Trece Rosas: ¿Es la prostitución trabajo autónomo?

Seguramente habrá escuchado hablar de un “sindicato” de prostitutas, AMMAR. Mirándolo mal y pronto, parece progresista y oponerse sería ser reaccionario. Las “compañeras” de esta organización juegan efectivamente con eso, para hacer pasar como beneficiosa una ley de regulación del trabajo sexual, que en los hechos legaliza al proxeneta. Defienden un negocio que convierte nuestros cuerpos en mercancías.

Como casi todo el mundo intuye que la prostitución no es algo bueno, AMMAR juega constantemente con el lenguaje para confundir y que nunca se sepa realmente que es lo que quieren. Es un sabio consejo que recibieron de las agencias internacionales proxenetas, sobre las que hablaremos en otra ocasión. Lo que nos interesa ahora es detenernos en una expresión que utiliza este gremio para hacerse pasar por progresista: el “trabajo autónomo”.

Se trata de dos palabras tramposas. La primera identifica a las prostitutas con trabajadoras y, por lo tanto, la conclusión es lógica: hay que apoyar y fortalecer a AMMAR. ¿Cómo vamos a estar en contra de que un sector de la clase obrera tenga su propia organización gremial? Si son trabajadoras, ¿no es razonable que tengan derechos laborales? Luego viene el segundo término, la tan cacareada “autonomía”. “¿Y vos quién sos para juzgar? Cada uno es libre de hacer lo que le venga en gana.” De nuevo, todo parece razonable.

Dejamos para otra ocasión el debate acerca de si la prostitución es o no es un trabajo, para concentrarnos en la cuestión de lo autónomo, que es donde está la clave para entender por qué las “compañeras” están en el campo del enemigo, la burguesía.

El trabajo sexual “autónomo” es defnido como aquel que ejerce quien está en condiciones de elegir, porque no es menor de edad, no lo hace contra su voluntad, elige esa posibilidad y no se encuentra en un espacio de trabajo insalubre, no le retienen un porcentaje elevado de sus ingresos ni se la obliga a trabajar demasiadas horas.

Si se lee bien, se encuentra la trampa. Está en la indefnición de las palabras que ocultan la explotación laboral: ¿qué es “un porcentaje alto de sus ingresos” y quien establece la medida?, ¿cuántas son “demasiadas horas”?, ¿qué sería, exactamente “insalubre”? Lo más importante, sin embargo, está en la cuestión de la voluntad, de la elección. En las leyes existentes, el trabajador autónomo es el que no tiene patrón. Para AMMAR, es el que tiene un patrón “bueno”.

Parece una maniobra menor, pero la “explotación” se convierte en una cuestión moral. Te explota el que se abusa, el que paga poco, el que te hace trabajar mucho. En LHS nº 1 explicamos de que se trata realmente la explotación. Con esta maniobra, AMMAR hace desaparecer al capitalista, y lo divide en dos: el que somete a sus prostitutas a un trabajo insalubre, largas jornadas y por poca plata, desde ahora “el malo”, y el que hace lo contrario, es decir, “el bueno”.

La realidad es que, como siempre mostramos en estas páginas, no hay capitalistas buenos y malos. Hay capitalistas. Y punto. En el mundo de la prostitución, el trabajo asalariado, subordinado, en buenas o malas condiciones, supone la presencia de un patrón, un capitalista. Como la sociedad tiene la “sospecha” de que la prostitución no es un trabajo aceptable, porque atenta contra la lucha de las mujeres por su liberación, a ese personaje, al capitalista, se lo denomina, como corresponde, despectivamente: proxeneta, cafsho, folo. AMMAR trata de embellecerlo y llama trabajo autónomo a la explotación sexual de las mujeres. Más perverso, imposible.

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1 respuesta

  1. Omar dice:

    Desconozco el trabajo de AMMAR; pero he estado vinculado a algunas reflexiones sobre el tema del trabajo sexual en mi país. Les expongo tres críticos y en conjunto una opinión adversa a la de uds: 1) no sería parte de un análisis crítico contraponer lo que la ley dice que es trabajo autónomo y lo que AMMAR dice que es trabajo autónomo; al menos, en el capitalismo, no existe trabajo autónomo en el sentido fuerte de este adjetivo; 2) regular el trabajo sexual de ninguna manera significa legalizar al proxeneta; uds están confundiendo trabajo sexual con comercio sexual (y este es un error básico de uds que afecta a toda la nota); 3) el tercer problema, y viene de la falta de conocimiento empírico de trabajo con mujeres trabajadoras sexuales, pero también de economía del sexo, es que el cuerpo no se vende en ningún momento, lo que se vende es sexo (si se vendiera el cuerpo, estaríamos hablando de esclavitud y eso no es trabajo sexual: es trata de personas), por ende la mercancía es el sexo, no el cuerpo. Con esto creo que critico básicamente los tres pilares de su argumento y me encantaría por supuesto que podamos compartir impresiones al respecto.

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