El peso del elefante.

Por Fabián Harari.

Grupo de Investigación de la Revolución de Mayo – CEICS

La Biblioteca Nacional estaba paralizada por la huelga de sus trabajadores, la primera huelga que la CTA le hacía al gobierno K. Los colegios secundarios estaban tomados y, en la UBA, los docentes habían sacado sus clases a la calle. Sin embargo, la orden del Secretario de Cultura, el otrora “jotapé” José Nun, fue tajante: las jornadas debían hacerse a como dé lugar. Se intentaba poner a debate la existencia y viabilidad de un Proyecto nacional. El evento, sin embargo, no fue masivo. Tuvo por objetivo, más bien, reagrupar a un conjunto de intelectuales claramente alineados con el régimen, darles una conciencia de las acciones a realizar y organizar la tarea común.
“La verdad es que muchas veces no se toma en cuenta que nosotros estamos saliendo de una guerra política, social y económica, apenas saliendo de esa guerra.”, se sinceró el secretario en su discurso inaugural. Comparó a quienes no pueden ver el fuerte conflicto social, con un investigador que busca la forma de introducir un elefante en un barco sin tener en cuenta el peso del paquidermo. “No tener en cuenta la guerra que estamos tratando de remontar equivale a no tener en cuenta el peso del elefante.”, aclaró.
Utilizó una palabra fuerte, una palabra que la burguesía parecía no querer escuchar más por un tiempo. Como buen dirigente, Nun expresó, sin cortapisas, cuál es el estado de situación y para qué se convoca a semejante evento: se trata de recomponer el consenso. Como buen dirigente burgués, caracteriza el enemigo a combatir en aquella “ciudadanía igualmente activa, pero activa para la queja, activa para el reproche, activa para el lamento…” y en la “pérdida de confianza en las instituciones”. Es decir en quienes combaten contra las condiciones de vida imperantes y en quienes luchan contra la ideología burguesa.
A diferencia de las organizaciones que dan por cerrado el proceso abierto en el 2001, la burguesía reconoce que no son tiempos de paz, que debe liquidar los últimos reductos del Argentinazo y restaurar el dominio sobre el conjunto de la sociedad. Tarea que requiere, entre sus acciones más importantes, ganar el consentimiento de la población explotada. Una tarea militante en el ámbito de la cultura que precisa de un contenido ideológico específico y de una organización que lo difunda y justifique.
La Nación es el contenido privilegiado para la legitimación del orden social burgués: las clases sociales no existen (o son un aspecto secundario), en el fondo somos todos argentinos. Una ficción que busca sujetar los destinos del trabajador al de su patrón. Es la intención de presentar el aparato político creado y sostenido por (y para) la clase dominante como el órgano que nos contiene a todos. Las fiestas patrias son la celebración de ese mito, y esa es la razón por la que la burguesía invierte tantos recursos materiales e intelectuales en su difusión. Tal como recomienda Nun, se debe fomentar el “entusiasmo colectivo”, el festival, “la unidad en las grandes decisiones”, y la “identidad cultural común”. El Bicentenario es un momento particular para esa tarea.
La difusión no puede realizarse sin una organización, es decir una disposición ordenada de un conjunto de voluntades en torno a una dirección, un programa claro y un curso de acción específica. Así lo caracteriza el Secretario de Cultura: “La apuesta nuestra, muy fuerte, es que el Bicentenario se construya como ese festival (se refiere a la celebración de la identidad común) y para eso la construcción debe comenzar ya. No ocurre de manera espontánea. De manera espontánea lo que se reproduce es el reproche, el desencanto, la desconfianza que nos aqueja permanentemente a los argentinos”. La arenga a la tropa llama a que ésta sienta el peso del elefante y tome la iniciativa, porque el consenso (como la revolución) requiere un trabajo sobre la conciencia y el propio desorden despeja el camino al enemigo.

Juntos somos más

La convocatoria tuvo como fin, por lo tanto, la coordinación de un relato común de la génesis, el desarrollo y la crisis de nuestra sociedad. Un relato que legitime al Estado y al personal que lo ocupa actualmente. Se congregó para tal efecto a Hilda Sábato, Fernando Devoto, Horacio González, Eduardo Rinesi, Juan Carlos Chiaramonte, Jorge Myers, Alejandro Cattaruzza, José Pablo Feinmann, Maristella Svampa, Carlos Altamirano, Rosendo Fraga y Natalio Botana. Ex comunistas, ex montoneros, socialdemócratas, autonomistas, peronistas, antiperonistas y representantes de la derecha más recalcitrante, todos, se hicieron presentes en torno a un objetivo común.
La primera mesa reunió a Chiaramonte, Myers, Bragoni y Ternavasio con el título: 1810 y la vigencia del debate histórico. De las dos últimas autoras ya hablamos en el número pasado (ver El Aromo nº 19). Chiaramonte es un ex militante del PC que en el exilio descubrió la socialdemocracia. El alfonsinismo lo trae a la UBA. Dirige el instituto de investigaciones históricas más importante del país, el “Emilio Ravignani”. También podemos leerlo todos los 25 de mayo en Clarín, empresa (burguesa) con la cual colaboró en la confección de su Historia Visual. Jorge Myers, historiador norteamericano, se ha dedicado a fustigar a Rosas por dictador populista, al mejor estilo Condollezza Rice, no por burgués sino por tener alguna consideración por los explotados.
La mesa fue unánime: no hubo revolución alguna, sólo el intento de evitar un vacío de poder y la Nación es el producto del consentimiento de “las provincias” y de la búsqueda de la mejor fórmula constitucional. Cuando le hicimos ver que esas eran las hipótesis de Ricardo Levene y la historiografía más tradicional de la década de 1920, Chiaramonte se ofendió. Acto seguido, reivindicó a Ricardo Callet-Bois (historiador de esa escuela y muy ligado a las FF.AA.). A confesión de partes…
El centenario tuvo su mesa: 1910: Nacionalidad, nacionalismo y república. El mismo espíritu idealista recorrió las ponencias. Las reformas políticas y la definición de ciudadanía es el resultado de disquisiciones de los intelectuales, donde se impone el proyecto más sensato, aquel que busca la inclusión de toda la población. A cargo de esta mesa estuvieron Fernando Devoto, titular de cátedra en la UBA y autor de numerosos libros sobre la inmigración, e Hilda Sábato, ex montonera, ex alfonsinista y ex partidaria de la Historia Social. Integrante de Punto de Vista, fundadora del PEHESA (ver “Astillas del mismo palo” en página 7) y titular de la única cátedra de Historia Argentina II de la UBA. Autora de varios libros, se la puede leer cada tanto en Clarín glorificando a la Nación Argentina como una suma de diversidades. Colaboró también en la Historia Visual Clarín. Conduce, sin exponerse a cargos públicos, la carrera de Historia de la UBA e institutos de investigación a nivel nacional.
La mesa de actualidad, Democracia y nación ¿es posible una democracia sin proyecto nacional?, tuvo entre sus panelistas a Carlos Altamirano, José Pablo Feinmann y Eduardo Rinesi. Altamirano, ex militante de la juventud comunista, co-fundador de Punto de Vista y del Club de Cultura Socialista. Hoy día se dedica a escribir sobre la cultura para… sí, adivinó, Clarín. Y también colaboró en… sí, adivinó, otra vez: la Historia Visual Clarín. Al filósofo Feinmann se lo encuentra en la contratapa de Página/12. Peronista “de izquierda”, “progresista”, se cansó de escribir contra el neliberalismo de Menem y De la Rúa. Hoy apoya abiertamente a Kirchner. El último, Eduardo Rinesi, es editor junto con Horacio González de El Ojo Mocho, una revista autonomista que hizo furor en los ’90 insultando a una izquierda minoritaria. Todos los autores coincidieron en este punto: “es necesario poner la cuestión del fortalecimiento del Estado y su democratización en la agenda de las discusiones públicas”. Dicho por Rinesi. Sí, el autonomista, quien se dedicó a insultar a la izquierda porque “tienden a diagnosticar y a celebrar una presunta (y además presuntamente festejable) crisis del Estado… cuando la administración Duhalde comenzaba trabajosamente a reconstruir ciertas funciones básicas del Estado y hacer nuevamente de él una referencia para millones de personas”. El apoyo al asesino de Puente Pueyrredón nos libra de mayor comentario. Feinmann se dedicó a comparar el menemismo con el gobierno K que sí tendría “un Proyecto nacional”.
El relato entonces se estructura en torno a la existencia del Estado Nacional como el órgano de contención colectiva, que surge y se expande por acuerdo general. Por eso mismo, la reconstrucción debe ser obra “de todos”. La lucha de clases no aparece siquiera nombrada. ¿Contradicción con lo que observa Nun? No, como el secretario ordena cerrar la guerra, sus intelectuales deben conseguir, de los combatientes, la deposición de armas.
La tarea a la que se dispone la burguesía argentina vía los intelectuales ahora kirchneristas es ardua: defender la conciencia nacional en un momento en el que el desarrollo del capitalismo argentino tiende a su disolución. Efectivamente, es como tratar de introducir un elefante en un barco. Pero el problema mayor es más profundo. Se trata de que la Argentina como nación capitalista tiene los días contados y el Argentinazo es la conciencia instalada de ese hecho. Ese es el peso del elefante que no pueden determinar y entonces, como dice el Secretario, “todos sus cálculos fallan”.

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