Genocidio no, lucha de clases

Por Guillermo Cadenazzi

Grupo de Investigación

 

Existe una gran cantidad de listas con los nombres de las personas desaparecidas bajo la última dictadura militar en Argentina. La mayoría de ellas abarca estrictamente el período 1976-83, aunque algunas se remontan más atrás, hasta el año ’73. Las hay que se ocupan de grupos particulares, como la pertenencia al mismo partido, sindicato, barrio o localidad. La primera y más importante de todas es la recopilada por la CONADEP, que fue confeccionada en base a las denuncias hechas ante organismos de derechos humanos o ante la justicia. Es, además, el punto de partida de todas las listas posteriores, y consta de poco menos de 10.000 nombres. Pero la más completa y depurada es la que actualmente está armando la oficina de Derechos Humanos del Gobierno de la Ciudad. A raíz del proyecto de erección de un monumento a las víctimas del “terrorismo de estado”, esta oficina se dedica, desde hace varios años, a compilar todos los nombres de los desaparecidos y asesinados entre los años 1969 y 1983. Como resultado de este trabajo, la cantidad “oficial” de desaparecidos se vio reducida significativamente, en tanto la lista depurada de esta repartición también suma 10.000, pero agregando todas las personas muertas por la acción estatal y para-estatal entre el Cordobazo y el gobierno de Alfonsín; con lo cual la cantidad de desaparecidos es menor a la inicial de la CONADEP.

Este número, relativamente exiguo si se compara con la ya mítica cifra de 30.000 desaparecidos que se hizo popular a poco de terminado el Proceso, mueve inmediatamente a la sospecha. No porque los actuales compiladores no hayan realizado su tarea seriamente y con honestidad, sino porque la idea, también popular, de que el Proceso militar produjo un “genocidio”, parece alentar a creer en magnitudes muy superiores. Esa sospecha se mueve en dos direcciones: en relación a la cifra misma y en relación al significado de “genocidio”. Creemos que en ambas se juega la posibilidad de comprender lo que realmente pasó en Argentina en los ’70.

En primer lugar, la cifra. Aunque no es una simple cuestión de cantidad, porque la muerte de una sola persona es motivo suficiente para el repudio, la magnitud del fenómeno es un problema importante. Más allá del juicio ético, la cantidad esconde problemas que el científico social está obligado a resolver. Y en el equipo de Razón y Revolución que estudia el tema, creemos que los datos actuales no ofrecen una idea clara en ese sentido. Por empezar, porque suponemos que la cantidad de obreros desaparecidos debe ser mucho mayor a la que se deduce de la lista depurada. ¿Por qué? Porque la metodología de búsqueda descansa centralmente en la denuncia ante organismos estatales. Una posibilidad tal no se reparte por igual según pertenezca uno a la clase obrera o a la pequeña burguesía. Por el contrario, los obreros tienen muchas más posibilidades de desaparecer sin dejar rastros, que quienes tienen los recursos, la organización, la experiencia y hasta la cultura necesaria para hacer la denuncia. Estamos convencidos de que una enorme masa de obreros desaparecidos, sobre todo en el interior del país, continúa en tal estado porque nadie los ha denunciado. Hemos iniciado una línea de investigación en ese sentido, buscando incorporar a todos los interesados en el asunto en el interior (ver Convocatoria en contratapa), en el supuesto de que sólo un esfuerzo militante y de alcance nacional puede develar el verdadero alcance cuantitativo de la represión.

En segundo lugar, el genocidio. Ya la categoría de “víctima” esconde a un militante que, lejos de ser pasivo, conformó activamente una fuerza social que desafió al sistema. Pero la de “genocidio” esconde la lucha de clases, en tanto describe el proceso social de los ’70 no como un enfrentamiento entre clases sino entre “pueblos”. En efecto: genocidio es la masacre de una población por motivos “nacionales”, “étnicos” o de “raza”. Aún cuando desconfiemos de las palabras entre comillas, queda claro que tal concepto podría aplicarse (no abrimos juicio al respecto) a la Conquista del Desierto o al Holocausto, pero jamás al período aquí discutido. Y no por la magnitud de las cifras, sino porque tiene otro nombre: lucha de clases. El enfrentamiento que se abrió a fines del gobierno de Onganía, alineó en bandos contrarios a fuerzas sociales que expresaban alianzas dominadas una por la burguesía, otra por el proletariado. Una vez que entendemos esto, podemos volver a discutir sobre números. Conocer la verdadera cantidad de bajas de la fuerza revolucionaria ayudará a entender su composición, su disposición al combate, su organización y el grado de comprensión que tenía de la situación. Ayudará también a entender la metodología utilizada por la fuerza contrarrevolucionaria y, sobre todo, las razones de su triunfo. Algo necesario para no volver a perder, para triunfar de una buena vez por todas. Así como no es sólo una cuestión de cifras, de mucho o poco, tampoco es una cuestión de memoria y monumento a “víctimas” de un “pueblo” indefenso. Se trata de entender el pasado para conquistar el futuro.

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