Historia del Socialismo. Febrero del ’17 y el doble poder

La Primer Guerra Mundial dejó una marca en el proceso revolucionario ruso. Como toda guerra burguesa, demandaba “esfuerzos” enormes a la clase obrera y al campesinado ruso, que obviamente eran la carne de cañón. Frente a aquella, varios partidos socialdemócratas europeos (como en Francia y Alemania) adoptaron la estrategia “defensista”: apoyaron la guerra y a las burguesías nacionales. Los bolcheviques y mencheviques rusos, en cambio, acordaron adoptar el “derrotismo” revolucionario, luego de debates y posiciones contrapuestas. El zar, por su parte, aprovechaba la guerra para avanzar y descabezar a la izquierda. De ese modo, para 1916, sus dirigentes se encontraban en el exilio o desarticulados por la represión. Recién con la irrupción de las masas en febrero, se consolidaron los intentos de reagrupamiento.

¿Qué ocurrió en febrero? Varios factores se juntaron: un fuerte desabastecimiento de armas y un alto nivel de deserción azotaban a los ejércitos rusos, ya agotados de cosechar derrotas. La carestía del pan y el alza de precios inclinaron la balanza hacia un estallido social. A su vez, los ferrocarriles estaban desgastados y se disparaba el precio de los combustibles. Así, antes que una revolución palaciega aprovechara la crisis del régimen para terminar con el zar, la clase obrera dijo presente. El día 24, una movilización de las obreras textiles desató una ola de huelgas que pusieron en jaque al zar. Las tropas confraternizaron con el reclamo, quebrándose el poder de fuego de la autocracia. El día 26, abundaron los motines y el 27, una insurrección general tomó las calles. De ese modo, una bandera roja llegó a flamear en el Palacio de Invierno.

A partir de allí, se formaron dos gobiernos en el Palacio Táuride, uno de los más importantes de San Petersburgo. El primero, orientado por la burguesía liberal (el partido “cadete”) desde la Duma. Su objetivo: encauzar el proceso llamando a una Asamblea Constituyente, apuntar a una monarquía constitucional bajo la regencia de los Romanov y mantener las alianzas militares. Llegó entonces a decretar la amnistía a los presos políticos, la igualdad de derechos y la libertad sindical. Por otro lado, el Soviet de Petrogrado, conformado por obreros y soldados, que organizaban comisiones militares y de abastecimiento. El soviet proclamaba el fin de la guerra, la abolición de los títulos en el ejército y la elección de comités en todas las tropas, provocando fuertes rupturas en el aparato militar. De todos modos, su dirección (menchevique y socialista revolucionaria, al menos hasta el triunfo bolchevique) apuntaba la necesidad de una revolución burguesa que entendían solo podía llevar a cabo la burguesía rusa.

La coexistencia de poderes implicó una confrontación. Una encarnaba el gobierno de la burguesía. El otro, el del proletariado. Así, el triunfo del primero suponía la derrota del segundo y viceversa. Varios intentos burgueses pretendieron incluso poner coto al poder revolucionario: un ministerio de coalición con los mencheviques y socialrevolucionarios, presidido por Kerensky, o un golpe reaccionario dirigido por el general Kornilov fueron ejemplos de ello. No obstante, ambos fracasaron y la crisis parecía resultar incontenible. Conducir a la Revolución por el triunfo final requería entonces una dirección política a la altura de las circunstancias. Los obreros y soldados rusos encontraron en Lenin al “caudillo” revolucionario y en su tesis de que todo el poder residiera en los soviets, la consigna central.

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