El oportunismo y la oportunidad.

El FIT y la campaña electoral de cara a octubre

¿La izquierda finalmente ha encontrado el rumbo político, luego de las elecciones? ¿Puede el FIT aspirar al 10%? ¿Existe realmente un frente? En este artículo, explicamos, otra vez, por qué los partidos revolucionarios están perdiendo una oportunidad histórica y por qué deberían animarse a poner un pie en la historia real.

 

Eduardo Sartelli

Director de Razón y Revolución

 

La izquierda revolucionaria nucleada en el FIT dio, sin quererlo, un enorme paso hacia la construcción de un partido con influencia de masas. Digo “sin quererlo” porque es sabido que este sector de la izquierda logró unirse gracias a la amenaza de quedar fuera de las elecciones por no poder superar las internas abiertas. En las elecciones que consagraron a Cristina con el 54%, el FIT alcanzó el magro 2,5% que juzgó una victoria rotunda contra lo que concebía como un intento proscriptivo, una inverosímil coalición del conjunto de la burguesía contra las fuerzas del futuro socialista. En ese entonces, escribimos varios textos en los que, en debate con miembros del frente, sosteníamos que no había nada para festejar, que la elección había sido mala y que no se debía a ninguna confabulación contra la izquierda sino a su incapacidad para transformarse en el continente adecuado de la herencia militante que había dejado el Argentinazo de 2001.[1] Se nos contestó, básicamente, que nuestro sectarismo impedía ver el éxito que significaba semejante resultado y que pretender, como sosteníamos, que el FIT debía luchar por un 10% como horizonte electoral, mostraba nuestra ignorancia y nuestra incapacidad para entender lo imposible de tal pretensión. Se nos dijo, además, que nuestra crítica al contenido de la campaña (el democratismo derrotista que denunciamos en su momento) iba en el mismo sentido antedicho: un sectarismo ultraizquierdista que no comprendía el momento por nuestra ausencia en la lucha de clases inmediata.

Solo por evitar al lector un ejercicio de búsqueda y relectura, repetimos lo que dijimos en aquel momento: la izquierda revolucionaria no cree en el balance del Argentinazo que proclama. En efecto, los tres partidos que integran el FIT consideran que el 2001 cambió el sentido de la lucha de clases en la Argentina y que sus efectos todavía están presentes. Es más, se manifiestan convencidos de que esos resultados imponen como tarea de la hora la construcción del partido de la revolución. Sin embargo, la formación del FIT generó tales expectativas que los tres agrupamientos debieron confabularse para que el debate sobre el partido no avanzara. La historia del FIT entre aquel entonces y hoy lo demuestra: en su momento dijimos, a costa de una enorme hostilidad en nuestra contra, que el frente, por voluntad de sus componentes, se reducía a un acuerdo electoral. Hoy lo reconocen los protagonistas. Se trata, incluso, como pudo verse en la última campaña para las PASO, más de un des-acuerdo electoral que de otra cosa: no hubo actos en común, ni siquiera carteles compartidos, una comparsa en la que cada cual baila su ritmo en abstracción de los demás.

En las elecciones pasadas, el FIT, que estuvo a punto de fracturarse por problemas de candidaturas (al punto que el PTS llegó a reivindicar las PASO, a las que antes consideraba “proscriptivas”, como un instrumento válido para dirimir la interna), realizó la mejor elección de la izquierda revolucionaria en los últimos treinta años. Podría señalarse que la tendencia a la crisis por izquierda del kirchnerismo influyó en esta nueva performance. Pero también es cierto que esta vez la campaña tuvo un contenido más sindical, es decir, se ubicó un escalón más arriba del democratismo derrotista de la anterior. Es cierto que tuvo poco de campaña socialista, pero resulta un avance.

Tal vez lo más importante del cuadro que muestra la elección reciente se resume en una simple aritmética: sumando los votos de los que no “pasaron”, los de Zamora y Lozano, el FIT estaría hoy arañando el 7%. De allí, con solo capturar la mitad de la protesta que se expresa en el voto en blanco o impugnado, llegaríamos al 10% que reivindicamos como un horizonte de expectativa. Tanto Altamira como Pitrola entran ya en el mundo de las estadísticas electorales, es decir, forman parte del umbral de conocimiento mínimo de la población. Todo eso sin proponérselo. Todo eso a pesar de la política anti-frente de los miembros del FIT. Todo eso incluso defraudando las expectativas despertadas con el nacimiento del frente. Lo que este cuadro está mostrando es que nuestra evaluación del 2001, de la naturaleza del kirchnerismo y de la lógica de la vida política argentina, era sustancialmente correcta. Que la izquierda tiene hoy un campo enorme por ganar, siempre y cuando se anime a plantearse como un contenido adecuado a las tendencias que nacen del 2001. Es decir, le ofrezca a los que hacen crisis por izquierda con la ilusión K un instrumento que resulte atractivo, útil, dinámico. Por eso dijimos ayer y repetimos hoy: el FIT tiene una enorme oportunidad histórica delante de sus narices. Sólo el anuncio de un congreso de unidad partidaria de toda la izquierda revolucionaria, de todas las líneas y tendencias que pivotean en torno al centro de gravedad trotskista, haría entrar en crisis a Marea Popular, al zamorismo, a todos los agrupamientos hoy fuera del FIT. Sólo con eso, el 7% está en la bolsa. Con una campaña combativa, basada no en spots sino en la movilización callejera, con un acto de cierre central reventando la Plaza de Mayo, el 10%, el guarismo que coloca a Binner como una alternativa real en la lucha política por la presidencia, está a la vuelta de la esquina. Una victoria de esa magnitud, que no se ve en la Argentina desde los años ’30, haría entrar, a las fuerzas de la revolución, en la perspectiva política nacional del 2014, es decir, en la discusión real de las soluciones a una crisis que ya no puede postergarse más.

¿Por qué resulta tan difícil entender esto? ¿Por qué los partidos del FIT siguen jugando todo a cabeza de ratón? Ya lo hemos señalado: más preocupados por conservar lo que tienen, temerosos del debate teórico, mezquinos en relación a listas y cargos, los tres partidos están más atareados en medir distancias relativas que en buscar horizontes más amplios. En esta etapa el problema se ha agravado, porque es obvio que para IS y PTS no debe caer simpático que los medios de comunicación hablen del PO en lugar del FIT y que lo hagan incluso cuando entrevistan al Pollo Sobrero o a Claudio Dellecarbonara. El protagonismo mediático de Altamira, Pitrola y Ramal, indudablemente el fruto de una persistente presencia en las luchas populares, erosiona la voluntad de construcción del FIT porque estimula las tensiones internas: el PO cree que obtendría lo mismo o poco menos si fuera solo; IS y PTS sienten que desaparecen del escenario público desde que el Partido Obrero monopoliza la imagen del frente. Seguramente los miembros de los tres partidos negarán estas afirmaciones, harán alusión a las diferencias políticas, etc., etc., etc. Ya lo hemos dicho: no existen tales diferencias reales. Se inventan para cada ocasión a fin de darle un contenido menos miserable a una disputa insustancial.

Para sortear tales dificultades hicimos una propuesta amplia: la formación de un partido con fracciones y tendencias en las que cada uno mantendría la integridad de su estructura, convergería en una dirección común y compartiría una serie de instituciones de discusión y acción (plenarios, asambleas, frentes regionales, etc.). Propusimos también una publicación en conjunto y un mecanismo de debate interno para dar forma al programa del futuro partido. Armamos incluso un cronograma, para que la cosa no se diluyera en un proceso sin fin. Lo único que falta es voluntad política.

Llamamos a los tres partidos del FIT a recuperar esta perspectiva, a dar un salto adelante, a construir la alternativa política que la crisis en ciernes demanda. Llamamos al FIT a ponerle fecha, imperiosamente, antes de las elecciones, a una gran asamblea de unidad de la izquierda revolucionaria, que inicie el proceso de discusión política y juegue esa perspectiva en las próximas elecciones. Que las elecciones de octubre se transformen en un test de esa perspectiva de unidad revolucionaria. Que la campaña ponga esa perspectiva en primer plano, que la saque a la calle, que la consagre en la Plaza: venga a construir el instrumento revolucionario de los trabajadores argentinos. Estamos frente a una oportunidad histórica. De nosotros depende que la perspectiva revolucionaria derrote al oportunismo electoral.

[1]En la página de Razón y Revolución el lector encontrará, bajo el título “El debate por el partido”, los textos a los que aquí hacemos alusión. Véase www.razonyrevolucion.org.ar.

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