El receptor ausente – Rosana López Rodríguez

Por Rosana López Rodriguez

Grupo de Investigación de la Literatura
Popular – CEICS y autora de La Herencia.
Cuentos Piqueteros
En el artículo “Familia argentina de telenovela”, de Cecilia Fumagalli, publicado en el nº 2.188 (o nº 1 de la cuarta época) de Caras y Caretas, se intenta analizar la relación entre la familia argentina actual y su representación en las telenovelas. La idea básica es que en la actualidad argentina, a despecho de las agrupaciones más reaccionarias (como el caso de la Liga de Amas de Casa, que “considera un oprobio la presencia de un travesti en la tira familiar más exitosa de los últimos tiempos”, Los Roldán), la realidad es siempre más progresiva que la ficción. Así como la telenovela más exitosa en los ’60, La familia Falcón, mostraba un modelo de familia nuclear prolífica (cuatro hijos), con una esposa que era exclusivamente ama de casa y un marido sostén del hogar, que era bastante más conservador que la realidad familiar argentina, hoy Los Roldán repetirían esa maniobra, a pesar de la ruptura que implicaría el personaje de Laisa. Una de las consultadas por la autora, Libertad Borda, investigadora del Instituto Gino Germani, confirma esta situación en la cual la ficción es más conservadora que la realidad: en los ’40 y ’50, las películas norteamericanas mostraban a las mujeres quedándose en su casa y a los hombres afuera, en momentos en que “la mayoría estaba yendo a la guerra” y sus esposas “tenían que salir a trabajar”. Fumagalli critica las telenovelas porque presentarían una visión edulcorada de la realidad (en este caso, del travestismo) que está superada en la mayoría de las cabezas argentinas. En este sentido, le pide a la ficción un realismo mayor, no exento de morbo y con algo de Canal Venus: Los Roldán no es un programa osado por haber incluido a Laisa, pues ese personaje nunca “besó a nadie, ni mucho menos tuvo relaciones sexuales con nadie, y mejor no imaginársela en una escena de masturbación”. Pedirle a la telenovela familiar que se adapte a esa supuesta mentalidad, es hacer caso omiso de las reglas del género; para ver escenas del tipo que la autora propone, alcanza con otro género televisivo: los unitarios, las ficciones “para adultos” (Mujeres asesinas, Historias de sexo de gente común, Doble vida), o, inclusive, los programas periodísticos del espectáculo que pueden ser vistos como una ficción de las ficciones. Si Fumagalli sufre ataques de bizarría debiera sintonizar el programa de Jorge Rial para ver la foto en la que queda al descubierto un testículo de Florencia de la V/Laisa. En realidad, toda la relación entre Laisa y Uriarte se fundamenta en la “supuesta ambigüedad” de la actriz, que abona la ambigüedad del personaje de ficción. La relación entre ambos, entonces, lejos de escaparle al asunto, descansa permanentemente en la tensión sexual y en la connotación erótica de la mayoría de sus encuentros, en la metaforización de casi todas las frases y las miradas que se lanzan entre sí. El ejemplo más logrado es el episodio en el cual están a punto de besarse en un parque: el beso no se consuma, justamente porque Laisa, que había pedido un pancho, lo coloca en forma sugestiva entre su boca y la de Uriarte, mientras la cámara los enfoca en primer plano. Culminación del kitsch evoca todos los lugares comunes y juega con la muy freudiana omnipresencia de símbolos fálicos. Como el artículo parte del prejuicio populista de creer que el receptor se encuentra siempre en un estado de conciencia más progresivo que la ficción, no puede explicar de qué depende el éxito de la tira en cuestión. ¿Por qué un público de “izquierda” sigue masivamente a un producto de “derecha”? La periodista de Caras y Caretas, revista que tiene pretensiones de “elevación intelectual”, debiera asesorarse primero sobre teorías de la recepción. Evitaría así hablar de un personaje al que no conoce, el receptor.

 

¿Cómo leen los obreros?
Analizando lo que bien podría considerarse como la telenovela de la época, la narrativa de
circulación periódica, muy popular entre los años 1917 y 1927, Beatriz Sarlo en El imperio de los sentimientos, sostiene que se trata de un fenómeno narcotizante, una lectura para el descanso y la consolación. Sus tesis repiten los análisis sociales del arte realizados por Pierre Bourdieu. En La distinción, Bourdieu caracteriza que las “clases populares” tienen “gustos de necesidad” y la clase dominante experimenta “gustos de libertad” (la posibilidad de elección y “derroche”). Para la clase obrera, el mundo de opciones es “cerrado”, pues expresa en su habitus de clase la “aceptación de lo necesario, de resignación a lo inevitable”. Su perspectiva, así como la de Sarlo, es reproductivista: la hegemonía económica (de la cual se deriva la cultural) de la clase dominante es absoluta y no ofrece ninguna contradicción. La clase obrera acepta, pasiva e inconscientemente, dicha imposición: no habría entonces posibilidad alguna de cambio. Este tipo de reproductivismo se lo conoce con el nombre de miserabilismo.
Contra esa tendencia se han alzado algunas voces. Una de ellas es la de Michel De Certeau.
En La invención de lo cotidiano, el autor asume que el lector es autónomo: “[…] los lectores son viajeros: circulan sobre las tierras del prójimo, nómadas que cazan furtivamente a través de los campos que no han escrito […]”. El receptor asocia entre sí “textos yacentes de los cuales él es el despertador y el huésped, pero nunca el propietario. Por esto esquiva la ley de cada texto en particular, lo mismo que la del medio social.” La lectura como “caza furtiva” salta todos los límites textuales; todo texto puede ser leído de cualquier modo. En tanto consiste en una relación simbólica, hecha sobre la base de discursos, puede saltarse también, las experiencias sociales de los receptores. Según De Certeau, los que no escriben tienen la posibilidad de “robar”, y en ese acto, hacen del texto lo que ellos quieren, no lo que el autor había pretendido que hicieran, pues no son tan tontos como los reproductivistas (se digan marxistas o no) creen. Esta concepción del receptor es populista: el pueblo siempre tiene razón.
Sobre la base de las declaraciones de Menocchio, un molinero del siglo XVI acusado por la Inquisición de interpretaciones herejes del dogma católico, Carlo Ginzburg reconstruye en El queso y los gusanos, el universo cultural del receptor y su lectura. Aunque se trata de un solo caso puede hacerse extensivo a un grupo más amplio, porque “de la cultura de su época y de su propia clase nadie escapa”. El universo textual de Menocchio es “una jaula flexible e invisible para ejercer dentro de ella la propia libertad condicionada.” El contexto posterior a la Reforma le permitió a Menocchio la “audacia para comunicar sus sentimientos al cura del pueblo, a sus paisanos y a los mismos inquisidores”. Gracias a la invención de la imprenta, pudo “confrontar los libros con la tradición oral en la que se había criado” y con su propia experiencia como molinero. La suya es una lectura de adaptación coyuntural dada por las particulares determinaciones históricas en combinación con las determinaciones de clase del receptor y de los productores. Ginzburg nos acerca una forma de pensar el problema del receptor no reproductivista, al mismo tiempo que evita caer en el populismo de De Certeau. A partir de allí hemos elaborado el concepto de lectura desviada.
En el acto de reflexionar sobre su experiencia, es decir, en el acto de lectura, los receptores populares proceden como cualquier lector, seleccionando a partir del material dado aquellos elementos asequibles a sus condiciones materiales de existencia (económicas, culturales e ideológicas). El estado general de ese proceso de la experiencia se encuentra particularmente afectado por el estado de las relaciones de fuerzas materiales, políticas y culturales entre las clases. El movimiento en el cual ese estado se procesa es la lucha de clases, de modo que, las posibilidades de lectura no pueden deducirse en abstracción de ese proceso. En momentos en los cuales la ideología dominante entra en crisis con el conjunto de las relaciones sociales, el lector popular podrá transitar con mayor autonomía los textos; podrá reinterpretar textos que contengan una posibilidad de lectura distinta de la generada por el autor. Textos reaccionarios podrán dar pie a lecturas reformistas, textos reformistas podrán dar pie a lecturas revolucionarias. El lector podrá desviar su mirada para tomar aquellos elementos que colaboran con el proceso de aprendizaje que está desarrollando. Este desvío se facilita por la presencia de lecturas contradictorias en un clima de crisis. La lectura desviada es el resultado de la interpretación producida en ese proceso de aprendizaje y se lleva a cabo en el hiato que existe entre la experiencia de lectura y la experiencia política. La interpretación reproductivista confunde infancia literaria (un producto sencillo para un lector que no ha desarrollado competencias de lectura académicas) con infancia ideológica, que depende de la experiencia de lucha del lector.
En períodos históricos en los cuales la lucha de clases no se manifiesta con agudeza, es posible que el receptor popular tenga una lectura ideológicamente infantil, que se apegue a la propuesta de la producción con tendencias reformistas o reaccionarias, inclusive. Mientras tanto, en períodos en los cuales la perspectiva revolucionaria está presente en las experiencias de los lectores obreros, es difícil suponer que el receptor lea políticamente como un niño, que no cuestione o adapte su recepción a la experiencia que está atravesando. En esta distancia entre las habilidades de lectura y las habilidades políticas es posible la aparición de la lectura desviada.
La lectura populista, aparentemente menos prejuiciosa que la reproductivista, es aún, en realidad, más descalificadora. La realidad del mundo y su experiencia no son simbólicas, sino materiales. No es posible leer un texto de cualquier modo. En la aparente sobreestimación del receptor popular reside su descalificación: al creer que es absolutamente libre, supone que se conforma (o debiera conformarse) con un robo simbólico (después de todo, sólo existen los discursos). Esto lo inhabilita para llevar a cabo acciones reales que reviertan su situación, en un mundo real en el cual no es propietario. Y no solamente porque no es artista.

 

Los Roldán y el Argentinazo

 

La periodista de Caras y Caretas no puede explicar, dijimos, el éxito de Los Roldán. Se adivina, sin embargo, una mirada populista. Fumagalli debe creer que quienes ven la tira no se sienten verdaderamente identificados con ella. “Cazan furtivamente” y se retiran. A menos que suponga, con una perspectiva miserabilista, que la gente se traga cualquier cosa aunque no represente su vida. Sin embargo, esa telenovela representa bastante bien la crítica moderada a la década menemista: el carácter despectivo de Uriarte, la reivindicación del pobre que es fiel a sus principios (aun cuando tenga dinero), el énfasis en la familia y los sentimientos como resguardo contra el mercado. Contradictoriamente, en un marco derechista (donde se mezcla la reivindicación de la Virgen y la justificación de las diferencias sociales), se incrustan elementos con tendencias disruptivas: no sólo el reconocimiento del travestismo, sino incluso el de la posibilidad de la conformación de una vida feliz, simbolizada en una nueva familia, e incluso en la perspectiva de un hijo. Precisamente, esa mezcla ambigua de reforma y reacción que caracteriza al kirchnerismo se encuentra fielmente retratada en la tira.
Otro problema distinto es qué ve el público, cómo lee la telenovela. Es muy probable que las fracciones más conservadoras valoren la crítica implícita a la usura y el monetarismo
desenfrenado del menemismo, tanto como la reivindicación de la religiosidad popular. Está claro también que este público se “banca” al travesti. Seguramente, entre los “lectores” se encuentran aquellos que, al estilo de Homero Simpson, aceptan cualquier cosa alegremente.
Casi seguro también habrá quienes la lean (correctamente) al estilo kirchnerista. Pero no habría que descartar que muchos de los telespectadores asuman el aspecto más crítico de la
novela, una lectura que puede hacerse si se desvía la mirada de ciertos elementos conserva dores y se toman aquellos que enfatizan la confrontación. No es creíble que el público, protagonista del Argentinazo, haya perdido por completo la bronca que caracterizó a aquellos días de furia. Si esto es así, debajo de una superficie complaciente deben existir todavía pasiones ocultas. Caras y Caretas podría evitar el ensayismo superficial si supiera que la solución al intríngulis sólo puede venir de la investigación y el análisis serio.

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