El Proceso de Reorganización Cultural

 

 

El Aromo entrevistó a Hernán Invernizzi, ex-combatiente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en los ‘70 que  cambió “la crítica de las armas por las armas de la crítica” y dedica su esfuerzo actual a la investigación profesional de los alcances de la estrategia cultural de la burguesía argentina. Lo que sigue es el extracto de la entrevista al coautor de Un golpe a los libros (Eudeba, 2002).

¿Cómo definirías tu libro?

Este libro es un primer informe de una investigación mayor, que se llama Represión y Cultura que se hace en la Adjuntía de Derechos Humanos de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Bs. As. que empieza en el 2000. Simplificando, diríamos que el objetivo principal es ver la relación entre represión y cultura en la historia argentina reciente, relación que hay que problematizar. Investigar, analizar, teorizar todos los procedimientos de control y represión -que no son lo mismo- y que se utilizaron entre 1976 y 1983. […] Creemos que es una forma de reformular el gran problema de la cultura política de una sociedad dada.

Uds. plantean dos hipótesis fuertes: una es corroborar -como había hecho la CONADEP- la existencia de un plan, un sistema organizado y la otra es enfatizar que había habido una preparación intelectual importante entre los encargados del “Proceso”. ¿A esas hipótesis llegan con el devenir de la investigación?

No, son anteriores. […] Yo lo pude percibir. Vengo de una familia que tuvo un papel importante en la cultura argentina de los ’60 y ’70, empecé a trabajar en el periodismo muy joven. Con mi experiencia de los censores en las cárceles y lo poco que uno podía leer en ellas, que había denominadores comunes, constantes. Empiezo a intuir -por mis convicciones ideológicas no creo en las casualidades- que allí había un sistema, aunque no terminaba de ver cómo encajaban las piezas. Por otro lado, siempre creí que las Fuerzas Armadas tuvieron y tienen una política de formación de cuadros con gente muy capaz -aunque suene perturbador y chocante- que participan de los grandes debates culturales como el ejército brasilero, a diferencia del resto de los militares latinoamericanos. Es una imagen equivocada esa de pensar en un ejército elitista, oligárquico: es como seguir pensando que el poder en el país lo tienen los estancieros. […] Los nuevos militares son hijos de inmigrantes, lo que demuestra que tienen una relación con la sociedad mucho más fluida de lo que se cree, poco estudiada y conocida. Y además, como institución y órgano del Estado con políticas institucionales -más allá de sus conflictos internos- tuvieron lazos estrechos no sólo con el poder económico de la Argentina, sino con el poder del conocimiento, lo cual presuponía que en un proyecto tan serio como la dictadura, la cultura estaría contemplada. En teoría mi planteo era al revés: somos nosotros (los del campo popular, la izquierda legal, la izquierda revolucionaria, “los progres”, etc.) los que subvaloramos la política cultural y el mundo simbólico: es por eso que en Argentina Gramsci llega tan tarde a ser leído primero y aceptado luego. Contrariamente, del otro lado del campo popular -o como quieras llamarlo- siempre priorizaron la educación, la comunicación y la cultura.

El libro es como el Nunca Más de la cultura.

Hay una correspondencia. Al campo de concentración clandestina le corresponde el equipo de censura, es decir no son ni más ni menos importantes. El análisis que hizo la dictadura fue muy simple: tenemos que matar entre 30.000 y 40.000 tipos y al resto los tenemos que “quebrar” a todos. Hay que hacer una nueva acumulación cultural acorde con el nuevo contexto internacional y a nuestros intereses de clase, eso es el plan de Martínez de Hoz. De lo que se dan cuenta es que si matan a los que tienen que matar, expulsan a los que haya que expulsar pero no convencen al resto, en diez años el problema empieza de nuevo, por eso tanta importancia a la cultura. Ellos tenían que intentar un proyecto de producción de hegemonía y lo tuvieron. Era una mesa de tres patas: cultura-educación-comunicación, represión física y sistema económico. Y si sacás una de esas patas se cae todo a pedazos. Y ellos lo entendieron perfectamente bien.

¿Cuál era el concepto de cultura que manejaban?

Eran pragmáticos. La alianza de clases y los militares que llevaron a cabo el golpe, tenían un concepto increíblemente flexible y práctico de cultura: para ellos cultura es casi todo, por eso casi todo debe ser controlado, revisado y modificado […] Reproducimos una carta de 1977 escrita por el Gral. Vaquero -cuando la izquierda argentina aún no conocía al pensador italiano- que dice “guarda que los zurdos se nos vuelven gramscianos y no estamos preparados para eso”. Hallamos un coronel retirado del ejército que en publicaciones del Círculo Militar de la década del ’70 citaba a Raymond Williams en inglés y había empezado a hacer investigaciones sobre opinión pública en los comienzos de los ’60, que son tan consistentes que se las pasamos a la UBA para que haga una evaluación. Fue el primero -en los ’70- que informatizó las encuestas de opinión en el país. No sabemos nada, es increíble: tenemos un conocimiento superficial de los adversarios. Hay que rastrear la cantidad inmensa de tipos que manejaron el Estado a partir del ’76: asesores, rectores universitarios, directores de departamento, de investigación, funcionarios menores, etc. Qué formación tenían, qué libros leían, a cuáles congresos asistían, en qué universidades públicas o privadas trabajan en la actualidad, etc. Miles de cuadros civiles con una producción intelectual importante.

Se ve en el libro que en el discurso militar se parte de la caracterización de guerra. Ustedes se oponen a ella, hablando de genocidio ¿por qué?

Francamente creo que no hubo una guerra. Pienso que existió un proyecto de clase que se proponía -la gran burguesía terrateniente con actividades económicas diversificadas: financieras, etc. creada contra el Estado de Bienestar mercadointernista encarnado en el peronismo- llevar adelante un proyecto de refundación de nuestro país de común acuerdo con sectores de las FFAA. No creo que eso sea una guerra, es lucha de clases y hay una represión a aquellos sectores que no eran funcionales a dicho proyecto. Por eso la mayor cantidad de desaparecidos no son guerrilleros, pues nosotros no éramos el problema mayor, sino los militantes de base, algunos dirigentes sindicales. La guerrilla hacia marzo del ’76 estaba hecha pelota.

Eso, reconocéme, no está en el libro.

No, es verdad. Porque creíamos que en un informe sobre libros, etc. no había que avanzar por allí. En otros trabajos que estamos a punto de publicar, desarrollamos más esto […] Pero al tener necesidad de publicar (yo soy funcionario público, cobro un sueldo, no soy un ñoqui, y tengo que mostrar el fruto de mi trabajo). O sea, hubo apuro por sacar el libro y a la vez, de ampliar el marco de estudio. Vamos a publicar por ejemplo un documento que estaba en uno de los últimos trabajos de Enrique Vázquez que es una directiva anual del Comandante en Jefe del Ejército para su tropa, documento superreservado […] dice casi textual: “el enfrentamiento militar con el enemigo subversivo está terminado, ahora tenemos que seguir con la mente de los argentinos”, eso lo escribió Videla, no yo; y ahí te hablan de economía, de educación, de diplomacia, de comunicación, etc. pues las organizaciones militares revolucionarias ya han sido derrotadas y no tienen capacidad de maniobra alguna. Sin embargo sigue la guerra ¿por qué? Porque no es una guerra, es la iniciativa de una clase por imponer su proyecto de país de acuerdo a sus intereses de clase históricos. Por eso creo que en los ’70, si bien no la defino como situación revolucionaria, hubo una suficiente efervescencia como para preocuparlos, entonces deciden tomar la iniciativa antes de que se vuelva todo más peligroso…

Me parece entonces que subjetivamente la burguesía argentina tiene más claro que es lo que hay que hacer para terminar con el conflicto.

Lo decimos más simple: la tuvieron más clara. Tuvieron mejor diagnóstico entonces tuvieron mejor proyecto y por ende, les fue mejor. Esto está lejos de alegrarme, no me gusta decir esto: lo pagué con doce años y medio de cárcel, pero no hay que cerrar los ojos, hay que aprender…

Es como preguntarnos por qué perdimos…

No es que perdimos: nos cagaron a sopapos. No obstante que el espíritu de movilización siga, la protesta, etc; pero hay que entender cómo fueron las cosas. Pero nos pegaron una paliza terrible.

Hay un reconocimiento de que en la batalla militar ganaron. En la batalla cultural ¿ganaron también?

Es muy difícil de evaluar, es una de las preguntas que nos hacemos desde que empezó la investigación. Si la opción es ganar o perder, estamos cometiendo un error de método, es imposible que en un aspecto tan complejo y polisémico se pueda hablar de victoria o derrota. Lo que sí creo es que ellos consiguieron producir cambios significativos en nuestra cultura en términos generales y en nuestra cultura política en términos particulares (legitimación de saberes, políticas culturales, etc) que no son definitivos ni tampoco son todos lo que ellos hubiesen querido. De hecho, ellos reconocen no haber triunfado en la subjetividad, en la batalla cultural (fijáte que ellos identifican política y cultura). Es interesante entender qué quieren decir con ello, porque nos permitiría entender qué creen que es lo que ganaron: la brutal represión física (a mí por ejemplo no me quedaron amigos, los mataron a todos). En el terreno económico-social ganaron en forma aplastante. […] Ha sido tan grande el avance de la gran burguesía en este país que le vendió y convenció a amplios sectores -y muchos ex izquierdistas- que “las utopías han muerto”, o no hablar en términos de “clase” y reemplazarlos por grupos, sectores o cualquier otro término…

Y eso justamente permite afirmar que existió una guerra, una clase operando militarmente contra otra y por eso destruir Eudeba, perseguir autores, etc., etc.

Persecución en cuanto a bibliografía marxista por ejemplo, muy particular: fijáte que El Capital estaba en la bibliografía de ciertas universidades en dicha época, leerlo no te convertía automáticamente en revolucionario. Sí estaba prohibido Operación Masacre, pero no por ejemplo cierta obra de teatro contestataria para que un sector “progre” se descargue y la vea. Por eso, dicho nuevamente, ellos la tenían clara: la capacidad comunicacional los preocupaba, la capacidad de influencia que tenía esa revista, ese film, esa obra teatral. Los informes de inteligencia -en ese sentido idénticos a los publicitarios- hablan de un “público blanco” evaluando la relación impacto/costo. Muchos intelectuales y artistas figuran en listas de esos informes en donde se los sigue, se hace un análisis detallado de su obra específica y se termina afirmando como conclusión “dejémoslo: no jode a nadie”, con lo cual si ese artista lee el informe puede llegar a decir “¿cómo que no llego a nadie?” o mejor “que suerte que no tuve éxito”, o sea en términos de supervivencia piensa “qué bien, zafé” y en términos políticos “soy un tarado, no influyo a nadie”. Al poder le preocupaba la eficiencia de su adversario. Ellos pensaban siempre en términos políticos. En un sentido podemos decir que un guerrillero armado era menos peligroso que un militante sindical o un delegado de fábrica para la dictadura…

 

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