Estrategia revolucionaria y religión

Eduardo Sartelli

Director del CEICS

Distinguía Gramsci entre la crítica pequeña, mezquina, que no iba a lo sustancial y la crítica real, aquella que expresa la superación del problema planteado por el adversario. Creo que los compañeros del PTS, además de estudiar un poco más y escribir un poco menos, debieran tenerlo en cuenta. Se expondrían menos al ridículo y colaborarían más a la discusión seria (científica) de la realidad que debemos transformar. Vamos a tratar, en esta respuesta, de hacer honor a nuestras palabras, dejando de lado las chicanas inútiles y yendo al núcleo de los problemas (mal) planteados en la reseña crítica.1 En el artículo en el que se cuestiona mis planteos sobre la naturaleza de la estrategia revolucionaria en la Argentina, se encuentran, superficialmente tratados, los siguientes problemas: 1) la relación de los revolucionarios actuales con la tradición revolucionaria; 2) el pensamiento y la acción; 3) la estructura de clases de la sociedad argentina. Veamos uno por uno.

1.El mundo no empezó con nosotros (que no somos perfectos, por supuesto)

Toda nueva generación debe sacudirse, de sus espaldas, el peso de la tradición. No será una generación creativa, si no lo hace. Marx se sacudió a los socialistas utópicos. La Comuna de París, al ’48; Lenin, a la Segunda Internacional. De modo tal que resulta saludable que un desconocido militante, joven e inexperto, tenga el atrevimiento de decir cosas tales como que Mao y Fidel no fueron revolucionarios honestos y abnegados, que lo que hicieron no salió de sus cabezas sino de la casualidad y que los resultados políticos a los que llegaron eran contrarios a su voluntad, pura expresión de las circunstancias, que contradecían sus verdaderos deseos. Pero, si lo que queremos no es la simple negación sino la superación de un estado de cosas, es decir, conservando aquello que se deba conservar, esa actitud no sirve. La iconoclasia por sí misma no tiene gran valor, salvo que todo nuestro horizonte teórico sea CQC o Cappusotto. El mundo no empezó con nosotros. Es más: otros han tenido éxito sin nosotros. Ese es el criterio que debe tenerse cuando se discute con otras tradiciones revolucionarias. Mao y Fidel fueron auténticos revolucionarios y la china y la cubana fueron auténticas revoluciones socialistas. Quien niega esta realidad histórica se deja llevar por un estrecho y mezquino criterio de partido. Creer que alguien escapa veinte años a las balas y recorre todo China arriando campesinos para una revolución a la que quiere traicionar, es una estupidez. Estas revoluciones no fueron dirigidas por ningún trotskista, algo obvio, ni siguieron una estrategia “troskista” ni nada parecido, salvo que se identifique por tal algunos rasgos comunes a todo país con una masa campesina importante. Es más: ambas experiencias resultaron exitosas, si se mide, como señalo en el prólogo, por la capacidad para resolver el problema clave de todo proceso revolucionario, la toma del poder. Fuera del poder, todo es ilusión, decía Lenin. Lo que incluye, como veremos, a los “principios” revolucionarios. La estrategia bolchevique, que no se reduce simplemente a la revolución permanente, se basó, además, en una sólida implantación en una clase obrera con capacidad dirigente efectiva, desde donde se organizó la política de alianzas con los diferentes sectores de la burguesía, en particular, con los diferentes estratos campesinos y ex campesinos. La estrategia maoísta tuvo como punto de partida el campesinado. ¿Reconozco yo que la revolución socialista puede ser realizada por otros sujetos sociales? Como he escrito ya en otros lados, la Revolución China no tiene una dirección campesina, sino obrera, por su programa. Ya Jean Chesneaux señaló que la novedad de Mao no era el “alzamiento” campesino, de los que había habido muchos en China y que en general no llegaban a nada, sino la unidad del Partido Comunista con la revuelta campesina. Decir eso es lo mismo que decir que la dirección política general correspondía al programa construido y realizado por la clase obrera. De modo que se me podrá acusar de obrerismo, pero no de campesinismo. Podrán decir, sin embargo, que la dirección efectiva, más allá del programa, estaba en la guerrilla campesina. Es cierto, pero eso no lo digo yo, si no la historia. Pretender negar la realidad del lugar central del campesinado en el proceso revolucionario en las experiencias de las que hablamos, es una tontería. El problema del maoísmo no radica en si el campesinado era o no el sujeto eficiente de la revolución, ni si después de la revolución degeneró burocráticamente, o lo hizo antes, ni si prohija una política de alianza de clases. El problema que estamos discutiendo es otro: ¿es posible una estrategia que se apoye en el campesinado en la Argentina? Puede parecer una pregunta ridícula, pero si se recuerda lo que piensan el PCR o la experiencia del PRT en el monte tucumano, no lo es.

2.Pensamiento y acción

Los compañeros del PTS conceden, como hacen con todo, sin confesarlo, que Fidel y Mao pueden haber sido efectivos en la toma del poder, pero que eso no es lo importante. Por dos razones: uno, que no lo pensaron así, originalmente su estrategia era otra; dos, que así era se demuestra en los resultados de esas revoluciones, es decir, en la burocratización. Dicho de otra manera: no son geniales estrategas sino el resultado de las circunstancias, que, cuando se lo permitieron, mostraron su verdadero rostro de burócratas traidores. Detrás de esta cuestión se esconde la relación entre el pensamiento y la acción. Los compañeros del PTS creen que todo es cuestión de “pensar bien” (y nos acusan de academicismo…). La Revolución Rusa no es hija de las circunstancias, sino de la cabeza de Trotsky. Parece que Lenin no tuvo nada que ver en el asunto. Sin embargo, Trotsky no fue capaz de prever la necesidad de la construcción del partido revolucionario, tarea que fue objeto de los desvelos de Lenin. Lenin, por otra parte, tenía una idea distinta del proceso de la revolución en Rusia, punto en el que, efectivamente, Trotsky tenía razón. Por imperio de las circunstancias, Trostky entra en el Partido Bolchevique. No porque lo hubiera pensado antes. Por imperio de las circunstancias, Lenin adopta la estrategia trotskista. No porque lo hubiera pensado antes. Por imperio de las circunstancias se promueve el comunismo de guerra y por imperio de las circunstancias se pasa a la NEP. Es por imperio de las circunstancias, porque se frena la revolución mundial, por lo que se adopta de hecho el socialismo en un solo país. Por imperio de las circunstancias, se burocratiza la revolución. ¿O vamos a creer que el stalinismo salió de la cabeza maquiavélica de Stalin, olvidándonos que la policía secreta surge con Lenin en vida, por imperio de las circunstancias, de que Trotsky dirigió la represión en Kronsdtad, por imperio de las circunstancias, de que Lenin y Trotsky impulsaron la prohibición de las fracciones internas del partido, por imperio de las circunstancias? La revolución no se puede predecir en sus detalles. No es la belleza de los principios lo que asegura el resultado final. Ni siquiera la convicción de los que la llevan adelante. El PTS tiene una concepción completamente idealista de los procesos sociales y de la revolución en particular. Cae en el mismo ridículo de aquellos que creen que si nos tratamos bien ahora, no nos gritamos ni nos insultamos entre revolucionarios, habremos evitado el stalinismo. Sin embargo, el asunto no se detiene allí, porque ahora los compañeros van a dar una vuelta de campana y van a sostener la tesis opuesta. Curiosamente, son los mismos compañeros que me acusan de burócrata cuando señalo la posibilidad de que alguna fracción de la burocracia cubana tenga un papel progresivo en el relanzamiento de la revolución, los que afirman que si Mao o Fidel expropiaron a la burguesía (es decir, tuvieron un papel revolucionario a pesar de ser burócratas de alma) fue por imperio de las circunstancias. Queda clara como el agua clara, la forma de razonamiento del PTS: nuestros aciertos son el resultado de nuestra clarividencia; los de los demás, imperio de las circunstancias.

3.La estructura de clases de la sociedad argentina

El PTS ha metido la pata hasta el caracú en este asunto del campo. Tanto denostar al maoísmo para sumarse a ellos en el pedido de “retenciones” diferenciales, es decir, subsidios para la burguesía. Parece que se dieron cuenta de la burrada y, mutis por el foro, la consigna desapareció y ahora defienden la idea de que hay decenas de miles de “campesinos” en la Argentina, claro que fuera de la pampa húmeda. Y que esos “miles”, junto con la pequeña burguesía urbana, son aliados indispensables (como dice el MST –y me acusan de morenista…) para la revolución. A renglón seguido expresan un obrerismo ramplón basado en el dogma según la cual la clase obrera industrial es necesariamente la vanguardia de la revolución. Dadas así las cosas, entre Rusia y la Argentina (y siendo coherentes, ya que Mao no hizo más que repetir a Trotsky, claro que por imperio de las circunstancias), entre China y la Argentina, no hay diferencias necesarias de estrategia. Según los compañeros, yo miento más que Moreno cuando digo que la clase obrera es expulsada de las fábricas y que por eso creo que el sujeto de la revolución son los desocupados. Pero tal vez el PTS confunda “clase obrera” con “clase obrera ocupada” y “clase obrera ocupada” con “obrero fabril”. Veamos entonces sus cifras, que son mejores porque las toman del Ministerio de Trabajo (Tomada debe ser menos mentiroso que Moreno…). Según los compañeros, citando a Tomada, el verídico, la clase obrera ocupada suma 13.000.000 de personas; la desocupada, 1.500.000. De los trece millones de ocupados, “hoy hay más de 1.100.000 ocupados en la industria manufacturera”. Si las cifras no hablan por sí mismas, los compañeros agregan más, otra vez, siguiendo a Tomada, el sincero: 2.500.000 obreros están en los “servicios”. Hay más: los obreros de las fábricas más importantes suman 500.000… Las “grandes fábricas” tienen un promedio de 554 obreros por establecimiento, o sea, menos obreros que docentes tiene Ciencias Económicas en horario pico. Recordemos, de paso, que sólo la fábrica Putilov, en Petrogrado, uno de los baluartes de la revolución, tenía 30.000 obreros… Dejemos de lado, por ahora, el problema del rol político de los desocupados en las revoluciones. La espectacular recuperación de la clase obrera ocupada (vaya propaganda kirchnerista…) nos deja en las cifras de 1997, fechas por las que está naciendo el movimiento piquetero. La desocupación en la Argentina actual es monstruosa, comparada en términos históricos. La tendencia a la expulsión de la población es un fenómeno de largo plazo. Esta recuperación kirchnerista, ya llegó a sus límites. Es decir, estamos al borde del desempleo de masas abierto y furioso al estilo 2002. Como ya lo señalamos, la clase obrera ocupada no va a protagonizar ningún episodio político importante hasta que la hiperinflación la saque a la calle. Es en este contexto que señalo que el imperio de las circunstancias constituye a las fracciones ocupadas y desocupadas del movimiento piquetero, en vanguardia. No lo invento yo, es la realidad. El PTS se equivocó en el 2001 y está esperando que el futuro venga a sacarle las papas del fuego. Porque la Argentina no tiene relictos pre-capitalistas que liquidar, porque es un país capitalista desarrollado en términos de su estructura de clases, porque su Estado domina el territorio nacional y no hay que expulsar ningún ocupante extranjero (salvo que se suponga que Malvinas es una causa nacional), porque el proletariado es la inmensa mayoría de la población y porque su burguesía agotó su potencialidad histórica, decimos que no hay tareas democrático-burguesas que cumplir y que esa parte de la revolución permanente no tiene sentido aquí. El desarrollo económico de la Argentina no puede realizarse en el estrecho marco de sus fronteras nacionales, salvo que se reivindique la posibilidad del socialismo en un solo país. Entonces, se discutirá en el seno de los Estados Unidos Socialistas de América Latina, no como forma de “completar” un desarrollo incompleto (tal vez eso valga para Bolivia), sino como parte del nuevo orden económico en el proceso de transición.

Razón y Revolución y la izquierda

El PTS no conoce la realidad que quiere transformar. No ha estudiado la realidad argentina y cuando lo hace, lo hace mal. En efecto, se limita a repetir fórmulas que valen por sí mismas, es decir, rezan el padre nuestro. Nos acusan de morenismo y repiten religiosamente las tonterías de Milcíades Peña. Nos acusan de academicistas y repiten vulgaridades sobre la Revolución de Mayo tomadas de Tulio Halperín Donghi, Luis Alberto Romero y Gabriel Di Meglio. Si es cierto, como decía Lenin, que no hay revolución sin teoría revolucionaria, el PTS no construye ni partido ni revolución. En medio de su ignorancia, se limita a ir a la deriva, esperando los pronunciamientos del resto de la izquierda para diferenciarse por asuntos de comas y peros. Reacciona no por conocimiento de causa sino por imperio de las circunstancias. Razón y Revolución se dedica al estudio científico de las posibilidades de la revolución argentina. Puede equivocarse y hacer las cosas mal. Pero eso, salvo que Lenin no tenga razón, es construir el partido. Conciente de sus límites y de las necesidades de la revolución en esta porción del mundo, Razón y Revolución no necesita ir más allá de esta tarea. Las otras tareas, que van desde la agitación inmediata hasta la dirección estratégica del movimiento revolucionario, no nos corresponden. ¿Por qué? Porque ya hay quien las hace mejor de lo que nosotros mismos podríamos hacerlo. Nos limitamos a ocupar nuestro lugar en la trinchera. Las críticas del PTS, del ámbito de lo religioso demuestran, contra sus intenciones, que vamos por la buena senda.

Notas

1 Castilla, Eduardo y Jonatan Ros: “Un mal prólogo para el mejo libro de historia”, en Lucha de Clases, n° 8, junio 2008.

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