Frágil como el cristal. La represión a los obreros del vidrio bajo el gobierno de Yrigoyen

aromo55_fragil_industria_vidrioRocío Fernández
Grupo de Investigación de Procesos de Trabajo – CEICS

La democracia y la dictadura suelen presentarse como regímenes antagónicos en la historiografía burguesa. La primera es relacionada como un momento de paz social, donde los derechos y libertades son respetados, mientras que la segunda es concebida como un periodo de violencia y represión. En esta concepción, Yrigoyen es presentado con el padre de la democracia cuyo mandato fue interrumpido por golpe de Uriburu. A su vez, éste último parecería inaugurar la represión violenta al movimiento obrero, interrumpiendo la negociación como método para resolver los conflictos. Sin embargo, la respuesta del gobierno yrigoyenista a la huelga de los obreros del vidrio en 1929 nos lleva a cuestionar el accionar “democrático” de Yrigoyen y la periodización burguesa sobre el uso de la violencia por parte del estado.

 Las condiciones de trabajo

La huelga de la Cristalería Papini, en el barrio de Avellaneda, se inició a mediados de febrero de 1929. El reclamo de los obreros era concreto: se exigía una suba en los salarios y un reglamento de seguridad. Es necesario aclarar que estos dos reclamos se asentaban en un contexto donde la fábrica incrementaba su producción a causa de una elevada demanda. El aumento de las ganancias por parte de la cristalería, no se reflejaba ni en los salarios ni en las condiciones de trabajo. En el establecimiento reinaban pésimas condiciones de higiene y accidentes laborales. Los obreros al trabajar con hornos estaban expuestos a quemaduras y asfixias. El ahogo frecuente se debía a la escasa ventilación de la fábrica. Por otro lado, gran parte de los trabajadores de la rama estaba conformada por mujeres y niños, quienes percibían un salario menor al de un hombre adulto pero sufrían en igual o mayor medida el deterioro de su salud. Los niños, en su mayoría sopladores, padecían el desgaste constante de sus pulmones como consecuencia inmediata de su labor. Asimismo, las mujeres encargadas de lavar los vidrios y de zarandearlos, eran víctimas de heridas profundas.

La huelga, que alcanzó a 700 obreros, traduce no sólo las deplorables condiciones de trabajo sino el carácter mismo de la extrema explotación, al repudiar la contratación de menores y mujeres, con el fin de bajar los costos salariales(1).  El incumplimiento de las diversas disposiciones de la ley laboral 11.317, que regulaba el Régimen del Trabajo de Menores y Mujeres, tenía el visto bueno del Estado. Alberto Barceló, entonces intendente de Avellaneda controlaba la “Delegación Regional y Bolsa de Trabajo” del Departamento Provincial de Trabajo. Barceló y sus colaboradores falsificaban libretas de trabajo para los menores de 14 años y aseguraban empleos para su clientela política(2).  De este modo, la violación de dicha ley era la norma en la fábrica, razón por la cual los menores tenían una jornada mayor a las 6 horas diarias fijadas por el reglamento.

Represión democrática

Un análisis de la huelga demuestra en qué consiste la imagen “democrática” del gobierno yrigoyenista, coherente con la naturaleza de la democracia burguesa. El periódico La Vanguardia denunciaba que el abuso de la empresa era acompañado por la arbitrariedad policial. La policía a través del jefe de depósitos hacia llegar revólveres a los carneros(3).  De esta forma se intentaba sembrar el terror en el interior de la fábrica. En los meses sucesivos la represión rebasó los límites de la amenaza y se convirtió en un hecho concreto. La intimidación llegaba a tal punto que los obreros a menudo eran detenidos en sus propios domicilios.

El movimiento anarquista tuvo un importante protagonismo en el conflicto. Los mismos denunciaban que la empresa contrataba a trabajadores extranjeros -polacos, rusos, checoslovacos y alemanes- para romper con la huelga y acrecentar el número de carneros. Muchos de ellos, según La Vanguardia, vivían en el establecimiento y ayudaban a incrementar los abusos policiales(4).  La policia no sólo detenía a los huelguistas a varias cuadras del establecimiento, sino que en vez de enviarlos a la comisaría los llevaba al interior de la fábrica, donde los torturaba. Los huelguistas consiguieron la solidaridad de los vecinos de Avellaneda y de otros gremios, como el farmacéutico(5).  La huelga se desplegó por fuera de la fábrica, instalándose en el barrio. No obstante, la intransigencia patronal y la represión policial hicieron que el movimiento huelguístico se diluyera.

La realidad de la democracia burguesa

La violencia expresada bajo la forma de tortura es asociada habitualmente con los gobiernos dictatoriales. Esta relación, incrustada en el sentido común, es reproducida por la historiográfica burguesa. Con el gobierno de Yrigoyen se intenta una maniobra similar a la que se realiza con el último gobierno de Perón. Para la década de 1970 se pretende fechar el inicio de la violencia estatal en el ’76 y salvar así la imagen del gobierno “democrático”. De la misma manera, se presenta al “padre de la democracia” en contraposición a los gobiernos oligárquicos anteriores y las dictaduras posteriores, que habrían inaugurado la represión.

La dura represión ejercida sobre los huelguistas de la cristalería desenmascara la ficción democrática y demuestra lo que el estado burgués verdaderamente es: un instrumento de dominación, ya sea con apariencia democrática o no. Allí se utilizaron métodos represivos dignos de las más cruentas dictaduras y quedó evidenciado el servicio que el estado brinda a la burguesía. La violencia es uno de los recursos que emplea el Estado para asegurar la estabilidad del sistema. Por eso, lo ocurrido en la huelga del ’29 no es un acontecimiento aislado, sino una muestra de esta lógica.

Cuando la historiográfica burguesa (sea la “académica”, como Luis Alberto Romero, o la “popular”, como Felipe Pigna) oculta y silencia los hechos que revelan los instrumentos de opresión político y social en gobiernos “democráticos”, se constituye en la defensa de dogmas y prejuicios. La ausencia de un análisis verdaderamente científico nos devuelve la imagen distorsionada, cual cristal roto de los procesos históricos.

NOTAS:

(1) La Vanguardia, 1/3/1929.
(2) Angélico, Héctor y Forni, Pablo: “Pulmones y vidrio. Organización del trabajo y conflicto laboral en 1929”, en Ciclos, Año III, Vol. III, Nº5, 2do semestre de 1993.
(3) La Vanguardia, 12/3/1929.
(4) Ídem
(5) Ídem, 26/3/1929.

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