Flavio y Aníbal. El debate entre el PTS y el PO sobre la unificación partidaria

EduardoEduardo Sartelli
Director de Razón y Revolución

“Y ambos somos denunciados por ‘reformistas’, ‘lastimeros’ y ‘electoreros’ por parte del francotirador Sartelli”
Pablo Rieznik

Como nota casi final al debate con el PTS, Pablo Rieznik alude a mi persona con la frase del encabezado, de una manera completamente descolgada y fuera de lugar, además de mentirosa. Nunca dijimos que ambos partidos eran tal cosa, sino que la campaña había sido, efectivamente, reformista, lastimera y electorera1. Pablo no necesita que le explique qué opino sobre ambos partidos. De modo que la cuestión solo tiene dos explicaciones posibles: o quiere que el lector piense que es el único serio en medio de un cambalache o bien me chucea para que entre en el debate, a sabiendas de que voy a intervenir a su favor. Ni por una ni por otra, el estado de la contienda merece que quien disparó el asunto trate de echar luz a fin de evitar que todo termine como pelea de divas de televisión.

La interpretación del Argentinazo y otras cuestiones sin importancia

La codificación del sentido de esas jornadas encierra no sólo la posibilidad de señalar probos y réprobos, sino que esconde el problema fundamental de la estrategia revolucionaria en la Argentina. Cuando Cristian señala que la clase obrera no participó del Argentinazo, pretende, simplemente, esconder que el PTS se perdió la posibilidad de ejercer allí un papel dirigente. Es cierto todo lo que señala Pablo sobre el lugar del proletariado en ese proceso. No es cierto que el PTS no haya tenido un papel revolucionario en él: Zanón y Brukman son testimonio de lo contrario. El problema es que para el PTS los desocupados no son obreros, algo que se le escapaba en aquella época cada vez que llamaba a la unidad de acción de “los obreros y los desocupados”, pero no se anima a expresarlo abiertamente. Como no entiende la dimensión real del fenómeno de la desocupación, no es capaz de ver su esencia como población sobrante y, por lo tanto, no puede entender que el rol de los desocupados en la Argentina actual no es, como dijimos en el prólogo a nuestra edición de Historia de la revolución rusa, “anecdótico”. El que una masa enorme de renta haya venido a recrear la desocupación latente bajo la forma de empleo estatal, planes sociales, seudo empresas, de fracciones inviables de capital “nacional”, etc., etc., es decir, millones de obreros que apenas baje el precio de la soja van a la calle, como ya sucedió en el 2009, no puede hacer que olvidemos que esa capa de la clase obrera argentina llegó para quedarse y ser protagonista.

El PTS procedió frente a ella en forma dogmática, sectaria e inconsecuente. Dogmática, porque en lugar de observar en la realidad concreta qué capas y fracciones de la clase obrera actúan objetivamente como vanguardia, determina, a partir de la lectura de los padres de la Iglesia, que serán los “grandes batallones de la clase obrera industrial” los destinados a la dirección del conjunto. Cuando se le hace saber que tales “grandes batallones” no existen en la Argentina, donde la masa del empleo en las fábricas más importantes, según cálculos del propio PTS, no supera los 500 mil obreros, a un promedio de 500 por establecimiento2, obtenemos otro recitado de la Biblia. Sectaria, porque habiendo logrado hacer pie en la clase obrera del momento, incluso en experiencias importantes como las ya señaladas, combatió a la Asamblea Nacional de Trabajadores, que en ese momento nucleaba a casi toda la izquierda que luchaba, en nombre de agrupamientos minúsculos dirigidos por el PTS. Prefirió ser cabeza de ratón en lugar de cola de león. Metáfora que no refleja la dinámica propia de los procesos sociales: con Brukman y Zanón en su mano, tenía enormes posibilidades de luchar por la cabeza de la ANT. No se animó porque le tiene miedo al Partido Obrero. Inconsecuente, porque en realidad los obreros de las fábricas recuperadas son simples desocupados que evitaron el vaciamiento final. Un obrero “ocupado” no es aquel que está “haciendo algo”, sino el “ocupado” por el capital. Si el PTS hubiera tomado la Ford en pleno funcionamiento podríamos hablar aunque sea de los “medianos” batallones de la clase obrera. El partido de Castillo, simplemente, organizó a una variante de la población sobrante, que se expresó como “fábricas ocupadas”. Nunca tuvo la dirección de ningún verdadero “batallón” industrial. De allí lo mezquino de su actitud, que dividía a la vanguardia y le impedía al propio PTS crecer, porque no respondía a otra fracción de la clase obrera con otras necesidades políticas, sino a una variante de la misma capa. En lugar de ser orgánica, su política era puramente anecdótica.

El PO, por el contrario, acertó la línea en la etapa, bien que después que el proceso había avanzado de la mano de otros, como el PCR, protagonista ausente en la queja de Pablo en relación al vaciamiento del proceso histórico por Cristian. El PO llega a posiciones correctas a fuerza de empirismo y pragmatismo, no de un análisis científico de la realidad. Por eso lo vemos pegar giros de 180º sin reconocer jamás que se equivocó: entró a las últimas elecciones con la idea de no hacer concesiones al voto democrático; a mitad de camino cambió de caballo y se convirtió en su paladín más acérrimo; un mes después, la conciencia inexistente reaparece milagrosamente de la mano del ascenso del clasismo, como titula uno de los últimos números de Prensa Obrera. A veces, apenas alcanza a formular un saludo a la bandera, como en el conflicto del campo del 2008. En el fondo, ambos partidos carecen de una evaluación seria de las condiciones de la revolución en la Argentina, desconocen su historia y se limitan a recitar libreto viejo, desde Trotsky a Milcíades Peña. Ambos partidos están formados por dirigentes abnegados, por una masa militante consecuente y por una historia que no excluye ni la lucha heroica ni la inteligencia táctica. Simplemente, el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo: el PO tiene más experiencia, esa experiencia lo hace más dúctil y esa mayor ductilidad ha limado fuertemente las aristas del dogmatismo, pero en esencia no razona diferente del PTS.

La respuesta de Maiello es un ejemplo típico de los amasijos “teóricos” del PTS, que conjugan el juego de la copa con Trotsky y un conjunto de datos sueltos3. En este caso, por ejemplo, pretenden dar la impresión de que su “agrupamiento internacional” dirige la revolución mundial. Su defensa de la ausencia de la clase obrera en el Argentinazo es un canto de amor a la ignorancia pura, encubierta en la excusa de que la CCC y la FTV no estuvieron en la lucha del 20/12, como si eso fuera todo el movimiento piquetero o todo el Argentinazo. Que al proceso le faltara un partido revolucionario es una obviedad que no le quita su sentido. El proceso no se detuvo por su falta de energía o por las limitaciones del movimiento piquetero, sino porque la burguesía encontró una salida apoyada en la recuperación de la renta. Pero el problema de fondo para el PTS y sus grandes batallones es explicar por qué esos guerreros privilegiados estuvieron completamente ausentes de la lucha. Salvo que pretenda hacernos creer que era posible dirigir la revolución nacional a partir del Sindicato ceramista, con el simple expediente de hacer asambleas. Dejamos de lado que si el Argentinazo no es una insurrección con contenido y presencia obrera porque no destruyó al aparato del PJ y la policía duhaldista, vale decir que no sólo el Cordobazo sino nada de lo que ocurrió en los ’70 tuvo carácter insurreccional, porque ni la policía, ni el ejército ni el aparato peronista fue destruido. Es más: una parte de ese aparato participó del Cordobazo e incluso de la huelga general de junio-julio del ’75. Lo que el PTS debiera explicar es por qué su método revolucionario no dio mejores resultados, sobre todo por qué no impidió la cooptación que todo el movimiento de fábricas ocupadas sufrió, igual que el de las organizaciones de desocupados. O por qué sus “grandes batallones” fueron el principal sostén del menemismo ayer y del kirchnerismo hoy. El PTS desvaloriza la actuación del movimiento piquetero para ocultar que lo que reivindica tiene menor valor todavía. De todos modos, como reza el título de este acápite, para lo que se está discutiendo, la posibilidad de un proceso de unificación de la izquierda revolucionaria, esta problemática no tiene importancia. El núcleo del asunto es otro.

El problema real

El problema no es el programa. Ambos se declaran trotskistas, defienden el Programa de transición tal como se formuló originalmente, con la inclusión de campesinos y todo, tienen las mismas consignas generales, etc., etc. Ninguno de los dos habla de construir un ejército sino de fomentar la insurrección proletaria, ergo, tienen la misma estrategia. Tampoco es el núcleo de la divergencia la caracterización de la etapa, porque el PO se adapta a cualquier cosa, desde proclamar que la revolución está a la orden del día desde Lenin para acá, hasta hacer una campaña electoral donde no menciona una sola vez la palabra “socialismo”. Ni siquiera es, más allá de los chisporroteos verbales, una diferencia de orden táctico, toda vez que cuando los desocupados se mueven, como asambleas de desocupados o como fábricas ocupadas, justificándolo de modo diverso, ambos están allí, igual que están hoy en las comisiones internas de las fábricas combativas. ¿Cuál es la diferencia importante, entonces? Ninguna. No hay ninguna diferencia real que no pueda contenerse en el seno de la misma organización, algo que incluye a Izquierda Socialista, que ha hecho mutis por el foro, aprovechando el griterío de los otros.

El problema real es la escasa presencia de la clase obrera en todos los agrupamientos de la izquierda revolucionaria. Esa mínima presencia, que comparada con la de los ’90 representa, sin embargo, un salto cualitativo, es la que no genera la presión suficiente para romper con el autismo propio de organizaciones que se referencian a sí mismas. Que esto es así lo muestra ese fabuloso proceso de unificación organizativa que se construyó en torno a la ANT a poco que el proletariado argentino dio muestras de voluntad política. Que no haya avanzado más no es el problema. El problema es que no hayamos aprendido nada de ello. Que la “guerra” trotskista no tiene ningún sustento se comprueba con la facilidad con la que abandonaron toda consideración estratégica gracias a Aníbal Fernández, es decir, al 1,5%. En estas condiciones, ninguna agrupación quiere la unidad. El PO porque cree que tarde o temprano se las tragará a todas y, como patrón de gallinero, se cree dueño de todas las gallinas. El PTS porque tiene miedo a su absorción por el PO. Izquierda Socialista porque teme ser fagocitado por cualquiera que pase cerca. Ese es todo el asunto.

Esa es la razón por la cual propusimos la formación de un partido con tres fracciones, de manera que cada fuerza conservara su estructura y confluyera en una dirección general. Al mismo tiempo, la existencia de tendencias y grupos con cierta autonomía permitiría la confluencia de la miríada de organizaciones desparramadas por la geografía patria. Se puede pensar que una estructura así no suelda monolíticamente posiciones, pero eso no sucede nunca. En todo partido hay tendencias y fracciones de hecho, se expresen o no y eso no los debilita necesariamente.

El P(atoterismo) O(brero)

En el debate, el PO aparece proponiendo y el PTS esquivando, de donde parece deducirse que el primero tiene mayor voluntad unitaria. Pero es simplemente la bravata de quien se siente más fuerte. Cuando lo observamos en la acción, el Partido Obrero no sólo no muestra ninguna intención unitaria, sino que la boicotea. El FIT queda reducido así a la función de logo con “pegada” publicitaria, como en su momento “Izquierda Unida”, pero no expresa ninguna unidad real. Un ejemplo es el funcionamiento de la Asamblea de Intelectuales del FIT, probablemente uno de los pocos ámbitos, si no el único, de trabajo común que quedó tras las elecciones.

En las últimas reuniones se retomó nuestra propuesta de organizar una revista del Frente. Propusimos un tipo de publicación dedicada al debate interno de la izquierda, que es el problema que enfrentamos hoy. Se contrapropuso una de carácter general. Acatamos. Propusimos un artículo sobre el Argentinazo y la izquierda hoy y ahí se pudrió todo. Pablo Rieznik reivindicó para el PO el derecho a veto sobre el texto, sostuvo que RyR no debía estar en el comité editorial (conformado por los tres partidos más un pequeño grupo inorgánico y los “independientes” de siempre) y de hecho planteó nuestra expulsión de la asamblea. Surgió allí el debate sobre quiénes podían formar parte de la asamblea. Según Pablo Aníbal, los que estuvieran de acuerdo con el programa del FIT, los que acordaran con la campaña electoral realizada y los que reivindicaran en el mismo sentido la evaluación del resultado de las elecciones. Es más, públicamente le reprochó al PTS no haber rosqueado previamente la asamblea, a lo que el propio Maiello, adalid del asambleísmo puro anti-burocrático allí presente, no respondió indignado porque se lo deschavara en semejante falta…

Poco después, Hernán Díaz, un supuesto “independiente” de la asamblea, extremó los planteos del PO, con el argumento de que RyR no coincidía con la asamblea, dejándonos afuera y extendiendo el derecho a veto automático a todo el comité editorial. A lo que tuve que responderle que el PO arma un frente con el criterio de que todo aquel que no comparta con él hasta las cuestiones más pedestres está afuera. Para asegurarse de que nada salga sin su beneplácito se arroga lo que ni el Estado burgués es capaz de declarar, el derecho a la censura previa y al veto de lo que no le guste. Según Rieznik, para formar parte del FIT hay que compartir no sólo el programa, cosa que es lógica, sino cualquier actitud menor y coyuntural, como el contenido de una campaña electoral y el balance de las elecciones. A este paso, en cualquier momento van a exigir el derecho de pernada y otras cosas que no quiero mencionar para no darles ideas… El FIT es una unidad amplia que se basa en las diferencias (eso es un frente) y no un partido. Si eso piden para formar un frente, qué pedirán para la tan mentada discusión de unidad partidaria… Baste recordar que el Partido Bolchevique reunía en su seno a personalidades y tendencias tan distintas como Trotsky, Bujarin y Lenin, para darse cuenta de la estrechez de miras del PO y de la violencia del planteo.

Más allá del divismo

Cuando se examina el programa que los tres agrupamientos fundamentales de la izquierda revolucionaria argentina reivindican hasta en sus partes más anacrónicas, el Programa de Transición, queda más claro cómo el partido de la revolución se fragmenta entre los diferentes componentes de la fuerza social que debiera tratar de soldar. Doy a continuación un pequeño ejemplo del análisis que pensaba hacer para el primer número de esa revista de la cual Rieznik quiere expulsarnos y que, gracias a su “vocación” unitaria tal vez no salga nunca. Si se recuerda la actuación de cada uno de los partidos, se verá que cada uno de ellos esquivó una demanda fundamental del programa:

“Todas las fracciones del proletariado, todas sus capas, profesiones y grupos deben ser arrastrados al movimiento revolucionario.”

En lugar de concebir esta tarea común como una acción, precisamente, común, los tres se dedicaron a organizar lo que imaginaban fracciones diferentes: los desocupados (PO), los obreros industriales en activo (PTS) y las capas profesionales lindantes con la pequeña burguesía que se expresaba en las asambleas (IS, entonces MST). Dejando de lado que, detrás de lo fenoménico, se encontraba la misma capa del proletariado, la población sobrante, el hecho de que cada uno le enrostrara al resto la representación del “verdadero” alma de la revolución, mostraba que estaban en una etapa atrasada de construcción del partido, más preocupados por sí mismos que por cumplir con el programa. Dicho cumplimiento ponía sobre la mesa en ese momento mismo la unidad del trotskismo. Su unidad hubiera colaborado en la unidad del conjunto del movimiento (desocupados, fábricas ocupadas, asambleas) y hubiera evitado muchos espectáculos bochornosos de peleas que no tenían sustancia real. Habríamos salido de esa etapa con autoridad moral y política y una fuerza material notable y seríamos hoy el partido del proletariado. No se hubiera evitado la cooptación por la burguesía y el kirchnerismo de amplias capas de los protagonistas del Argentinazo, pero sí habríamos salido del proceso con un tamaño que permitiría hoy expectativas muy superiores al 1,5%.

Como sucede con los jurados de Showmatch, la discusión planteada entre los agrupamientos trotskistas argentinos no tiene mayor sustancia. En los ’90, el enfrentamiento MAS (MST)-PO tenía mucho más contenido, en tanto implicaba una batalla contra el democratismo. Hoy no tiene sentido porque esa acusación no le cabe ni a IS. Los tres agrupamientos lloran por la ausencia de un partido revolucionario para conducir la crisis que se viene, del “modelo”, del mundo, del universo. Sin embargo, teniendo en la mano la posibilidad de dar un paso adelante gigantesco, de crear, por primera vez en tres décadas, un evento político de magnitud inusual, que conmovería a buena parte del sistema político argentino, prefieren hacer una payasada. Se niegan, entonces, a ser vanguardia, a estar un paso adelante del proletariado al que quieren conducir y que puede llegar a repudiarlos por llegar tarde a la cita. Los llamamos a ponerle fecha ya a una gran jornada nacional de debate sobre la unificación partidaria y reiteramos nuestra propuesta: un partido, tres fracciones, varias tendencias, muchas corrientes de opinión.

NOTAS

1 Los artículos de Pablo Rieznik a los que aludimos son “La izquierda frente a la Argentina kirchnerista”, en Prensa Obrera 1201, del 3/11/11 y “Para que el Frente de Izquierda progrese, ¿cómo debatimos?”, en Prensa Obrera 1205, del 1/12/11.
2 Véase nuestra respuesta a “Un mal prólogo para el mejor libro de historia”, de Eduardo Castilla y Johnatan Ros, publicado en Lucha de clases, nº 8, junio de 2008, en “Estrategia revolucionaria y religión. Una respuesta al PTS”, en El Aromo, nº 43, 2008.
3 Aludimos a “Algo más que un posible ‘error de imprenta’. Sobre programa y estrategia”, de Matías Maiello, en el blog de debate del IPS.

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