a propagandizar los intereses de los grandes capitales y a generar consenso alrededor de éstos. No obstante, sus fines (que no busca ocultar) hacen más realista su comprensión del proceso.

 

¿Quiénes son los competitivos y por qué?

 

Huergo ubica al agro y a sus ramas subsidiarias como las que tienen la capacidad de competir en el mercado internacional. Sus menores costos de producción los hacen más eficientes, más competitivos. Por ende, no precisa de inyecciones de subsidios para mantenerse en el mercado: “Este proceso es genuino. Implica un derrame competitivo. Parte de un sector socialmente eficiente, porque no obliga al resto de la sociedad a transferirle ingresos”. Una economía, por su propio funcionamiento, no puede asentarse en ramas con costos mayores a los que reconoce el mercado. Por este motivo, progresivamente van quedando relegadas actividades que no son rentables. No se debe a políticas ineficientes, ni a la mala predisposición de los empresarios, es la ley del capital. Huergo apunta en este sentido: “¿Qué es lo que mueve a un individuo a producir un bien, sino la expectativa de tener un resultado económico? Este resultado es una ecuación que se apoya en costos de producción e ingresos”.5 Sin embargo, sus “enemigos” reconocen la capacidad del agro de insertarse en el mercado mundial, pero no sus bajos costos de producción. El ángulo de sus críticas es su supuesto descanso en las condiciones naturales “dadas”, sin grandes inversiones.

Históricamente, se ha identificado a la burguesía agraria como rentista y especuladora. En la actualidad, ésta interpretación es sostenida por Eduardo Basualdo y otros intelectuales socialdemócratas, quienes caracterizan a los capitales agrarios y sus industrias derivadas como “parasitarias”. Al beneficiarse con la mayor productividad que tiene el suelo argentino, en relación a sus competidores internacionales, no invierten en tecnología y recirculan sus ganancias hacia el circuito financiero. Es decir, que suponen que los capitales son especulativos porque son altamente rentables y alcanzan un grado de concentración muy elevado. No obstante, nada en la dinámica de acumulación de capital de este sector indica que valoricen sus ganancias de forma “anormal”. Como todo capital, debe invertir y extraer plusvalor para obtener ganancias. Sobre éste punto, el economista de Clarín es concluyente: “Es probable que en el seminario de la CEPAL se instale una vez más la cuestión del ‘valor agregado’. Prevalece la idea de que el agro no agrega valor. Esta imagen modelo 70 quedará definitivamente atrás cuando se vea cómo de la nada el agro sacó otra gran cosecha. Eso es agregación de valor: una semilla adecuada, un buen barbecho químico, una correcta fertilización, en las manos de la nueva generación de productores (nuestros modernos ‘sin tierra’) convierten pocos pesos en muchos dólares”.6 La base de la productividad agrícola actual no es una condición a priori, natural. Es producto de la llamada “revolución sojera”, en marcha desde hace treinta años. Para nuestro autor, la época del menemismo, con la convertibilidad, posibilitó la importación de maquinarias e ingeniería genética para aumentar su competitividad. Por lo tanto, Kirchner debería ser más agradecido con él. En definitiva, Huergo, intenta explicarle al gobierno y a sus opositores, que la única vía de recuperación posible es el agro. Claramente, busca demistificar la caracterización de este sector como atrasado y rentista. A su vez, se empeña en desterrar las ilusiones en una Argentina asentada en pequeñas y medianas industrias apuntaladas por subsidios estatales. La receta es simple: si se quiere salir de la crisis, hay que apoyarse en los sectores más concentrados y competitivos. ¿Es viable la “solución Huergo”? Huergo, como detallamos, plantea de forma muy atinada que el agro es el sector más competitivo de la economía argentina. Y llama a dejarlo libre para desarrollar al país. Su planteo tiene la lucidez de ver límites en su postura: “Para el agro, el pronóstico es malo, porque se disipa la posibilidad de captar la renta de los tiempos de las vacas gordas en una actividad de naturaleza cíclica. Sólo la sensacion de que estamos en el medio de una onda larga en materia de precios permite mantener el optimismo, y por eso, a pesar de todo, la nave va. Pero si realmente estamos en una onda larga, ¿por qué no aprovecharla? Seguir las señales de los precios sería una buena forma de asignar recursos, una estrategia opuesta a la oficial, que se apura por capturar la renta incipiente, podando las brevas verdes. La escasez de trigo es una señal concreta de que la cosa no da para mucho más”.7 Reconoce que tan cierto como que el agro es el sector más productivo, es que el impulso de los altos precios internacionales ya comienza a mermar. En este sentido, no vislumbra un largo período de bonanza económica. Pero, mientras persista, hay que aprovecharlo…

El hecho de que sus proposiciones sean más lúcidas que las reformistas no significa que contemplen el conjunto del problema. Huergo repara en los aspectos competitivos del agro, pero no observa que es la única rama de la producción nacional con esas características. Propone aprovechar la onda de precios en alza, con la confianza de que, cuando descienda, habrá otra actividad que la suplante. El problema de la Argentina es que no hay ningún desarrollo en alguna otra rama que pueda sostener la acumulación de capital, porque son industrias que no pueden competir con capitales mucho más productivos. Por lo tanto, los límites del agro son los límites del desarrollo del capitalismo en Argentina, algo que Huergo no llega a concluir.

Las proposiciones de Huergo expresan un programa de clase: una estrategia que busca asentarse en las fracciones más avanzadas de la burguesía. Para ello, propone dejar libre la expansión capitalista, bajar los costos y contener a la clase obrera. No otra cosa está haciendo, en definitiva, Kirchner. Sus propuestas intentan resolver los problemas de la gran burguesía, pero no buscan la resolución de la crisis para el conjunto de la sociedad, es decir, del resto de las fracciones burguesas, de la pequeña burguesía y de la clase obrera. En especial, no solucionará los problemas de los trabajadores, sino que hará recaer en sus espaldas el peso del desarrollo de un capital de una capacidad de supervivencia global más que dudosa. Al igual que los economistas K, lo que tienen para ofrecernos es tan sólo más explotación y más sacrificios, muy probablemente para nada.

Notas
1Clarín Rural, 12 12/2005, en edición digital www.clarin.com.
2Idem.
3Ibidem
4Clarín Rural, 15 de julio de 2006.
5Clarín Rural, 15 de julio de 2006.
6Clarín Rural, 20 de noviembre de 2005.
7Clarín Rural, 15 de julio de 2006.

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