Entre el elitismo y la somnolencia

Mara López

Grupo de Investigación de Literatura Popular – CEICS

“Cuerpos que nacen vencidos, vencidos y grises mueren: vienen con la edad de un siglo, y son viejos cuando vienen”1 En la 34º Feria del Libro, entre el 6 y el 9 de mayo, tuvo lugar el III Festival Internacional de Poesía que contó con el auspicio de la Fundación El Libro y de la Revista Ñ. Allí, como su nombre lo indica, se dieron cita poetas de Argentina, Latinoamérica y Canadá, entre otros países. Graciela Aráoz coordinó el encuentro y fue la presentadora de las mesas de apertura y cierre. Los organizadores fueron Poly Balestrini y Daniel Chirom. En este artículo realizaremos una serie de precisiones respecto de qué clase de poesía reivindican algunos de los autores que allí se presentaron. Al pie de este artículo, el lector podrá encontrar poemas a modo de ejemplo de las observaciones que realizamos.

Poesía para qué

En la mesa de apertura del Festival estuvieron presentes los poetas Jacobo Rauskin (Paraguay) y Luis García Montero (España). Aráoz comenzó la presentación con un breve discurso en el que aclaró que para los poetas es indiferente “la relación entre la realidad y la poesía”. A confesión de parte, ni hace falta remarcar que, para los organizadores del Festival, la poesía no estaría atravesada por ninguna determinación social. Este posicionamiento explícito respecto del género en cuestión, perspectiva tan cara a quienes pretenden vaciarlo de todo contenido social, no nos resulta extraño: ya lo observamos en la narrativa argentina contemporánea. Aráoz nos vuelve a iluminar: según ella, la poesía se apropia del lenguaje pero como experimentación. Sin embargo, como veremos luego, los poetas que aquí analizamos están muy lejos del trabajo formal que supo caracterizar al modernismo, por ejemplo, o a las vanguardias de principios del siglo XX. Aráoz también planteó que la poesía “se consume apropiándosela” y, en ese camino, “el lector se construye”. Sin embargo, es de dudar que el lector pueda extraer alguna conclusión plena de significado, es decir, que pueda “construirse”, si no comprende lo que los autores quisieron expresar. Volveremos más adelante sobre este punto. En la misma mesa, Jacobo Rauskin afirmó que “la poesía es una forma de actuar sobre la realidad” pero “la historia sigue su propio curso, no se puede influir en ella”. Así, resulta evidente que el género no tiene mucho que aportar en la comprensión de la realidad y en la transformación social. Por su parte, Luis García Montero considera que la poesía “es un ejercicio noble” porque es “reivindicación de la conciencia individual en tiempos de aniquilación de las conciencias individuales”. Cabe remarcar que para él el responsable de esta aniquilación es “el capitalismo avanzado”. En una entrevista concedida a una revista de poesía2 , el mismo autor aclara que “[la democracia] está siendo degradada por un capitalismo devorador que cancela la política y utiliza su fuerza tecnológica para imponer corrientes de opinión y para homologar las conciencias”. En este camino, la poesía tiene la función de “hacernos dueños de nuestras propias opiniones”. Junto a esto, el poeta “escenifica su relación con la historia, su lugar en la historia” y el poema es “un espacio público en el que dos conciencias pueden dialogar”. Ahora bien, dadas así las cosas, resulta pertinente que nos preguntemos qué es lo que escribe García Montero: “Yo escribo una poesía relacionada con mi vida”. Si bien es cierto que para él “la creación artística va más allá de la anécdota biográfica”, en los poemas leídos en la apertura del festival, no encontramos otra cosa. En la mesa de cierre estuvieron presentes, junto a Graciela Aráoz, Mario Goloboff y Hugo Padeletti, reciente ganador del premio de la Crítica, otorgado por la Fundación El Libro3 , quien también leyó algunos de los poemas del libro galardonado. En la presentación que de él hizo, Aráoz mencionó que para Padeletti los hombres se dividen en contemplativos y activos: el poeta en cuestión se encontraría entre los primeros. Por otro lado, en una entrevista publicada recientemente4 , el autor nos habla acerca del proceso de escritura poética. Indagado respecto de qué cosa es la inspiración, devela: “en lo que a mí concierne, consiste en diversos niveles de exaltación de la sensibilidad y la conciencia que se producen periódicamente al margen de mi voluntad y en los que me siento como existiendo por encima de mí mismo”. Del mismo modo, plantea que el poema “irrumpe en el momento de la escritura, la que puede ser solamente mental como me ha ocurrido unas pocas veces”. De estas observaciones se deduce que la inspiración tiene un origen espontáneo, no obedece a un plan predeterminado, en suma, excede la conciencia de quien escribe. Como vemos, para estos autores, la poesía no está atravesada por ninguna determinación social y sólo ofrece su espacio para la recreación de la subjetividad más individualista: ya sea porque no es posible transformar la realidad, ya sea porque sólo se coloca en el ámbito de la contemplación y del individualismo más ramplón. En suma, la poesía no posee ninguna función más que la de ser vehículo de una “sensibilidad”, la del escritor, para un único lector, el propio escritor.

Como una piedra que no siente

Si la poesía ya no posee una función social tal como la de poder actuar sobre la realidad, para estos autores al menos cumple con la función de expresar la propia subjetividad. Para defender estas posiciones respecto de qué cosa es la poesía (y para sustentar los devaneos subjetivistas que aburren hasta al más persistente lector), estos poetas reivindican una supuesta “sensibilidad” que debe caracterizar al lector (porque se sobreentiende que el autor ya ha cumplido con su parte al escribir el texto). A saber, si no puedo “sentir” lo que el poeta está expresando, no tengo una percepción a la altura de las circunstancias, en suma, lo más parecido a una piedra. Esto nos lleva a otra cuestión, si estamos de acuerdo en que no somos piedras: ¿cómo es viable que un sentimiento determinado haga mella en nuestra conciencia? Esto sólo es posible si previamente entendemos de qué se nos está hablando, es decir, si la serie de palabras ordenadas tal y como lo hizo el autor tienen para el lector algún significado, si las puede procesar como parte de sus propias experiencias vitales: aquello que no podamos entender jamás lo podremos sentir. De esta manera, toda aquella experiencia (en este caso, estética) que sea incomprensible nos conducirá, invariablemente, al aburrimiento. Esta es la razón por la cual algunos autores nos “movilizan” más que otros: si somos más “sensibles” a la lectura de cierta poesía es, sencillamente, porque podemos entender de qué nos está hablando el poema en cuestión. No es casualidad que, mientras algunos de los poetas leían, los propios oyentes no pudieran constatar cuándo terminaba un poema y cuándo comenzaba el siguiente, aspecto que se evidenció en la ausencia de aplausos terminada la lectura. Un segundo aspecto del problema tiene que ver con el lenguaje en tanto herramienta colectiva. Estamos de acuerdo en que el lenguaje tiene, en poesía, un uso particular, conferido por las disposiciones técnicas que hacen de un poema un texto propio de un género específico. Ahora bien, esto no significa que deje de poseer determinados rasgos sociales, es decir, que siga siendo colectivo. Si para estos autores el lenguaje poético es vehículo de expresión de vivencias individuales, entramos en un atolladero sin solución: por un lado, si se trata de una experiencia únicamente individual, no hay modo de que sea comprendida por nadie. Por otro lado, si alguien es capaz de comprender lo que el poema está mostrando, automáticamente deja de ser una experiencia meramente individual para encontrar eco, al menos, en otro sujeto. Así, estas pretensiones subjetivistas son imposibles hasta en su planteo más elemental.

Ya no persigo una forma

El problema de la comprensión va ligado, asimismo, al de las herramientas utilizadas para la composición poética, a saber: métrica, rima y ritmo. Sin estos elementos que supieron caracterizar a la poesía, es probable que no estemos en presencia de un poema. La pregunta que guía esta parte del análisis es ¿cómo está constituido un poema? Y, acto seguido, ¿qué conservan de lenguaje específicamente poético los poemas que escriben estos autores? La conclusión que podemos extraer de la lectura de estos textos es que no sólo no observamos ninguna clase de estructura métrica (un soneto, por ejemplo) sino tampoco ninguna clase de rima (asonante o consonante), es más, ni siquiera encontramos aliteraciones, salvo raras excepciones. Un ejemplo lo constituye “Una vena”, de Padeletti, citado al final de este artículo. Supongamos entonces que los dos primeros elementos que mencionamos más arriba no son indispensables para que un texto sea catalogado como poético, entonces ¿cuál es elemento central que debería conservar una serie de palabras para que podamos decir que es poesía? Consideramos que, en términos generales, el poema debería poseer algún tipo de ritmo, algún tipo de vinculación auditiva entre las palabras que nos permita distinguirlo, por ejemplo, de un cuento. Lamentablemente, este aspecto también ha quedado relegado en los poetas que analizamos en esta oportunidad. Vaya como ejemplo un fragmento de “Rafael Alberti”, de García Montero: “Así / como pasabas / en el amanecer / de la mitología de los teléfonos / para llamar de pronto, / o de las multitudes al desorden / solitario y esquivo de tu cuarto / en la calle Princesa, / pasabas también ahora / de la muerte a la vida, / de los recuerdos al estar aquí, / habitando en la mesa donde escribo”. ¿Qué diferencia existe entre estos versos y un texto narrativo separado en “versos”? Sencillamente ninguna. En conclusión, por un lado, el intento de expresar una vivencia meramente individual va en detrimento del lenguaje en tanto herramienta de expresión colectiva. Ligado a ello, vemos también cómo, por la vía de la negación de toda función social y de la negación de las herramientas formales que debieran caracterizar a la poesía, se llega al vaciamiento de un género. ¿Qué queremos decir con esto? Que todos los elementos que han sabido caracterizarlo han desaparecido, han quedado relegados en función de la expresión de una individualidad que ni siquiera logra su cometido, justamente, porque ha perdido las herramientas que oficiaban como vehículo de expresión: se trata de textos que difícilmente puedan ser comprendidos por cualquier individuo racional. Podemos concluir entonces que estos autores han caído en el marasmo a que conduce, en arte, toda forma de individualismo, de solipsismo desgajado de toda función, es decir, conducen indudablemente a la somnolencia. O que nacieron muertos, como caracteriza, correcta y poéticamente, Miguel Hernández.

Notas

1 Fragmento del poema “Llamo a la juventud”, de Miguel Hernández en Viento del pueblo, Losada, Buenos Aires, 1990.

2 La Guacha. Revista de poesía, Año 10, nº 29, abril/ mayo de 2008, pág. 3. Todas las citas corresponden a esta entrevista.

3 El libro premiado es El andariego. Poemas 1944-1980, FCE, 2007.

4 “El poema es la revelación”, entrevista a Hugo Padeletti, por Fernando Molle, revista Ñ, Año V, nº 240, 3 de mayo de 2008, pág. 23

 

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