El tigre, los libros y la noche.

 

Eduardo Sartelli

 

 

“Al gobierno no le interesa la cultura y a mí tampoco”. Algo así declaró el Secretario de Cultura de la Nación, el inefable Torcuato Di Tella. El Jefe de Gabinete, Alberto Fernández, salió al cruce desmintiendo las palabras del fundador del instituto que lleva su apellido, famoso en los ’60 por su carácter “innovador”. Fernández afirmó que “la cultura es un tema que preocupa y mucho” al gobierno. Por qué razón un funcionario que dice lo que dijo Di Tella no ha sido ejectado de su asiento, es un misterio. Sobre todo, a la vista del estilo del cual el presidente se vanagloria y que inauguró nada menos que con el vicepresidente, Daniel Scioli. Pareciera ser una típica pelea de “gallinero”, entre diferentes facciones que disputan lugares de importancia en el mundo de la cultura, como la Biblioteca Nacional y el Fondo Nacional de las Artes. Sus direcciones estaban vacantes desde la separación de sus cargos del supuestamente conflictivo poeta Horacio Salas, y de un ícono del menemismo como Amalia Lacroze de Fortabat. Así, las palabras del secretario “pop” habrían intentado forzar una resolución a la crisis provocada por tales vacantes y los bajos presupuestos, aunque los nuevos nombramientos no serían de su agrado: el librero kirchnerista (ala Bonasso) Elvio Vitali, de la librería Gandhi y el sociólogo Horacio González, en la Biblioteca que fuera el laberinto de Grousac y Borges, por un lado; por otro, el ex banquero menemista, cuñado de Moris, Javier González Fraga, y la new age “siemprejoven” Nacha Guevara, en el Fondo que reparte unos siete millones de pesos por año entre artistas…

Más allá de las idas y vueltas del juego de la silla, la disputa oculta algo más importante: la tendencia del gobierno a estatizar la “rebeldía” y la tendencia paralela de los “rebeldes” a entregarse con placer a esa maniobra. Una maniobra que no puede realizarse sin hacer lugar a los “nuevos” expulsando a los “viejos”. Desalojar a menemistas cuesta poco, pero menos sencillo es hacerlo con radicales y/o ex aliancistas bien conceptuados por el “mundo” de la cultura, algo que el gobierno aprendió rápido cuando quiso sacar a Cristina Mucci y Horacio Quiroga de ATC. Fue el mismo Fernández el que tuvo que pedir disculpas por el “error” cometido y garantizar la continuidad de Los Siete Locos y El Refugio de la Cultura. Pero, tropiezo aquí, tropiezo allá, es voluntad clara del Señor K el tener un aparato cultural y referentes culturales propios. Y el personal que juzga adecuado es una mezcla de aquel que en su momento lo fue del alfonsinismo en su primera etapa, antes de Obediencia Debida y Punto Final, más el que se constituyó en referente anti-menemista proviniendo de la izquierda peronista de los ‘70. Ese conjunto, al que se suman estas designaciones, se presentó en público el último 25 de Mayo, en la Plaza, y sorprendió sólo a los distraídos: León Gieco (que ya había cantado su En el país de la libertad nada menos que en el palacio del estado burgués, la Casa Rosada…), Víctor Heredia, Charly García y Silvio Rodríguez (quienes ya le habían cantado al alfonsinismo en el ’83), entre otros. La nota bizarra la dio un excitadísimo director de la Banda de Granaderos a Caballo, que intentó contagiar a una multitud más bien apática, ante esa parte de la cultura K que remite a la confraternización cívico militar tan cara al peronismo de los ’70. Que el asunto no se queda allí, lo aclaró, otra vez, el Jefe de Gabinete: transformarían al “Fondo Nacional de las Artes” en una especie de nuevo, vaya paradoja, Instituto Di Tella, para “promover la cultura underground.Fernández quiere que el Fondo deje de “trabajar como una suerte de mecenazgo administrado por mecenas privados” que imponen “sus gustos” y pase a defender una cultura que tiene “poco espacio de promoción en el Estado”.

De eso se trata, efectivamente. Fernández está en busca del Lopérfido K, del gran director de la orquesta cultural que Kirchner necesita como el agua. Hay que recordar que el presidente patagónico llegó al sillón de Rivadavia no sólo con una parva de votos prestados, sino también en medio de una ausencia notoria de toda pasión hacia su persona. Se trata, entonces, de organizar las pasiones, desarrollar los sentimientos, consignar las ideas y explicar la realidad desde la perspectiva del gobierno. Se trata, en fin, de una tarea para la cual los artistas están mejor capacitados que cualquier otro mortal, sencillamente porque eso es el arte: conocimiento de un programa político consignado a través del fuego de las pasiones y arraigado en el terreno de los sentimientos.

Está claro que ningún arte revivirá un programa condenado por la historia. Claro está también el que la historia no condena ningún programa si no se lucha contra él. Se revela una vez más el acierto de la última Asamblea Nacional de Trabajadores al proponerse una comisión de cultura para su próxima reunión: esa comisión debe ser el destacamento de la ANT y las organizaciones que la forman contra la brigada que el gobierno organiza con bombos y platillos. Kirchner sabe que es una tarea urgente: contra una noche que avanza, el presidente, en un año cruzado por pesadillas turbulentas y presagios de fuegos espontáneos, apela a los libros. Aspira a que lo ayuden a cubrir con la pálida ceniza vaga del olvido, las llamaradas del Argentinazo. La intensa agitación por la “memoria” que caracteriza al discurso oficial, tiene por finalidad la desmemoria: que se muera en el pasado el recuerdo de las acciones de hombres y mujeres que un día caminaron soberanos por la calle al grito de “Que se vayan todos”. ¿Qué mejor, contra ese mal sueño, contra esas negras pasiones, que un grupo de intelectuales y artistas que, engalanados con las ropas de héroes desaparecidos, vienen a decirnos que este gobierno es el fin de la historia, que la lucha terminó porque ya ganamos?

No estará de más recordarles que la memoria también está habitada por tigres. Esos emblemas de terrible elegancia, como gustaba citar un poeta aristocrático, emblema él mismo de aquello que sólo nuevas manos pueden volver a la vida: esa cultura que, víctima de disputas facciosas, no importa sino como propaganda mediocre de un gobierno mediocre de un clase mediocre.

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