Gracias y adiós – Gonzalo Sanz Cerbino

0010260478Gracias y adiós. La relación de Macri con la burguesía agropecuaria

El futuro no augura actos como los que vimos en la campaña electoral, con la burguesía agropecuaria vivando a Mauricio. Al contrario, deberíamos empezar a preguntarnos cuánto falta para el 2008 de Macri.

Gonzalo Sanz Cerbino1

Grupo de Investigación sobre la Historia de la Burguesía-CEICS


Uno de los datos más salientes de las elecciones presidenciales de 2015 fue que la burguesía rural hizo campaña para Macri.2 El entonces candidato prometía una “nueva relación” con el campo (pero, ante todo, eliminar las retenciones), y las patronales agrarias se jugaron de lleno depositando sus esperanzas y energías en conseguir el triunfo opositor. Este romance ha llevado a muchos a creer que Macri gobierna para la burguesía rural. Sin ir más lejos, en los últimos días un periódico trotskista sostuvo en su tapa que la “revolución de la alegría” fue para la oligarquía. Sin embargo, no podemos confundir las promesas de campaña con la política económica finalmente aplicada por el gobierno. Por eso nos preguntamos, ¿las expectativas del campo realmente han sido cumplidas?

A medias

Las demandas que tenía la burguesía rural antes de la asunción de Macri eran simples: eliminar las retenciones y “sincerar” (devaluar) el tipo de cambio. Es decir, eliminar los mecanismos utilizados por el Estado para captar y redistribuir la renta de la tierra. En medio de la crisis fiscal que atravesamos, eso implica no solo recortar la batería de subsidios y transferencias hacia la burguesía industrial, sino también aquella porción del gasto que beneficiaba a la clase obrera. Un ajuste que golpearía de lleno a los trabajadores. Macri respondió a la demanda con algunas medidas concretas y muchos “gestos”: la designación de un dirigente de CRA (Ricardo Buryaile) como Ministro de Agricultura, la presencia en la exposición rural de Palermo (a la que no iba ningún presidente desde 2001), la promesa “sacar el pie” de la cabeza de los productores… Pero no solo hubo promesas y gestos: las medidas que beneficiaron al campo no fueron menores. Se devaluó el dólar y se eliminaron por completo las retenciones al trigo, maíz, girasol y los productos regionales. Las retenciones a la soja se redujeron un 5% y se prometió, a partir de 2017, una baja de 5% por año, hasta su completa eliminación.

Aunque la situación mejoró notablemente para la burguesía rural, las medidas estaban lejos de lo esperado por el agro. Las retenciones a la soja, que siguen en un 30%, no solo eran las más altas, sino las más importantes en materia de recaudación. En ese sentido, Macri apenas “devolvió” una porción menor de esa riqueza que el campo considera suya. A su vez, las ventajas que trae la devaluación al campo son transitorias, ya que si el tipo de cambio se mantiene fijo, la inflación va horadando el margen de renta que queda para los productores. Por esa razón, antes de cumplir los seis meses de gobierno Macri comenzó a recibir las quejas de la dirigencia rural. Hacia mayo de este año, se multiplicaron los reclamos por los aumentos en los combustibles, que elevaban el costo de los fletes, los insumos y la contratación de servicios de maquinaria. La Sociedad Rural, en un comunicado, explicaba que el aumento “le comió al campo el beneficio de la rebaja de las retenciones”.3 Curioso este gobierno “oligarca”, que decide subsidiar a las petroleras autorizando subas en los combustibles por encima de los precios internacionales del petróleo, perjudicando al campo…

La situación está lejos de conformar a la burguesía agropecuaria y eso se manifiesta en la multiplicación de reclamos. Las producciones regionales, que no gozan de los beneficios de estar en la zona núcleo, han elegido llevar la protesta a Plaza de Mayo de la mano de los “frutazos”, “verdurazos” y movilizaciones similares.4 Los tambos lograron colar su protesta en el discurso del presidente de la Sociedad Rural en Palermo, quien le reclamó a Macri en persona por el problema. Los dirigentes corporativos aprovechan cada oportunidad que tienen para protestar por los márgenes “desmedidos” que obtienen otros eslabones de la producción agropecuaria, como los supermercados, las aceiteras o las semilleras. Incluso, se han oído quejas contra la “voracidad fiscal” de los municipios, que aumentan los impuestos al campo. Quien mejor ha expresado el sabor amargo que dejó la política agropecuaria macrista en la burguesía rural es Gustavo Grobocopatel, que se ha erigido en vocero del sector. A fines de julio, salió a poner en duda los supuestos beneficios que trajo para el campo el cambio de gobierno:

“El gobierno no tomó medidas en favor del campo. Lo que hizo fue despojar de medidas que no le permitían al campo aumentar su producción. Estábamos debajo del agua y las decisiones oficiales nos sacaron de esa situación para que sigamos respirando”.5

Si aún no se llegó a una ruptura abierta es porque el campo aún espera la concreción de ciertas promesas. En primer lugar, se aguardaba el inminente anuncio de la reducción de las retenciones a la soja en 5 puntos más para 2017, tal como Macri prometió al asumir su cargo. A su vez, se supone que los planes de construcción de infraestructura, a mediano plazo, mejorarán sustantivamente la situación de algunas zonas marginales. Y por último, porque se espera que en marco del “diálogo” abierto con las corporaciones agropecuarias, cada reclamo puntual sea atendidos. El campo exige “recuperar competitividad”, con una nueva devaluación, compensaciones para las producciones alejadas de la región pampeana y la definitiva eliminación de las retenciones que quedan. Y como los recursos no abundan, eso implicará necesariamente una profundización del ajuste sobre los trabajadores. Ahora, la pregunta es, ¿Macri puede y está dispuesto a avanzar en ese sentido?

Los límites del capitalismo argentino

A lo largo de toda la historia argentina, el agro pampeano financió con renta una estructura industrial escasamente competitiva, incapaz de subsistir sin subsidios y protección. Atada a esa estructura, se encuentra buena parte de la clase obrera argentina. El reclamo del campo, que quiere retener en el sector el conjunto de la renta de la tierra, implica realizar un ajuste feroz sobre el resto de la economía. El gobierno de Macri intentó avanzar con ese ajuste. Simultáneamente, apostaba a aliviar sus efectos, compensando con endeudamiento externo los recursos que se “devolvían” al campo. Sin embargo, se ha encontrado con una serie de límites que impiden transitar a fondo por esa senda.

Macri no puede ajustar tanto como la burguesía agropecuaria quisiera. En primer lugar, hay un límite impuesto por la clase obrera, que ha impedido que los despidos, el tarifazo y la baja salarial adquieran la magnitud a la que en principio aspiraba el macrismo. En segundo lugar, está la propia burguesía industrial, que no quiere ni puede prescindir de los subsidios que por distintas vías le provee el Estado.6 Dado que el endeudamiento externo no ha adquirido la magnitud suficiente para financiar el gasto que no se pudo recortar, no se avizora una mejora sustantiva para el agro. Como sucede desde hace décadas, cada gobierno arranca congraciándose con el campo (devaluación mediante), pero a poco de andar, vienen la decepción y la protesta. Ningún gobierno, por mucho que ajuste o se endeude, puede prescindir de la renta agraria. Así sucedió con Krieger Vasena, Martínez de Hoz, Menem y Kirchner.

Que la historia esta vez no va a ser diferente lo prueba lo que sucedió finalmente con la promesa de reducción del 5% anual en las retenciones a la soja. El 3 de octubre, Macri convocó a los dirigentes corporativos del agro a Olivos para anunciar que en 2017 no bajarían las retenciones a la soja. A cambio, prometió comenzar a bajarlas a partir de 2018, de a 0,5 puntos mensuales. De esa manera, al finalizar su mandato, las retenciones a la soja llegarían al 18% (si es que, esta vez, Mauricio decide cumplir). Su excusa fue que la situación fiscal que se encontró era peor a la que esperaba. Otra vez, la culpa es de la “pesada herencia” … Los dirigentes rurales se mostraron comprensivos. Luis Miguel Etchevehere, de la Sociedad Rural, cuestionó las retenciones, pero señaló que entienden “la situación por la que atraviesa el país”. Dardo Chiesa, presidente de CRA, admitió que “el país está atravesando un momento complejo” y que hay que mantener un “equilibrio con otros sectores”. Tampoco hubo críticas de los dirigentes de FAA o CONINARGO. Todos sabían que eso finalmente iba a pasar. De lo que no se habló fue del tipo de cambio, pero no hay perspectivas de una devaluación como la que anhela el campo, que dispararía aún más la inflación. Menos en un año electoral. Con las dificultades para realizar un fuerte ajuste y con un endeudamiento que no alcanza a cubrir los agujeros, es probable que la presión impositiva y cambiaria sobre el agro aumente. El futuro no augura actos como los que vimos en la campaña electoral, con la burguesía agropecuaria vivando a Mauricio. Al contrario, deberíamos empezar a preguntarnos cuánto falta para el 2008 de Macri.

Notas

1Con la colaboración de David Basano.

2Ver Sanz Cerbino, Gonzalo y Figueredo, Maurice: “Los candidatos de la burguesía”, en El Aromo, nº 86, septiembre-octubre de 2015, disponible en: https://goo.gl/CSvecx.

3https://goo.gl/Bx4KW0.

4Sobre este tema, ver Robin, Camilo: “Seco, seco… ¿Crisis en las economías regionales o baja competitividad?”, en El Aromo, nº 92, septiembre-octubre de 2016, disponible en: https://goo.gl/TovZyh.

5https://goo.gl/BlxLue.

6Ver Peloche, Nahuel: “Protegeme que me gusta. La burguesía industrial frente a Macri”, en El Aromo, nº 92, septiembre-octubre de 2016, disponible en: https://goo.gl/4tmkdc.

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