El sentido de la escuela. Inclusión, embrutecimiento y la batalla por las ideas

Romina De Luca

Gabinete de Educación Socialista – CEICS

La discusión sobre el Plan Fines 2 fue el puntapié para una discusión central: hasta qué punto la política sindical hace que la izquierda pierda su norte y desatienda no solo la educación que reciben millones sino también al docente como trabajador intelectual y, consecuentemente, como sujeto político


La defensa de una escuela científica, laica y de calidad para la clase obrera parece ser la tarea básica de cualquier socialista. Combatir todas las tendencias a la degradación y el embrutecimiento, algo fundamental. Mucho más cuando se da un salto y se disputa abiertamente la hegemonía social que se edifica cotidianamente en el aula. Ese es el momento en el que se inicia una auténtica batalla cultural. A lo largo de todos estos años, esta preocupación apareció en incontables notas. En el número 4, de agosto de 2003, cuestionábamos el mentado “compromiso” exigido por la patronal a los docentes; en el número 12 ya definíamos como una de las funciones de la fuerza de trabajo docente la labor intelectual y, por ende, la imposibilidad de separar la conciencia adquirida de la actuación en el aula. El uso de los manuales, la función de los circuitos técnicos en la formación de la fuerza de trabajo, la política educativa fueron aspectos de discusión y análisis casi permanente a lo largo de estos cien números. También, los cambios en los formatos, las ideas educativas, del Banco Mundial a Freire, y la educación popular formaron parte de este repertorio. Pero hubo una discusión que iniciamos a principios de 2013, en El Aromo Nº 70 en una nota titulada “cómo finalizar con la degradación de la educación pública”que permitió sintetizar buena parte de esos problemas: la discusión sobre el Plan Fines 2. Al año siguiente, el tema copó las páginas de nuestro suplemento y se instaló casi como una referencia permanente hasta ahora. Fue la punta del iceberg de una discusión central: hasta qué punto la política sindical hace que la izquierda pierda su norte y desatienda no solo la educación que reciben millones sino que sea impotente frente a la degradación del docente como trabajador intelectual y, consecuentemente, como sujeto político.

 

Es la degradación

 

A veces las discusiones arrancan por algo que parece menor: un supuesto programa ad hoc como el Fines (Plan de Finalización de Estudios Secundarios y Primarios) creado para cumplimentar la obligatoriedad escolar dispuesta en el 2006. En las primeras notas (números 70 y 76) nos concentramos en reponer las características del programa, su alcance y advertir sobre las consecuencias para el resto del sistema educativo. Decíamos “más que una apuesta histórica por la educación pública se trata de su contrario. Espejitos de colores bajo la forma de empleos precarizados, destrucción del currículum y títulos deteriorados”. Explicamos como el programa tuvo dos partes: una de terminalidad (Fines I) y otro que se convertía en una escuela exprés (Fines 2).

El eje de los cuestionamientos alcanzaba a este último. Entendíamos se trataba de una “maquinaria de titulación” que buscaba encubrir los números del fracaso educativo armando una estructura degradada paralela a la ya existente (la modalidad de adultos tradicional). Docentes reemplazados por tutores (con o sin título), escuelas por sedes (parroquias, sindicatos, bibliotecas, unidades básicas) y contenidos por proyectos ad hoc. Concluíamos se trataba de una degradación del espacio de estudio, de la carrera docente y del currículum enorme, condimentados con esquemas de precariedad laboral (contratos a término, por fuera del Estatuto) y lógica punteril. Por último, advertíamos sobre la consolidación de cientos de miles de analfabetos funcionales “titulados” que habilitaría el plan y reclamábamos por el fortalecimiento de la educación de adultos con becas, permisos laborales, reducción de la jornada laboral y estabilidad para los alumnos.

Rápidamente, la discusión se amplió y superó, incluso, las páginas de El Aromo. También el debate sobre el programa puntual para convertirse en una discusión estratégica. Veamos cómo y por qué.

Contra la degradación y el embrutecimiento

El programa Fines 2 fue defendido a capa y espada por los intelectuales K, incluso lo hacen hoy cuando fue adoptado de lleno por el macrismo. Su defensa combinó cuotas de cinismo y condescendencia sin igual. Así, entre sus argumentos sostuvieron que era igual un árbol que una escuela siempre y cuando hubiera vocación docente, que los adultos ya tenían los conocimientos y solo había que sacarlos a flote -por eso mismo el uso de tutores-, que en dos días de cursada se podía hacer lo mismo que en cinco, que se recuperaba el ideario de Paulo Freire y por eso era algo positivo, que se abrían nuevas oportunidades, que se saldaban deudas pendientes con los trabajadores. Señalábamos que la discusión trascendía al programa y decíamos “el FINES vino para quedarse”. Advertíamos que la punta de lanza de la reforma era la modalidad de adultos y, de dejarlo correr, lentamente permearía a todo el sistema. Por eso se requería un posicionamiento político. No podíamos aceptar docentes de primera y de segunda; ni equiparar escuelas con unidades básicas ni, mucho menos, aceptar la degradación pedagógica.

Precisamente, por contener un problema sindical, la izquierda en lugar de repudiar el programa empezó a pensar cómo le sacaba tajada. Así, inició su defensa con argumentos no muy distintos: que sectores de la clase obrera trabajadora solo podían garantizar una cursada discontinua, que había sectores que solo podían acceder intelectualmente a ese formato, que el problema residía en los docentes precarizados sin derechos, que había lugares donde la escuela no llegaba y por eso el uso de sedes era una alternativa. Hoy repiten los argumentos y llaman a defender ‘el proceso de escolarización’ cuando cierran alguna sede. La izquierda primero dejó correr el programa sin decir nada al respecto. Luego, cómo había docentes trabajando, propuso organizarlos sindicalmente, fuera lo que fuera el programa. Y ese es el principal problema. La izquierda no puede superar la lógica sindical. En lugar de cuestionar la demagogia educativa que destruye la carrera docente (da igual docentes o tutores), eliminaa la escuela como espacio de transmisión de la cultura (sedes) y reniega de la misma transmisión cultural (nada universal solo lo que el adulto cree necesita) se ocupó de organizar coordinadoras sindicales y, cuando no, abrir sus propios Fines. Objetivamente, comprando la lógica del “tutor” permitió que se anticipe la reforma laboral en el campo. O acaso qué son las formas de contratación precarias, por fuera del Estatuto con peores salarios, sin vacaciones pagas.

En definitiva, la izquierda renunció de lleno a dar la batalla por algo que importa y mucho: el rol intelectual del docente y la potencialidad que tiene la escuela de hacer progresar la conciencia. Por eso, no podemos permitir que el proceso educativo se convierta en una farsa. El contenido importa y la tarea de un revolucionario esluchar por uno que responda a sus intereses de clase. En consecuencia, debe combatir la degradación y la fractura de la clase obrera ligándola en la escuela. La izquierda argentina hizo lo opuesto: se amoldó a la degradación y buscó lucrar con ella.

 

Una guía para la acción

 

¿Dónde reside la importancia de un partido? En clarificar un balance, marcar un horizonte, anticipar y guiar una acción. El tiempo demostró que teníamos razón. Dijimos: el Fines 2 vino para quedarse. En efecto, el vaciamiento cultural que abrió el Fines es hoy la base sobre la que se construye la Escuela 2030 y su adaptabilidad y flexibilidad, con esquemas de tutores por doquier y semi-presencialidad. La escuela ya no importa como espacio porque en el pasado admitimos que no importaba tanto. Las docentes de idiomas de la CABA aprendieron rápidamente que las luchas que no se dieron en el pasado (admitiendo contrataciones por fuera del Estatuto) tienen consecuencias en el presente.

Detrás de la discusión se abre un problema muy de fondo desatendido por el conjunto de la izquierda argentina: el problema de la conciencia. La izquierda no solo es “espontaneista” sino también anti-intelectual. Supone que la distancia entre la catástrofe del embrutecimiento actual y la conciencia revolucionaria se salda sola y por eso no parece dispuesta a intervenir. En algún lugar, el proceso se resolverá solo. En aquella oportunidad para nosotros, decir “no al fines 2” implicaba defender a la clase obrera de la degradación moral e intelectual a la que la reduce este sistema social. Obviamente, el cuestionamiento era al programa y por eso pedíamos construcción de escuelas para adultos en las sedes, derechos estatutarios para sus docentes, becas para los adultos trabajadores, entre otras cosas. Pero, aunque incómodo, había que poner sobre la mesa las consecuencias del programa para el conjunto. Defender la escuela era la defensa de un refugio para la construcción de un programa revolucionariosiempre y cuando se esté dispuesto a organizar la batalla cultural. El docente entonces se convierte en el sujeto político de esa transformación. No soldaremos la fractura de la clase obrera si no identificamos su quiebre cultural como un problema nuestro y de primer orden. No la colocaremos de nuestro lado si no batallamos por su conciencia. Que ese campo no sea considerado nos convencía más de la necesidad de construir un instrumento alternativo. La discusión sobre el Fines fue, entonces, un botón de muestra de los límites de la izquierda y de la necesidad de una intervención propia. En ese momento, empezó a nacer la Corriente Nacional Docente Conti-Santoro.

2 Respuestas

  1. Omar Cabrera dice:

    De acuerdo en general.

  2. carlos dice:

    coincido totalmente. hoy los jovenes no saben leer y escribir correctamente , no pueden relacionar conceptos.Sufrimos un atraso educativo general, que se expresa en la violencia callejera. soy profesor de historia y cada vez me cuesta dar clase en las escuelas del conurbano

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