¡Es la clase obrera, antropólogo! La antropología esencialista y la explotación de los “indígenas” del Gran Chaco

Por Juan Manuel Irribarren – La antropología esencialista niega la historia, lo que no significa que los antropólogos que la critican sean necesariamente mejores o eludan sus vicios más elementales. El caso de Hugo Trinchero cae en este caso. Trata de descubrir las especificidades del proceso de subsunción del trabajo al capital en la Argentina, en especial en las regiones del Gran Chaco, pero termina eternizando la comunidad “étnica”, es decir, abstrayéndola de la historia concreta. Para tal operación recupera un término acuñado para el análisis del campesinado mexicano, la subsunción indirecta y diferenciada, que daría cuenta de situaciones no contempladas por el análisis marxista clásico.

El proceso de proletarización

Cuando Marx explica el proceso de proletarización identifica dos momentos. El primero es la subsunción formal del trabajo al capital, cuando se separan los medios de producción de quienes los producen y se mercantiliza el trabajo a través de las relaciones asalariadas. Es formal por que no cambia la forma en que se realiza el trabajo, sino su forma social. En cambio, al alcanzar la subsunción real del trabajo, el capital ha transformado su contenido, la mecanización barre con las formas de trabajo artesanales. El proceso de trabajo se objetiva en un sistema de máquinas con la aparición de la gran industria. Como consecuencia de este proceso, se expulsa población de las fábricas, que pasa a conformar una sobrepoblación relativa, es decir una población que es excedente para las necesidades de acumulación del capital.

Trinchero, en sus libros Producción Doméstica y Capital (Biblos, Bs. As., 1995) y Antropología Económica (Eudeba, Bs. As., 1998) niega carácter general a este proceso, que a su juicio sería la expresión de una particularidad (el caso inglés) y no una tendencia que opera en toda economía capitalista. Considera que el desarrollo de las relaciones capitalistas y la persistencia de modos de producción diferentes basados en la producción doméstica habilitan, en Argentina, a pensar en otros términos.

Así, surgen las categorías de subsunción indirecta y diferenciada que “indica formas específicas de ciertas ramas del capital de intentar ejercer su dominio sobre el trabajo, y que no responden a las formas directas analizadas por Marx”.1 Según Trinchero, la actividad agraria capitalista, por su empleo estacional de la mano de obra, dependería de la fuerza de trabajo que se reproduce en las comunidades que él caracteriza como modo de producción doméstico (MPD). Este empleo de fuerza de trabajo reproducida en la comunidad constituiría una ganancia extraordinaria de la empresa que, por este motivo, carecería de incentivos para invertir en tecnología. Este traspaso de recursos de la comunidad a la empresa capitalista estaría garantizado por la coerción política. Es decir, formas de contratación no libres que dependen del uso de la coacción directa. Esto daría a la luz no a un proletariado sino a distintos sujetos (campesino-comunidades étnicas) que surgirían del cruce de las diferentes combinaciones del capital con las formas de la economía doméstica.

Violentar la historia

Como hemos visto, según Trinchero, en el Chaco no opera un proceso de proletarización, sino que se constituyen campesinos. El modo de producción doméstica de sus comunidades sería funcional al capital pues garantizaría la reproducción de la fuerza de trabajo. Como dijimos, Trinchero critica corrientes esencialistas que ven a las comunidades como algo inmutable. Sin embargo, toda su explicación se constituye en abstracción e incluso en contra del proceso histórico.

En efecto, ¿cómo se vincularon los indígenas del Chaco al capital? Históricamente cazadores-recolectores, fueron “reducidos”, es decir, transformados en agricultores de subsistencia a fin de garantizar su existencia como fuerza de trabajo en los ingenios azucareros. Dicho de otra manera, semi-proletarios que debían sostenerse a sí mismos fuera de la época en que trabajaban en relaciones asalariadas. Para mediados del siglo veinte, su reproducción depende crecientemente de la venta de su fuerza de trabajo y la comunidad indígena como unidad de producción se desestructura. Este proceso no es diferente de lo que Lenin o Kautsky, o el mismo Marx muestran al describir la proletarización campesina europea.

Proletarios casi de tiempo completo, son atacados por el capital con un arma típica de este modo de producción. En efecto, en la década del sesenta los ingenios se mecanizan y adoptan incluso sistemas automatizados. Esto expulsa población. Ya hacia finales del siglo veinte la mecanización de tareas agrarias en distintos cultivos como el algodón refuerza este proceso. Lo mismo ocurre al crecer actividades más productivas como la soja. Dicho de otra manera, si alguna “articulación” entre modos de producción trababa el desarrollo tecnológico, no se nota, porque tal desarrollo efectivamente se produjo. La renovación tecnológica de esos cultivos que supuestamente requerían de la comunidad “étnica” para obtener ganancias extraordinarias pone en duda toda la teorización de Trinchero.

No nos encontramos frente a un grupo no proletarizado que hubiera mantenido a lo largo del siglo veinte comunidades basadas en el modo de producción doméstico, sino en masas que se reprodujeron por décadas en base a la venta de su fuerza de trabajo. Esto implicó la descomposición de los núcleos comunitarios. Al avanzar el proceso de tecnificación y ser expulsados del proceso productivo inmediato, esta población se ve obligada a recomponer lazos en busca de mecanismos alternativos de subsistencia. Dicho de otra manera, el obrero en activo es transformado en sobrepoblación relativa, en particular, en pauperismo consolidado, no por la persistencia de una subsunción “indirecta” sino por el despliegue de la subsunción real (la mecanización). Pero esto no significa una reaparición de un “modo de producción doméstico”. Por el contrario, se trata del despliegue de estrategias de supervivencia propias de la sobrepoblación relativa tanto en ámbitos rurales como urbanos.

Si nos encontráramos ante comunidades de producción doméstica funcionales al capital por su capacidad para reproducir la fuerza de trabajo, no se explicaría la mortalidad que aqueja a esta población. La creciente desnutrición, mortalidad infantil y otras manifestaciones similares desmienten la existencia de comunidades de producción doméstica funcionales o no al capital, precisamente porque no pueden reproducir ni la fuerza de trabajo ni siquiera la sobrepoblación relativa.2 Quizás por ello Trinchero no menciona ninguno de estos fenómenos.

Refutado por su propia evidencia

Convencido de que su imaginaria comunidad de producción doméstica es funcional al capital, Trinchero intenta demostrar que es el mismo avance del capitalismo el que reproduce las condiciones “arcaicas”. Sin embargo, su propia evidencia lo desmiente. Estudiando la producción del poroto en el Chaco salteño, trata de dilucidar lo que sería la paradoja entre el escenario de intensas inversiones capitalistas modernizantes en el Chaco y la continuidad de formas de contratación y remuneración del trabajo “arcaicas” basadas en los MPD. Todo su análisis se centra en demostrar cómo se da el proceso de subsunción indirecta en esta rama. El autor resalta una característica que, a su juicio, pareciera ser un rasgo singular de este tipo de subsunción. Nos referimos a las formas de contratación “terciarizada”, que aparece, a los ojos de Trinchero, como una especificidad dada por el carácter periférico de la Argentina. Sin embargo, la existencia de contratistas es una constante en el empleo rural (incluso Marx lo describe al analizar el caso clásico de Inglaterra). No es una particularidad del subdesarrollo. El hecho de que se requieran trabajadores que no residen en la zona de producción ha sido un factor que determina la existencia de contratistas.

Para sostener su hipótesis Trinchero debiera poder documentar coacción extraeconómica como forma de asegurar la contratación de mano de obra comunal. Cosa que no demuestra. Describe malas condiciones laborales y formas de contratación colectiva, pero no presenta ningún indicio sobre el supuesto carácter coactivo. Tampoco demuestra que, como él afirma, el empleo de contratistas logre eliminar los efectos de la competencia por obtener mano de obra entre los empresarios. Él mismo describe la competencia que se desarrolla con la actividad pesquera –que demanda trabajadores en el mismo momento que el cultivo del poroto- y entre los mismos contratistas.

Para Trinchero, en el cultivo del poroto se profundizan las relaciones ‘arcaicas’ de producción, o sea, la utilización de mano de obra abundante en vez de máquinas modernas. La máquina reemplaza a la mano de obra cuando ésta es más rentable. Esta cuestión surge de ver los costos de maquinaria en contraposición con los costos de la mano de obra, comparación que se da en toda rama de producción. En la determinación de lo que conviene al capitalista entran numerosos elementos que se deben sopesar cuidadosamente, en lugar de dar por sentado que la elección depende necesariamente de las “ventajas” de una imaginaria “articulación” de modos de producción. Concretamente, en la producción de poroto “gana” la mano de obra ya que la mecanización se ve limitada por cuestiones técnicas: se tiene que mejorar genéticamente la semilla, las tierras no son aptas para el uso de máquinas por no ser limpias y llanas, el costo de la máquina no se amortizaría por la pérdida de semillas en la cosecha mecánica. Es decir, lo que aquí está generando una demanda intensiva de mano de obra no es el avance de la tecnología sino lo limitado de la acumulación de capital en la rama, que no le permite superar esos límites.

Es la clase obrera…

Trinchero inventa un concepto de subsunción sui generis, pasando por alto los principales momentos concretos de ese proceso de subsunción. Olvida la proletarización de los indígenas del gran Chaco y su posterior transformación en población sobrante al ritmo de la mecanización de las tareas rurales y de los ingenios. Por el contrario, imagina una comunidad caracterizada como modo de producción doméstico que estaría en permanente “resignificación”. Trinchero parece creer que esta palabrita es una suerte de talismán que lo protege de caer en una visión esencialista de los indígenas. Pero la magia no existe y si uno no estudia la historia, el esencialismo es la consecuencia lógica. En vez de las particularidades que buscaba descubrir, Trinchero nos dibuja una comunidad perenne. Para hacer creíble su existencia borra todo rasgo concreto, toda particularidad del proceso histórico local.

Sólo así puede transformar a masas que fueron proletarizadas y luego transformadas en población sobrante, en comunidades campesinas, supuestamente superiores en relación al trabajo asalariado. Recordemos, sin embargo, que toda la memoria social de los tobas gira en torno a un pasado idealizado. ¿La vida libre en el monte? No. La época en que trabajaban en el ingenio y nada les faltaba.3 Ése es el pasado que Trinchero no ve. Obnubilado por la comunidad atemporal que él imagina, no ve tampoco el presente. Los niveles actuales de desnutrición y mortalidad infantil muestran que no existe un modo de reproducción doméstico que garantice la subsistencia de la fuerza de trabajo. Las formas solidarias y las actividades de subsistencia, con las particularidades que puedan tener, no exceden las estrategias que la clase obrera colocada en situación de sobrante despliega allí donde se encuentra. Entonces, es tarea revolucionaria, en lugar de recrear “identidades” imaginarias, como campesinos o indígenas, hacer entrar a estos compañeros en la corriente general del movimiento obrero argentino. Embellecer su situación actual es hacer apología de la miseria. Lamentablemente, desarrollar programas que alejan a estos compañeros de sus hermanos de clase es un error político en el que caen, incluso, valientes organizaciones populares. Tanto más urgente la crítica: ¡es la clase obrera, antropólogo!


Notas

1Antropología económica, op. cit., p. 131
2Véase Iribarren, Juan Manuel: “La fiebre está en el sistema”, en El Aromo, nº 42, mayo/junio de 2008.
3Véase Iribarren, Juan Manuel: “Etnografía de la miseria, miseria de la etnografía”, en El Aromo, n° 43, julio/agosto de 2008

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *