Entre Cristina y las urnas: La situación actual del FIT bajo la disciplina del PTS

En los últimos días quedó de manifiesto que el FIT, bajo su dirección actual, es completamente inútil como herramienta política. No logra darse una fisonomía propia y termina a la rastra de Cristina.

Es cierto que la cosa empezó mal desde el comienzo. Los tres partidos que lo componen se negaron siempre a desarrollar su potencial como eje de reagrupamiento de la vanguardia y como germen del partido revolucionario de la clase obrera argentina. Negado a dar ese paso, el frente no hizo más que degradarse: no intervino de manera unitaria en las diferentes crisis políticas que se suscitaron desde su nacimiento, prácticamente no sacó comunicados comunes, no coordinó las luchas sindicales que llevaban adelante sus partes integrantes y ni siquiera tuvo una mínima acción común en el parlamento. La salida del kirchnerismo y el ascenso del macrismo provocó un nuevo giro en su espiral de degradación, algo que comenzó a gestarse ya en 2015. Ese año, merced a la dirección del PO, el frente quedó en manos de su retaguardia, el PTS.
El FIT tiene la cabeza puesta en las elecciones. No ahora, a unas semanas de las elecciones, sino siempre. No existe para otra cosa. No es siquiera un frente electoral, porque una vez que conquistan cargos, actúan por separado. Es, simplemente, una colectora de votos y toda su acción está supeditada a ello. Esto puede verse en los diversos conflictos sindicales que protagonizó este año: Conicet, AGR, Docentes (Suteba y AGD) y Pepsico.
En los primeros tres, primó el llamado a la “responsabilidad”, privilegiando la imagen pública de cara a las elecciones. Lo que en Conicet no fue más que un triunfo parcial a fines de 2016 (becas para 500 de los más de 1200 trabajadores despedidos, hasta definir su situación laboral) fue presentado como un “triunfazo”. Este año, el conflicto se estancó y se abandonó el método que permitió arrancar lo hasta allí conseguido, la toma. Basta con observar la última medida de lucha: una audiencia pública para que los parlamentarios del FIT presenten un proyecto por el ingreso a Conicet de los despedidos. Acompañada, eso sí, de una “twitteada” para que el reclamo sea “trendingtopic”. Los mecanismos institucionales por sobre la acción directa.
En AGR y AGD la lucha se bajó sin pena y sin gloria. Es cierto que la primera se dio en un contexto muy adverso, con una fuerte censura mediática y la negativa del Ministerio de Trabajo a dar respuestas. Pero no es menos cierto que se tendió a abandonar los métodos de acción directa que habían rendido sus frutos (como el bloqueo de la planta Zepita), privilegiando el pedido de un paro a la CGT. En docencia universitaria las federaciones (Conadu y ConaduH) plantearon la no toma de exámenes y el no inicio del segundo cuatrimestre. AGD se plegó, pero en la última asamblea, tras conocerse que la burocracia de Conadu firmó la paritaria por el 25% en tres cuotas, la conducción del gremio de la UBA propuso levantar las medidas ya que no habría apoyo de la base docente y de los estudiantes, por lo cual convenía “guardar reservas”. En lugar de buscar construir el no inicio entre las bases, prefirió bajarse y esperar a que en algún momento la cosa se reactive (¿Cómo? No sabemos…)
En Suteba ocurrió algo similar. La izquierda le regaló la iniciativa a Baradel. A cada paso, es cierto, lo denunciaba. Pero se negaba a tomar la posta y profundizar el plan de lucha. Otra vez, “las bases no acompañan”. El objetivo era no ensuciarse en medio de las elecciones gremiales. El resultado todos lo conocemos: sin ningún éxito en lo gremial, pero presentándose como el sindicalista opositor a Macri, Baradel logró retener la conducción del Suteba y cerrar las negociaciones salvando su pellejo. Un triunfo político.
Finalmente, Pepsico pareció mostrar una mejor actuación. Si bien la toma fue desalojada, se logró producir un hecho político. Todo el mundo tuvo que opinar sobre el asunto, y el kirchnerismo momentáneamente quedó a la rastra de la izquierda. Pero lo conquistado sindicalmente, se rifó políticamente. Un botón de muestra: ese mismo día la dirigencia del PTS se presentó en el programa de Navarro para indignarse junto con él por el accionar del macrismo, sin decir absolutamente nada de la represión kirchnerista. Unos días después, Myriam Bregman afirmó que nunca habían dicho que Scioli era lo mismo que Macri, además de “aclarar” que el primero no encabezaba un proyecto “nacional y popular” (¿En ese caso no era lo mismo y debíamos apoyarlo?). La misma “brillante oradora” que frente a un ataque a los derechos elementales de los trabajadores, solo respondió “Te falta rock”.
Allí aparece el principal déficit de la dirección del FIT. No es solo el electoralismo, sino un severo problema en la delimitación respecto del kirchnerismo. No es que no sabe cómo, simplemente no quiere hacerlo. Lo que realmente busca es congraciarse con él para “heredarlo”. El affaire De Vido puso todo esto sobre la mesa.
Actualmente estamos frente al inicio de una crisis política. Esta se expresa, por un lado, en la atomización electoral. Los candidatos disputan par a par y puede triunfar cualquiera que supere el 30%. Pero además se expresa como crisis en las alturas, lo que se ve en lo acontecido en el parlamento. El macrismo, para polarizar, se propuso expulsar a De Vido. De paso, le marca la cancha a Cristina en caso de que Cambiemos no triunfe en las elecciones primarias.
Lo insólito del asunto es que la defensa de De Vido surgió del lugar menos pensado: la izquierda. El PO y el PTS salieron a defender a un funcionario que metió la mano en los bolsillos de los trabajadores y es un probado asesino. Caracterizan una “avanzada” en la institucionalidad y una persecución política por parte del macrismo. Anticipan así que votarán en contra. Por su parte IS reivindicó el desafuero que planteara el FIT hace un año atrás y se abstendrá de votar la expulsión. Abstenerse, sin embargo, es no intervenir.
El resultado de todo esto es una alianza objetiva (confiamos en que no ha sido arreglada verbalmente) con el kirchnerismo: Baradel se solidariza con Pepsico (yendo a una marcha y no convocando a una huelga docente) y el diputado K Carmona elogia al FIT y se compromete a apoyarlo en sus reclamos. Para eso, que es nada, la izquierda entrega su independencia política.
Lo que todo esto demuestra es la incapacidad de intervención propia de la izquierda. Se trata de una situación análoga a la ocurrida en el conflicto del campo. La crisis política aparece como un conflicto interburgués y la izquierda se desorienta. Lo que debería hacer, en lugar de verla pasar (abstenerse) o tomar partido por una de las facciones (defender a De Vido), es profundizar la crisis, darle extensión. La expulsión tiene que ser la punta de lanza de un Lava Jato argentino. Es cierto, como dicen los compañeros, que la acción del macrismo busca encubrir su propia corrupción. Con más razón, la intervención debía ser en ese sentido: mostrar como del primero al último los políticos de todos los partidos burgueses están enchastrados. De Vido debe ser la primera ficha de un dominó en caída que profundice la crisis y la escale hasta llegar al ejecutivo mismo. Como en Brasil, que vayan cayendo uno a uno. La izquierda tiene que ser el agente catalizador de la crisis política, no un elemento de contención y clausura.
Todo este “affaire” reeditó lo que vivimos en mayo de este año a propósito del 2×1. En esa oportunidad, el PTS hizo punta bajándose de la movilización independiente que se había convocado para el día 11, movilización que repudiaba la represión de ayer y de hoy, del macrismo y de todos los gobernadores. Pero el partido de Del Caño quería marchar con el kirchnerismo el día 10, porque allí “estaban las masas”. Ello implicaba obviamente reducir el reclamo al repudio del 2×1 y bajar las banderas de denuncia al kirchnerismo (y de hecho, también al macrismo). La dirección del PO, que en un primer momento lo denunció, terminó arrastrándose y yendo detrás del PTS como perro faldero. De este modo, toda la izquierda hizo de comparsa al kirchnerismo y terminó confluyendo en una marcha del régimen, en defensa de la democracia contra tres jueces de la corte suprema.
¿Por qué ocurre todo esto? Porque el FIT carece de vocación de poder. Hoy por hoy, toda su intervención está enfocada en lo electoral. En los años en que no hay elecciones, se paraliza (¿qué ha hecho en 2016?). Cuando hay elecciones, todo gira en torno a ello. Ve pasar las crisis políticas y se comporta “responsablemente” en los conflictos sindicales. Para conseguir escaños se congracia con aquellos a los que debería sepultar, todo para no enemistarse con el electorado que pretende heredar (y no conquistar). Y en las campañas actúa, finalmente, como cualquier candidato burgués: no dice lo que realmente quiere (aunque a esta altura corresponde preguntarse si verdaderamente el FIT quiere el socialismo). Y allí aparecenlas consignas en el mejor de los casos sindicales (salario = canasta básica), y en la mayoría vacías y marketineras (“Nuestra vida vale más que sus ganancias”, “En defensa de los trabajadores siempre”, “Con los trabajadores, las mujeres y la juventud”).
En el medio de todo esto lo que se pierde es la construcción revolucionaria y la agitación del Socialismo. Lo que se construye en la búsqueda de nuevos parlamentarios, es lo opuesto: un armado socialdemócrata. La responsabilidad de esto la tiene el PTS, que busca conseguir en las urnas lo que no conquistó en el seno de la clase obrera. Pero no menos responsabilidad le cabe a la dirección del PO, que simplemente se arrastra a sus dictámenes, humillando a todos sus militantes. IS, como siempre, la ve pasar. Lo más grave de todo es que se arrastra allí a grandes camadas de honestos y valiosos activistas y militantes. Se los arrastra y se los humilla convirtiéndolos en furgón de cola del kirchnerismo, es decir, un grupo de corruptos, ladrones y asesinos. A compañeros que ponen el cuerpo y la vida en ello y que merecen algo mucho mejor: un horizonte revolucionario.

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