¿Historia? ¿Qué historia? Acerca de la divulgación histórica y la “memoria”

 

En este artículo, nuestro colaborador reflexiona sobre la diferencia de las dificultades que tienen los historiadores que dominan los resortes académicos de lograr masividad para sus trabajos y el éxito de los libros de historia escritos por iniciados sin mayor conocimiento. Asimismo, realiza una interesante crítica al concepto de “memoria”.

 

Francisco Martínez Hoyos

Colaborador

 

La pobre Lisa Simpson no sabe lo que le espera. Cree que va a presentar un telediario infantil porque… ¿acaso no es la más lista de la clase? Cuando le hacen una prueba, su intervención brilla por su intachable seriedad. Por su excesiva seriedad. Quiere ser tan objetiva que se olvida de atraer al público. Le falta carisma, justo la cualidad que su hermano, Bart, posee a raudales. No hace falta decir, pues, a quién acaban eligiendo para encabezar el programa. El comunicador sensacionalista se impone así sobre la reportera a la que sólo le interesa la verdad, pero no sabe como remontar el vuelo más allá del aburrimiento.

Este episodio de los Simpson, reflejo de lo que Mario Vargas Llosa denomina “la civilización del espectáculo”, da cuenta en cierta manera del drama que acucia a los historiadores académicos. Escriben obras que intentan ser científicas, con amplitud de fuentes, formulándose preguntas, deshaciendo mitos… para quedar confinados a la hora de la verdad dentro del estrecho ghetto de sus colegas. En parte porque el suyo es un mundo endogámico, en el que los temas se eligen muchas veces en función de la construcción de carreras académicas, no del interés real del público, real o potencial. Con el agravante, además, de que muchos de los nombramientos que se efectúan en las universidades responden más a criterios de favoritismo que a méritos reales. Resulta, en este sentido, patéticamente expresiva la reacción de un catedrático español cuando Paul Preston comentó, con legítimo orgullo, la ausencia de endogamia en su departamento de la London School of Economics, con sólo dos británicos sobre veinte: “Joder, Paul, eso es terrible: ¿y qué pasa con los compañeros?”.[1] Sobran los comentarios, ante tan descarada apología del clientelismo.

Después, sucede lo que sucede: la historia que incide en la sociedad, la que llega a las multitudes, no es la de los especialistas, la de aquellos que dominan una materia exhaustivamente, sino la que divulgan escritores, a menudo periodistas, con un talento literario inversamente proporcional a sus conocimientos.

Tal vez tenga razón la periodista mexicana Alma Guillermoprieto cuando sostiene que aquellos que mejor investigan acostumbran a ser los que peor escriben. Sin embargo, sería un error pensar que la Historia seria ha de ser árida por definición. ¿Quién no ha disfrutado con autores de la talla de John H. Elliott, Geoffrey Parker o Paul Preston? En ellos, el rigor metodológico va de la mano del placer estético que produce la mejor literatura. No en vano, antes de ser considerada ciencia, la evocación del pasado constituía una rama de las buenas letras. En la actualidad, distintos observadores constatan cómo, tras un cierto eclipse, lo narrativo, aquella historia antaño despreciada por événementielle, acapara de nuevo éxitos editoriales con libros como los de Niall Fergusson. Eso sí, con referencias a las vivencias de protagonistas anónimos para que no parezca que falta el “toque humano” con el que atraer a nuevos lectores.

Es ya un tópico mencionar el auge de la historia que parecemos vivir, con la multiplicación de revistas para el gran público y la eclosión de la novela histórica. Resulta fácil poner un gesto de olímpico desdén ante la proliferación de relatos de intriga, en la línea de El Código Da Vinci, muchos de ellos de calidad discutible. La cuestión, sin embargo, es preguntarse qué tipo de necesidades logra satisfacer este tipo de obras. Porque logran despertar la imaginación del público mientras el análisis de las estructuras sociales merece, como mucho, un bostezo condescendiente.

Sin embargo, a poco que lo pensemos, veremos que el fenómeno dista de ser novedoso. Ya en el siglo XVIII, Voltaire se dio cuenta de que “la historia es la especie de escritura más popular”. Por eso dedicó dos de sus libros más importantes a biografiar a Luis XIV de Francia y a Carlos XII de Francia. Con talentos como el suyo, el conocimiento histórico se democratizaba al ponerse al alcance de muchas más personas. Pero este hecho, de por sí positivo, posee un reverso inquietante. Porque todo el que haya leído literatura sabe de la magia de las palabras, cuando están en manos de un consumado artista, para producir la ilusión de verdad. Ahí está el peligro: en que acabemos confundiendo lo verosímil con lo auténtico. De esta forma, los espectadores de una película de Hollywood creerán que la construcción de las pirámides estuvo a cargo de esclavos, por más que alguien les explique que eran trabajadores con derechos, protagonistas de la primera huelga conocida de la historia.

El mercado, por desgracia, nos ha enseñado a los historiadores profesionales que ese oficio que amamos corre el peligro de convertirse en “una rama de la literatura de evasión”.[2] Porque la Historia acaba convirtiéndose en un producto de consumo masivo del que, siguiendo a Vargas Llosa, podemos decir que sólo sirve para proporcionar un barniz de conocimiento, no para impulsar a una profundización rigurosa. Este sería un síntoma, uno más, de esa cultura que, a ojos del Nobel peruano, ha quedado reducida a mera distracción, a una dictadura de lo divertido, donde la única medida del valor la establece el éxito comercial.[3]

La cuestión, pues, es cómo sacar la Historia del guetto de los especialistas. No se trata, evidentemente, de ser oportunistas, sino de ser oportunos, buscando aquellos temas que de una u otra forma contribuyan a iluminar el presente. Desde 2007, el mundo capitalista atraviesa una crisis como no se había conocido desde la Gran Depresión. La incertidumbre de los datos macroeconómicos, como una espada de Damocles, amenaza el futuro de millones de personas. Mientras tanto, la democracia, con la evidente desafección hacia la clase política, parece haber entrado en un túnel del que aún no vemos la salida. En este contexto, la Historia, disciplina del pasado, puede convertirse en un arma cargada de futuro si es capaz de proporcionarnos las herramientas para pensar críticamente la realidad, más allá de la demagogia en la que acostumbran a instalarse poderes de uno y otro signo.

A los que gobiernan, obvio es decirlo, no les preocupa la verdad, sino sacar réditos al victimismo fundado en los agravios reales o supuestos del pasado, apelando no al conocimiento sino a las emociones del público. Manipulando sus sentimientos al servicio de alguna causa política. Sobre todo, porque no hay partido al que no le interese recurrir a la explicación del pasado, convenientemente falseada, para justificar alguna barbaridad del presente. De esta manera, la historia deviene fuente de legitimidad supuestamente incuestionable, argumento definitivo para zanjar una discusión, transformando por arte de magia lo discutible en evidente. Es por eso que, a quienes detentan el poder, les interesa domesticar a los historiadores, no vaya a ser que algún desaprensivo se le ocurra desacreditar sus “hermosas leyendas”.[4] En ocasiones, tales leyendas se construyen al amparo de una nueva diosa, la memoria, a menudo extremadamente parcial, sin la menor conciencia del efecto devastador que puede tener el uso selectivo de los hechos. En un provocador ensayo, David Rieff nos alerta de los peligros del mal uso de un material tan inflamable:

 

“La memoria histórica colectiva tal como las comunidades, los pueblos y las naciones la entienden y despliegan –la cual, para reiterar lo esencial, siempre es selectiva, casi siempre e interesada y todo menos irreprochable desde el punto de vista histórico- ha conducido con demasiada frecuencia a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación y a la resolución de vengarse en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón”.[5]

 

Quizá tanta insistencia en la memoria derive de uno de los rasgos más llamativos de la cultura actual, la convicción de que no cuentan los hechos sino las representaciones, la manera en que la gente percibe determinados acontecimientos. El problema radica en que, a veces, tales visiones, sin duda legítimas, devienen la base de verdades excluyentes sobre las que se asientan políticas concretas. En España, lo acabamos de comprobar con la última ocurrencia de la derecha: exigir a la Real Academia de la Lengua que cambie su definición del valenciano, que ya no sería una forma dialectal del catalán sino un idioma con raíces en el siglo VI a.C. Es decir, que ni siquiera procedería del latín. Uno no sabe que es más sonrojante, si una mentira tan descarada o la presión de un grupo político a una corporación académica para que adecue el conocimiento científico a los intereses identitatarios del momento. Por algo dijo Renan, el gran pensador francés, que la tergiversación del pasado constituye uno de los elementos esenciales del nacionalismo.

1La Vanguardia, 16 de mayo de 2008. Entrevista de Lluís Amiguet a Paul Preston.

2Lukaks, John: El futuro de la Historia, Turner, Madrid, 2011, p. 14.

3Vargas Llosa, Mario: La civilización del espectáculo, Alfaguara, Madrid, 2012, pp. 29-32.

4En 1912, cuando un historiador cursó una solicitud para publicar ciertos documentos de archivo, el primer ministro italiano, Giovanni Giolitti, rechazó de plano la idea por entender que “no sería correcto que la crítica histórica desacreditara nuestras hermosas leyendas”.

5Rieff, David: Contra la memoria, Debate, Barcelona, 2012, p. 37.

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