Es imposible un desarrollo basado en el nacionalismo.

Entrevista al economista español Diego Guerrero

Por Juan Kornblihtt Grupo de Investigación sobre Historia Económica Argentina – CEICS

Diego Guerrero es un referente de la lucha ideológica en España. Doctorado en economía y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, se caracteriza por su tono polémico hacia el liberalismo, pero también hacia las ilusiones desarrollistas y dependentistas. Su extensa obra abarca estudios marxistas sobre las relaciones internacionales y el análisis micro y macro económico.1 Se destacan también sus estudios empíricos sobre la evolución de la explotación en España y su análisis sobre la acumulación mundial y la crisis.2 Guerrero nos cuenta en esta entrevista sus perspectivas sobre la economía de las últimas décadas y analiza los límites de los proyectos basados en la burguesía nacional en los países de América Latina.

  ¿Estamos ante una fase de crecimiento o de crisis de la economía mundial?

En una perspectiva de medio siglo, es obvio que aún seguimos en la fase de estancamiento relativo que sucede, por más de treinta años, a la gran expansión de la segunda posguerra mundial. Una fase que estuvo salpicada de recesiones y depresiones, pero contó con un crecimiento positivo, a pesar de todo. El capitalismo del siglo XX no fue la etapa de crisis -frente al crecimiento del XIX- que pronosticaron algunos, igual que tampoco fue la fase del monopolio que eliminaría la competencia, sino de una competencia cada vez mayor. La razón del amplio crecimiento secular es que el ritmo de la acumulación de capital ha sido posible por la incorporación creciente de nuevo trabajo productivo de valor y plusvalor al proceso capitalista global, trabajo que antes no producía plusvalor para el capital, dado que el capitalismo se ha ido expandiendo extensivamente a regiones cada vez mayores del globo. La causa de la depresión relativa de las 3 últimas décadas se debe a los problemas necesarios de rentabilidad y, subsiguientemente, de acumulación que son típicos del modo de producción capitalista. Los aumentos de productividad no se destinan a reducir la jornada laboral anual y aumentar el tiempo libre de la población, sino a incorporar masivamente cantidades crecientes de plusvalía a nuevos medios de explotación, para intensificar la extracción de más plustrabajo. Ese círculo vicioso primero expande la economía, pero después la contrae. Igual que un termostato: primero calienta y, al llegar a cierta temperatura, se apaga y se enfría, y luego vuelve a calentar, etc.

¿Cómo se explica el crecimiento del capital financiero?

A largo plazo, no creo que el capital financiero o el comercial crezcan a un ritmo superior al del capital industrial. Crece más que la economía, porque también el capital crece dentro de las economías. Por poner un ejemplo, hace medio siglo en España casi la mitad de la población activa era pequeño productora mercantil, no productora de plusvalía, y hoy éstos son más del 82%. Ahora bien, en una fase de baja rentabilidad relativa, como la de las últimas tres décadas, ocurren muchas cosas. Una, el intento llamado “neoliberal” de recuperar la tasa de ganancia mediante el aumento sólo de la tasa de explotación. Otra, la inversión de una parte creciente de la plusvalía extraída hacia sectores ajenos a la acumulación de capital productivo donde se espera hacer más ganancias. En ese contexto, la oferta y la demanda de activos financieros de todo tipo se expanden, por lo que aumenta el peso del sector financiero en la economía total, aunque el precio relativo de esos activos en comparación con los reales no suba. Las ganancias que proporcionan las burbujas son ganancias que se redistribuyen desde otros sectores. Pero la masa global de ganancia depende, como siempre, de la masa global de trabajo explotado, y es ésta la que regula en qué fase -de expansión o crisis- estamos en cada momento. Por tanto, cuando la expansión del capital global es más lenta, es más probable que se produzcan burbujas y crezca, por ejemplo, el peso de lo financiero en la economía capitalista. No obstante, a eso sucederá probablemente una fase inversa. Por lo tanto, la relación secular entre capital financiero y global, en mi opinión, se mantiene más o menos constante.

¿Cuál es el rol que juega la expansión china en la economía actual?

Es la economía que más crece. En primer lugar, por la enorme capacidad de aumento del trabajo productivo que se crea cada año, a partir de los millones de campesinos que pasan del campo a la ciudad y de la agricultura no capitalista al sector productivo capitalista. Esas posibilidades, abiertas por tan ingente acumulación originaria de capital, han sido aprovechadas por el capital ya existente en el mundo. Estos invierten en China a un ritmo desconocido y modernizan el tejido industrial chino a un ritmo acorde con el rápido incremento del plustrabajo y del plusvalor. Ahora bien, el reparto de la torta mundial entre unos y otros no altera la dinámica básica del sistema. Siempre habrá zonas que crezcan más deprisa que otras. La relación política resultante cambiará entre países, pero no hay que olvidar que las relaciones de trabajo y de producción tienen más fuerza que las relaciones políticas. Para un marxista, es un error poner más atención en la crítica de su gobierno que del sistema que lo rige. ¿Qué más da que al imperialismo estadounidense lo suceda otro (digamos, en un futuro lejano China, y no estoy diciendo que eso tenga que suceder) si el sistema económico que los sostiene sigue siendo el mismo?

El desarrollo de la economía española aparece como la muestra de que se puede pasar de un país subdesarrollado a uno desarrollado. ¿Es así?

Dentro de la división del mundo en un bloque rico y otro pobre (siempre en términos relativos, claro está), la mayoría de los países se quedarán en el mismo bloque aunque cambie su peso relativo dentro de él. Pero algunos subirán del bloque del sur al del norte y otros bajarán. Si España se incluye ahora entre los que suben, o Argentina entre los que bajaron desde posiciones muy altas a otras más bajas, no hay que olvidar cuáles son las leyes básicas de la competencia internacional, que es una competencia producto a producto, fábrica a fábrica, empresa a empresa. Todo eso se refl eja en las economías nacionales, con bastante independencia de lo que hagan unos gobiernos u otros. España tenía una base histórica de potencia económica antigua, había sido un imperio y creado empresas capitalistas desde mucho tiempo atrás. Las previsiones de una vuelta a la normalidad política tras el régimen franquista -y más intensamente desde que el país se integró en una zona como la Unión Europea- lograron que el capital internacional la eligiera como una de las bases geográfi cas para su expansión. El resultado puede resumirse como medio de siglo de crecimiento anual. Un 1% anual superior al de la UE. La razón fundamental parece ser un ritmo de inversión de nuevo capital también superior en España que en la media de esos países. En cualquier país donde sucediera eso ocurriría lo mismo.

En Latinoamérica, gobiernos proponen la reconstrucción del capitalismo nacional en base a la burguesía local, ¿qué posibilidades tienen los países de construir economías capitalistas nacionales potentes?

Si un país se desarrolla sobre una base capitalista, ésta impone sus leyes. Y esas leyes no entienden de naciones ni de nacionalismos. En España, la burguesía nacional y la internacional tenían los mismos objetivos. En todos los países capitalistas, son los de sus empresas: la acumulación de ganancias y capital. En Argentina, en Brasil, como en todos los sitios, son las empresas las que invierten o no, las que producen unas cosas u otras y compiten con las de otros países en vender más o menos. El capital mundial se concentra y centraliza y se localiza allí donde todo eso le resulta más fácil. Pero no hay que olvidar que el capital nacional es también una parte de ese capital mundial. Para analizar si las fuerzas productivas de un país concreto tienen mejores o peores perspectivas que las de otro país, hace falta más un historiador que un economista. Sin embargo, no hay que olvidar que también los gobiernos forman parte de las fuerzas productivas.

Usted tiene estudios sobre el desarrollo de la competitividad, ¿qué viabilidad tienen países que sostienen su inserción en el mercado mundial en mercancías agrarias o en el petróleo como es el caso de Argentina y Venezuela?

La base de la competitividad nacional es la de sus fábricas y empresas y sus productos. Ésta se basa en la ventaja absoluta. No se trata de la ventaja comparativa ricardiana, sino la competencia de Smith y Marx. Los productos se venden si se producen a un costo inferior y se venden a un precio más bajo que el de los rivales. El problema es que algunos países tienen sólo mercancías baratas por razones naturales, como el clima o la riqueza del subsuelo. En cambio, la mayoría de los productos en el mundo son productos industriales, donde lo que más cuenta para su precio es el empleo de una u otra tecnología. Por eso, es imposible un desarrollo basado en el nacionalismo: la tecnología y las fuerzas productivas en general son universales, y en condiciones de competencia capitalista hay más tecnología (y la seguirá habiendo) en los países donde la ciencia, la técnica y la cualifi – cación de la población estén, por razones históricas, más desarrolladas. La conclusión última es que en el mundo siempre habrá norte y sur, países ricos y pobres, mientras no se supere el capitalismo por un sistema basado en la democracia y no en el mercado. Si no, lo único que consigue cada país en su carrera hacia la riqueza es quedarse siempre en el mismo nivel de pobreza relativa porque todos los demás países hacen lo mismo. Y, los que tienen mala suerte, se quedan incluso más rezagados.

¿Qué perspectivas ve a la acción política de la clase obrera en la situación actual del capitalismo?

Las de siempre. Ha de luchar contra el sistema mismo. Una forma importante de hacerlo (que a menudo se olvida) es estudiando, formándose, hasta comprender que la lucha que se dirige contra los gobiernos nacionales o contra la cabeza del imperio es sólo una parte, y no la más importante. Comprender que el problema es que con capitalismo y mercado no puede haber democracia. Que son sistemas incompatibles. Como la clase obrera es la más numerosa -y cada vez más en términos relativos- la democracia sólo puede ir a su favor. Sólo el proletariado puede establecerla. Por tanto, la lucha debe dirigirse ante todo contra el mercado, el capital y la empresa capitalista, y combatir a todo el que se base en ellos, con independencia de sus credenciales, su trayectoria o sus buenas intenciones.

Notas

1 http://pc1406.cps.ucm.es/

2 En Razón y Revolución nº 16, publicamos un artículo suyo sobre la evolución de la explotación en España desde la dictadura franquista y los gobiernos democráticos.

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