Fantasías desarrollistas – Jonathan Bastida Bellot

todoesposible2Fantasías desarrollistas. El mini Davos y la ilusión de la inversión extranjera

 

El Gobierno organizó un evento con empresarios extranjeros, luego del cual prometió una “lluvia de inversiones”. El foro mostró tanto la necesidad de los capitalistas locales de buscar socios externos para mantener la acumulación en marcha, como los problemas estructurales del capitalismo en Argentina para superar sus límites históricos. Un conjunto de fantasías desmentidas por el desarrollo histórico de nuestro país.

Jonathan Bastida Bellot

OME-CEICS


Entre el 13 y 14 de septiembre, se desarrolló en Buenos Aires lo que se bautizó como “mini Davos”; aunque el nombre oficial fue “Argentina Business & Investment Forum”. Organizado por el Gobierno, convocó a  unos 800 empresarios de 65 países y a 800 responsables de compañías nacionales y extranjeras, algunas de las cuales ya operan en el país. Entre ellos, Muhtar Kent (Coca-Cola), Robert Dudley (British Petroleum), Gonzalo Ramírez Martiarena (Louis Dreyfus), Martín Marrón (JP Morgan), Paolo Rocca (Techint) y directivos de IBM y Toyota, es decir, grandes capitales a nivel mundial, algunos de los cuales ya acumulan en la Argentina. ¿El objetivo? Captar inversión para traer dólares.

La magnitud de las empresas y la presencia de directivos de cierto peso estimularon el optimismo del Gobierno. A tal punto que Juan Procaccini (presidente de la Agencia Argentina de Inversiones y Comercio Internacional y responsable del Foro) lo calificó como “exitoso”. Afirmó que Argentina presentaba oportunidades de inversión por 175 mil millones de dólares. El propio Ministerio de Hacienda anuncia en el sitio web que para 2016-2019 ya hay comprometidas inversiones por 53 mil millones, de empresas locales y extranjeras.1

De todas formas, según el balance del encuentro, los resultados no parecen ni tan exorbitantes ni tan inmediatos. Los anuncios efectivos totalizan 8.219 millones de dólares, con plazos de hasta 10 años (como Siemens), el 4,7% de lo que se esperaba, concentradas en industria manufacturera (un cuarto) y minas y canteras (20%).

Por su parte, la izquierda se pronunció en contra del evento. El PTS dijo que se ponía en remate el país, agitando sus clásicas consignas nacionalistas.2 El Partido Obrero considera que (contra lo que sostiene el oficialismo) el evento habilitaría una eventual fuga de capitales.3 De esta forma, la izquierda argentina vuelve a caer en preocupaciones típicas del nacionalismo burgués. En realidad, el foro responde a los intereses del capital local, en la búsqueda de socios más grandes para hacer negocios. Los inconvenientes que aduce la izquierda no tienen que ver con la participación del capital extranjero, sino con los límites históricos de la acumulación en Argentina y su imposibilidad de alcanzar la competitividad media en el mercado mundial.

Parcialmente nublado

La Argentina es un capitalismo chico. Es decir, la acumulación de capital tiene una base estrecha, limitada por el tamaño de su mercado interno, insuficiente para alcanzar las escalas productivas medias a nivel internacional y, con ello, costos competitivos. El resultado es el atraso constante de la productividad del trabajo local. En consecuencia, los capitales que acumulan en la plaza doméstica, ineficientes en términos mundiales, precisan compensaciones para esconder los efectos de este retraso. En unos momentos, la renta de la tierra, en otros el endeudamiento externo, generaban las divisas que permitían su reproducción. Acompañando esos mecanismos, y pasando a un primer lugar en momentos en que estos declinaban, aparecían otras artimañas como la devaluación (el abaratamiento del trabajo local) y la inflación (caída del salario). Otro recurso en este sentido, propulsado por diferentes gobiernos, fue la mejora de las condiciones generales de competitividad (básicamente infraestructura: caminos, comunicaciones, puertos) y el incremento de la escala productiva, para lo cual se convocó en diferentes instancias al capital extranjero. Esta fue una de las estrategias centrales de gobiernos asociados con los capitales más concentrados a nivel interno (Frondizi, Onganía, Videla, Menem), que para sortear las sucesivas crisis de acumulación, buscaban regenerar las condiciones generales incentivando a los capitales más grandes.

Bajo el kirchnerismo, los ingresos de las exportaciones agrarias en un contexto de altos precios de las commodities y el aumento de la tasa de explotación a la salida de la Convertibilidad, traccionaron al capital industrial dando aire incluso a empresarios nacionales. Aun así, a pesar del discurso del gobierno contra los monopolios y los sectores concentrados, el peso del capital extranjero en la estructura empresaria argentina no se redujo, sino que se amplió. Según la encuesta de Grandes Empresas del INDEC (sobre las 500 que más facturan en Argentina) las nacionales, en ese ránking, pasaron de un promedio de 44%, durante la Convertibilidad, a un 33% en el lapso 2003-2013. Todos se beneficiaron del esquema de transferencias vía renta: protección del mercado interno, subsidios directos (créditos, planes de fomento, pago de salarios vía Repro) e indirectos (tarifas de energía planchadas), entre otras. No obstante, en los últimos años la capacidad de la renta de la tierra para sostener la acumulación comenzó a mermar. Ello fue provocado en gran medida por la caída de los precios de los commodities, que disminuyó la cantidad de recursos que el Estado tiene a disposición. Las dificultades se manifestaron en el saldo negativo de la balanza comercial por primera vez desde 1999 y un aumento del déficit fiscal. La situación llevó a un incremento del endeudamiento público, motorizado en estos años por la emisión interna. A fines de 2015, se ubicó en el rango de los 227 mil millones de dólares en términos nominales, 74 mil millones más que al asumir Néstor Kirchner en 2003.

En la búsqueda de dólares, el Gobierno asumió la vía del endeudamiento externo, destrabado el conflicto con los hold-outs. En el primer trimestre, según el INDEC, el sector público no financiero logró tomar deuda por 1.433 millones de dólares. Aunque la formación de activos externos superó los 3.300 millones de dólares, convirtiéndose en el trimestre de mayor salida de capitales desde la crisis de 2009. 4 El problema se plantea de cara al 2017, donde el gobierno busca caja para sostener el déficit fiscal ante otro año que se vislumbra con dificultades económicas. Esta situación también explica la decisión de postergar la reducción de retenciones a las exportaciones de soja hasta 2018, cuando durante la campaña había prometido reducir anualmente un 5% de los impuestos a la exportación de dicho producto. En ese punto, ciertos sectores de la burguesía agraria ya manifestaron su descontento. Es el caso de CRA, cuyo titular (Dardo Chiesa) remarcó que “hay otros sectores de la economía que nunca aportan y siempre se mira al campo como un lugar donde manotear cuando falta plata”.5

Otro recurso para conseguir dólares es la inversión extranjera directa (IED). Para este fin se organizó la cumbre, con el objeto de asegurar la “lluvia” de inversiones que, en el plan económico del Gobierno, permitirá en el mediano plazo que las inversiones privadas ingresen divisas, equilibren la cuenta de capital y, sobre todo, incrementen la productividad de la industria argentina. Para comprender los límites de esta estrategia, repasemos el papel del capital extranjero desde los ’90.

Chubascos previos

En la década del ’90, se dio un brusco crecimiento de la IED. Entre 1992 y 2000, los flujos llegaron a 8.253 millones de dólares anuales promedio con un pico de 24.000 millones en 1999, debido a la privatización de YPF. A nivel mundial, la Argentina fue el cuarto país en el ránking de receptores de IED entre los “en desarrollo” (luego de China, Brasil y México), mostrando que no fue un fenómeno exclusivo de la Argentina. La tendencia fue apuntalada por una serie de medidas que acentuaron la apertura y estabilizaron el tipo de cambio sobrevaluado, y la igualdad jurídica en el tratamiento para el capital nacional e internacional, todo lo cual presentaba un esquema atractivo para el inversor externo.6 Se asentó en todas las actividades económicas, incluidos los servicios públicos, donde se privilegió a operadores externos y brindando la posibilidad de adquirir activos por mecanismos de capitalización de la deuda externa (utilizado asiduamente en los ’80). Hasta 1993, el flujo de IED provino en mayor medida de esa fuente. A partir de ese año, las fusiones y adquisiciones de empresas privadas se constituyeron como ítem principal en el ingreso de IED, y en menor medida los proyectos de inversión y ampliación de los ya existentes. Es decir, la compra de paquetes accionarios por parte de capital extranjero, que continuó en la primera década del siglo XXI (Pérez Companc, Acindar, Loma Negra, Quilmes, entre otras).

A mediados de la década, el sector servicios dejó de liderar el flujo, que pasó a concentrarse en petróleo y en el resto de la industria. Entre 1992-2004, petróleo acumuló el 34%, mientras que un 23% se dirigió a otros sectores industriales. Los servicios (electricidad, gas y agua, transporte y comunicaciones) acapararon un 11% del total. Dentro de la manufactura, se destacaron los sectores de alimentos, bebidas y tabaco, la industria química, caucho, plásticos, y equipo de transporte.

Luego de la Convertibilidad, se canalizó en su mayor parte hacia la industria manufacturera, que absorbió un 42%, ante el 32% de servicios y 26% explotación de minas y canteras. Si bien el monto disminuyó, la baja salarial y el aumento de la tasa de explotación estimularon ciertas inversiones. El sector petrolero, por su parte, mantuvo una tendencia al incremento de la producción, y con los problemas económicos internos, desde 1998 se incrementaron los saldos exportables, atrayendo mayores inversiones. La minería también dio un salto a partir de nuevos emprendimientos y un tratamiento impositivo favorable. Aunque el verdadero salto se produjo en 2007. Ello provocó que el promedio del período 2003-2014 fuera de 8.121 millones anuales de IED, en gran medida como reinversión de utilidades (48%) y aportes de capital (37%). Buena parte se concentró en la industria automotriz, dominado íntegramente por el capital extranjero en el sector terminal y con cierto peso de multinacionales en el autopartismo, que alcanzó en 2011 el récord de producción con 828 mil unidades.

El caso de la automotriz es ilustrativo de la tendencia. Durante la Convertibilidad, la IED alcanzó el máximo en 1997, con 1.082 millones de dólares, lo que se reflejó al año siguiente en la producción récord de 446.306 unidades, cuatro veces más que en 1990. La productividad aumentó considerablemente: de 5,7 vehículos por obrero ocupado se pasó a 20 en 1998. En 1990 se utilizaban 208 horas de trabajo para fabricar un automóvil. En 1999, apenas 72 horas. Esta situación se repitió en la mayor parte de las ramas: según datos oficiales, y si bien algunas resintieron su actividad (como la textil) la productividad general aumentó 30% entre 1994 y 2001, con incrementos mayores en alimentos y bebidas, papel, caucho y plástico, y automotriz; sectores con relevante participación extranjera.

En el período posterior, bajo la “década ganada”, la situación fue similar. Tomando otra vez como ejemplo la automotriz, la producción se expandió hasta superar las 800.000 unidades en 2011. El pico de IED se dio en 2008, con 1.394 millones de dólares. Hoy 11 terminales internacionales fabrican vehículos en el país. A nivel general, de nuevo la productividad física, medida en producto por hora, experimenta un movimiento ascendente: entre 2002 y 2012, se incrementó un 60%, con picos en casos como alimentos y bebidas o industria del cuero en más del 100%. En automotriz, se alcanzaron los 23 vehículos por obrero ocupado, y en horas por vehículo se registró una disminución del 25% en relación al mejor año de la década previa pasando de 72 a 53 horas. En otras ramas con presencia extranjera, la situación fue similar. No por obvio deja de ser remarcable esta cuestión: el capital extranjero viene a la Argentina para instalarse y valorizarse. Empresas foráneas invirtieron y fueron responsables del incremento de la producción, de la productividad y la modernización de la estructura. Cabe aclarar también que esto fue así mientras obtuvo rentabilidad. O sea, mientras se contó con recursos desde el Estado para sostener la acumulación. Por ejemplo, vía los dólares de la renta. Cuando este ingreso se achicó para subsidiar a toda la estructura y aparecieron restricciones como el cepo cambiario, a pesar de la palanca de la emisión, la inversión externa se retrajo. En la automotriz, luego de 2012 cuando se alcanzó el récord, la IED disminuyó a niveles de 2004.

Sin precipitaciones

El capital extranjero se asienta en ramas claves de la industria, aumentando la productividad. Si bien se dirige a diversos sectores, en las ramas más concentradas domina la estructura productiva, como en automotriz y en otros ramos de la industria extractiva (minería) y básica (química, plásticos, laboratorios, caucho, siderurgia) o rubros de la alimenticia que precisan una inversión inicial elevada. Al contrario de lo que plantean las teorías nacionalistas, no estrangula al empresario nativo, sino que es la propia burguesía nacional la que llama a viva voz a los extranjeros, buscando socios de mayor tamaño que desarrollen actividades y les permitan picotear en el negocio. Otra vez, el caso del sector automotriz es claro: no hay capitales locales en condiciones de desembolsar lo suficiente para montar una planta en el sector terminal, ya sea por su magnitud o por la falta de una estructura internacional como tienen las grandes automotrices. Pero todos los sectores asociados, como el autopartismo, la cadena de comercialización, y otros, precisan de este factor para participar de la ganancia del sector. Esto evidencia la inutilidad de la burguesía de origen local.

Pero el capital extranjero no está interesado en avanzar en ese proceso de modernización más allá de los límites del capitalismo argentino. No por alguna “malevolencia” particular, sino porque la Argentina no ofrece oportunidades mejores. A pesar de su apariencia de “gran capital”, asociado en el discurso nacionalista a los monopolios, los capitales extranjeros operan en la Argentina al modo de “pymes”. Su acción se restringe, salvo contadas excepciones, a un mercado interno chico, imposibilitado, en consecuencia, de alcanzar la productividad media mundial y de competir. Valorizan un capital obsoleto a escala mundial, pero competitivo a escala interna. Un ejemplo es Coca-Cola, que tiene en Argentina un mercado apenas como el venezolano, donde vende un 13% de lo que comercializa en México o un 33% de lo que se distribuye en Brasil. Por eso aquí tiene una capacidad instalada para producir 328 millones de cajas anuales contra los 2.786 millones en México o los 1.228 millones en Brasil. Lo mismo ocurre en el sector automotriz: la planta de Toyota en el país produjo 76.000 unidades en 2015, mientras que en una sola planta en Canadá llegó a 591.000 y en Tailandia a 626.000. En Japón, 5 de las 7 plantas de firma de la T superan las 300.000 unidades anuales. O la General Motors, que fabricó en Argentina 86.931 vehículos durante 2014, lejos de los 2,1 millones en los EEUU o de los 3,5 millones en China. A nivel mundial, la Argentina no pasa de representar entre el 0,7 y 1% de la producción del sector. Esta situación se refleja en la productividad: mientras la automotriz argentina se ubicaba en torno a las 50 horas por auto en 2013, para 2008 las norteamericanas más eficientes utilizaban solo entre 13 y 18 horas.7

Parole, parole, parole…

El mini Davos se organizó para “seducir” a capitales extranjeros. En el ideario del macrismo, la inversión privada logrará sacar al país de la recesión, a partir de regenerar las condiciones de acumulación, insertando a la Argentina en la senda del desarrollo. Por eso, la convocatoria y la promesa de planes de infraestructura, reducción de la presión impositiva y baja salarial, como prendas de cambio. No obstante, aun con más incentivos que en los ’90, el capital extranjero no ha hecho más que reproducir la ineficiencia internacional de la industria argentina. El problema es de la burguesía en su conjunto, que bajo estas condiciones nos condena a reproducir una estructura obsoleta a costa de la masa de la población.

Notas

1Ministerio de Hacienda, https://goo.gl/ahxsME.

2LID, 13/9/2016, en https://goo.gl/rrgfHz.

3Prensa Obrera, 15/9/2016, en https://goo.gl/yS3PlW.

4Información del Balance Monetario, Banco Central, julio 2016.

5Informe Digital, 10/10/2016, en  https://goo.gl/jT5RCH y CBA24, 5/10/2016, en https://goo.gl/jc5uOl.

6Datos de La inversión extranjera en América Latina y el Caribe, CEPAL, 2004.

7Motortrend, 2008, en base a The Harbour Report, https://goo.gl/Ex8NyA.

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