El sorprendente encuentro de Diego Rivera y Aldo Rico por las calles de San Miguel

En el nº 4 del Aromo, en una nota escrita por Fabián Harari se decía: “la burguesía se toma el trabajo de conocer la realidad sobre la que opera y no escatima recursos para pagarle a sus intelectuales por ese trabajo”. También en este sentido, en un artículo en prensa de la próxima edición de RyR analizamos el discurso que elabora la “centro izquierda humanista progresista” a partir de una obra pictórica de lectura netamente marxista. Discursos finos, metamensajes o claramente groseros reafirmando la idea que nos anima: de la cultura como terreno insoslayable de la lucha de clases. Por eso no ha de sorprendernos que a la derecha le preocupe este tema: en la provincia de Buenos Aires y específicamente en el Partido de San Miguel, tenemos un ejemplo evidente de ello de la mano de Aldo Rico, ya derrotado candidato a gobernador. San Miguel, partido signado por la cruz y la espada, cercado al sur por el episcopado y al norte por Campo de Mayo. Sabemos de las posturas nacionalistas de derecha de este coronel pero el visitante o, más aún, el habitante de San Miguel, Muñiz y Bella Vista tendrá en cualquier paseo de la tarde reverberancia de ello a cada paso. Retomando (¡!) las enseñanzas del muralismo mexicano y del realismo socialista (la exacerbación dogmática de la imagen, secundarizando la intencionalidad de búsqueda estética) y llevándolas a la más triste decadencia Rico ha minado los barrios con murales de una iconografía que “habla” de nuestro “ser nacional”: el gaucho, su china y su caballo, tangueros, Islas Malvinas o, cuándo no, de jesuses de sagrados corazones declarando a Bella Vista “Ciudad de la Fe”. Recordemos que arte e ideología siempre van de la mano, aunque los autores renieguen o desconozcan dicha relación. La función social del arte arranca ya de aquellas cuevas prehistóricas en donde el artista formaba parte necesaria para la subsistencia física del clan: animal pintado, animal cazado y comido. En la Edad Media, el artista aún indiferenciado en gremios, funcional a la reafirmación del ordenamiento divino de la sociedad y pedagogía del mismo hacia la mayoría iletrada. Por el contrario, a partir del Renacimiento, portavoz del ascenso burgués: el poder está en la tierra y en el bolsillo de los banqueros. Creando como Dios la divinidad roza también al artista: él y su obra se separan de su función social y se convierten de ahora en más ambos en mercancía, característica que hoy se pone de exacerbado manifiesto. Retomando esa función social y ese “tomar partido” del artista y su obra, el muralismo mexicano alienta otra pedagogía reivindicando en sus obras las luchas por su independencia nacional: la revolución mexicana y sus héroes. Sacando el arte de museos y salones lo pone al encuentro inmediato y cotidiano, “habla” a los transeúntes de la lucha de clases y de sus actores fundamentales en esa etapa histórica: indígenas, campesinos, obreros, estudiantes. Con un programa claro acerca de quiénes son los protagonistas, el Sindicato de Pintores y Escultores de México alienta a los artistas a esta conjunción, discutiendo forma, contenido y el soporte más adecuado, directo para los fines de transmisión de una nueva ideología. Rico, atento y sin dudar (porque eso es jactancia de intelectuales) ve claramente la herramienta. Sabemos que aún el arte más refinado ha tenido su relación ideológica en contenido y forma con el poder, sino miremos a Rafael. Pero el coronel, ni por chiste se le acerca al divino: de la manera más tosca y menos estética posible arma por todo San Miguel un recorrido de caballos deformes, gauchos y tangueros de historietista principiante hechos con la velocidad que da hacer pintadas en serie para cualquier elección. Ni hablemos de Miguel Ángel: esculturas (¿?) gigantes de jesuses que desafían toda provocación de cualquier artista kitsch. Caminar por San Miguel se ha convertido en un tren fantasma. En cualquier momento de la tarde, entre el ingenuo piar de los gorriones y niños en devenir de la escuela, de las sombritas en las veredas un atentado ideológico y estético puede suceder a la vuelta de la esquina. Como en “Thriller” de Michael Jackson, los gauchos se nos abalanzan blandiendo sus arados y boleadoras del más feo esmalte sintético.
Pero esta ideología no surge sólo de las paredes al aire libre, sino se cuela en los programas educativos de las escuelas de arte de la zona que deben participar de cuanto desfile patriótico se presente, con abanderados y todo. La Escuela de Artes de San Miguel “Antonio Berni” es convocada a participar de murales que expresen a la gente “felíz”, como parte programática de la materia de pintura y ante el asombro y la protesta de varios de sus alumnos. La Escuela de Música “Julián Aguirre” con su banda debe participar de cuanta retreta del desierto se organice, siendo el himno nacional y la marcha a Malvinas los temas principales a ejecutarse aún solamente en timbales. El plantel docente obviamente, no se elige por concursos.
Lo asombroso (¿?) es que no se evidencia una protesta generalizada por parte del alumnado, así como son tímidos los aerosoles que se atreven a corromper las imágenes de nuestro ser espiritual y nacional. Vemos entonces cómo la derecha pareciera tener más claro que la izquierda organizada el lugar clave de la cultura como parte de la lucha de clases o por lo menos que actúa en función de ello, a quien le quepa el sayo que se lo ponga. Y hablando de sayos, el que nos corresponde a los artistas: abierto queda el debate sobre qué hacer.

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