El problema campesino en Francia y Alemania

Federico Engels (1820-1895)

(…) La población campesina a la que nosotros podemos dirigirnos está formada por elementos muy diversos, que a su vez varían mucho según las diversas regiones. En el occidente de Alemania, al igual que en Francia y en Bélgica, predomina el pequeño cultivo de los campesinos parcelarios, que son en su mayoría propietarios y en su minoría arrendatarios de las parcelas que cultivan. En el noroeste —Baja Sajonia y Schleswig-Holstein— existen predominantemente grandes y medianos campesinos que no pueden cultivar sus tierras sin criados de campo y plaza e incluso sin jornaleros. Otro tanto acontece en una parte de Baviera. En la Prusia del este del Elba y en Mecklemburgo nos encontramos con la zona de los grandes terratenientes y del cultivo en gran escala, con criados de campo y plaza, peones y jornaleros, y de vez en cuando pequeños y medianos campesinos, pero en una proporción relativamente débil y en constante descenso. (…) ¿Cuáles de estas categorías de la población campesina se pueden ganar para el partido socialdemócrata? Aquí sólo investigamos esta cuestión, naturalmente, muy a grandes rasgos; nos limitamos a destacar las formas más acusadas, pues no disponemos de espacio para tener en cuenta los grados intermedios ni la población rural mixta. Comencemos por el pequeño campesino. Este no sólo es el más importante de todos los campesinos en el occidente de Europa en general, sino que además nos suministra el caso crítico de todo nuestro problema. Una vez que veamos clara nuestra actitud ante el pequeño campesino, tendremos todos los puntos de apoyo necesarios para determinar nuestra posición ante las demás categorías de la población campesina. Por pequeño campesino entendemos aquí el propietario o arrendatario —principalmente el primero— de un pedazo de tierra no mayor del que pueda cultivar, por regla general, con su propia familia, ni menor del que pueda sustentar a ésta. Este pequeño campesino es, por tanto, como el pequeño artesano, un obrero que se distingue del proletario moderno por el hecho de hallarse todavía en posesión de sus medios de trabajo; es, por consiguiente, un vestigio de un modo de producción propio de tiempos pretéritos. De su antepasado, el campesino siervo, vasallo o, muy excepcionalmente, del campesino libre sujeto a tributos y prestaciones, le distinguen tres circunstancias. La primera es que la revolución francesa lo ha liberado de las cargas y tributos feudales que adeudaba al dueño de la tierra, entregándole en la mayoría de los casos, por lo menos en la orilla izquierda del Rin, la libre propiedad de la tierra que cultiva. La segunda es que ha perdido la protección de la comunidad autónoma de la que era miembro y ha dejado de formar parte de ella, con lo cual perdió también su participación en el usufructo de los bienes de esta antigua comunidad. (…) La tercera circunstancia que distingue al campesino actual es la pérdida de la mitad de su actividad productiva anterior. Antes, el campesino, con su familia, producía de la materia prima de su propia cosecha la mayor parte de los productos industriales que necesitaba; los demás artículos necesarios se los suministraban otros vecinos del pueblo que explotaban un oficio al mismo tiempo que la agricultura y a quienes se pagaba generalmente en artículos de cambio o en servicios recíprocos. La familia, y más aún la aldea, se bastaba a sí misma, producía casi todo lo necesario. Era casi una economía natural pura, en la que apenas se sentía la necesidad del dinero. La producción capitalista puso fin a esto mediante la economía monetaria y la gran industria. Pero, si el disfrute de los bienes comunales era una de las condiciones fundamentales para la existencia de estos pequeños campesinos, otra era la producción industrial accesoria. Y así vemos cómo el campesino va decayendo más y más. Los impuestos, las malas cosechas, las particiones hereditarias, los pleitos echan a un campesino tras otro en brazos del usurero, el agobio de deudas se generaliza cada vez más, y cada campesino individual se hunde más y más en él. En una palabra, nuestro pequeño campesino, como todo lo que es vestigio de un modo de producción caduco, esta condenado irremisiblemente a perecer. El pequeño labrador es un futuro proletario. Como futuro proletario, debiera prestar oído a la propaganda socialista. Pero hay algo que se lo impide, por el momento y es el instinto de propiedad que lleva en la masa de la sangre. (…) [Según el programa del Partido Socialista Francés] no es sólo el pequeño campesino el que debe ser amparado en su propiedad. Es también “conveniente hacer extensiva esta protección a los productores que cultivan tierras ajenas bajo el nombre de arrendatarios o aparceros (métayers) y que si explotan a jornaleros es porque se ven forzados en cierto modo a hacerlo por la explotación de que se les hace objeto a ellos mismos”. Aquí, entramos ya en un terreno completamente peregrino. El socialismo se dirige de un modo especialísimo contra la explotación del trabajo asalariado. ¡Y aquí se declara como deber imperioso del socialismo amparar a los arrendatarios franceses que —así dice literalmente— “explotan a jornaleros”! ¡Y esto, porque se ven forzados en cierto modo a hacerlo “por la explotación de que se les hace objeto a ellos mismos”! ¡Qué fácil y qué agradable es dejarse ir cuesta abajo, una vez que se pone el pie en la pendiente! Supongamos que se presenten los labradores grandes y medianos de Alemania y que pidan a los socialistas franceses que intercedan cerca de la dirección del partido alemán para que el Partido Socialdemócrata de Alemania los ampare en la explotación de sus criados, invocando para ello “la explotación de que les hacen objeto a ellos mismos” los usureros, los recaudadores de contribuciones, los especuladores de cereales y los tratantes de ganado, ¿cuál sería su respuesta? ¿Y quién les garantiza que nuestros grandes terratenientes del partido agrario no les enviarán también a un conde Kanitz (…), demandando también el amparo de los socialistas para su explotación de los obreros agrícolas en vista de la “explotación de que les hacen objeto a ellos mismos” la Bolsa, los usureros y los especuladores de trigo? (…) Niego redondamente que el partido obrero socialista de ningún país tenga la misión de recoger en su regazo, además de los proletarios agrícolas y de los pequeños campesinos, a los campesinos medianos y grandes, y menos aún, a los arrendatarios de grandes fincas, a los ganaderos capitalistas y demás explotadores capitalistas del suelo nacional. (…) en nuestro partido, en el que caben individuos de todas las clases sociales, no puede tener cabida en modo alguno ningún grupo que represente intereses capitalistas de la burguesía media ni de la categoría de los campesinos medianos. (…) Pasemos ahora a la categoría de los campesinos más acomodados. Aquí, por efecto principalmente de las particiones hereditarias y también del agobio de deudas y de las subastas forzosas de tierras, nos encontramos con toda una escala de grados intermedios que va desde el campesino parcelario hasta el labrador rico, poseedor de toda su hacienda patrimonial, a la que incluso ha agregado nuevas tierras. Allí donde el campesino medio vive entre campesinos parcelarios, no se distingue sustancialmente de éstos por sus intereses ni por sus ideas; su propia experiencia se encarga, en efecto, de advertirle cuántos de los de su categoría han descendido ya al nivel de los pequeños campesinos. Pero la cosa cambia completamente allí donde predominan los campesinos medios y ricos y donde el tipo de explotación requiere con carácter general la ayuda de peones. Naturalmente, un partido obrero tiene que defender en primer término los intereses de los obreros asalariados, y por tanto, los de los peones y de los jornaleros. Le está vedado de suyo, por consiguiente, hacer a los campesinos ningún género de promesas que llevan consigo la persistencia de la esclavitud asalariada del obrero. Pero, mientras siga habiendo campesinos grandes y medianos, éstos no podrán prescindir de los obreros asalariados. Y así, si por nuestra parte es una simple necedad el presentar a los campesinos parcelarios la perspectiva de que han de seguir viviendo constantemente como tales, el prometer otro tanto a los campesinos grandes y medianos sería ya algo rayano en la traición. (…) Lo mismo acontece con los campesinos grandes y medianos. Sus peones y sus jornaleros nos interesan, naturalmente, más que ellos mismos. Si estos campesinos quieren que se les garantice la persistencia de sus haciendas, nos piden algo que nosotros no podemos, en absoluto, concederles. (…) Nosotros tenemos la certeza económica de que también los campesinos grandes y medianos tendrán que sucumbir infaliblemente ante la competencia de las haciendas capitalistas y de la producción barata de cereales de ultramar, como lo demuestra el creciente agobio de deudas y la decadencia, visible por doquier, de que son víctimas también estos campesinos. Contra esta decadencia, lo único que podemos hacer es recomendar también aquí la reunión de las fincas en haciendas cooperativas, en las que se pueda ir descartando cada vez más la explotación del trabajo asalariado, para poder convertirlas poco a poco en ramas iguales en derechos y en deberes de la gran cooperativa nacional de producción. Si estos campesinos se dan cuenta de que la desaparición de su modo de producción actual es inevitable y sacan las consecuencias necesarias de esto, que vengan a nosotros, y ya nos encargaremos de facilitarles también a ellos, a medida de nuestras fuerzas, el paso al nuevo modo de producción. En otro caso, tendremos que abandonarlos a su suerte y dirigirnos a sus obreros asalariados, de los que conseguiremos hacernos escuchar. (…) La única categoría en que el problema se presenta sencillísimo es la de los grandes terratenientes. Aquí, estamos ante explotaciones capitalistas manifiestas, y no valen escrúpulos de ninguna clase. Aquí, nos enfrentamos con proletarios agrícolas en masa, y nuestra misión es clara. Tan pronto como nuestro partido tome posesión del poder del Estado, procederá a expropiar sin rodeos a los grandes terratenientes, exactamente lo mismo que a los fabricantes industriales. (…) Las grandes fincas restituidas así a la colectividad serán entregadas por nosotros en disfrute a los obreros agrícolas que ya las cultivan ahora, que deberán organizarse en cooperativas, bajo el control de la colectividad. En qué condiciones, es cosa que no se puede determinar todavía. En todo caso, aquí la transformación del sistema de explotación capitalista en un sistema de explotación colectiva está ya plenamente preparada y puede llevarse a cabo de la noche a la mañana, exactamente lo mismo, por ejemplo, que en una fábrica del señor Krupp o del señor von Stumm. (…) Por tanto, aquí podemos abrir a los proletarios agrícolas una perspectiva tan brillante como la que aguarda a los obreros industriales. De este modo, la conquista de los obreros agrícolas prusianos del este del Elba sólo puede ser, para nosotros, una cuestión de tiempo, y de un tiempo muy corto. Y tan pronto como tengamos con nosotros a los obreros agrícolas del este del Elba, empezarán a soplar otros vientos en toda Alemania. (…) Echad la semilla de la socialdemocracia entre estos obreros, dadles ánimos y espíritu de solidaridad para que luchen por sus derechos, y las glorias de los junkers se habrán acabado. La gran potencia reaccionaria, que representa para Alemania el mismo elemento bárbaro de conquista que el zarismo ruso para toda Europa, se desinflará como una vejiga pinchada. Los “regimientos selectos” del ejército prusiano se harán socialdemócratas y con ello se operará un desplazamiento de poder que alberga en su seno toda una revolución. Por eso, el ganar a los proletarios agrícolas del este del Elba tiene una importancia muchísimo mayor que el atraer a los pequeños campesinos del occidente de Alemania, sin hablar ya de los campesinos medios del Sur. Aquí, en la Prusia del este del Elba, está nuestro campo de batalla decisivo; por eso, el gobierno y los junkers harán cuanto puedan para cerrarnos el paso aquí. Y si se acude —como se nos amenaza— a nuevas medidas de violencia para impedir la expansión de nuestro partido, se hará sobre todo para que nuestra propaganda no llegue al proletariado agrícola del este del Elba. A nosotros, esto no debe importarnos. Lo conquistaremos, a pesar de todo. Notas *Publicado originalmente en Die Neue Zeit, Bd. 1, No. 10, 1894-1895. Tomado de Marx, Carlos y Federico Engels: Obras Escogidas en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974, t. III.

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