Genealogía de una clase negada. ¿Sectores Populares o Clase Obrera?

Por Marina Kabat

Del fin del trabajo al fin de la clase

Con los avances de la automatización, las teorías del fin del trabajo, proclamaron la desaparición de la clase obrera. Algunos historiadores que no gustaban de ser menos, decidieron darse la tarea de erradicarla también de la historia. Nace así la noción de los “sectores populares”, defendida en particular por Luis Alberto Romero y Leandro Gutiérrez. Desde entonces, en las universidades, los grandes diarios y los manuales escolares no se oyó más hablar de clase obrera. Los sectores populares ocuparon su sitio.

Para justificar este recambio se apelaba a una supuesta especificidad de los países dependientes. De acuerdo a este criterio, en la Argentina no se repetirían los procesos sociales de los países centrales. No crecería la polarización social ni la clase obrera engrosaría sus filas. El artesanado no terminaría de desaparecer por lo que, junto a los obreros, encontraríamos un mundo de artesanos, trabajadores a domicilio y cuentapropistas. A su vez, una elevada movilidad social ayudaría a mantener la confusión de este magma social.

La evidencia faltante

La pertinencia o no de la noción de la categoría de “sectores populares” o de clase obrera, ha de juzgarse en contraste con la realidad. Romero y cía. no se molestaron en tratar de probar sus hipótesis. Confiados quizás en la fuerza que éstas cobraban al coincidir, en pleno auge alfonsinista a principios de los ‘80, con las ideas triunfantes en la primavera de esa democracia “sin adjetivos” a la que no debíamos acusar de burguesa. Confianza que se reforzó, seguramente, con la caída del Muro de Berlín. Trataremos de verificar si los planteos de Romero se condicen con lo que verdaderamente ocurrió. Si es verdad que la Argentina adquiere una estructura social diferente a los otros países. Deberemos responder si es cierto que no existía en la Argentina una tendencia a la polarización social. Si el universo productivo responde a las descripciones que de él se han hecho. La repuesta tajante es no.

El desarrollo de una investigación colectiva acerca de la forma de organización del trabajo en la Argentina entre 1879 y 19401 nos conduce a la conclusión de que no existen diferencias profundas en las tendencias que actúan a nivel del mundo productivo en la Argentina. En primer lugar, es falso que subsista un número importante de artesanos. Después de 1890, el régimen manufacturero del trabajo, aquel basado en la división del trabajo manual, se había impuesto en todas las ramas fragmentando los antiguos oficios artesanales. Ramas como la industria del calzado o la fabricación de carruajes, tradicionalmente consideradas artesanales, muestran distintos grados de avances de desarrollo del régimen manufacturero. En el calzado, bajo el sistema de rueda, la fabricación del calzado se había escindido en alrededor de cien operaciones distintas. Un carruaje, en cambio, pasaba por cerca de 10 manos distintas. Lo mismo ocurría, aunque en menor medida, en la confección. El trabajo a domicilio era importante en estas ramas. Pero esto no implica ninguna particularidad argentina, puesto que lo mismo ocurría en Estados Unidos, por citar sólo un ejemplo.

En el mismo período, otras ramas más avanzadas se mecanizan. Los grandes talleres ganan protagonismo. Avanza la organización fabril que ya estaba instalada desde 1890 en molinos, cervecerías y que, entrado el siglo veinte, avanza sobre otras ramas como calzado, gráficos, fábricas de cigarrillos y el mismo agro, con la mecanización de la cosecha del trigo y el maíz.

El régimen de trabajo fabril, basado en la mecanización de las tareas y en la conformación de un sistema de máquinas, se generaliza en la Argentina entre la década del veinte y del treinta, aunque había aparecido antes en algunas ramas.

¿Un grupito de infiltrados?

Los militantes y las distintas organizaciones políticas son vistos como externos a los trabajadores. No serían parte de ellos, ni sus demandas brotarían de sus necesidades. Por el contrario, ellos actuarían por fuera, interpelando desde allí, con mayor o menor éxito, a los sectores populares. Pareciera que, tal como afirmaran los gobiernos conservadores, anarquismo y socialismo fueran simplemente ideas surgidas en otra realidad (en la vieja Europa donde sí existirían los antagonismos de clase) y traídas aquí por algunos inmigrantes. Ideas ajenas al sentir nacional, que no encontraban en la estructura social argentina un asidero firme para desarrollarse. Los intentos de transplantarla y de cultivar un sentimiento de clase estarían, entonces, destinados al fracaso en la móvil sociedad argentina.

No sólo las ideas de izquierda son consideradas externas a la clase. Tampoco los militantes formarían parte de ella. Ante la ausencia de una definición estructural, los sectores populares son definidos por una sumatoria de características. Una de ellas pareciera ser la ignorancia. Por el contrario, la Cultura con mayúsculas sería propiedad exclusiva de la “elite”. Un obrero que, quizás motivado por sus inquietudes políticas se instruía, ya no pertenecería a los sectores populares, porque no compartiría “su cultura”. Todo militante es considerado diferente per se: sus ideas políticas y su formación cultural lo alejarían de su clase (a la que se supone bruta e iletrada). Se parte de una definición arbitraria de las supuestas características de “los sectores populares” y todo lo que no concuerde con aquella es considerado un elemento ajeno y externo.

Nuevamente, todas estas afirmaciones, junto con una serie de apreciaciones complementarias, son enunciadas sin ninguna prueba a favor. Por ejemplo, contra toda la evidencia disponible, hay quienes sostienen que las primeras leyes laborales dictadas en el país se anticipaban a las necesidades reales, puesto que aquí no habría fábricas. De este modo, las leyes serían el producto de un grupito de trasnochados que se quejaban contra cosas que todavía no ocurrían.2

Esta visión, para ser coherente, debía negar los enfrentamientos sociales del período o, al menos, distorsionar sus características. Por esta razón se desconoce el carácter obrero de La Semana Trágica y se la caracteriza como un evento policlasista. Al mismo tiempo se destacan los conflictos fuera del ámbito laboral, como la huelga de inquilinos de los conventillos. Estos no son considerados como una protesta obrera (cuando la mayoría de sus habitantes eran obreros y la queja era el aumento de los alquileres frente a salarios estancados), sino como una protesta de “consumidores”.3 En la misma clave interpretativa, el anarquismo ganaría adeptos no por su capacidad de enfrentar y resolver los problemas del trabajador, sino por haber sido tolerante y receptivo a los problemas étnicos, como quiere Ricardo Falcón. De este modo, cada uno de los historiadores de esta corriente aporta su granito de arena a este gran trabajo de distorsión/dilución de la cuestión de clase.

Una clase obrera madura

Entre los eventos que los historiadores gustan olvidar, pues no coinciden con su visión, encontramos la huelga general de 1902 y la de 1904. Mientras que Estados Unidos consideraba a estas acciones materia para la literatura de ciencia ficción4 en la Argentina ya eran parte de la vida política. Esto es posible por la rápida gestación de la clase obrera argentina.

La Argentina, merced al desarrollo desigual y combinado, experimenta una veloz maduración de las relaciones capitalistas y de los correspondientes regímenes del trabajo: el desarrollo industrial, el salto a la manufactura y luego a la gran industria en la Argentina, insume muchísimo menos tiempo que en los países donde esa evolución se dio por vez primera. La destrucción de las formas artesanales del trabajo es veloz: las mismas no sobreviven a la crisis del noventa. De allí en más, la división del trabajo no hace más que profundizarse. Al mismo tiempo, la mecanización avanza aunque a diferentes ritmos en cada industria. Esa misma rapidez de la transformación involucra del mismo modo a la clase obrera que prontamente es empujada a la vida fabril.

Las primeras huelgas ocurren cerca de 1890 con los primeros pasos de la subsunción formal del trabajo. Es decir, cuando avanza la producción asalariada y disminuye el trabajo por cuenta propia de los artesanos. En esa misma época se dan las primeras transformaciones productivas que van a avanzar en la subsunción real del trabajo. Ésta se completa cuando aparece la gran industria. En ese momento el obrero ya no puede desarrollar su actividad por cuenta propia. Porque la transformación que ha sufrido el proceso productivo vuelve inviable esta opción. Un obrero no posee ni los conocimientos ni los medios técnicos para desarrollar por su cuenta el proceso productivo y competir con las grandes fábricas. Naturalmente, en este momento se terminan de cristalizar las relaciones de clase y las posibilidades de ascenso social se reducen notablemente.

Como dijimos, en la Argentina la gran industria se vuelve dominante en la mayoría de las ramas entre la década del ’20 y del ‘30. Desde entonces, no caben dudas de que, en términos objetivos, nos hallamos frente a una clase obrera madura. Ante esta realidad algunos insisten en negarle entidad a la clase obrera. Otros, como Suriano, se rinden ante el hecho consumado y admiten su existencia desde 1930. Para ellos, la clase pareciera emerger y delimitarse de golpe, de un día para otro. Difícilmente quienes estudian los sectores populares y reniegan de la existencia de tendencias en la historia, podrían explicar la formación de la clase obrera argentina. A lo sumo pueden reconocerla, una vez enfrentados a su forma adulta.


Notas

1 Ver las investigaciones del Grupo de Investigación de los Procesos de Trabajo en www.razonyrevolucion.org

2 Nos referimos aquí a Dona Guy. Estas críticas, como todos los comentarios sobre autores citados en este artículo, se encuentran más desarrolladas en nuestra ponencia en las XX Jornadas de Historia Económica: “Las investigaciones sobre los procesos de trabajo y sus aportes a los estudios sobre los trabajadores” que puede verse en nuestra página web.

3 La conceptualización de la huelga de inquilinos como un movimiento de consumidores pertenece a Juan Suriano.

4 Jack London concibe una huelga general con características catastróficas similares a las de La peste escarlata: toda comunicación se interrumpe, la gente huye de las ciudades desabastecidas hacia el campo, los personajes famélicos disputan entre sí por los alimentos. Mientras los obreros que habían aprovisionado víveres esperan con tranquilidad la rendición de los burgueses. Véase su cuento La huelga general.

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